Fuimos Roma 5 #2
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5 #2

Cuando pude volver a respirar, todos mis sentidos cobraron vida de nuevo, sintiéndolos como en una realidad aumentada.

El sonido sordo del cuerpo de Carlo chocando contra la pared sacudió los cimientos de mi habitación. Miré, todavía temblando, y vi a Carlo estampado contra la pared mientras Efrén lo sujetaba con un antebrazo a la altura de su garganta, privándole de aire.

La sangre corría libre por su ceja partida, cayendo sobre la mejilla inflamada y con cierto color violáceo. Efrén, por el contrario, estaba intacto; el único indicio de odio estaba en sus ojos, estaba segura, aunque no pudiera verlos .

- Debería matarte aquí mismo- escupió Efrén, en voz baja, letal- Debería obligarte a suplicar su perdón. Pero sé que ella no me lo perdonaría jamás.

Carlo jadeaba, luchando para que sus pulmones se llenaran de aire, mientras la sangre continuaba corriendo por su rostro hasta caer en el suelo entre ellos.

- Escúchame bien, D’Angelo- continuó Efrén- Si tienes un mínimo de inteligencia, jamás volverás a acercarte a ella. Porque si lo haces, si la tocas de nuevo sin su permiso…eres hombre muerto. Y me dará igual cualquier consecuencia.

Lo apretó un segundo más antes de soltarlo con desprecio, arrancándole un quejido de dolor.

- Desaparece de mi vista.

Carlo, tambaleante, encontró el suficiente sentido común como para salir, pero lo perdió al mirarme con una sonrisa cruel.

- Ni la mires- le fulminó la voz cortante de Efrén.

Cuando desapareció, la realidad cayó sobre mí como un jarro de agua fría.

Efrén continuaba con los puños apretados, las venas de su cuello latían por la rabia contenida.

Por primera vez, me dio miedo. No miedo porque me pudiera hacerme daño a mí, sino por lo que pudiera hacer si atravesaba esa puerta.

Parecía desear acabar lo que había empezado.

Daba gracias a que no llevara las armas consigo, porque si hubiera sido así, no quería ni pensar como hubiera terminado aquello

Había visto cómo la expresión de Carlo se había transformado, pero no a miedo o terror, como alguien en su sano juicio hubiera hecho, sino que había comportado como un arrogante.

Sonreía mientras miraba a Efrén a los ojos; no había mostrado dolor salvo aquel quejido, como si todo hubiera sido un paseo para él.

Me deslicé por la pared hasta el suelo, hiperventilando, tapando mi rostro con las manos. No entendía nada, no entendía como Carlo me había tratado así, no entendía en qué momento se había convertido en ese tipo de chico.

Unas manos cálidas y cuidadosas, me retiraron las mías, mis ojos se toparon con los de Efrén, llenos de preocupación mezclada con la rabia. Sus manos temblorosas tocaron mi labio herido; apenas fue un aleteo de su tacto contra el mío.

No sabía cómo se había llegado a ese punto; el deseo se transformó en violencia, perdiéndome en el proceso.

Le había respondido al beso, pero también le había pedido que parara. No era mi culpa, sabía que no lo era, pero ese sentimiento tan venenoso comenzó a colarse por las inmediaciones inseguras de mis pensamientos.

¿Debí no haberle besado? ¿Me equivoqué al devolverle el beso? ¿Estaba loca por no querer acostarme con él? ¿Qué había pasado? ¿Dónde se había quedado el que era mi mejor amigo?

¿Le había perdido? ¿Le perdería?

- ¿Tienes un botiquín en tu baño?- me preguntó Efrén con un tono de voz, que jamás pensé que podría tener.

- Sí- le contesté con un hilo de voz, sin darme tiempo a ponerme de pie, paso sus fuertes brazos por debajo de mis piernas y me levantó sin apenas esfuerzo.

Me llevó hasta el baño de mi habitación en suite, dejándome con delicadeza sobre el mármol frío del lavabo, tras dar la luz, con mi corazón latiendo con violencia en el centro de mi pecho .

Me giré y la imagen de mi rostro me asustó tanto como me conmocionó.

Tenía el maquillaje emborronado bajo los ojos; el negro de las máscara de pestañas mostraba el camino que habían hecho mis lágrimas y mis labios empezaban a tornarse en un tono rojizo y morado.

Me llevé los dedos a la zona de la herida, sin todavía poderme creer lo que había pasado.

- No te preocupes, si lo curamos bien, apenas se hinchará-me dijo Efrén.

Asentí e intenté con todas mis fuerzas no romper a llorar. El escozor de las lágrimas, llenaban como una balsa mis ojos, desdibujando la imagen de Efrén. Sin americana, en mangas de camisa y atractivo, a rabiar.

- El botiquín está en el último cajón- se agachó y abrió el último cajón donde guardaba las pastillas y el botiquín.

Sacó el neceser azul donde guardaba todo lo que se podía necesitar, inspeccionó todo lo que había en su interior y una pequeña sonrisa se formó en sus labios; no sabía qué pensaba, pero me gustaba verle sonreír.

Efrén:

Inspeccioné el neceser para dejar de mirarla. No lo había podido dejar de hacer durante toda la noche; su imagen, sus gestos y movimientos me atraían como a una polilla la luz, no podía evitarlo.

Cuando había abandonado el salón, había salido tras ella sin pensarlo dos veces; me importaba una mierda que Carlo estuviera fuera. Yo iba donde ella iba, punto.

Ví como se dirigía al lavabo, al igual que vi que Carlo se me había adelantado y que la esperaba a unos pasos de la salida del mismo. Había estado presente en todo momento, en el momento en el que él la besó, en el que ella respondió y cuando se separaron, decidí volver para no ser descubierto.

El beso era algo que me esperaba que antes o después pudiera pasar, lo que no me imaginaba, era la rabia que iba a brotar de mi interior, teniendo que reprimir mis ganas por arrancarla de sus brazos, pero no tenía derecho.

Ella volvió a los pocos minutos y pasó el resto de la velada riendo, bebiendo y teniendo una sonrisa permanente en su rostro.

Brillaba con luz propia y una parte de mí se relajó cuando volvió con nosotros a la embajada.

Se despidió de mí, dándome las buenas noches, pero no deseaba volver a casa, al menos todavía no; estaba demasiado activo, por lo que me quedé repasando unos informes en la cocina cuando escuché su voz.

Al principio no le di importancia, pues creía que estaría en una videollamada con Olivia como otras tantas veces, pero entonces la escuché gritar y mi modo protector se activó dentro de mí.

Subí las escaleras de dos en dos o de tres en tres, ni lo recuerdo; lo único que veía con claridad era la sangre brotando de su labio y las manos de Carlo en la cremallera de su falda.

La aparté y lo siguiente que recuerdo es estrellar mi puño contra la cara de Carlo.

Intentó devolvérmelo, pero yo era más rápido y cuando quiso darse cuenta, le tenía retenido contra la pared.

No había rastro de arrepentimiento en su rostro cuando me miraba, pero cuando intentó centrarse en ella, vi como cambiaba su expresión.

¿Quién era este tío ?

Verla tan pequeñita hizo que mi corazón se encogiera y, al poder inspeccionar su labio partido, me dieron ganas de salir a buscarlo y acabar lo que había empezado.

La llevé hasta el baño, por el placer completamente egoísta de poder tocarla y de tenerla cerca.

Sentía como su corazón latía rápidamente y como su respiración luchaba por serenarse.

Mantuve las manos a la altura de la curvatura de sus rodillas; no quería que se sintiera incómoda, no después de lo que acababa de vivir.

No quería que se sintiera incomoda conmigo, fin.

Ni ahora ni nunca. Antes me cortaba una mano si la tocaba sin su consentimiento.

Ni siquiera creía que hubiera asimilado lo que había pasado y lo que podría haber pasado si no llego a quedarme revisando aquellos informes. Solo de pensarlo se me erizaba la piel y las ganas de acabar con él aumentaban.

- ¿Qué hacías todavía aquí, Efrén? Creí que te habías ido después de despedirnos- me preguntó, mientras seguía inspeccionando lo que tenía en el neceser.

Había prácticamente de todo lo que se podía necesitar para curar a alguien y me hizo gracia la idea de que alguien como Flora tuviera idea de montar un botiquín así. Perfeccionista hasta la médula, sin dejar nada al posible error o al olvido.

- Quería leer unos informes antes de ir a casa- asintió y le pedí permiso con la mirada para poder limpiarle la herida con un poco de agua oxigenada.

Volvió a asentir y dio un respingó al notar la gasa; estaba seguro de que la escocía, pero no hizo ningún gesto que denotara su molestia, tan solo se agarró con fuerza al mármol. Con cuidado limpiaba la herida a toquecitos; no quería hacerla daño.

Poco a poco fui limpiando la sangre y pude ver que el corte era limpio y no demasiado profundo, aunque se le iba a quedar una pequeña cicatriz y con tan solo pensar que aquel cabrón le había hecho que iba a recordar y ver de por vida, la rabia volvió a mí.

Retiré la gasa y cogí la crema antiséptica para aplicársela antes de ponerle un par de puntos de aproximación.

- Gracias por salvarme- dijo en un susurró. Levanté la mirada y la clavé en sus bonitos ojos marrones que estaban enturbiados por el dolor- Aunque nunca pensé que ibas a tener que salvarme de él- estaba seguro de que era más un pensamiento para sí misma que algo que quería decir en voz alta.

- No tienes que darme las gracias, es mi…- la sonrisa burlona que comenzaba a brotar en sus labios se transformó en una mueca de dolor.

- Sí, tu trabajo, ya me quedó claro- añadió desviando su mirada compuesta de un mar de dudas y el más puro desasosiego.

Vi el dolor en sus ojos cuando dije aquellas palabras en el bar, horas antes de acostarme con Bianca. Fui espectador de la soledad que habitaba en ellos, al igual que en las fotografías que había visto de ella. Todo estaba ahí, esperando salir a flote.

Para alguien que vivía con intensidad, siendo ella una emoción en sí misma, daba miedo la ferocidad con la que ocultaba sus sentimientos .