Fuimos Roma 6 #2
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Me esmeré más de lo normal en maquillarme, pero aun así, los puntos no podía taparlos.

No había rastro del moretón que se formaba alrededor de la herida, pero el corte era claramente visible en mi labio inferior.

Bajé a desayunar hecha un manojo de nervios y di gracias a que Diego hoy no estuviera en la embajada.

Tenía la capacidad de ver a través de mí y sonsacarme los más oscuros secretos de mi interior.

En el momento en el que pisé la cocina, tanto mi padre como Mer pusieron el grito en el cielo, tanto que casi me llevan a urgencias para que me examinaran un simple corte; no habían parado de insistir hasta que les dije que había sido el propio Efrén quien me había curado.

Sus rostros cambiaron drásticamente y, aunque seguía habiendo preocupación en ellos, no estaban mirándose entre sí como si fueran a cogerme en volandas para llevarme al hospital.

Aún así, no me libré, de la esperada pregunta de que me había ocurrido, la mentira salió tan natural de mis labios que me asustó.

Les dije que me había dado con la esquina de la ventana al abrirla y al ir a buscar hielo a la cocina me había encontrado con Efrén, quien rápidamente me curó.

Me sentía horrible al mentirles, pero también sentía que traicionaba a Carlo de alguna manera si contaba la verdad.

Sentía que me convertiría en alguien como él, que le fallaría como él hizo conmigo; absurdo, lo sé, pero no podía controlar aquel sentimiento que se había hecho dueño de corazón y conciencia.

Era consciente de que no tenía ninguna lógica, que la víctima aquí era yo, pero aún así le protegía.

Le protegía porque le quería, así de simple.

Al final todo se resume en eso, en querer, en amar, a pesar de todo.

Desenmascarar parte de él frente al juicio de todos los demás supondría que su carrera y parte de su vida se vería arruinada de la noche a la mañana, lo dejaría sin nada.

¿Podría vivir con la culpa que ese pensamiento me generaba?

Salí de casa, con la firme promesa que le había hecho a Efrén sobre que no iría andando hasta allí rondando en mi cabeza, aunque, por supuesto, él no se iba a dar contento con ello.

Al salir me encontré con uno de los diferentes coches oficiales que pertenecían a la embajada, esperándome.

Debía de haberme imaginado que no iba a dejarme ir en un simple taxi cuando había afirmado que mi seguridad era un chiste y que cualquiera con un poco de inteligencia podría derribarla sin problemas.

Delante de la puerta del copiloto se encontraba uno de los integrantes del equipo de seguridad de Diego. Se encargaba de la logística de los sistemas de seguridad de la embajada, era un exmilitar y, aunque nos saludábamos con frecuencia, no era capaz de recordar su nombre.

- Señorita Flora, si me permite, estaré encantado de llevarle a donde desee.

- Hola…- me quedé en silencio y un rubor me subió por el cuello hasta acabar en mis mejillas a causa de la vergüenza.

- Romeo, señorita Flora.

- Por favor, solo Flora- di un paso hacia delante y levanté mi mano para estrechársela. Su apretón fue fuerte y decidido; el respeto en el que les instruían en el ejercito era notable en su trato conmigo, pero odiaba que me diferenciaran de aquella manera- Efrén, ¿verdad?

- Efrén tan solo se preocupa por su seguridad, Flora y yo estaré encantado de que me pida que la lleve a cualquier lugar-abrió la puerta del vehículo y con un gesto con la mano me invitó a entrar- Cuando deseé.

- Gracias- entré en la parte trasera del coche y le indiqué la dirección de las casas de comidas en la que me iba a reunir con Efrén.

El centro de la ciudad se dibujaba y desdibujaba a nuestro paso. Romeo conducía con destreza y agilidad, colándose entre los coches ante cualquier intersección bajo una velocidad demasiada alta para estar en el centro de una ciudad; estaba claro de que había nacido aquí.

Efrén:

Era absurdo. Era absurdo que estuviera nervioso por verla. La veía todos los días durante horas, pero la idea de pasar tiempo a solas, se me antojaba estimulante.

Me había encargado de llamar al resto del equipo de seguridad y enterarme de quienes estaban de guardia.

Ella había cedido en no ir en metro o caminando, pero lo que yo no le había dicho es que no iba a coger un taxi para venir, sino que tendría un coche esperando en la puerta.

Había tantas grietas en su seguridad, que no sabía ni por dónde empezar.

Me extrañaba que Diego estuviera de acuerdo con ello y, cuando le pregunté al respecto de aquello, me contó que Flora había llegado a un acuerdo con Lorenzo acerca de su seguridad. Nada de guardaespaldas en su día a día; aceptaba tener cierta seguridad pero no quería que la quitaran libertad .

La entendía y puede que funcionara cuando recién habían llegado a la ciudad, pero no ahora, no cuando Lorenzo era uno de los diplomáticos más señalados.

Había comenzado a implementar cambios en su seguridad en el momento en que había comenzado a trabajar.

Cambios que ella misma no notaba, como el saber cuando entraba y salía de la embajada a partir de un código que compartíamos todos los que trabajamos en su seguridad.

Pero todavía andaba con pies de plomo alrededor de ella; necesitaba que confiara en mí porque, si no la alternativa era implementar el sistema porque sí, porque era lo mejor para su seguridad, y eso iba a llevar muchos más problemas.

Me había mandado un mensaje con el nombre de la calle en la que nos reuniríamos, justo cuando había vuelto de correr esta mañana.

Me había levantado a la misma hora que todos los demás días, a las cinco, y había aprovechado para buscar una empresa fiable de alquiler de vespas que me otorgara la suficiente confianza como para que fuera completamente seguro llevar a Flora en una de ellas.

Cuando había encontrado la mejor dentro de todas y cada una de ellas, que bajo mi punto de vista, la gran mayoría deberían estar cerradas por incumplir varias normativas, había salido a correr.

Llevar mis pulmones al límite me había provocado un sentimiento de satisfacción algo macabro que me había ayudado a pensar qué iba a hacer con toda la situación de Carlo.

Joel me había contestado poco después del amanecer, dejando en sus manos todos los datos que necesitaba saber acerca de ese cabrón. Cada zancada que daba me provocaba más ganas de matarlo, reviviendo una y otra vez las imágenes en mi mente.

Sabía que no iba a poder hacer nada, si Flora no decidía hablar.

Era mi palabra contra la suya; también era consciente de que, si levantaba la liebre hablando con Diego, no iba a poder investigarle lo suficiente como para poder joderle cuando menos se lo espere, por lo que de momento iba a mantener mi boca cerrada y no me iba a separar de Flora.

Cariño, ya sé que no querías un guardaespaldas, pero es justo lo que vas a tener.

Llegué unos minutos antes de la hora acordada y recordé que aquella calle la había recorrido un par de veces; estaba llena de restaurantes que tenían mesas en la acera con manteles de cuadros que convivían con las vespas y con las antiguas librerías.

El sol se colaba a través de las hojas de las enredaderas que cubrían muchas fachadas, hilándose unas con otras, hasta atravesar de lado a lado.

No recordaba la última vez que estuviera nervioso por algo; ni siquiera lo estuve cuando me alisté al cuerpo. Había decisión y expectación, pero no nervios; era una sensación con la que no estaba relacionado, pero aquí estaba, latente en mí, convirtiéndome en un maldito crío.

Aparte, también era masoquista; no me valía con verla todos los días durante más de doce horas, no, si no, que le había pedido una cita en cubierta cuando sabía perfectamente que no la podía tener.

O masoquista o gilipollas. Un gilipollas masoquista que se había prometido no volver a sentir, no volver a hacer latir su corazón; mi último latido había sido por mi hermano y así debía de continuar. Mi vida se fue con la suya.

Minutos después apareció un SUV negro con los cristales tintados. Romeo salió del coche e hizo un pequeño asentimiento con la cabeza a modo de saludo, abrió la puerta y de ella salió Flora. Hablaron durante unos segundos y después se despidieron.

Romeo maniobró con el coche y segundos después ya se había perdido entre las calles de Trastevere. El coche, hasta entonces, me tapaba la visión de Flora y cuando la vi, me quedé embobado mirándola.

El vuelo de su falda se ondulaba con la brisa que corría, sus piernas parecían larguísimas con aquellas botas negras que cubrían hasta la parte inferior de su rodilla y su cabello brillaba bajo el sol.

Avanzó con paso decidido hacia mí, cobijada bajo su grueso jersey y, sin esperarlo, se puso de puntillas y besó mi mejilla.

El calor de sus labios continuó ahí durante segundos después de que se hubiera retirado.

- ¿Listo?- me preguntó mientras se adentraba en la calle, la cual ya estaba abarrotada de gente comiendo.

- ¿Para qué?

- Para comer la mejor pasta de tu vida- me sonrió y mi corazón dio un vuelco; cuando sonreía de aquella manera, tan genuina y tan pura, sentía que mi corazón se encogía y mis pulmones se llenaban de aire.

Sus ojos se fijaban en cada pequeño detalle de la calle, como si lo viera por primera vez, y los míos estaban clavados en su perfil y en cómo había intentado disimular el tono rojizo que asomaba sobre su labio partido .

Al ver los puntos que yo mismo había colocado ahí, mis puños se apretaron con furia a mis costados y me dieron ganas de ir a buscarlo y descargar todo el enfado y la ira que tenía en mi interior.