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Whatever it takes
Efrén y Flora
Flora:
Me quité con premura el conjunto de deporte que me había puesto esa mañana antes de meterme en la tan deseada ducha.
Necesitaba que mis músculos se destensaran después de haber estado todo el día sentada en el suelo.
Dejé que el agua caliente cayera por mi cuerpo, mojando las puntas de mi cabello y deslizándose por mi piel, mientras el olor dulce del jabón inundaba el lugar.
Mis tripas rugieron, haciéndome fantasear con un buen plato de pasta. Me desenredé el pelo, dejándolo libre antes de ir a vestirme, al igual que mi rostro con una ausencia total de maquillaje, mostrando sus rojeces, pecas e imperfecciones.
Me pasé un jersey de punto gordo rosa por la cabeza, me abroché el vaquero, até mis deportivas favoritas de una colaboración con Simone Rocha y bajé trotando hacia el salón.
- Estoy lista- Efrén estaba en mitad del salón, apoyado en la ventana con el teléfono a la oreja.
- Mándame lo que tengas, Joel. Te debo una- escuchó lo que aquel desconocido Joel y soltó una carcajada- La próxima vez dejo tu culo en el río helado, capullo- dicho esto colgó- ¿Nos vamos?
- se había puesto una sudadera azul oscura con letras blancas, desgastadas por el paso del tiempo, encima de la camiseta y su chaqueta de cuero descansaba sobre el respaldo del sofá. Asentí y nos dirigimos a la puerta .
Cogí mi abrigo acolchado de color amarillo pastel con diminutas margaritas, además de un gorro de lana, antes de salir a la calle. Me enfundé en él y respiré el aire frío; el invierno había llegado a Roma.
Comenzamos a subir las escaleras de Plaza de España, esquivando como podíamos a los turistas que se afincaban en los escalones.
Huyendo de la multitud, nos adentramos en Via Babuino , donde las tiendas del lujo echaban el cierre y sus luces, junto a las entradas de los hoteles, iluminaban la calle.
Continuamos andando hasta Via Margutta, la calma dentro del caos, llena de lirios colgantes y detalles artísticos por cada pequeño rincón.
Aquella calle tenía algo especial: se respiraba el romanticismo, los tonos lilas y verdes de la naturaleza se enredaban entre los colores cálidos de las fachadas, entre la madera de las contraventanas, las bicicletas pegadas a las casas y los Cinquecento aparcados en los laterales.
- Es ahí- me dijo, señalando una puerta azul de madera.
La pintura azul se había craquelado debido a la humedad y los cambios de temperatura que sufría la madera que asomaba bajo las fisuras.
La falsa ventana me regaló un recuerdo que me calentó el corazón, nuestra imagen juntos, él tan imponente con su altura y porte y yo parecía un cupcake de fresa enano a su lado.
Mi pelo rosa chocaba con su estética oscura y misteriosa, siendo la antítesis perfecta.
Las bombillas iluminaban las hojas verdes que caían de la enredadera sobre las pocas mesas que había en el exterior, debido al frío de la calle; aún así, estaban ocupadas por personas que tenían un vino entre sus manos y un cigarro en la otra.
- Nunca había venido aquí- dije mientras intentaba retener cada elemento del lugar, mientras Efrén, con su mano en parte baja de mi espalda, me guiaba hacia la puerta- ¿Cómo has descubierto este lugar?- le pregunté mientras esperábamos nuestro turno, en el interior del restaurante.
- Salgo a correr por las mañanas- dijo a modo de explicación, nos atendieron tras unos minutos de espera.
El olor a pasta fresca, orégano, tomate y especias inundaba el ambiente. Tras las voces, las risas y los tintineos de cubiertos se escuchaba la voz de Andrea Bocelli, cantando como solo él sabe hacer, erizando la piel de aquellos que le escuchaban.
Nos sentaron en una estrecha mesa en uno de los laterales del local.
La mesa se veía irrisoria en comparación con el tamaño de Efrén.
Sus largas piernas estaban estiradas debajo de mi propia silla y sus brazos, los cuales mantenía cruzados sobre el pecho, llegarían perfectamente a mi extremo de la mesa.
La mantelería blanca era el fondo perfecto para los platos de detalles amarillos, verdes y fondos azules añiles. Las velas alargadas que habían dispuestas en puntos estratégicos de la sala, se consumían formando riegos irregulares hasta que se solidificaban en un conjunto de cera blanca.
Allí todo el mundo parecía feliz, también mi estómago, que volvió a rugir con ganas después de ver un delicioso plato de pasta pasar.
- Me gusta este lugar .
- Pensé en ti cuando lo vi- dijo distraído, mirando la carta, haciendo que mi corazón diera un salto mortal y que las mariposas, que jamás pensé que sentiría, empezaran a batir sus alas.
Parecía relajado, pero era mentira; puede que lo estuviera para ojos desconocidos, pero no para mí.
Me había dado cuenta de que no miraba directamente la carta; sus ojos se desviaban cada un par de minutos hacia la puerta y los laterales, dejándome a mí de espaldas a ella.
Era tal su nivel de alerta que, incluso, una pareja había pasado demasiado cerca de mí y, de un impulso que por poco no había podido refrenar, se había impulsado un par de centímetros de la silla.
- Gracias, necesitaba salir de casa- el camarero apareció y nos sirvió las bebidas- Discúlpame, debe de haber un error. He pedido agua, no vino, si no es mucha molestia. Me gustaría cambiarlo- dije señalando mi copa de vino rosado, que casualmente era mi favorito.
- El señor me dijo que iba a tomar esto. Puedo cambiarlo sin problemas- pasé la mirada de él a Efrén y viceversa- ¿Desea cambiarlo?
- No, no hay problema. Gracias- terminó de disponer la botella de agua de cristal y, cuando se hubo ido, le pregunté el por qué.
- Es tu vino favorito, colibrí. Yo estoy de servicio, pero tú puedes beber lo que te apetezca- y ahí estaba otra vez, la razón por la que estábamos ahí. Era mi guardaespaldas y nada más, pero, ¿cómo sabía que era mi vino favorito ?
Tras ordenar la que iba a ser nuestra cena, no pude evitar preguntarle acerca de lo que no paraba de darme vueltas a la cabeza desde que habíamos salido.
- ¿Con quién hablabas antes de salir? Parecíais tener mucha confianza.
- Toda la confianza que puedes tener con alguien con el que compartiste litera durante los meses que duraba el entrenamiento militar- Efrén pocas veces hablaba de su vida y muchas menos de su pasado; normalmente eran comentarios aquí y allá, pero nunca entraba en algo más profundo- Se llama Joel y es genio con los ordenadores y la ciberseguridad.
Todos los que estuvimos allí pasamos de ser desconocidos a una familia; es un sentimiento difícil de explicar si no lo experimentas.
- Nunca me has hablado de tu vida como militar.
- Eso es porque no he estado destinado a ningún lugar; para ello tendría que haber acabado el entrenamiento y las pruebas y no lo hice.
- ¡Oh!- el camarero dispuso ambos platos de pasta; olían deliciosos pero se me había pasado el hambre. Ahora quería saber de él- Creí que…
- ¿Qué tenías a un guardaespaldas que había estado activo y que había decidido pasarse a la seguridad privada?- asentí, sin quitarle los ojos de encima- Siento decepcionarte, colibrí, pero esa no es mi historia.
- Pues cuéntamela- me incliné sobre la mesa, centrando toda mi atención sobre él- Creo que estamos en desigualdad de condiciones.
Tú pareces saber todo de mí, mientras que yo sé muy poco de ti- sabía hasta mi vino favorito y ni siquiera lo había pedido con él, tan solo recuerdo un par de reuniones y la cena benéfica donde pedí este vino.
Debía haberlo memorizado. Esa idea hizo que las mariposas volvieran a bailar libres en mi estómago.
- No es una historia bonita de contar, colibrí.
- No me importa. Es tu historia y eso es suficiente- llevé mi mano hacia la suya, dudé, pero finalmente estiré mis dedos hasta que agarraron con fuerza los suyos.
Tomando aire, comenzó a contarme su historia, mientras jugaba distraído con el anillo de mi dedo anular.