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Había buscado la frase en Google, esperando encontrar algo y, salvo la última parte, todo era de la cosecha del loco que me lo había escrito.
Serás la luz que brilla en las tinieblas; era un extracto del versículo cinco de San Juan.
Sí, de la Biblia. Lejos de aclararme aquella situación tan bizarra, la había enmarañado aún más.
Había decidido no decir nada, ni del anónimo ni de lo que había pasado con Carlo. Iban a ser mi secreto, con los que andaría con pies de plomo en cada pequeño paso que diera en su dirección.
Seguí oyendo a Mer, oía su voz, olía la comida, pero no la escuchaba.
Había demasiado ruido en mi cabeza que me impedía meter más información; necesitaba silencio, al menos durante unos pocos minutos.
No filtré nada de lo que dijo, salvo que debía de reunirme con mi padre en su despacho.
Eso era anómalo, jamás me citaba en su despacho.
Al menos de que se hubiera enterado de que habías besado a tus guardaespaldas .
Y que uno de ellos te había puesto la mano encima. Y el otro le había amenazado con matarle.
Ay, en menudo lío me había metido.
Al entrar, con un pijama ridículo y con el pelo amarrado de cualquier manera en lo alto de mi cabeza, con la cabeza trabajando a toda velocidad sobre todos los escenarios que podían ocurrir; la realidad me dio una bofetada en la cara.
Allí mismo, vestido con el uniforme, se encontraba Carlo, quien me miró con la súplica reflejada en sus ojos verdes, bajo los que había una sombra púrpura que denotaba la falta de sueño.
Me quedé bloqueada en la puerta del despacho de mi padre, observando su rostro magullado; no es que no esperara no encontrármelo, pero sí esperaba tener más tiempo para concienciarme de ello.
Tenía un dossier beige entre sus manos, el cual había empezado a sujetar con más fuerza de la necesaria, llevando toda mi atención a los cortes en sus nudillos.
Los tenía destrozados. Por un segundo tuve la tentativa de ir corriendo y examinarlo de cerca, preguntarle qué le había ocurrido y ofrecerme a curarle sus heridas.
Tú limpias sus heridas y Efrén limpia las que él te ha hecho.
Una sonrisa irónica apareció en mis labios, siendo el motor para dar un paso más y entrar en impoluto despacho de mi padre. Dentro de mi, siempre hacia la tentativa de mover sus plumas de sitio, su ordenador o algún libro, solo para fastidiarlo. Era una fanático del orden.
Efrén y Diego también se encontraban ahí, leyendo una serie de documentos con mi padre .
- Me ha dicho Mer que querías verme, papá- no era algo cotidiano que entrara en su despacho y menos en horas de trabajo.
- Sí hija, siéntate, por favor- mal empezábamos si quería que me sentara. Tomé asiento enfrente a él, subiendo las piernas encima de la cómoda silla.
- Tú dirás.
- Q uería que supieras que debo de viajar unos días al consulado de Nápoles; de hecho, me voy esta misma noche- no entendía muy bien a qué venía esto, no era el primer viaje de trabajo que debía de hacer y no iba a ser el último.
Por lo que tenía entendido, en menos de un mes íbamos a irnos a Bruselas para la cena con los representantes de Europa; no conseguía entrever que era lo novedoso esta vez, hasta que el apellido Stracci parpadeó en mi mente. Como dije ayer, fue una declaración de intenciones.
- ¿Cuándo vuelves?- jugueteé con el cordón de mi pantalón de Mickey Mouse, reflejando una indiferencia que no sentía y una ignorancia que tampoco tenía.
- El lunes de la semana que viene, intentaré estar aquí para la hora de cenar- se levantó de su silla de cuero marrón chocolate para situarse delante de la mesa, apoyándose ligeramente, sin perder ni un segundo ese halo de seguridad y seriedad que le rodeaba siempre- Y una cosa más, cariño…
- y ahí iba la verdadera bomba- Efrén se vendrá a vivir contigo mientras yo no esté, se alojará en el cuarto de invitados y…
- Aspetta , aspetta , ¿qué?- dije levantándome de la silla.
- …y te acompañará a cada uno de los lugares a los que vayas: la universidad, si sales con Olivia y con tus amigos, a todos los sitios.
- Tienes que estar de broma, papá, ¡ya de paso por qué no me pones un chip para que me puedas rastrear!
¡ Cazzo !- mi voz resonó por toda la habitación de techos altos, sin provocar ningún tipo de reacción en los cuatro pares de ojos que me miraban; se dedicaban a esperar pacientemente a que descargara todo lo que tuviera que decir para continuar con aquello que ya habían decidido por mí. Como siempre.
- Sé que no te gusta, que lo único que me pediste fue que no te quitara tu independencia, pero esta semana va a ser así, te guste o no-me crucé de brazos, mientras que los ojos celestes de mi padre permanecían impasibles a las llamaradas que salían de los míos.
La rabia y la impotencia me carcomían por dentro- Y otra cosa más, hija, dentro de tres semanas debes de acompañarme a una cena en Bruselas.
Es la cena de gala que organizan por la reunión de diplomáticos en Europa.
Haré todo lo posible para que tan solo estés lo estrictamente necesario, pero necesito que acudas conmigo- la voz de mi padre había pasado de autoritaria a pacificadora.
Una voz calmada y pausada con la que buscaba mi consentimiento para acudir a la cena, lo que me daba a entender que era demasiado importante para él y para sus intereses.
Estaba más que acostumbrada a acudir a este tipo de eventos. Al principio, consumían mucho de mí; sentía que debía de aparentar ser alguien perfecta, educada y casi abnegada, pero con el paso del tiempo fui creándome una máscara de protección alrededor de mi verdadero yo.
Donde las miradas juiciosas de los demás acompañantes habían dejado de importarme y, lejos de desear la perfección en mi comportamiento, me dedicaba a ser una versión mucho más autoritaria de mi persona, donde las palabras y los gestos los cuidaba hasta su más ínfima expresión, sin dejar que me humillaran o mangonearan.
Había aprendido que una sonrisa y una contestación afilada podían hacer más daño que una contestación brusca y malhumorada.
Además, las personas, con el alcohol, se desinhibían de sus caretas y mostraban su verdadero yo; no había nada más placentero que fueran ellos mismos los que te dieran armas para atacarles si lanzaban la primera piedra.
En esos primeros eventos, veía la curiosidad reflejada en sus ojos, el juicio hacia una situación que no comprendían e incluso las conclusiones erróneas que muchos sacaban. ¿Por qué un embajador acudiría con su hija a un evento de esas características y no con su mujer o su pareja?
Muchos se hacían la misma pregunta y pocos eran capaces de reproducirla, aunque fuera indirectamente. Tras saberse la verdad, las miradas pasaron a ser compasivas e interesadas en el caso de que miraran a mi padre. La oficial muerte de la que fue mi madre, acalló todas esas suposiciones.
- De acuerdo, papá, allí estaré- le respondí con voz cansada- Avísame antes de marcharte- salí del despacho cerrando la puerta despacio.
Y así lo hizo, unas cuantas horas después, tras comer todos juntos, mi padre me dio un beso en la frente antes de marcharse junto a Diego y Carlo.
No iba a negar que le acompañaran ambos, me quitaba un peso de encima; el tiempo de desintoxicación que pasaría sin Carlo a mi alrededor me ayudaría a pensar en todo lo que había ocurrido.
Todavía me temblaban las manos al recordar el anónimo; esperaba que esconderlo me ayudara a también enterrarlo en lo más profundo de mi mente.
Después del estallido inicial, no iba a reconocerlo en alto, pero agradecía que Efrén se quedara conmigo. Me tranquilizaba cuando estaba cerca, me hacía sentir segura y era lo que necesitaba en este momento.
También había nervios y expectación por el tiempo a solas que pudiéramos pasar.
Tan solo nos hicieron falta unas horas para que nos acercáramos más de la cuenta y puede que para él fuera algo normal y a lo que estuviera acostumbrado.
Poco necesitó para acostarse con Bianca, pero para mí era algo nuevo.
Iba con el pie en el freno por si al final me estrellaba con todo lo que no estaba queriendo ver.
Levanté la mirada del ordenador para encontrarme con la luz del atardecer entrando a raudales por las ventanas del salón.
La luz teñida por tonos rosas y anaranjados intensos, iluminaba las paredes inmaculadas de la estancia.
Llevaba tantas horas sentada en el suelo con el ordenador apoyado en la mesa de centro, que no me había dado cuenta del tiempo que había pasado hasta que la luz cambió radicalmente.
Me quité las gafas, soltándolas encima del portátil, y me quedé ahí, con los ojos cerrados, dejando que la luz me bañara por completo. Sintiendo la calidez de ella, los colores rojizos sobre mi piel, llenando de una energía difícil de explicar.
Los atardeceres apenas duraban unos minutos y era ahí donde residía la magia; eran efímeros, momentáneos e insólitos, sin precedentes, para después convertirse en un velo de oscuridad que salvaguardaba e impulsaba nuestros sueños y pesadillas, iluminados por puntos de luz a miles de kilómetros.
Comencé a sentir el peso de una mirada sobre mí, abrí los ojos lentamente, giré mi rostro y me encontré con Efrén apoyado en el marco de la puerta, con los brazos cruzados, mirándome fijamente.
Se había deshecho de la corbata, la americana y la camisa; llevaba sus clásicos pantalones de traje negros con una camiseta del mismo color. Le había crecido el pelo en este tiempo y tenía los mechones despeinados, como si hubiera pasado muchas veces los dedos por él.
- Vístete, te llevo a cenar.
- ¿Quién ha dicho que quiera cenar cenar? Tiene una seguridad en sí mismo, señor Torres, que resulta un poco pretenciosa- una carcajada brotó de su pecho, envolviendo. Aquel sonido grave y profundo puso mi piel de gallina.
Me levanté del suelo, cerré los libros y mi portátil y pasé por su lado para subir a mi cuarto a cambiarme. Cenaría cuantas veces quisiera si así volvía a escuchar ese sonido.
Al pasar por su lado, su mano me sujetó el brazo, reteniéndome en el sitio. Su pulgar comenzó a acariciarme con movimientos circulares, perdiéndome en la ternura del movimiento y en sus ojos .
El ambiente pareció chisporrotear a nuestro alrededor y sus dedos alrededor de mi brazo pasaron a mandar corrientes eléctricas por todo mi ser, plantando un calor en mi piel que se extendía como la lava candente.
- Cena conmigo, por favor.
Ya había aceptado antes de que me lo pidiera de nuevo.