Fuimos Roma 9
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Behind these hazel eyes

Flora

- ¿Te dejo sola un minuto y el camarero ya quiere ligar contigo mientras Efrén le asesina con la mirada desde la mesa de billar?- la voz de Oli se filtró, atravesando mi estupor con banda sonora.

Me había quedado paralizada en el sitio con el sobre entre mis manos, mirándolo fijamente como si fuera lo más difícil que tuviera que descifrar en mi vida. Un acertijo al que no le encontraba respuesta.

Una de sus manos entró en mi campo de visión, quitándome la copa de entre mis manos, preguntándome cómo todavía estaba intacta y no rota, contra el suelo, con sus miles de esquirlas repartidas por la sala.

- No estaba ligando conmigo- fue lo único que se me ocurrió decir, antes de salir de mi estado de parálisis.Necesitaba salir de ahí. Necesitaba abrir el sobre.

Levanté mi mirada del sobre que portaba entre mis manos, antes de que sus ojos fueran a parar a él y comenzaran las incesantes preguntas, que la convertirían en una estupenda abogada.

¿Cómo un simple papel podía pesar toneladas?

Desvié la mirada a la barra, dónde Dean había apoyado sus antebrazos sobre ella, mientras abría una cerveza y se la tendía a Darío. Sus sonrisas eran suficientes para saber con quién acabarían aquella noche.

- Creo que está más interesado en Darío que en mí, Olivia-trasladé su atención a la barra, mientras escondía el sobre doblado en la caña de mi bota.

- ¿Quién ha dicho que no quiere las dos cosas?

Sería un chico listo si me preguntas- puse los ojos en blanco y me fijé en cómo había vaciado media copa de vino en un santiamén-Voy a buscar a Nico- arqueé la ceja y la miré directamente; en otro momento me hubiera reído- ¡Dante! ¡A por Dante!- se fue maldiciendo.

Momento en el que aproveché para darme la vuelta y atravesar el local, hasta llegar a la parte trasera, dónde se encontraban los baños. Metros antes antes de llegar, me encontré de frente con Efrén.

Tenía los brazos cruzados sobre el pecho y el ceño fruncido, es decir, la actitud que portaba el noventa por ciento del tiempo.

Su camiseta básica blanca se tensaba alrededor de su pecho y bíceps y caía por su estrecha cintura hasta la cinturilla de sus vaqueros.

Sobre su rostro había un juego de luces y sombras, resaltando sus afiladas facciones y volviendo más espeso su pelo oscuro.

- ¿Qué pasa, colibrí?- se acercó más a mí y me examinó desde su altura.

- Está todo bien- le sonreí y le tendí mi copa de vino, que me había devuelto Oli a la mitad antes de irse a buscar a Nico/ Dante- Voy al baño- antes de que pudiera decir nada más, enfile el camino hasta la parte posterior del local.

Esperé unos minutos apoyada en la pared de enfrente al baño.

¿Por qué siempre había cola en el baño de las chicas ?

Al pasillo oscuro le llegaban restos de las luces cálidas, al igual que el ritmo perdido de las canciones y de las risas. Jugueteé con el sobre entre mis dedos, impaciente. Necesitaba saber qué había ahí; estaba quemándome las yemas de los dedos y la piel de la palma de mis manos.

Una chica con un claro estado de embriaguez salió del baño, intentando no tropezarse con sus propios pies.

Esperé a que diera un par de pasos más y empujé la puerta metálica hasta que estuve dentro.

Miré mi reflejo en el espejo y tomé aire; necesitaba hacer esto de golpe, como cuando te quitabas una tirita.

Abrí el sobre y lo que saqué me desconcertó y me perturbó en partes iguales.

Un tríptico de la Iglesia de San Ignacio de Loyola estaba doblado a la mitad; la imagen del trampantojo me pareció un poco perturbadora, teniendo en cuenta que había estado ahí mismo horas antes.

Di la vuelta al panfleto informativo y me encontré con una nota escrita a rotulador negro en la que podía leer:

Me gusta observarte entre las sombras; nunca podré salir de ellas, tu luz es demasiado fuerte para los dos. Te traeré a la oscuridad conmigo. Serás la luz que brillará entre las tinieblas.

Un gemido salió de mis labios. El pavor, el miedo y el terror comenzaron a florecer en la parte baja de mi estómago hasta mi garganta. Mis manos comenzaron a temblar y mis ojos a inundarse de lágrimas, impidiéndome ver.

Comenzaron a caer por mi rostro, acelerando mi respiración antes incluso de desdoblar el panfleto.

Algo en mi interior me gritaba que debía desdoblarlo para descubrir qué había en su interior; la corazonada era tan real como las lágrimas que mojaban mis mejillas.

No era capaz de imaginar algo más aterrador que una nota escrita de puño y letra de alguien sin rostro.

Quien se había tomado la libertad de dejarla en el bar en el que disfrutaba, había estado en la misma iglesia que nosotros horas antes; era su manera de decirme que estaba cerca, muy cerca. Tan cerca, que podía sentir una respiración desconocida en mi espalda, entrecortada, como la de un espectro.

Desdoble el tríptico permitiendo caer al suelo aquello que había dentro.

Me agaché y descubrí una polaroid rectangular, de marco blanco, con una imagen de colores apagados.

A priori parecía una foto de una de las calles principales de la ciudad, con personas yendo y viniendo, con el caos natural de una ciudad como Roma, pero en el centro de aquel desorden estaba yo.

Esa fotografía no era de hoy, no llevaba aquella ropa, era un día de verano, llevaba mi vestido azul favorito y estaba caminando ajena a todo, con flores frescas en uno de mis brazos y observando los puestos del mercado.

Dios mío, ¿cuánto tiempo llevaba siguiéndome?

Quería huir, esconderme en donde nadie pudiera encontrarme.

Quería sentir los brazos protectores de mi padre, al igual que cuando era niña y tenía una pesadilla por las noches.

Pero esto no era una pesadilla, era una realidad.

Una realidad que me robaba el aire y que hacía que sintiera que me ahogaba.

El agua imaginaria me llegaba hasta el cuello y no podía respirar; por mucho que intentara salir a la superficie a respirar, no podía.

La nota junto a la fotografía, tiraba de mí hasta las profundidades del océano que se había abierto bajo mis pies al abrir aquel maldito sobre .

Antes de encontrar las fuerzas para salir del baño, doblé el sobre a la mitad y lo volví a esconder en mi bota; no quería que Efrén o Oli lo vieran y me preguntaran acerca de ello.

Con la premura por salir de ahí, crucé la sala hasta donde encontré a Efrén hablando con Nico.

Me acerqué a ellos y, recordando lo que me había dicho horas antes, le pregunté:

- ¿Listo para sacar mi precioso culo de aquí?- fui consciente de cómo fruncía el ceño y de cómo las preguntas se agolpaban en su lengua, pero aun así simplemente asintió y, cogiendo su chaqueta fue hacia la barra para recuperar los cascos.

Me puse el jersey y cogí mi bolso, fui hasta Oli mientras acababa de colocármelo para poder subir en la moto.

- Efrén me lleva a casa- y antes de que pudiera replicar e intentar convencerme, le recordé- No mezcles la cerveza con los chupitos, que luego te sientan mal y si necesitas dormir en casa, me llamas- ella asintió y me dio un beso en la mejilla-Cuida de ella, si va mal, no la dejes que se vaya a casa, llámame y la dejas en la embajada- le dije a Dante.

- La cuidaré- dijo a la vez que pasaba un brazo por sus hombros, pero aún así me quise asegurar de que estuviera bien. Mi mirada buscó a Nico y con un simple intercambio de miradas, supe que iba a cuidar de ella. Me di la vuelta, me reuní con Efrén y salimos a lo que ahora era la fría noche romana.

El frío caló por las hebras de mi jersey y me estremecí con el contraste del interior del local. Anduvimos hasta la moto y, en un trayecto de menos de cinco minutos, estuvimos en el lateral de la embajada. A estas horas era mejor entrar por ahí .

Pasé mi identificador por el lector y la puerta se abrió con un pesado clic. No habíamos hablado durante el trayecto, ambos estábamos sumidos en nuestros pensamientos.

- Buenas noches- le di un beso en la mejilla y me llevé conmigo su aroma.

- Buenas noches, colibrí- espero a que hubiera entrado en casa antes de arrancar de nuevo la vespa.

Subí los tres escalones de la entrada lateral y me deshice de mis botas antes de pisar el parqué. No sabía si mi padre estaba dormido o no, pero en todo caso no quería despertarle. Aún así, tal y como él siempre me pedía, le mandé un mensaje para saber que estoy bien. Era nuestro ritual.

Subí las escaleras con las botas en una mano y la nota en otra. Todavía me recorría el sudor frío por la espalda y las manos me temblaban recordando las perturbadoras palabras.

Encendí la luz de mi habitación, soltando las botas de cualquier manera, al igual que el bolso y el jersey.

Sentía un miedo atroz por quedarme sola, en el silencio de la noche y las sombras acechándome en la oscuridad.

Tal y como haría una niña pequeña; encendí la luz de la mesilla de noche y las velas que tenía en el baño, la luz cálida que iluminaba toda mi habitación me calmó desde un prisma infantiloide donde creía que la claridad era lo único que necesitaba para alejar el mal.

Debería tirarla, destruirla, quemarla. Pero en lugar eso, la guardo en una pequeña caja de música amarilla que conservo desde que era muy pequeña. La meto ahí y encierro a los demonios y monstruos que avivan esas palabras y esa fotografía .

Los encierro, esperando no volver a verlos jamás. Que se queden en el pasado, como una agonizante pesadilla.

A la mañana siguiente, mientras me comía el desayuno y oía a Mer hablar sin parar, ni siquiera para coger aire, sobre cómo iba a pasar la Navidad con la familia de su pareja y su ya exorbitante lista de regalos para los hijos de él, continuaba pensando en el anónimo.

Estaba exprimiendo mi cerebro pensando quién podría estar detrás de ello y revisando cada detalle que me pudiera dar una pequeña pista sobre quién lo había escrito.