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Pasamos de largo todos los restaurantes y seguimos calle abajo hasta llegar a una modesta casa de comidas.
Se encontraba en el bajo de un edificio, resguardado por unas largas escaleras.
La balaustrada se encontraba llena de flores de diferentes tonalidades, haciéndome recordar a mi madre. Le encantaría este lugar.
En el letrero se leía Cucina di Nicoletta; las mesas estaban decoradas con flores frescas, las sillas de madera se integraban perfectamente en el ambiente y el olor a orégano impregnaba la calle.
Flora sonrió al camarero, quien la reconoció rápidamente y le señaló la mesa en la que comeríamos.
Como no era de extrañar, estaba en plena calle y, tal y como conocía a Flora, estaba seguro de que siempre pediría la misma.
Era peligroso, no tenía una visión completa de la calle y había demasiados puntos ciegos desde mi posición. Joder.
- Esta es nuestra primera parada- dijo mientras se acomodaba en la silla, haciéndome imposible no recorrer su cuerpo con la mirada- La comida de Nicoletta es increíble, pero no se lo digas a Mer, ¡o se enfadará!
Aún habiendo empezado el invierno, la temperatura era agradable.
En el cielo no había ni una sola nube y tan solo una leve brisa corría, atrayendo el olor a pasta fresca.
Los rayos del sol se colaban, incidiendo directamente en la cubertería y en nuestros rostros, otorgando al de Flora una rojez en su nariz y mejillas.
El rosa más intenso de su cabello brillaba con fuerza, dándole un aire de fantasía tan suyo.
Siendo el equilibrio perfecto entre lo real e irreal.
Me dejé aconsejar por Flora y estaba en lo cierto, era la mejor pasta que había comido en mi vida.
Los camareros la trataban con camaradería, como si la conocieran de toda la vida; no pude evitar preguntarle por ello y es que había venido innumerables veces.
Llegó la hora del postre y la misma Nicoletta salió a servirnos.
- ¡Nicoletta! ¡No tenías que haber salido!- exclamó Flora levantándose rápidamente y cogiendo el plato a la señora mayor.
- ¡Cómo no iba a salir a verte! ¡Y además si me has traído a un chico tan guapo!- sonreí, levantándome a presentarme a la mujer.
Nicoletta debía de tener al menos ochenta años, pero aún así, desprendía un espíritu joven e imponía a sus empleados por el modo en el que la miraban.
Su corto y blanco cabello descansaba por encima de sus hombros, avivando el azul de sus ojos y el rojo de sus labios.
Llevaba puesto un delantal de cocina y, lejos de tener movimientos torpes, se movía con mucha soltura.
Sus manos arrugadas por el paso del tiempo agarraban las de Flora con cariño.
Sus dedos llenos de grandes anillos y sus uñas pintadas de un morado muy chillón dejaban claro su gran personalidad.
- Encantada de conocerla, señora. La comida estaba exquisita- con sorpresa recibí los dos sonoros besos que me dio.
- Guapo y educado, ¡me gusta para ti, cariño! ¿Es tú novio?-le preguntó a una sonrojada Flora.
- No tengo esa suerte, señora- los ojos de Flora me miraron sorprendidos y un dulce rubor se extendió hasta sus mejillas.
- ¡Ay!- exclamó Nicoletta dando una pequeña palmada- Vai, vai, ¡probar el postre! ¡Ven a verme más a menudo, tesoro !
- È sempre un piacere Nicoletta- las palabras salieron suaves entre sus labios, sonriendo con cariño a la señora.
- ¡Tráeme siempre a chicos tan guapos!- Flora soltó una carcajada y negó con la cabeza, a la vez que se sentaba de nuevo- ¡Ragazzo attento! - gritó regañando a uno de los camareros. Había militares menos duros que aquella señora.
- ¿Chicos?- pregunté intentando sonar despreocupado. Pero de despreocupado nada, ¿a quién había traído ya aquí? Había mencionado que había venido bastantes veces, pero no con quién.
- Se refiere a mi padre y a ti; sois con los únicos chicos con los que he venido. Bueno con Diego también, pero creo que a él no se refiere- sonrió y yo solté una carcajada. Por supuesto que a Diego no se refiere, ese carbón da un miedo atroz si no le conoces.
- ¿Qué es esto?- le pregunté para evitar que viera lo mucho que me había aliviado su respuesta.
- Son cannoli , básicamente es una masa frita con queso ricotta en su interior, ¡y no hay manera elegante de comérselos!
¡Pero están riquísimos!- cogió uno de ellos entre sus largos dedos y dio un mordisco, haciendo que el queso de su interior le salpicara la boca- ¡Lo ves!
- sonreí mientras seguía su lengua con la mirada.
Se limpió los labios con movimientos circulares, haciéndome imposible quitar la mirada, excitándome cada vez más.
- ¿Puedo?- ella asintió y me levanté para quedar a centímetros de mi mayor tortura, su boca. Deseaba besarla en cada parte de su cuerpo, hacerle cada una de las cosas que había imaginado mil veces, pero era imposible; debía resistirme. Ella era mi clienta y estaba fuera de todos los límites.
En lugar de eso, limpié la comisura de su boca con mi pulgar, disfrutando ver cómo sus pupilas se transformaban y cómo se quedaba muy quieta, expectante.
Sabía que lo que iba a hacer a continuación no estaba bien, pero al menos, si no podía besarla, podía disfrutar de sus reacciones.
Con el trozo de queso y virutas de chocolate en mi dedo, me lo llevé a la boca, haciendo que la respiración de Flora se cortara y que siguiera mis movimientos con la mirada.
Las pupilas se le dilataron a causa del deseo y la sorpresa y sus labios quedaron abiertos durante unos segundos.
Volví a mi sitio sin despegar mi mirada de la suya; al menos sabía que le atraía, me deseaba. Dudaba que lo hiciera tanto como yo a ella, pero lejos de causarme tranquilidad, resultó ser una tortura mucho mayor.
Sus deseos y sobre todo los míos se iban a tener que dejar de lado. Igual si solo hubiéramos sido dos desconocidos, no hubiera tardado más de un encuentro en devorarla, pero eso jamás lo sabríamos.