Fuimos Roma 12
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Save your tears

Flora

La mañana en la que volamos hacia Bruselas, maldije a todas las aerolíneas que habían decidido poner el primer vuelo a las seis de la mañana.

Cuando sonó mi despertador a las cuatro, quise esconderme debajo de las sábanas y no salir de allí o que fuera el mismo Efrén quien me sacara a rastras o en brazos, como él prefiriese, no iba a quejarme.

Una persona normal no tenía la obligación de arreglarse para los vuelos; le bastaba con ponerse una sudadera encima del pijama y pedir un taxi, pero si te recibía una comitiva diplomática según aterrizabas, no podías permitirte tal lujo.

Me duché, maquillé y me vestí con un traje de tweed azul compuesto por una americana y falda; cualquiera diría que iba a una reunión con altos directivos y no de viaje.

Me terminé de calzar con unos tacones no excesivamente altos y bajé a tomarme un café, antes de que pusiéramos rumbo al aeropuerto.

Lo mejor de viajar en business no eran los asientos y el espacio, era quitarte las horas de espera en el aeropuerto.

Atravesé el umbral de la cocina todavía algo aturdida por la falta de sueño, cuando me encontré con Efrén apoyado de manera relajada sobre el filo de la encimera al lado de la cafetera.

¿Por qué estaba tan fresco a las cuatro y media de la mañana ?

Clavó sus ojos oscuros en mí, recorriendo sin emitir sonido alguno todo mi cuerpo, deteniéndome al otro extremo de la estancia. Casi se podían tocar mis nervios y la atracción que sentía hacia él; éramos dos polos opuestos que habían pasado de repelerse a atraerse a metros de distancia.

Su americana colgaba del respaldo de una de las sillas de la mesa en la que solíamos comer, al igual que su teléfono, que estaba boca abajo sobre la superficie de madera.

Verle en mangas de camisa era un disfrute para la vista y no ocurría muy a menudo; jamás se quitaba la americana si estaba oficialmente de servicio, aunque con él siempre parecía que estuviera de servicio.

La camisa negra se ceñía a su cuerpo, desde su espalda y hombros trabajados hasta su cintura, acabando metida en unos pantalones de traje que caían de sus estrechas caderas.

Nunca me había gustado tanto el uniforme de los agentes de seguridad privada hasta este momento, aunque el hecho de que fueran hechos a medida e italianos también sumaba puntos.

No solo que no llevara la americana puesta era diferente, sino también las armas reglamentarias que portaba a ambos lados de su cadera.

Sabía que siempre las llevaba, pero nunca estaban a la vista, produciendo que la bofetada que me había dado la realidad en aquel momento fue lo suficientemente fuerte como para despertarme.

Era el encargado de mi seguridad y jamás sería nada más; debía de hacerme a la idea y dejar de sentir un grupo de mariposas desubicadas en mi estómago cada vez que me miraba. Era mi letal guardaespaldas, nada más.

- Buenos días, colibrí- me saludó, llevando hacia sus labios la taza de café.

- No se puede considerar que sea por la mañana, ¡ni siquiera ha salido el sol!- en sus labios apareció una pequeña sonrisa, que disimuló rápidamente.

- Creí que lo ibas a necesitar- me dijo a la vez que me tendía una taza de café.

Se había molestado en prepararme un café tal y como a mí me gustaba, cuando tenía tiempo para preparármelo, con espuma y vainilla. El aleteo de las molestas mariposas volvió a aparecer seguidas de una corriente cálida que fluyó por mis venas hasta llegar a mi corazón.

- Gracias.

Nos acabamos el café en un cómodo silencio hasta que Diego hizo acto de presencia, avisándonos de que ya debíamos de partir hacia el aeropuerto. Mi padre, Diego y Carlo fueron en uno de los coches mientras que Efrén y yo fuimos en otro de los coches oficiales.

Sus ojos me desafiaron al sujetarme la puerta de los asientos traseros; sabía que debía sentarme en la parte de atrás y seguir el protocolo, pero lamentablemente no era mi caso.

Como en las múltiples veces que lo había intentado (cada vez que salíamos de casa), le bordeé con elegancia, abrí la puerta y me senté en el asiento del copiloto, cerrando la puerta y abrochando mi cinturón.

Algún día se dará cuenta de que no tenía nada que hacer.

Mantuvimos una charla informal con la radio puesta de fondo y los rayos del amanecer entrando por las ventanas.

La luz dibujaba destellos dorados sobre el rostro de Efrén, permitiéndome ver aquellas motas color miel que había en sus ojos y el brillo de su sonrisa cuando decía algún comentario ingenioso.

Iba distraída mirándole mientras hablaba de mi noche anterior con Oli, cuando el coche que llevábamos delante hizo una maniobra brusca e hizo a Efrén maniobrar para no tener un accidente.

No sé si fue a adrede o tan solo un reflejo, pero su mano acabó encima de mi muslo, como si necesitara asegurarse de que estuviera bien.

Maldijo por lo bajo, aunque apenas le había costado maniobrar con rapidez y, si no hubiera sido por el pequeño volantazo que había tenido que dar, ni siquiera me habría dado cuenta; estaba demasiado absorta disfrutando de esa faceta despreocupada que poco a poco iba mostrando.

Pensando que retiraría su mano en cuanto se diera cuenta de que nada me había pasado, mi sorpresa fue mayúscula cuando la mantuvo en el mismo lugar el resto del camino, quemándome, bajo las finas medias.

Sentí su calor a través de la finísima tela, llenando de energía, nervios y excitación todo mi sistema nervioso.

Veinte minutos más tarde llegamos al aeropuerto, preparé el pasaporte, salí del coche y fuimos hacia la puerta de embarque, que había únicamente reservada para aquellos que entraran por la sala VIP. Carlo iba delante, mientras que Diego iba con nosotros y Efrén asegurando nuestra retaguardia.

- ¿Qué ha pasado antes en la carretera?- me preguntó Diego con interés. Todavía me sorprendía cómo podía estar atento a tantas las cosas.

- No estoy segura, Efrén ha maniobrado rápido- eché un vistazo a mi espalda para mirarle, y me sorprendió guiñándome rápidamente el ojo.

Atravesamos el control de seguridad; apenas tenía que sacar un par de pertenencias de mi bolso, al igual que mi padre, que tan solo portaba su ordenador y una maleta llena de documentos.

Por otro lado, Carlo, Diego y Efrén enseñaron sus placas de seguridad privada, lo que los acreditaba para portar armas y, en cuestión de minutos, estábamos en la sala VIP, separados del resto de viajeros.

- Buenos días, señor Embajador, hemos dispuesto la sala para que tenga a su disposición cualquier cosa que desee; en caso de anhelar cualquier otra cosa, yo misma haré todo lo necesario para poder satisfacerle- dijo educadamente una de las azafatas de la compañía.

- Es más de lo que podría desear, señorita…

- Gia, Gia Esposito, señor- agregó ella.

- Gia, en todo caso, debería preguntarle a mi hija, Flora. Cariño, ¿necesitas algo?- en ese momento, Gia fue consciente de mi presencia. No era algo que me molestara; estaba acostumbrada a vivir a la sombra de los demás y que mi presencia no fuera algo notorio.

- No, está todo perfecto, gracias- igualmente, fui agradable con ella, puesto que era su puesto de trabajo y no quisiera que se sintiera mal. Sabía el efecto que podía causar mi padre y los tres hombres que nos acompañaban.

- En ese caso, yo misma les avisaré de cuando embarcar-pasó la mirada de mi padre a Diego, Carlo y Efrén y vi cómo se sonrojaba ligeramente, haciendo movimientos repetitivos con los dedos de su mano.

- Gracias, Gia, un placer conocerte- mi padre estrechó su mano con delicadeza, provocando que las mejillas de Gia acabaran por sonrojarse.

Mientras mi padre, Carlo, Diego y Efrén se acomodaban en una de las mesas, mientras hablaba de las reuniones de los próximos días, me separé de ellos para poder clavar mi mirada en la amplia pista de aterrizaje y cómo se iba despertando poco a poco todo a mi alrededor.

Sentía un ligero mareo desde que me había despertado; debía de ser por no haber desayunado en condiciones, pero era demasiado pronto como para que me entrara nada más que un café. Al final, el zumo iba a ser importante.

Perdóname Mer, por ser tan idiota .

Una mano se asentó en la parte baja de mi espalda; me giré dispuesta a encontrarme el rostro de Efrén, tan serio como siempre, pero en su lugar me encontré con la sonrisa de Carlo. Creo que no puede camuflar mi decepción.

Su mano continuaba en mi espalda; lejos de encontrarla acogedora y protectora, pasó a ser fría e incómoda.

No me gustaba cómo me sentía ahora cerca de él; parecía un desconocido para mí, aunque nada más fuera de la realidad.

Tenía un presentimiento muy oscuro que yacía en la boca de mi estómago; palpitaba de vez en cuando, instando a estar alerta, pero no sabía de qué, aparte de horripilante anónimo, claro.

- Nos toca embarcar, pequeña- su voz era dulce, contradiciendo a su ceño fruncido; estaba segura de que se había dado cuenta de la decepción dibujada en mi rostro, pero aun así no hizo ningún comentario.

- Vale- me giré para poder pasar por su lado cuando su mano, agarró mis dedos, entrelazando los suyos con los míos.

- ¿Llegará el día que me dejes de mirar así?

- le miré a los ojos y vi el arrepentimiento en ellos, junto a la tristeza y un brillo sospechoso en ellos- ¿Qué puedo hacer para que me perdones?

Pídeme lo que quieras, Flora, lo que quieras.

Lo haré. Tan solo quiero que me vuelvas a mirar como antes- pasé mi mirada a nuestros dedos entrelazados para después desviarla hacia Efrén, quien tenía la mirada clavada en nuestras manos y las miraba con tanto odio que me sorprendía que no hubieran salido ardiendo.

Se puso de pie en el momento en que nuestras miradas se encontraron, dispuesto a venir hacia nosotros y a amenazar a Carlo con sabe qué palabras y actos, pero aquí no; si lo hacía, me harían muchas preguntas que no estaba preparada para responder.

Hice un pequeño gesto con la cabeza con el fin de que entendiera que todo estaba bien y, tal y como si se tratara de una orden, se detuvo en el acto, aunque no nos quitara la vista de encima.

- Necesito tiempo, Carlo. Y espero de corazón que puedas entenderlo, porque en el caso opuesto, aquí se acaba cualquier tipo de posibilidad de que volvamos a ser los que éramos-dicho esto y con una seguridad que no sabía de dónde la había sacado, fui directa al embarque.

Gia debía de ser la azafata más servicial de toda la compañía, pues también nos acompañó a nuestros respectivos asientos.

Se ofreció a traernos el desayuno, mientras su mirada volvía a pasarse por cada uno de los hombres que me acompañaban, con una sonrisa que denotaba, a parte de profesionalidad, también deseo.

Me dejé caer en el asiento al lado de la ventanilla, acomodándome todo lo que me permitía la falda, la cual era demasiado corta como para ponerme en cualquier posición.

Me abroché el cinturón de seguridad, para después rebuscar en mi bolso hasta dar con mis auriculares y el móvil; por el rabillo del ojo observé como Efrén se acomodaba en el asiento contiguo.

Se aseguró de que su cinturón y el mío estuvieran bien abrochados, para después eliminar la barrera que suponía el reposabrazos.

Sonreí al entender su invitación abierta a estar cerca de él.

Miré ensimismada como una madre y su hijo, que estaban sentados una fila por delante que nosotros, se agarraban las manos antes de despegar.

Se agarraban tan fuerte, pero con tanto amor, que necesitaba saber cómo se sentiría tener a alguien que te agarrara tan fuerte que nunca te dejara caer, que fuera tu paracaídas cuando todo fallara y jamás, por muchos metros y distancia que intentaran separarnos, consiguieran distanciarnos tan siquiera un milímetro.

Como si mis pensamientos hubieran sido dichos a viva voz, noté una ligera caricia entre mis dedos que me llegó al corazón.

Mandándome ráfagas de calor dentro de mi ser y provocando que mis dedos buscaran los suyos hasta que nuestro agarre se convirtió en algo férreo.

Escondimos nuestras manos del mundo, como si estuviera mal, entre los dos, porque solo esto existía entre los dos; a ojos del mundo no debía o podía existir .

No lo miré, aunque estoy segura de que él tampoco me miró a mí, pero no lo necesité. Porque él fue mi agarre, el cual no me soltó desde el despegue hasta el aterrizaje, sorteando kilómetros, nubes y amaneceres.