8 #2
- Ajá, pero no te vas a librar de contarme qué ha pasado aquí.
Espero que te haya besado después de esas palabras.
Realmente espero mucho más, pero no creo que lo haya hecho en público- me dijo mientras nos separábamos, haciendo un gesto de cabeza en dirección a Efrén, con una sonrisa traviesa en sus labios.
- Casi- le sonreí. Antes de que pudiera añadir nada más, Dante, el batería que conoció aquella noche en Bandidu, apareció, rodeándola de nuevo, sus hombros con uno de sus brazos tatuados.
- Dante, te presento a Flora y a Efrén- sus ojos se iluminaron ante el reconocimiento de quién era y una bonita sonrisa tiró de sus labios y, como si de toda la vida nos conociésemos, me dio un gran abrazo de oso. No parecía tan capullo, después de todo.
- Vamos, uníos a la partida, está a solo una bola de perder contra Enzo- tras saludarse con un silencioso asentimiento con Efrén.
- ¿Enzo? ¿Enzo Stracci?
- Sí, resulta que sus amigos son los Stracci; esta ciudad es un pañuelo minúsculo.
Alrededor de la mesa de billar negra con detalles en plateado, se encontraban todos los Stracci juntos, pero muy diferentes a como les había visto la noche anterior.
Habían dejado atrás los trajes italianos y las pajaritas para ser unos veinteañeros normales, se habían despojado de todo el protocolo y el lujo que adornaba sus vidas, manchados por rumores y verdades sobre la mafia italiana, para acabar en un billar con unos simples vaqueros desgastados.
Y entre ellos se encontraba Nico, bebiendo su cerveza; sus ojos azules se clavaron sobre los míos, guiñándome uno de ellos a modo de saludo. Desde luego, esta ciudad era un pañuelo.
- ¿Has venido a ver cómo acabo con él, preciosa?- me preguntó Enzo al verme; sus ojos se clavaron unos segundos en mi labio para después volver a mirarme.
- No me digas que encima ha sido tan tonto como para apostar contra ti.
- ¿Qué te hace pensar que mi primo va a ganar la partida, Hidalgo?
- me preguntó Fabio, molesto. Había apostado contra su primo y empezaba a ser consciente de que le iba a dejar sin nada y no le gustaba perder- Me queda solo una bola más, la del ocho, listilla- sonreí y apoyé las manos sobre la mesa .
Era cierto, solo quedaba una bola rayada mientras que lisas quedaban dos, pero ni de lejos la iba a meter desde aquella posición, mientras que Enzo tenía las dos enfiladas en diagonal y la bola ocho no le supondría ningún problema.
- Enzo tiene las dos en diagonal, colocadas perfectamente, mientras que tú la tienes en un lateral, porque te ha podido el ansia de ganar a tu primo- me encogí de hombros- No se apuesta en contra de Enzo Stracci, deberías saberlo.
Enzo sonrió ampliamente; a diferencia de Fabio, quien como continuara frunciendo el ceño, se le iba a crear un surco entre sus cejas.
Se colocó estratégicamente para golpear la bola y efectivamente, chocó contra la pared sin llegar a rozar la tronera.
Hice un verdadero esfuerzo para no reírme, aunque su familia, ni siquiera su novia fueron tan considerados.
Le sentí antes de ni siquiera verle; se había colocado junto a mí y se había deshecho de su cazadora.
La verdad era que hacía calor aquí dentro, y entre sus grandes manos se encontraba un botellín de cerveza y una copa de vino blanco.
Antes de cogerla, me quité el grueso jersey bajo su atenta mirada, la cual se quedó durante unos segundos de más, calentando la zona, sobre el nudo de entre mis pechos.
Subió su mirada hasta mis ojos, provocando incendios en cada centímetro de piel sobre la que había paseado mi mirada.
Mis mejillas ardían ante su repaso y daba gracias a que hubiera tan poca luz aquí.
Me tendió la copa de vino y se colocó a mi lado para terminar de ver cómo Enzo ganaba la partida y lo que hubieran apostado.
Enzo se colocó tranquilamente, poniendo más nervioso a Fabio. Sus gestos eran deliberados; resultaban casi perezosos .
Cuando estaba completamente seguro del tiro, aunque me apostaba una mano a que ya tenía pensada la jugada desde hace tiempo, con agilidad golpeó las dos bolas, enviándolas directamente a la tronera de enfrente; tan solo le quedaba la famosa bola negra y ganaría.
Los músculos de sus brazos se tensaron y sus ojos azules se desviaron durante unos segundos hacia Chiara, quien miraba divertida la escena.
Estaban destinados a amarse o a odiarse; eran la versión masculina y femenina el uno del otro.
Menos mal que habían optado por la primera opción. Sino, hubiera ardido Roma.
Con un suave gesto golpeó la bola, su mirada sobre su novia; la bola avanzó, acabando en la tronera, haciendo un ruido sordo al caer. Sonreí y entonces se desató una locura absurda por un hecho que no tenía más importancia que ganar una partida de billar, o eso creía.
- ¿Cómo estabas tan segura de que le iba a ganar?- me preguntó Efrén, observando la escena y apretando la mandíbula, cuando vio el arma que asomaba por la cinturilla de Enzo.
- Las pocas veces que he visto a Enzo perder en algo, es porque él mismo había dejado ganar a los otros. Era una apuesta segura.
- Crees que los conoces, colibrí. Pero joder, vienen armados a un bar, su reputación es más que considerable y…
- Sé quiénes son, no soy idiota, Efrén. ¿Crees que no he oído hablar de las verdades que se dicen de la familia Stracci?
No son la primera, ni la última familia de mafiosos en Italia, ni siquiera en Roma.
Al igual que sé que el hecho de que mi padre se sentara con ellos en la cena benéfica fue una declaración abierta de intenciones y que le va a traer bastantes enemigos- di un trago a mi copa y me giré para quedar enfrente a él, con mi cadera apoyada en la mesa- Sé que me protegerás, pase lo que pase, pero, por favor, no me trates con condescendencia ni me creas tan inocente, porque no lo soy- mi arranque no pareció sorprenderle, pero estaba tan harta de que me trataran como si fuera de cristal, que ni siquiera medité las palabras.
- Muy bien, colibrí- dio un paso más hacia mí y se quedó a escasos centímetros de mí; tuve que elevar mi cabeza para poder mirarle a los ojos- Pero como esa arma se dispare o ni siquiera piense en hacerlo, yo seré más rápido y sacaré tu precioso culo de aquí y no volverás a salir de casa sin protección; el chaleco antibalas será tu nuevo accesorio favorito y no volveré a separarme de ti.
Allá donde vayas, yo iré y no habrá discusiones al respecto, ¿entendido?
- asentí y, antes de que ni siquiera me diera cuenta, sus labios estaban sobre los míos.
Apenas fue una caricia, sus suaves labios sobre los míos, su olor amaderado envolviéndomelo, el paro de mi corazón al darme cuenta de lo que ocurría y de la necesidad imperiosa que había abierto en mis entrañas.
Se separó igual de rápido que me había besado y sentí como mis mejillas volvían a arder.
- Y sí, sí eres inocente, colibrí. Y es precioso- su amplia sonrisa hizo que mi corazón diera un vuelco y que me quedara sin respiración .
Un ruidoso revuelo se formó a nuestro alrededor, aunque los sonidos no los escuchará con claridad. Estaban filtrados, distorsionados, mientras yo me hundía en los ojos oscuros de Efrén. Me había besado y después había dicho esa declaración de una forma tan suave, que había acariciado todo mi ser.
- Ni de coña, no te voy a dar las llaves de mi coche. ¡Quiero la revancha!- escuché más claramente los gritos de Fabio.
Me obligué a mirar en su dirección y me encontré con un cabreado Fabio y con un relajado Enzo, mientras el resto estaba riéndose o intentando no hacerlo. Tras Enzo estaba Nico, quien sonreía por debajo de su botellín.
- Una apuesta es una apuesta, primo. Haberlo pensado mejor. Las llaves- le pidió Enzo mientras se encendía un cigarro.
- ¡Que no! ¿Tú sabes lo que vale ese coche?
- Sí, te acompañé a comprarlo- se acomodó al lado de Chiara, mientras ella se apoyaba en él.
- Te he avisado de que no apostaras el Maserati y no me has hecho ni puto caso- apuntó Nico, quien pasó de sonreír a tener un gesto hosco. Seguí su mirada y me encontré con Oli, besándose con Dante mientras reían de algo. Esto iba a acabar mal.
- ¡Que no! ¡Quiero la revancha!- insistió Fabio.
- No seas crío, primo. Las llaves- le recriminó Enzo con la mano abierta.
Fabio maldijo de todas las formas posibles, para terminar depositando las llaves en la mano de su primo, quien le miraba triunfante. Lia consoló a su novio, quien se sentó enfurruñado como un niño de tres años. Pero, enserio, ¿quién se apostaba un coche?
Darío invitó a jugar a Efrén en una nueva partida y, antes de aceptar, me miró para asegurarse de que estaba bien.
Asentí y le sonreí, porque, pese a todo lo que había escuchado de los Stracci, iba a llevarse bien con ellos.
La vida no era blanco o negro, sino una constante gamas de grises que te impedía medir dónde estaba el límite.
Enzo se separó de Chiara y avanzó hacia mi; sonreí y él también, quitándose el cigarro de entre sus labios. Era guapo a rabiar. Tenía una belleza clásica como la de las esculturas de la ciudad, aunque yo prefería la belleza de las cicatrices, como la de cierto guardaespaldas.
- No te vas a quedar con el coche.
- No, pero él no lo sabe y así se lo pensará dos veces antes de apostar-sonreí divertida ante su contestación- Ah, y, preciosa-se acercó un poco más a mí, para que nadie más fuera consciente de que iba a decir a continuación- No sé quién te ha hecho eso y sé que tampoco me lo vas a decir.
Pero reza para que no me entere, porque Efrén no va a ser el único que va a querer tener más que palabras con él.
- ¿ Enzo Stracci se preocupa por mí?- pregunté sarcásticamente.
- No es solo la mafia lo que llevo en mis venas, Hidalgo. También la protección a los míos y tú- me dio un golpecito en la nariz- Tú eres de los míos- no supe qué decir; la saliva formó una pelota incómoda en el centro de mi garganta, por lo que únicamente asentí .