Fuimos Roma 8
21%

8

The one that got away

Flora

Sus ojos querían decirme todo lo que sus labios callaban.

No había devuelto la vista a la ciudad o a la naturaleza que flanqueaba nuestras espaldas; si no, lo había dicho mirándome a los ojos.

Intenté distinguir la verdad detrás de sus palabras; sentía que había mucho más detrás de ellas y, lejos de lo que al principio pensé de él, el corazón de Efrén Torres era algo en lo que quería zambullirme y en el que quedarme.

Su necesidad de control, sus palabras a veces rudas y su capacidad para analizar todo lo que le rodeaba no desaparecerían, pero las capas del frío iceberg que escondía sus ojos, iban despareciendo y revelaban un interior mucho más complicado que lo que en un inicio pensé.

Y aunque fuera más difícil, también era más bello; hasta en nuestras heridas más feas habitaba la belleza.

Acercó su rostro un poco más hacia el mío y yo ya no recordaba cómo se respiraba. Le sentía tan profundamente, su calor, su olor amanerado con notas de frescor, la profundidad de sus ojos, que estaba segura de que llenar mis pulmones de oxígeno había pasado a un segundo plano.

Nuestras bocas estaban tan juntas que, con un simple movimiento por parte de cualquiera de las dos, se unirían. Sus labios rozarían los míos y juraría que debía de sentirse como la euforia más pura, pero nada de eso pasó; el sonido estridente de mi teléfono pinchó nuestra burbuja .

Efrén se separó rápidamente, soltando una maldición por lo bajo para después aclarar su garganta. Me costó unos segundos recuperarme y buscar en mi bolso el móvil. El rostro de Oli parpadeó en la pantalla.

- Oli- respondí mientras jugueteaba con mi pelo.

- ¿Todo bien?- escuché ruido al otro lado- Para un momento, Dante, es Flora. Un segundo- escuché como la preguntaba si todo andaba bien- ¿Flora?

- Sí, sí, todo va bien.

- ¿Seguro? Te noto rara, sé cuando estás rara.

- Todo está bien.

Salvo que casi me beso con mi guardaespaldas; de hecho, es el segundo con el que me beso en menos de veinticuatro horas. Quitando ese pequeño detalle que carece de importancia, sí, todo bien.

- ¿Pasa algo?- le pregunté, preocupada. Normalmente con Olivia no nos mandábamos mensajes, sino que directamente nos llamábamos, algo casi obsoleto en nuestra generación, pero lo preferíamos así. Y no, no te engañes, que cuando nos veíamos, no nos quedábamos sin tema de conversación.

- Ah, no. Te llamaba por si te querías venir a tomar unas cervezas con Dante y sus amigos; será divertido- decía en serio lo de seguir viéndose con Dante.

- Emm, dame un momento- silencié la llamada y me giré hacia Efrén- Oli me ha preguntado si me apetece ir a tomar algo con ella y con Dante, ¿te parece bien?

- ¿Dante? ¿Ese no es el batería que tocaba en el bar?

- Me asombra tu capacidad para retener información.

- Si tiene que ver contigo, no comprendo otra manera de hacerlo- me quedé momentáneamente paralizada por su sinceridad, hasta que recordé que ese era exactamente su trabajo- Iremos dónde quieras, colibrí, soy todo tuyo.

Ay. Dios. Mío.

Quité el botón de silencio; sin embargo, eso es lo que hubiera hecho si le hubiera dado al botón. Miedo me daba acercarme el teléfono a la oreja.

- ¡¿Qué, qué?!- gritó mi amiga al otro lado de la línea- Si a mí alguien me dice algo así con esa voz, estoy cachonda para el resto de la semana.

- ¡Oli!- mis mejillas debían de iluminar hasta el Vaticano, mientras ella reía a carcajada limpia.

- Os venís, te mando la dirección- dicho esto colgó.

- ¿Vamos?- me preguntó Efrén, sin hacer ninguna pregunta de por qué mis mejillas parecían dos farolillos.

Asentí y él pasó su brazo sobre mis hombros, acercándome a él, mientras que intentaba retener lo que había provocado la palabra tuyo, ya no solo en mi corazón, si no en todas las terminaciones nerviosas y cómo había dicho, Olivia, yo también estaba cachonda.

Anduvimos tranquilamente hasta donde habíamos dejado la Vespa entre las múltiples que había aparcadas. No me había equivocado, la sensación de libertad que me envolvía era mucho más intensa de lo que esperaba.

Recorrimos la corta distancia hasta el bar, que se encontraba en una de las calles colindantes a Palazzo Firenze .

Tras aparcar, bajé de la moto, quitándome el casco, y me pregunté cuántas veces había pasado por aquí y no me había dado cuenta de este bar.

Efrén, con aquel movimiento sensual y ágil, también se deshizo del casco, parándose a centímetros de mí.

- ¿Has pensado qué vas a decirle?- le miré confundida, sin saber a que se refería hasta que pasó su dedo por mi herida. Fue tan sutil y tan delicado que, si no le estuviera mirando, hubiera pasado desapercibida su caricia.

- Cazzo - maldije.

Cuando le había dicho que sí a Oli, estaba tan abducida por todas las emociones que sentía en mi interior, que se me había pasado por completo el insignificante detalle de que Carlo me había partido el labio besándome, nótese la ironía.

Nunca, jamás, en todos los años que llevábamos siendo amigas, la había mentido. Nunca, ni siquiera con algún detalle sin importancia, por lo que estar planteándome en este momento qué decirle, hacía que mi estómago se revelara hasta sentir un nudo en su boca.

No le iba a decir la verdad, porque sé cómo se pondría y sé que no lo dejaría pasar. En ese momento Olivia Ros se convertiría en una bola de demolición imposible de parar; hasta que no diera con Carlo, no pararía, lo sabía. Lo sabía porque no éramos solo amigas, éramos hermanas.

Nuestra relación iba mucho más allá que cualquier amistad convencional; ella era mi caos, ella era quien lloraba cuando yo lo hacía, quien me hacía impulsar mis emociones, quien hacía sentirme amada pese a todo y con todo.

Mientras que yo era su calma, la mano que siempre la agarraría si se cayera y no la soltaría nunca, el número en su móvil que siempre podía marcar, su hogar, al que volver.

Por todo ello, mentirla, fingir que nada había pasado, me iba a doler tanto que me hizo replantearme si era lo mejor, solo por la mezquina decisión de no sentirlo.

- Tengo que mentirle.

- No, no tienes- Efrén me apartó un mechón que caía por mi rostro y me obligó a mirarlo, poniendo un dedo sobre mi mentón, clavando sus ojos oscuros sobre los míos- No le debes nada a ese cabrón, nada, colibrí.

Fue él quien se sobrepasó y fuiste tú quien gritó; no tienes que mentir por él.

Déjame que hable con Diego y no le tienes por qué volver a ver en tu vida si no quieres.

- No miento por él.

- Sí, sí lo haces. Lo haces porque no quieres traicionarle, sabes que en el momento en el que hables, su carrera se irá a la mierda, que con un poco de suerte Diego no le matará- sonreí y puse los ojos en blanco- No era una forma de hablar, colibrí.

Le matará- desplazó su mano hasta colocarla en mi mejilla, acariciándome dulcemente con su pulgar- Eres leal, aunque te fallen y él lo sabe.

Sabe que no le delatarás y que yo tampoco lo haré, porque no estoy preparado para que me odies- se me hizo un nudo en la garganta; en los ojos me escocían por las lágrimas y emociones retenidas.

No creo que nunca pudiera odiarte. Ni siquiera en mil vidas.

- No sabes cómo es Oli, no lo dejará pasar.

- Bien, Diego y yo podríamos necesitar una abogada- solté una carcajada a la vez que Efrén volvió a pasar su brazo sobre mis hombros, encaminándonos hacia el bar .

Efrén me sujetó la puerta y entramos a un bar en lo que los neones reflejaban sus luces sobre la antigua estructura de madera.

Los carteles antiguos luminosos colgaban de las paredes; entre mesas altas con taburetes se colaban mesas de billar negras iluminadas directamente con lámparas rectangulares, siendo las únicas fuentes de luz ,a excepción de las pequeñas finas tiras de luz que había tras las botellas de detrás de la barra.

Escaneé las mesas en busca de Oli, pero nada y tampoco había rastro de ella en la barra de madera, en la que un par de camareros servían cervezas al ritmo de 03’ Bonnie and Clyde de Jay-Z y Beyoncé.

Efrén agarró con confianza mi mano y serpenteamos hasta llegar a la altura de uno de los camareros; no sé qué le dijo, porque la música estaba lo suficientemente alta como para no poder escuchar nada a menos que estuvieras cerca.

Solo sé que le tendió nuestros cascos y que le dio las gracias.

Seguí buscando con la mirada a mi amiga hasta que di con ella al final del local.

Llevaba su largo pelo negro suelto junto a una camiseta de manga corta ceñida que le quedaba a la altura del ombligo en la que alcanzaba a leer; don’t hate me but rockstar love me, junto a unos pantalones cortos de Jaded London.

Los volantes hechos de encaje y puntilla se arremolinaban en lo alto de sus muslos al estar sentada sobre el borde de la mesa de billar, haciendo que sus piernas se vieran infinitas por las botas de Balenciaga que llevaba, acabadas en punta y con un tacón fino.

Su mirada verde brillaba al reírse; un brazo tatuado por completo protegía sus hombros mientras observaba la partida.

No sabía si era porque nuestras almas estaban conectadas por un hilo invisible o porque si cada vez que una estaba cerca nuestro corazón nos lo decía, pero de repente sus ojos se clavaron sobre los míos y con un salto bajó de la mesa.

- Amore - di un paso más hacia ella y se congeló de golpe, supongo que al verme- ¿Con quién te has metido en una pelea? Y si es así, ¿por qué narices me lo he perdido?- estaba tirando de humor, pero sus ojos no se despegaban de mi labio.

- Siento decirte que ha ganado la ventana- puse los ojos en blanco, con dramatismo, para acto seguido abrazarla.

El calor de su cuerpo delgado calmó mi alma y la reconfortó, haciéndome sentir culpable por la mentira que había abandonado mis labios- No te preocupes, de verdad, ya sabes que soy un poco torpe- la susurré mientras continuábamos abrazadas.