Fuimos Roma 5
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When the party’s over

Efrén y Flora

Flora:

Sus labios presionaron los míos con dulzura y, como una autómata que no salía de su asombro por lo que estaba pasando, me dejé llevar.

Dejé que sus suaves labios se fundieran con los míos, que sus dedos acariciaran mis mejillas y que se separara unos segundos para volver a besarme con más pasión.

Saboreé el mentol de su boca junto a la calidez de sus labios, ahogué en mi garganta el gemido que brotó de la suya y me separé para poder coger aire y darle unos segundos a mi mente para poder procesar lo que acababa de pasar, porque ahora mismo solo se me pasaba una frase por la cabeza y era: Oli, tenías razón.

- Debería regresar- dije en un susurro, con nuestras bocas separadas por milímetros.

- O podríamos huir juntos- me propuso él a lo que sonreí y poniéndome de puntillas, le di un beso en la mejilla. Carlo cerró los ojos y apretó la mandíbula como si aquel gesto le doliera.

- No puedo. Sabes que me buscarían.

- Te acompaño- dijo y me atrajo hacia su costado para darme un beso en la cima de mi cabeza.

Regresamos a la cena con las manos entrelazadas; metros antes de llegar a la carpa, nos separamos y, antes de entrar de nuevo, le dedique una última mirada, justo en el momento en el que Carlo hablaba por su auricular.

- Entrando.

No me dio tiempo a dar dos pasos cuando me encontré con la mirada de Efrén, quien me miraba serio y sin expresar absolutamente nada con ellos; había levantado una barrera y no había forma de saber qué pensaba o qué sentía.

Fui hacia mi mesa, que seguía siendo una de las más ruidosas. Alessandro, Enrico y mi padre seguían enfrascados en una conversación pero al menos ahora reían y sonreían, mientras que el resto de la familia y parejas se divertían hablando entre ellos.

Enzo y Fabio estaban discutiendo por cualquier detalle insignificante mientras Lia y Chiara les miraban sonriendo y metiéndose con ellos.

Nicole hablaba con su madre y tía, mientras que los otros dos hermanos, Gabriele y Darío, no quitaban ojo de las camareras y les sonreían y susurraban cada vez que se les acercaban a terminar de servirles el postre o a rellenarles la copa de vino.

Apenas me quedan por sortear un par de mesas hasta llegar a la mía, cuando una mano fuerte me agarró de la muñeca. Giré mi rostro para encontrarme con Efrén; su mano fuerte me agarraba con decisión. No me miraba directamente, sus ojos continuaban alerta inspeccionando la sala.

- ¿Todo bien?- me preguntó, provocando una chispa en mi interior al escuchar su preocupación.

Probablemente lo hacía porque era el encargado de mi seguridad y me había ausentado durante unos largos minutos, pero aún así, no pude evitar que mi corazón se encogiera al pensar que podía estar preocupado por mí y que la fugaz mirada que había echado a mi rostro era un gesto para asegurarse.

Sea como fuere, debía contestar rápido; estábamos empezando a llamar la atención.

- Sí- dije con decisión, entonces me soltó y yo continué mi camino hacia la mesa. Al sentarme entre mi padre y Gabriele, faltaron segundos para que el primero se girara a mirarme.

- ¿Estás bien, cariño? Te has ausentado un buen rato- sus iris azules brillaban, reflejando en ellos las llamas de las velas.

- Sí, papá, he tenido que ir al baño que está en la galería, por eso he tardado un poco más- apreté su mano que tenía junto a la mía.

Por eso y porque me he besado con mi mejor amigo y guardaespaldas a apenas unos metros de aquí.

Por razones más que obvias, esa información me la iba a guardar para mí. Sentía encima de mis hombros el peso imaginario de un ángel y un demonio, uno con corazones a su alrededor y otro con los ojos en blanco. Ambos iban vestidos de negro y tenían el rostro de la heredera del bufete Ros.

- El tiramisú está increíble, te va a encantar- me dijo, mientras se llevaba la copa de algún licor carísimo a los labios.

- ¿Tan bueno como el de Nicoletta?- pregunté mientras cogía la finísima cuchara con grabados en su empuñadura.

- Eso es imposible- sonrió antes de girar su rostro y volver a la conversación con la cabeza de los Stracci.

- Si no quieres, me lo como encantado, preciosa- me dijo Darío quien ya tenía su cuchara en mi plato .

- Toca mi postre, Stracci y tenemos un problema- Enzo soltó una carcajada y puso su brazo sobre los hombros de Chiara. Darío levantó las manos a modo de rendición y devolvió la cuchara a su plato.

Hablamos y reímos, olvidándonos un poco del sitio tan encorsetado en el que nos encontrábamos, y fuimos amigos de nuestra edad que habían dejado de jugar a ser adultos y figuras más o menos públicas con un protocolo a seguir.

Al final, mi plato de tiramisú acabó entre Darío y yo y con gusto no lo acabábamos. Sabía que mi gesto había pasado inadvertido para todos, pero no para Enzo, quien me sonrió y guiñó el ojo.

Abandonamos Villa Borghese mucho más tarde de lo que imaginé, llegando a casa pasada la madrugada. A los pocos minutos de llegar, Diego fue directo a su casa, mientras que mi padre y yo nos despedimos de Efrén.

Me quité las sandalias de tacón en cuanto entré en casa. Dios, me estaban matando y eso que no había andado casi.

Dejé el bolso en el mostrador de la entrada junto a la cartera de mi padre y con un simple beso le di las buenas noches. Sabía que él se iría al despacho y que se encerraría ahí durante un par de horas antes de irse a la cama.

Subí los escalones, mientras quitaba las horquillas que amarraban los laterales de mi cabello; un suspiro de gusto se deslizó por mis labios, dejando caer mis dos largos mechones.

Abrí la puerta de mi habitación dispuesta a darme un baño para quitarme de encima los restos de olor a perfumes y tabaco, cuando divisé una figura al lado de mi cama.

Encendí la luz con los dedos temblorosos, permitiéndome reconocer a la persona que estaba dentro de mi habitación.

- Joder Carlo, ¡qué susto!- me lleve la mano al pecho y cerré la puerta- ¿Cómo has entrado?- le pregunté, soltando los zapatos de cualquier manera.

- Uno tiene sus métodos- puse los ojos en blanco y me acerqué a la lamparita que había al lado de mi cama, la encendí y apagué la luz principal.

- Pues tus métodos casi me provocan un infarto- él sonrió y metió las manos en los bolsillos.

- Perdóname, no quería asustarte- se acercó a mí y cuando estuvimos separados tan solo por centímetros, sus manos fueron a parar a mi cadera- Pero no me podía ir a casa después de lo que ha pasado- me dio un rápido beso en los labios- No podría dormir después de besarte- sus labios acariciaron los míos, robándome el aliento- Después de años, al fin, lo que de verdad deseo, lo tengo delante de mí- sus labios volvieron a posarse sobre los míos, besándolos, uniéndonos en una danza sensual, dejando sus manos libres sobre mi cuerpo.

Respondí a su beso, aún sin entender en qué momento se había cruzado esa línea invisible. Sus labios sobre los míos, se sentía bien, la igual que los ruidos de placer que escapaban de ellos. Confiaba en él. Confiaba en mi mejor amigo.

Lo que había comenzado como un beso tembloroso se transformó en algo mucho más oscuro. Su lengua invadió mi boca con una brutalidad que me heló la sangre, y la delicadeza inicial se desvaneció, dejando solo un deseo frenético y violento .

Sus manos se deslizaron por mi espalda hasta colarse bajo el top que retenía mis pechos.

Me moví a modo de protesta, pero él ignoró mi negativa, concentrado todo su empeño en abrir la pequeña cremallera que había en mi espalda.

Sus labios se volvieron crueles, devorando los míos con agresividad, mientras sus pulgares se adentraban peligrosamente cerca de mis senos.

- Carlo- le llamé, intentando apartarle con todas mis fuerzas, pero su cuerpo era como un bloque de cemento.

No me escuchó. Volvió a besarme con violencia, y sus manos dejaron mis pechos para bajar hasta la cinturilla de mi falda. Tocó la franja de piel de mi abdomen desnudo y deslizó sus dedos por debajo del tejido, acariciando el borde del encaje de mis bragas.

- Carlo, ¡para!- grite con la voz quebrada por el miedo, pero no me soltó.

Sentí cómo las lagrimas comenzaban a rodar por mis mejillas.

La impotencia me asfixiaba, la desesperación me dejaba sin aire.

Cuando giré mi rostro para evitar otro beso, sus dientes rasgaron mi labio inferior, y el sabor metálico de la sangre inundó mi boca.

Él no se detuvo, no le importó. Mi respiración se volvió errática, cada bocanada de aire era más dolorosa que la anterior.

Quería gritar, pero el nudo en mi garganta era demasiado fuerte.

No podía apartarle, no podía hacerle parar.

Todo se apago. El ruido, el mundo, el tiempo. Solo me quedaban dos opciones: seguir luchando o rendirme. Escogí luchar.

Me resistí con todas mis fuerzas, cada pequeño milímetro que ganaba me lo arrebataba en segundos con un agarre más férreo que el anterior.

Las lágrimas mezcladas con mi sangre se deslizaban por mis labios, mojando los suyos.

Me estaba quedando sin fuerzas, no podía resistirme más, el agobio y la ansiedad me bloqueaban y la tristeza me animaba a que asumiera el final de aquello.

Cuando pensé que todo estaba perdido, de pronto, unas manos fuertes me arrancaron de su agarre. En un abrir y cerrar de ojos, estaba en el otro extremo de la habitación, lejos de él. A salvo.

No sabía cuando había entrado a la habitación pero nunca me había sentido tan agradecida. Su presencia era como un huracán de furia contenida. Aunque ahora estaba a salvo, mi corazón continuaba latiendo desbocado, golpeando contra mis costillas como si quisiera escapar.

Durante unos segundos todo fue un borrón de secuencias delante de mí. No podía enfocarme en nada, tan solo en mi corazón en la garganta y hecho añicos en el centro de mi pecho, clavando sus aristas en todas mis terminaciones nerviosas, diluyendo el sentimiento de traición en mi torrente sanguíneo.