Fuimos Roma 10 #2
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10 #2

- La realidad es que soy tu guardaespaldas a causa de una desgracia.

Lo soy, por la muerte de mi hermano- el aire se quedó atascado en mis pulmones.

Fuera lo que fuera que iba a decirme, dolería.

Solo escucharle dolería- Me alisté al grupo de operaciones especiales en cuanto terminé las oposiciones.

Sabía que eso era lo que estaba destinado a ser.

No tenía dudas. Pero cuando llegamos a la estación donde pasaríamos las primeras semanas…

joder, no exageraban ni un poco. Nos pusieron en fila, nos quitaron nuestras pertenencias y nos entregaron un dorsal.

Dejamos de ser personas para convertirnos en un número- cada palabra parecía ahogarle, hasta que voz se tornó ronca- Las pruebas eran un puto infierno- murmuró- Pero ni de lejos tan duras como rendirte ante las palabras de nuestros instructores.

Será mejor que se rinda si no está capacitado para continuar, solo un peso para el resto de sus compañeros - soltó una risa amarga, sin humor-Eso era lo más suave que podían decirte.

Pasé a la siguiente fase. Recuperamos nuestras pertenencias y pasamos de ser un dígito para volver a tener apellidos- su tono era seco, pragmático, sin adornos- Por alguna razón, me eligieron como cabeza de batallón.

Supongo que tenía la capacidad de desconectar mi mente y centrarme solo en lo que tenía delante-hizo una pausa, parecía estar a kilómetros de aquí- No voy a mentirte, colibrí.

Fueron meses de mierda. No recordaba lo que era levantarme sin dolor.

Ni salir a la calle sin que los dedos se me pusieran morados por la nieve y el hielo- tomó aire y apretó tan fuerte el puño que tenía sobre la mesa, que sus nudillos se tornaron blancos- Estábamos a un par de semanas de acabar.

Apenas quedábamos diez y esos diez, se convirtieron en familia.

Piezas de un mismo engranaje que no tenían la opción de fallar- su voz tembló un instante, pero se aclaro la garganta, obligándose a continuar- Dos meses atrás éramos desconocidos.

Y para ese momento, me habían sacado de ríos helados, habían compartido su lata de comida, habían aguantado todo el dolor físico, todo, porque cada uno de nosotros teníamos el mismo objetivo en mente: entrar en la unidad.

Después de hacer un ejercicio táctico, mi superior vino directo a mi para decirme que era urgente que fuera a mi habitación y revisara mi teléfono.

Eso era raro, nunca nadie salía de una clase y había visto amigos con morados, cortes y desmayos, si te ibas, se te había jodido tu única posibilidad de entrar- su tono se tornó más frío, más vacío- Llegué a mi litera y encendí el teléfono, pulsé el número de teléfono y fue ahí cuando fue el principio del fin.

Recuerdo pocas cosas de aquella llamada.

Solo una dirección y el nombre de mi hermano- sonrió con tristeza- El sinvergüenza me había puesto como contacto de emergencia por si algún día debía de sacarle de algún lío sin que se enterara de nuestros padres.

Abandoné la base junto a mi instructor, quien me acompañó hasta la morgue.

La unión que siempre había estado en el centro de mi pecho, había desaparecido y ni siquiera había sido consciente-su mano comenzó a temblar y sin pensar en la consecuencia de mis actos, estiré mi mano y envolví la suya como un apoyo silencioso.

Entrelazó nuestros dedos y me agarró con fuerza-En una plancha metálica, cubierto por una sábana blanca, estaba el cuerpo de mi hermano, reventado por un accidente de tráfico- su voz se endureció- El hijo de puta que destrozó su cuerpo contra un quitanieves iba tan puesto que le dio un ataque epiléptico- otra risa amarga, cruel, salió de sus labios- La vida de mi hermano valía menos que una jodida raya de coca, colibrí.

Era mi mejor amigo, mi hermano pequeño- no habló durante unos segundos- A partir de ahí, no tengo muchos recuerdos, solo vomitar a la salida y sostener a mi madre cuando entro en la sala.

Desde ese momento, fue todo cuesta abajo.

Me echaron de las pruebas por violencia.

No aguantaba ni que respiraran al lado mío, mucho menos la incompetencia.

Me dijeron que me tomara un respiro, que nos veríamos en la siguiente convocatoria- bufó- Me enfadé, estaba tan enfadado, colibrí.

Mi vida se había ido a la basura en cuestión de días, por lo que si no tenía mi vida, poco menos importaba mantenerme en ella.

Buscaba el alivio de cualquier manera, solo desconectar el puto cerebro que parecía querer recordarme cada vez que cerraba los ojos el cuerpo de mi hermano.

Así estuve meses, trabajando con mi padre en el taller y haciendo cualquier cosa que me ayudara a olvidar.

Hasta que mi superior se presentó allí y me ofreció este trabajo- clavó su mirada en mí- Al principio me negué, pero la curiosidad pudo conmigo.

Leí el dossier, esa fue la primera vez que te vi.

Con esa preciosa sonrisa y tus ojos tristes- me sonrió y acarició mis nudillos con su pulgar con aire distraído- No tenía nada que perder y mucho que ganar si me largaba, así es como llegué a Roma y así es como me hice tú guardaespaldas.

Mi corazón estaba encogido por el dolor y el sufrimiento que escondían sus palabras y mis lágrimas corrían libres por las mejillas.

No era una historia bonita, era una historia llena de sufrimiento y el simple hecho de pensar que se había sentido tan perdido, tan solo, abrió una brecha en mi pecho.

La pared de hielo que vi desde el primer día que le conocí empezaba a tener sentido; se sentía muerto en vida, sentía que su vida había acabado con la de su hermano y todo lo demás se había apagado con su marcha.

Efrén:

Mierda, nadie había llorado por mí. Era la primera vez que sentía que mi dolor se extrapolaba al cuerpo de otra persona y la hacía sufrir. Era el cuerpo equivocado, ella no debía de sufrir y menos por mí.

- No sufras, colibrí. No sufras por mí- cogió aire entrecortadamente y no pude evitar fijarme en la hinchazón de sus labios al contener el llanto. Hasta en un momento así me excitaba.

- ¿Cómo era?- esa pregunta me dejó descolocado, no la esperaba. Esperaba contestar a más preguntas sobre el ejército y sobre mis decisiones, pero no sobre mi hermano.

- Creo que se hubiera enamorado de ti- dije con una certeza aplastante y es que estaba seguro de ello. Sus ojos se abrieron con sorpresa. Lo que callé fue que entonces hubiera sido la única vez en la vida que hubiera peleado contra él. Sería la única vez que él tuviera que algo que yo quisiera.

Le hablé de Aron durante toda la cena; le contaba anécdotas de nuestra infancia, de lo increíblemente parecidos que éramos físicamente y lo diferentes que éramos en la personalidad.

Me preguntó también cómo fueron los meses después de su muerte, pero al notarme reticente, apartó el tema de conversación para volver a centrarlo en mi familia.

Se interesó por mi madre, por mi padre y por mi vida pasada; era la primera vez en mis veintiocho años que hablaba tan abiertamente de mi vida y, lejos de sentir incomodidad, me sentí liberado.

Fuimos dos libros abiertos, abriéndonos en canal el uno al otro, nuestra conexión derribó cualquier barrera que hubiera entre nosotros. La atracción física, carnal, cada vez era más difícil de mantener y deseé ser otra persona. Tener una posibilidad real con ella.

Cenamos y abandonamos el restaurante, con mi brazo sobre sus hombros, recorriendo las calles empedradas de la ciudad.

Recorrimos las calles, retrasando lo máximo nuestra vuelta a la embajada y al mundo real.

Había perdido la cuenta de las veces que había deseado besarla, de las veces que imaginé despertar junto a ella, siento su rostro lo primero que viera al amanecer.

Callejeando, entre edificios, arcos, balcones y puertas de madera con intrincados artísticos, llegamos a la Fontana di Trevi; apenas habían unos cuantos rezagados disfrutando de la rara tranquilidad que se disfrutaba.

La iluminación bajo el agua dibujaba un juego de luces sobre Océano y el resto de esculturas que lo flanqueaban.

Fue solo un segundo lo que me despisté, y cuando me quise dar cuenta, Flora ya descendía los escalones casi saltando de uno a otro.

Dios, iba a acabar conmigo. Su cabello, escapando del gorro que llevaba calado hasta casi las cejas, se mecía suavemente, y sus ojos tan brillantes, me robaban el aire.

No era algo a lo que pudiera acostumbrarme, y en el fondo, no quería hacerlo.

Su nariz enrojecida por el frío y esa sonrisa, era un privilegio que pocos tenían el placer de conocer.

Su sonrisa verdadera, la que mostraba su alma, la que no se encontraba en las fotografías de sociedad y, joder, era la hostia de increíble.

- ¿Bonitas vistas?- me gritó desde la altura del agua.

- Bonito cuerpo- respondí con una sonrisa. Ella negó con la cabeza, pero su sonrisa permaneció, y la adrenalina recorrió mis venas. Sabía que lo que sentía por ella era inapropiado, peligroso, y sin embargo, no podía evitarlo.

- ¿Te gusta lo que ves?- dijo, con esa chispa traviesa que me desarmaba por completo.

Joder, no te haces una idea.

- No juegues con fuego, colibrí, o te acabarás quemando.

- ¿Quién ha dicho que no me quiera quemar?- si creía que la anterior sonrisa había parado mi corazón, no tenía ni idea de lo que iba a provocar esta. Traviesa, divertida, un demonio disfrazado de ángel- ¡Vamos! ¡Ven aquí!- me preguntaba en qué momento le había otorgado el poder de decidir.

El recuerdo de aquella caricia furtiva sobre sus labios la noche anterior, había sido el detonador de un deseo que escapaba a mi control, paralizando mi lado racional.Era un puto boomerang , un arma que siempre regresaba con más fuerza, atrapándome en cada momento que me descubría pensando en ella.

- Una por cada deseo- un murmuro entrecortado se escapó de sus labios que temblaban a causa del frío- Una moneda por cada deseo- aclaró, dando un paso atrás, cediéndonos un espacio que mi voluntad no podía respetar.

- ¿También intentas robarme el dinero, colibrí?- repliqué, con una acusación vacía, sin querer que me devolviese aquello que ya me había robado.

- No, solo necesitas tres- metió su diminuta mano en el bolsillo de su anorak, que la hacía parecer aún más pequeña, y sacó de él, diferentes monedas- Y no te estoy robando, en todo caso, estamos donando por cada deseo.

- ¿Y por qué tres, señorita sabelotodo?- inquirí, y ella, con una sonrisa, guardó las monedas restantes, dejando solo tres en su pequeña mano.

- La primera: para que vuelvas- me posó la moneda sobre la mano derecha y la lancé sobre mi hombro izquierdo .

Dio un paso más hacía mí, hasta quedar separados únicamente por unos escasos milímetros. Estábamos tan cerca que podía sentir su aliento entrecortado a la altura de mi pecho.

- La segunda; para que encuentres el amor- susurró, y aunque repetimos el mismo gesto, mi atención estaba hipnotizada por sus ojos y sus labios- Y la tercera; la tercera… para que te cases con la persona que amas.

Estaba jodido. Tiré la puñetera moneda y durante los segundos en los que volaba por los aires, deseé que esa moneda cayera fuera.

Porque eso significaría, que ni siquiera le otorgaría al destino la posibilidad de aquello ocurriera, porque dudaba que la chica que tenía delante fuera a ser solo un recuerdo de mi vida pasada y no la constante que siempre quisiera.

Y sí ella no iba a ser una posibilidad, dudaba que quisiera otra, porque su recuerdo iba a ser el eterno tormento de mi alma.

El sonido del agua caer de las diferentes cascadas junto al rumor de la noche romana era la banda sonora que envolvía la burbuja que se había creado a nuestro alrededor. Parecía que cada emoción se cernía sobre nosotros con una fuerza abrumadora y yo no tenía qué decir para romperla.

- Lo siento- dijo, mirándome a los ojos con tanta intensidad que podría ponerme de rodillas.

- ¿Por qué, colibrí?

- Porque ahora estás condenado a quedarte. Ahora le perteneces. Le perteneces a Roma.

No era a Roma a quien quería pertenecer. No era la ciudad a la que quería convertir en mía .

Regresamos pasada la madrugada; nuestras habitaciones estaban separadas por un corto pasillo, una enfrente de la otra, y estaba haciendo verdaderos esfuerzos por no ir a su habitación y besarla.

Una representación real de lo que éramos, dos almas con barreras, pero unidas bajo una cáscara de cristal, que acabaría con mi cordura.

Tras mi larga ducha, en la que no fui capaz de quitarme su olor de encima, mi móvil zumbó sobre la mesilla.

Un mensaje con dos archivos adjuntos y un corto mensaje bajo ellos: Aquí tienes todos los registros legales sobre Carlo D’Angelo.

Salvarme la vida por dos archivos es un trato justo, así que la próxima vez que quieras saber de mí, vas a necesitar otra excusa. Joel.

Negué con la cabeza, preguntándome si no hubiera sido mejor dejar que se congelara en aquel lago en mitad de las montañas.

Abrí los dos archivos en mi ordenador privado y empecé a indagar.

El labio partido de Flora apareció en mi mente, eliminando de mí cualquier atisbo de sueño; ya dormiría cuando supiera todo de él.

La información es poder y yo la tenía al alcance de mi mano.