Fuimos Roma 6
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Born with a broken heart

Efrén y Flora

Flora:

El dolor latente de mi labio me recordó instantáneamente todo lo que pasó anoche. Sus manos, sus labios, mis gritos, todo lo reviví con tanta claridad que sus manos parecían fantasma acariciándome.

Estudié con detenimiento el corte, tal y como me había dicho Efrén; no se había hinchado demasiado y apenas se había puesto morado.

La sangre había dejado de brotar en el momento en que con mimo, había curado mi herida.

Sin embargo, el tono rojizo que había alrededor de la hendidura en mi labio inferior iba a ser difícil de disimular, sin contar los puntos de aproximación que lucía sobre el.

Diseccioné mi reflejo en el espejo, fijándome en cada detalle que me componía; todo estaba igual, pero me sentía un poco más rota.

Sentía una fractura dentro de mí, en mi corazón, en mi confianza, pero tan solo se reflejaban en las oscuras ojeras que habían aparecido bajo mis ojos, debido a la falta de sueño de esta noche.

Cada vez que cerraba los ojos, la secuencia de imágenes volvía a mi cabeza como un boomerang.

Veía sus ojos llenos de deseo por poseerme, notaba sus manos por cada parte de mi cuerpo y su respiración acelerada sobre mi piel.

Cogí aire y me negué a que aquellas lágrimas que me quemaban la garganta y los párpados salieran.

Solo quería que desapareciera cada detalle que mi cerebro había grabado a fuego lento y las náuseas que me envolvían cuando lo revivía, tan vivamente, que parecía estar ahí de nuevo.

El agua caliente chocaba contra mi piel enrojecida por la temperatura de esta; pasé la esponja por mis brazos, piernas y pechos con la falsa idea de que así me desharía del recuerdo de sus manos, de que así dejaría de sentirme sucia, pero no funcionó.

El olor a miel y vainilla de mi champú inundó el cuarto de baño, mientras pensaba cómo iba a bajar a desayunar con el corte en el labio.

No sabía qué contestar a las preguntas, no sabía si iba a ser capaz de no llorar, de no derrumbarme.

Tenía el falso pensamiento de que, si no lo decía en alto, tendría más tiempo para poder digerir el sentimiento de traición que me ahogada.

En el momento en el que lo expresara en alto, no habría vuelta atrás; dejaría de ser una pesadilla para convertirse en una realidad.

Una realidad cruel, en la que creía que era mi mejor amigo, abusó de mí.

Al que grité suplicando y no paró. El que juró protegerme de todos, pero supongo que no juró protegerme de él.

Salí de la ducha con el pelo chorreando y con una toalla alrededor de mi cuerpo; debía de decidir qué me pondría hoy. Debía prepararme para salir con Efrén.

La vibración en mi estómago, parecido a un aleteo, apareció cuando recordé el color de sus ojos, el tacto de sus manos cuando me tocaba como si fuera lo más frágil que hubiera tocado nunca.

Tenía los ojos tan oscuros que no me había dado cuenta nunca, pero había motas de color ámbar en ellos; parecía como si la calidez quisiera abrirse paso entre el frío de ellos .

Sentía sus dedos alrededor de mi muñeca en mitad de un salón con las personalidades más importantes de Roma. Sus ojos buscando algo en los míos, el tic de preocupación que tenía en su mandíbula o el cariño que inundaba su voz al preguntarme por mi lugar favorito.

Sabía que cualquier tipo de sentimiento que pudiera albergar hacia él iba a ser una de las mayores complicaciones en la que me iba a meter en mi vida y que las probabilidades de que saliera mal eran muchas más altas que las de que saliera bien.

Pero, entonces, ¿por qué mi piel se erizaba al pensar en sus manos?

¿Por qué me había invadido el alivio inmediatamente al verle en mi habitación?

Ni siquiera estaba segura de que le gustara o de que él me gustara a mí, con todo ese rollo autoritario que llevaba, pero la expectación que sentía en mi interior me indicaba lo contrario.

El sonido de mi teléfono interrumpió cualquier pensamiento que estuviera cruzando mi mente y, sin mirar ni siquiera el nombre que brillaba en la pantalla, descolgué, aguantando el móvil entre mi oreja y hombro, a la vez que me acababa de subir las botas de caña alta.

- ¿Hola?

- Buenos días, pequeña- me enderecé de golpe, lo que provocó que casi me pillara la piel con la cremallera. Solo había una persona en el mundo que me llamara de esa manera y ni de lejos estaba preparada para enfrentarla. Todavía me palpitaba el labio por culpa de los suyos.

Escuché cómo soltaba aire, seguramente porque debía de estar fumando.

Su voz había sonado suave con un deje de arrepentimiento, no era la primera vez que la escuchaba, aunque, a diferencia de otras veces, en las que ni siquiera había sido referida a mí o, si lo había hecho, había sido por riñas absurdas, dudé en que no fuera fingida.

- Buenos días- mi voz sonaba pastosa en comparación con la suya, que era suave como la seda.

- Yo…no sé por dónde empezar- un quejido salió de su garganta- Lo siento, pequeña, de verdad que lo siento. Nunca me he sentido más arrepentido de algo en mi vida. Llevo cuatro años pensando en ese beso y cuando por fin ocurre, soy tan idiota como para joderla así. Necesito que me perdones.

- Carlo…- comencé, necesitaba decirle que no estaba preparada para tener esta conversación y que necesitaba que me dejara tranquila. Sentía que me asfixiaba.

- Necesito que me perdones, Flora- un sollozo atravesó la línea y la mera idea de verlo llorar, sus ojos verdes encharcados en las lágrimas, hacía que el rechazo que había creado hacia él se debilitara un poco- Sé que lo que hice no tiene perdón, me dejé llevar y no escuché.

Te hice daño y es algo que jamás me perdonaré- volvió a expulsar aire, insertando en su voz la confianza que le caracterizaba- Estoy enamorado de ti, siempre lo he estado.

Desde que te vi por primera vez, siempre he sabido que eras tú, pero también sabía que alguien como yo no tiene oportunidad con alguien como tú, pero empecé a quererte un poco- soltó una risa- Un poco bastante.

Jamás hice o dije nada porque quería hacer las cosas bien; no eres como nada que conozca.

Quería tener algo que ofrecerte y al final jodí todo de la peor manera- me mantuve en un silencio sepulcral al otro lado de la línea, ¿Carlo?

¿Enamorado de mí? ¿Desde la primera vez que me vió?

No sabía qué responder a aquello; se acaba de desnudar delante de mí, de la forma más íntima que puede hacerlo una persona. Había desnudado su alma para mí. Mi corazón se encogió ante sus palabras y el sufrimiento que había en ellas.

Pero, ¿acaso yo estaba enamorada de él? No podía compararlo con nada que hubiera sentido antes.

Creía en el amor como una forma sobrenatural que arrasa con todo tu ser, que hace que tu corazón latiera al ritmo del de otra persona.

Creía en el amor como la energía que te hacía vibrar, que te hace sentir al borde del precipicio pero con la confianza de que jamás caerás, porque habrá alguien que te sujete.

Creía en el amor como la adrenalina que bombeaba tu corazón más rápido cuando el tacto de la persona indicada no solo acariciaba tu piel, sino también tus cicatrices y las besaba con devoción.

Y todo eso, no lo sentía por él.

¿Me sentía atraída por él? Sí, era honesta y todo él me atraía.

¿Le quería? Sí, con una intensidad que nunca me planteé hasta que se convirtió en el villano de mis pesadillas, ¿pero de la misma manera en la que él lo hacía? No lo sabía, ni siquiera sabía si iba a poder perdonarle y mi corazón sangraba por ello.

Nunca me había planteado la posibilidad de que aquello ocurriera. Sí que nos había visualizado juntos, pero no como una posibilidad real, sino por la insistencia de Olivia a que me hiciera a la idea.

Carlo siempre iba por libre, hacía lo que quería y no daba explicaciones de nada a nadie.

Era algo que envidiaba. Su capacidad de que todas las personas que estaban con él fueran conscientes de los límites, de priorizar a aquellos que eran importantes en su vida, pero actuar como si aquello fuera lo más natural del mundo desde un prisma de despreocupación, era algo que envidiaba porque le hacía libre en muchísimos aspectos.

Hacía y deshacía a su antojo y nunca había hecho nada que hiciera que me replanteara nuestra relación, y después de lo de anoche, no sabía ni por dónde empezar.

- Di algo por favor- la súplica implícita en su voz despertó algo en mi interior; una extraña y contradictoria culpa se extendía por mi interior hasta mi garganta, haciendo que se contrajera hasta un dolor reconocible.

Era el mismo dolor que sentía cuando aguantaba las ganas de llorar y retenía las lágrimas.

Abrí la boca para decir cualquier cosa que liberara un poco el dolor que escuchaba en su voz y pasara a ser el mío, porque podía gestionar mucho mejor mi dolor, aunque fuera el de otros, que escuchar y ser consciente de la pena que podía llegar a provocar, pero justo cuando iba a decir algo, el reflejo de mi rostro en el armario me recordó que no me lo merecía.

Le había suplicado que parara, le había gritado y, lejos de hacerme caso, había continuado hasta hacerme sangrar, literalmente.

- Lo siento Carlo, ahora mismo no puedo con esto.

Necesito tiempo, espero que lo entiendas- dicho esto, colgué la llamada.

Terminé de arreglarme; me había decantado por un vestido con vuelo y por un jersey de lana grueso en el que refugiarme del frío, junto a unas botas que me quedaban justo debajo de las rodillas .