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Close to you
Efrén y Flora
Efrén:
Después de la rica comida que nos había preparado Nicoletta, fuimos andando por las inmediaciones de Trastevere, sorprendiéndome de lo bien que conocía el barrio Flora. Desde las calles más turísticas hasta las calles y comercios que tan solo conocerían los verdaderos romanos.
Con la mayoría de las personas me sentía desconectado; no era capaz de mantener una conversación que me resultara lo suficientemente interesante como para escuchar la otra parte.
La mayoría de las veces me importaba una mierda lo que decían; eran conversaciones vacías llenas de un egocentrismo que no estaba dispuesto a aguantar.
- ¿Se ha puesto en contacto contigo?- Flora se paró en seco y comenzó a juguetear con el collar que siempre colgaba de su cuello, contestándome antes de abrir la boca. No necesité decir su nombre; ambos sabíamos a quién me refería.
- Sí- cogió aire y reanudó el paso- Me ha llamado esta mañana, se ha disculpado.
- Es lo mínimo que debería hacer por ti- respondí, aunque gustoso hubiera añadido: si fuera listo, no volvería a tu vida.
Llegamos a la calle donde se encontraba el pequeño negocio de alquiler de vespas; parecían tener todos los papeles en regla y los vehículos habían pasado por todo tipo de revisiones pertinentes para su óptima circulación.
Entré en el establecimiento y el sonido de la campanilla encima de la puerta indicó mi entrada; un par de chicos de más o menos mi edad salieron de la trastienda.
Me hablaron de las tarifas, de dónde se encontraban las vespas y dónde debía dejarla; les hice preguntas muy concretas acerca de la potencia del motor y otro tipo de detalles.
Cada pocos minutos miraba a Flora, quien había dicho que esperaba fuera, y mis recurrentes miradas habían alertado a los chicos de su presencia.
Me di cuenta de cómo la miraban cuando agaché mi mirada a los papeles para poder firmar todas las hojas del contrato.
Les di mi carnet de identidad y, con toda la premeditación posible, dejé caer mi placa de seguridad de la embajada.
Ambos retiraron la vista rápidamente de Flora y, se pusieron a hacer las copias.
Volví a buscarla con la mirada y lejos de estar sola, había un chico hablando con ella animadamente.
Llevaba el casco de moto debajo del brazo y la miraba embobado, mientras ella sonreía ajena a todo.
Su mirada la recorrió todo el cuerpo y tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para no salir de allí y separarle de ella, se estaba tomando muchas licencias y se estaba acercando cada vez más a ella.
No sé qué estarían hablando, pero Flora me señaló a través del cristal y mi mirada siguió clavada en él.
Sería un baboso, pero no gilipollas, porque retrocedió un par de pasos al verme.
- Vale, estas son las llaves y la tienes aparcada al otro lado de la calle- dejó las llaves de una vespa GTS- Y estos dos son los casos; el blanco es para ella, se le ajustará mejor.
- Gracias- pillé los dos cascos y las llaves y salí del establecimiento, me coloqué detrás de ella y miré directamente a su nuevo amigo- ¿Preparada?- le pregunté.
- Efrén, te presento a Fede; es guía por la ciudad y se estaba ofreciendo a llevarnos él- me sonrió y guiñó un ojo, debido a que el sol le daba directamente en la cara, pintando de un color rojizo su nariz y mejillas.
Me torturaba lo rápido que confiaba en la gente y la amabilidad con la que los trataba; no le conocía de nada y no paraba de sonreírle como si le conociera de toda la vida.
- Encantado- sostuvo la mano durante unos minutos esperando mi saludo y por unos segundos me pregunté cómo de capullo quedaría no devolverle el saludo.
Al final, le estreché la mano- Entiendo que quieras ser tú quien lleve a tu chica- sonreí porque en un mundo paralelo, así sería; habría luchado hasta que fuera una realidad, pero en el mundo real, eso no tenía cabida.
Flora abrió la boca para corregirle, pero antes de que pudiera hacerlo, di un paso hacia delante y la agarré de la cintura.
- Gracias de todas maneras- Fede asintió y retrocedió un paso; aunque estaba equivocado y la realidad es que él tenía más oportunidad con ella que yo, reconocí su gesto.
- Adiós Flora, encantado- le sonrió y se metió en el interior del local.
- Tenemos que hablar de tu capacidad de autoprotección, colibrí- elevó las cejas y cogió el casco blanco de entre mis manos.
- ¿Por qué? Estaba siendo agradable Efrén .
- Ted Bundy también era agradable- apunté cruzando la calle hasta la vespa. Me monté, la encendí, dejando el motor ronroneara debajo de mí. Era la primera vez que volvía a tocar una después de lo que pasó.
- No todo el mundo es un misógino, ególatra, sociópata, asesino en serie- me recriminó y, lejos de enfadarme, hizo que soltara una carcajada. La atraje hacía mí y le ajusté bien el casco, asegurándome de que estuviera segura.
- ¿Tendría que preocuparme que describieras tan bien a un asesino, colibrí?- mis manos seguían en su cintura, sintiendo su calidez a través de la gruesa lana que tejía su jersey.
Mis dedos habían tomado vida propia, clavando en su piel. Su cabello largo nos envolvía a causa de la brisa de principios de invierno; rezumaba ese aroma dulce y cítrico que me volvía completamente loco.
Al principio Flora se había tensado como las cuerdas de un violín, pero según pasaban los segundos se iba relajando más y más, hasta sentirla completamente cómoda conmigo. Para alguien que rápidamente confiaba en las personas, el contacto físico le costaba sobremanera.
Me preguntaba por qué o si era yo quien le ponía tan nerviosa, como ella así cuando apenas rozaba su mano con la mía cuando andábamos por la calle o como en la comida, que varias veces la había apoyado sobre la mía, de forma despreocupada y natural.
O si se asemejaba a cómo había sido sentir el contacto de sus labios contra mis mejillas o si igual era como cuando le había rozado los labios con mis dedos, deseando que no fueran mis dedos los que los tocaban .
Flora:
- ¿Me tendría que preocupar yo por tu incapacidad para confiar?- me sonrió de medio lado, haciendo que mi corazón aleteara.
- Me entrenaron para desconfiar, colibrí. No me puedes pedir que confíe y menos en un tío que estaba escaneándote de arriba a bajo- sus manos continuaron en mi cintura, agarrando con fuerza.
- Eso no es verdad.
- Sí que lo es, pero eres lo suficientemente inocente como para no verlo- dicho esto, me bajó la visera del casco y se colocó en la moto, quitando la pata de cabra.
- ¿Ha cumplido tus expectativas de seguridad?- le pregunté, refiriéndome a la empresa y sabiendo de sobra que habría alquilado la moto en la empresa más segura que habrá encontrado. Otra cosa no, pero mi seguridad la llevaba a rajatabla.
- Más o menos, era la más segura de la zona- arrancó el motor para acto seguido tenderme la mano para que me subiera yo a la vespa- Aún así, ni se te ocurra dejar de agarrarme- puse los ojos en blanco y pasé mis manos alrededor de su cintura- ¿Es una broma, colibrí?
- agarró mis manos con las suyas, depositándolas debajo del centro de su pecho.
- Sentía el ritmo de su corazón acelerado, cómo inspiraba y expiraba, los músculos que escondía tras aquella fina camiseta blanca; podía sentir y notar cada pequeño cambio que hacía su cuerpo .
Cuando se aseguró de que iba bien agarrada, soltó mis manos y arrancó la moto.
El ronroneo del motor mandó vibraciones junto a mi vorágine de emociones, sintiendo todo con casi hipersensibilidad.
Los rayos de sol sobre mi piel, la ligera brisa que movía mi pelo a su antojo e incluso el sonido de sorpresa que emití al acelerón que dio Efrén junto a sus carcajadas, que no solo pude oírlas, sino también sentirlas.
La primera vez que quise hacer esto fue al poco tiempo de llegar a la ciudad.
A través de las ventanas del coche veía cómo iban de un lado a otro en Vespas de diferentes colores, sorteando el tráfico, zigzagueando entre los coches, calentando su piel e imaginaba la sensación de libertad que debían de sentir.
No me podían culpar, había crecido viendo a Lizzie recorriendo la ciudad de la compañía de Paolo, cuando al que debía querer era a Gordon y no al traidor, por muy italiano que fuera y por mucho que no supieran de que estaban hechos los sueños.
La segunda vez fue cuando conocí a Olivia.
Una de las tantas tardes que pasábamos recorriendo las calles, me preguntó qué era aquello que miraba y que me tenía tan absorta que había hecho que ni siquiera la escuchara.
Se lo conté y también le dije que era una fantasía, un sueño que no alcanzaría, debido a que decirle a Diego que sí podía irme con desconocidos a pasear por la ciudad subida en una moto no era algo que hubiera salido muy bien.
Me hizo volver a intentarlo, le aseguré que no iba a ir sola, que Olivia iría conmigo; por lo visto, eso le hizo tener más razones para decirme que no.
Toda la expectación por qué se sentiría, se convirtió en una corriente eléctrica en mi interior que provocaba que cada pequeño estímulo lo sintiera y lo hiciera mío mientras recorríamos las angostas calles de Trastevere.
Dejábamos atrás edificios de colores cálidos, balcones llenos de flores y terrazas minúsculas que llenaban de vida cada adoquín que formaba la vía romana.
Bordeábamos el río Tiber, con el sol empezando a bajar, dibujando estelas de luz anaranjadas, anticipando el atardecer de dentro de un par de horas. La humedad se pegaba a mí piel y mi cabello corría libre, los latidos calmados de Efrén comenzaron a ser la canción silenciosa que nos acompañaba.
Cruzamos el río, pasando por el Castillo de San’t Angelo, callejeamos hasta Piazza Navona, en la que el ruido del gentío mezclado con el agua de las fuentes, creaba una atmósfera alegre.
Continuamos hacia Panteón e, indicando a Efrén, le obligué a aparcar la vespa en Piazza della Minerva para poder ir andando a la iglesia de San Ignacio de Loyola, un tesoro que tenía que ver con sus propios ojos.
Continuamos recorriendo las principales arterias de la ciudad, nos colamos entre las estrechas calles, visitamos Trevi, maravillándonos de la burbuja mágica que creaba en el rincón de la ciudad, las monedas bajo el agua, resplandeciendo.
El bronce y dorado contra las estatuas que parecían cobrar vida; puede que estuvieran muertas por dentro, pero en el exterior, podías sentir el sufrimiento, la valentía, el movimiento del agua y casi podías escuchar sus sonidos.
Una obra de teatro congelada en el tiempo.
Siempre me recordaba a un mundo mágico, su reina les había congelado en otra vida y ahora estaban condenados a maravillarnos a los mundanos con su belleza .
Subimos hacia el mirador de Pincio , observamos los tonos rosados, anaranjados y morados poner el día, transformar la ciudad, crear otro fondo para la ciudad eterna.
Nunca acaba, nunca parecía tener fin, solo se transformaba.
Sus cielos cambiaban del azul más intenso a los rosas más irreales, para dar la bienvenida a las historias secretas que pasarían cuando unos pocos dormirían.
Parecía que si dormías, te perderías la magia que salía de sus tejados, sus ruinas y sus declaraciones de amor escritas por las paredes.
Sus suelos empedrados escondían cientos de historias y quería que aquel mirador empezara a esconder la nuestra. Aunque estuviera destinada al fracaso.
- Me preguntaste cuál es mi rincón favorito de la ciudad-hablé, nuestras miradas estaban puestas en el horizonte y nuestros brazos apoyados en la balaustrada- Da igual los caminos que tomes, cada uno de ellos te lleva aquí.
Ese pensamiento me da paz, no me hace sentir tan perdida- le sonreí y, tragando el nudo que tenía en la garganta, continué hablando- Cuando veo todo desde aquí arriba, calma mi corazón.
La necesidad de ser suficiente para los demás, el ansia por que me quieran y el miedo porque me olviden, desaparece.
Sé que parece una tontería y probablemente pienses que estoy loca, pero eres la primera persona con la que vengo aquí y necesitaba que entendieras que ahora mi lugar favorito también te pertenece y espero que te guste- me encogí de hombros y esperé nerviosa su respuesta.
Sabía que había dejado de mirar al horizonte; había centrado toda su atención en mí.
Sentía su mirada sobre mi rostro, quemándome.
No sabía de dónde había nacido la necesidad imperiosa por compartir esos pensamientos, que jamás había dicho en voz alta, pero parecía lo correcto.
Quería que entendiera lo importante que era para mí y, si con eso desnudaba una parte de mi alma, que así fuera.
A veces, hay que confiar ciegamente, exponer todo lo que guardas con candado y esperar que la otra persona no lo rompiera.
Giré mi rostro para mirarle y maravillarme.
Las notas de miel habían tomado más protagonismo en sus ojos oscuros; sus duras líneas de expresión, siempre tan marcadas por la presión, se habían suavizado.
Siempre me era muy difícil ver algo a través de sus ojos, pero en ese caso estaba viendo cada emoción, un caleidoscopio de todas ellas.
Se acercó un poco más a mí, hasta que nuestros brazos se rozaron, hasta que compartimos el mismo aire y escuchábamos nuestras respiraciones.
La decisión en sus ojos me hizo tener un escalofrío que vagó desde la parte baja, donde unas horas antes me agarraba con fuerza, hasta mi corazón, calentándolo.
- Ya lo hace.