Fuimos Roma 5 #3
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- Sí, es mi trabajo, pero no me tienes que dar las gracias porque siempre estaré un paso por detrás de ti para protegerte- y lo dije con el corazón y su rostro entre mis manos.

La razón por la cual me acosté con Bianca fue por el enfado sin sentido que crecía dentro de mí, la conexión que tenían era mucho más íntima que lo que sería ese polvo jamás.

Volví a centrarme en aplicarle la crema antiséptica, recreándome un poco más en el tacto de sus labios contra mis dedos; sentía su aliento contra mi mano y el olor dulce que la caracterizaba llenaba toda la habitación, como si hubiera una explosión de ello.

- Por favor, no se lo digas a mi padre o a Diego- ese gilipollas se había sobrepasado con ella y aún así ella le protegía. Había gritado que parara y él no lo había hecho y aun así me suplicaba que no abriera la boca.

- Y una mierda. Flora se ha sobrepasado contigo; tengo que informar de esto.

- Ya lo sé, no soy idiota, Efrén, pero necesito manejarlo yo. Necesito pensar- me miraba con aquellos ojos grandes, suplicándome, y no entendía la razón por la cual estaba pensando en ceder. Me tenía que preocupar por su seguridad y él era una clara amenaza.

- No abriré la boca, pero como vea un mínimo de incomodidad de tu parte, no se volverá a repetir esta conversación, colibrí.

- De acuerdo.

- Y una cosa más- hizo un gesto con la mano para que continuara hablando de forma muy diplomática- A partir d e

ahora, tu seguridad depende de mí; voy a convertirme en tu maldita sombra colibrí- abrió la boca para rebatirlo- Sin objeciones.

Pegué con mimo las dos suturas cutáneas y me pregunté qué les diría mañana a su padre y a Diego, porque sabía que, por mucho que la hubiera herido y roto su confianza, jamás le delataría.

Sí hubiera sido cualquier otra persona, que hubiera abusado de ella en cualquier otro escenario, habría terminado en el hospital y yo con una sanción por el uso inadecuado de la fuerza.

Pero al ser él, había decido callar. Por ella.

Porque por alguna razón me importaba más de lo que debería y no quería que me odiara.

Lo que tenía claro, es que de mí, no se iba a librar. Iba a mandar a la mierda todo ese acuerdo estúpido al que había llegado con su padre de no verse alterada su independencia. Iba y venía cuando quería sin ningún cuidado y me iba a asegurar personalmente de que se siguiera un protocolo adecuado.

Al igual que iba a conocer cualquier aspecto de la vida de Carlo D’Angelo. Iba a saberlo todo; dónde vivía, de dónde venía, quién era su familia, quién lo contrató, hasta su grupo sanguíneo si era necesario, pero esto jamás iba a volver a ocurrir.

Flora tenía el ceño fruncido y la mirada clavada en el suelo; era consciente de que no le había hecho especialmente gracia aquel cambio, pero era lo que había, podía comprenderlo o no, pero iba a pasar.

Igualmente, no deseaba verla con esa expresión de tristeza y de soledad en su bonito rostro.

- ¿Sabes lo que viene genial para estos casos ?

- No- me contestó con gesto cansado.

- Helado- sus ojos recobraron algo de luz; no era el brillo al que estaba acostumbrado, pero decidí agarrarme a él.

Saltó del mueble y se estiró la falda con las manos; aún con el maquillaje corrido debajo de sus ojos y despeinada, estaba increíblemente bella.

- ¿A qué estamos esperando?

Bajamos a la cocina y fue directa al congelador, de donde sacó dos tarrinas enormes, una de ellas de chocolate y otra de stracciatella. Abrió uno de los cajones, de dónde sacó un par de cucharas, cerrándolo de golpe con un movimiento de cadera.

El movimiento me pareció fascinante y dejé más segundos de lo que era correcto en esa parte de su cuerpo.

Fue hacia la mesa y miró el informe que estaba leyendo antes de ir en busca.

-¿Qué semana se va mi padre a Bruselas?- me preguntó mirando los papeles.

- Dentro de tres semanas y no se va, os vais- dejó las tarrinas encima de la mesa y me miró con el ceño fruncido.

- Creí que solo tenía que ir a la celebración de la cumbre- se encogió de hombros y abrió ambas tarrinas para después sentarse en una de las sillas.

Me senté en la silla al lado suyo y la imité, cogiendo una buena cucharada de helado. Comimos en silencio; era obvio que estaba rumiando algo, pero que no se atrevía a decirlo en alto.

- Suéltalo, colibrí.

- ¿El qué?- dijo después de sacarse la cuchara de la boca.

- Eso que estás pensando, y sé que lo estás haciendo porque cada vez que piensas en algo, frunces el ceño- se pasó sus largos dedos entre sus cejas, como si no fuera consciente de que lo hacía.

- ¿No vas a hacer ninguna pregunta?-realmente parecía confundida y no es que no tuviera preguntas, sino que había visto más que suficiente como para no necesitar más.

- No, no las tengo. He subido corriendo cuando te he oído gritar y he visto más que suficiente, no tengo que preguntarte nada, colibrí, está todo bastante claro- dejó de mirarme para clavar la vista en el helado de chocolate.

Rascaba la superficie del helado para poder coger los trozos de chocolate.

La luz con la que brillaba en la cena y con la que había bajado aquellas escaleras, dejándome sin respiración, había desaparecido completamente.

Parecía tan triste y tan pequeña, que me encogió el corazón.

Quería decir cualquier cosa, pero no podía decir nada para aliviar la decepción que debía de sentir ahora mismo.

Había confiado en él y él había lanzado su confianza como si no valiera nada y había abusado de ella.

- Bueno, sí, tengo una- mi voz rompió el silencio que reinaba en la cocina.

Ella levantó la cabeza y se centró en mí, tomando aire, preparándose para cualquier cosa que fuera a salir por mi boca- ¿Cuál es tu rincón favorito de Roma?

- la sorpresa se reflejó en sus ojos y una sonrisa se extendió en sus labios.

Me sentía tan eufórico por haber conseguido una sonrisa cómo nervioso por como me hacía sentir- Mañana tengo el día libre y me gustaría conocer la ciudad- me rasqué la nuca incómodo y la sonreí- Aparte de los sitios que me recomendaste la mañana que te conocí- la sorpresa era clara en su rostro, ni yo me creía haber ido a cada uno de ellos- He de decir que este helado podría competir contra la gelateria de Monti- asintió de acuerdo con mis palabras.

Pensó la respuesta durante unos segundos, mientras jugueteaba con la cuchara entre sus labios.

Inspiré, pero el aire se quedó atascado en mis pulmones; mis ojos eran incapaces de despegarse de su boca, mandando una descarga a una parte muy concreta de mi anatomía.

Imágenes de ella tendida encima de esta mesa llenaron mi mente.

Mis labios sobre su cuello, sus pechos mientras mis manos paseaban por sus largas piernas, para acabar mi boca sobre la suya y descubrir si era tan dulce como parecía.

- El mirador de los jardines del Pincio; me encanta ver los atardeceres desde ahí- soltó la cuchara en la tarrina para poder doblar las piernas y encogerse en la silla.

Me miró con ojos soñadores y mi corazón volvió a encogerse- Me gusta también comer en las casas de comidas de Trastevere , ver los frescos de la iglesia de San Ignacio de Loyola, cruzar el puente hacia Sant’Angelo y Vaticano, visitar los mercados de flores, no lo sé, es la ciudad eterna en la que andaría toda la vida.

- ¿Qué te queda por hacer?

- Te va a sonar estúpido, pero coger una vespa y recorrer las principales calles hasta Colisseo y el Foro Romano, nunca lo he hecho y me muero de ganas.

A Diego nunca le pareció una buena idea que fuera en moto y eso que una de sus hijas va en una desde que tiene tres años- me reí pero no tuve ninguna objeción en la decisión final de Diego, porque si hubiera accedido, ahora no tendría ninguna excusa para verla mañana.

- ¿Qué te parecería que lo hiciéramos juntos? Y así hacemos primeras cosas juntos: yo te llevo en vespa y tú me enseñas todos los sitios que te hacen sonreír así- Flora sonrió como si le hubiera bajado la luna y asintió y sin yo esperármelo, se inclinó un poco en la silla y besó mi mejilla.

No pude evitar oler el perfume de flores y miel que desprendía, al igual que tampoco pude evitar cerrar los ojos al sentir su contacto.

No sabía qué me estaba pasando, qué estaba ocurriendo dentro de mí, pero no me importaba dejarla entrar y toda la molestia que creí que me iba a ocasionar se transformó en ganas por estar junto a ella.

Pasamos un rato más comiendo helado, hablando de los sitios a los que me llevaría mañana y haciéndome prometer que quedaríamos en Trastevere con la única condición de que cogiera un taxi y no fuera a pie, me lo concedió, a regañadientes, pero al final entró en razón.

De lo que ella no era consciente era de que no iba a necesitar coger ese taxi.

Me subí al coche con una sensación de plenitud que no tenía desde la muerte de mi hermano. Abrí la aplicación de mensajes y escribí a mi amigo Joel.

- Tengo que pedirte un favor. Llámame. Es importante.