Fuimos Roma 4 #2
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Sacudí la cabeza con la intención de que todos aquellos pensamientos desaparecieran, apoyé la cabeza en el hombro de mi padre, quien me dio un beso en lo alto de la cabeza, y observé con admiración cada calle que pasamos con el coche.

La gala tendría lugar en nada más y nada menos que en el corazón verde de la ciudad; naturaleza, arte y romanticismo se daban cita en aquella villa.

Sí, una gala benéfica en un sitio como ese; supongo que "ayudar" llenaba sus vidas, pero no por ello iban a hacerlo en un lugar menos excéntrico.

Cuando en realidad no era más que una excusa para reunirse entre ellos y sacar algo de aquella cena, dejando relegado el acto y la palabra "benéfica" a un cheque con una cantidad de dinero que ni siquiera notarían en sus bolsillos.

Apenas el trayecto duró diez minutos; nos bajamos del coche y me pegué a mi padre como una niña sobre una alfombra que nos marcaba el camino al lugar donde se celebraría la cena.

Era la primera vez que admiraba todo el arte que ahí residía, sin cientos de personas a mi alrededor. El paseo iluminado co n

guirnaldas de luces cálidas nos permitía admirar las estatuas de la antigua Roma que flanqueaban ambos laterales y nos guiaban hacia nuestro destino

Al llegar al lugar, mis ojos se abrieron como platos a causa de la belleza clásica que teníamos delante. Era tan impresionante que incluso había conseguido robar el aire de mis pulmones.

Una gran carpa de cristal, iluminada con miles de velas y decorada con motivos florales en tonalidades claras, se mezclaba a la perfección con los tonos del propio jardín.

Habían conseguido que la estructura se fusionara con la propia naturaleza: las estatuas de grandes artistas, la balsa negra del lago, las fuentes y los fantasiosos templos, dedicados, entre otros, a quien escribió sobre el amor, el orgullo y las familias Capuleto y Montesco.

¡Dios, qué bonito era!

Una lágrima de emoción silenciosa se deslizó por mi mejilla hasta llegar a mis labios, permitiéndome saborearla.

- Eres la única que algo así la emocionaría- la voz ronca sonó al lado de mi oreja. Los ojos azules como el océano de Enzo Stracci me saludaron.

- ¡Enzo!- le abracé con fuerza, mientras me daba vueltas en el aire, arrancándome una carcajada.

La principal razón por la que venir no me parecía tan horrible era por esta familia.

Sabía lo que se hablaba de ellos, los rumores y las verdades.

Intentaba hacer oídos sordos, creerme lo que tenía delante y realidad que a mí me mostraban, aunque aquello se interpusiera entre mi moral y ética y mis sentimientos.

Eran tantas las tardes que habíamos compartido, hablando, riendo, que conocía a cada uno de ellos. No solo se cuchicheab a

de las actividades de la familia, sino también de su apariencia, porque era un hecho que todos los miembros de la familia Stracci eran increíblemente atractivos.

Enzo y su primo Fabio se habían acostado con medio Roma sin ningún tipo de vergüenza o remilgo, hasta que llegaron Chiara y Lia, a partir de ahí todo cambió.

Las noches de juerga hasta el amanecer en diferentes garitos, los bandazos con las motos, su forma de percibir la vida, todo, tuvo un antes y un después.

En cuanto mis pies tocaron el suelo, me vi en los brazos de cada uno de los miembros de la familia y sus respectivas parejas. Por su parte, Alessandro y mi padre ya estaban envueltos en una profunda conversación, sujetando ambos una copa de vino, antes de que se iniciara la cena.

Me di la vuelta y los vi, custodiando mi espalda, lejos para tener privacidad, pero lo suficientemente cerca como para estar a mi lado en cuestión de segundos.

Diego me hizo un saludo que para muchos habría pasado desapercibido, pero que yo me había acostumbrado a que fuera nuestro saludo secreto, a lo que le guiñé el ojo como siempre.

Intercambió una rápida mirada con Efrén antes de hacer un barrido hacia el exterior. Seguí la trayectoria y me encontré con los ojos verdes de Carlo.

Sus ojos me escanearon de arriba abajo y, a pesar de la distancia, puede ver cómo su vista se clavaba en ciertas partes de anatomía y cómo los apartó con rabia.

Fruncí el ceño y fue entonces cuando vi a Efrén hablando por el auricular.

Algo le había recriminado a Carlo que le había hecho enfadar porque se alejó sin volver a mirarme .

A Carlo le encantará.

Su comentario todavía me perseguía; no entendía de dónde había nacido la necesidad de decirlo.

No es como si de la noche a la mañana su carácter hubiera cambiado y se hubiera transformado en alguien cariñoso y parlanchín, pero creía que después de alzar la bandera blanca, todo iba a ser más sencillo. Ilusa de mí.

Desee tener un auricular para poder decirle desde la lejanía que sí, que podía no ser un capullo y aún así elegía ser el mayor de todos.

- Ya me gustaría a mí tener unos guardaespaldas como esos-la voz de Nicole hizo que retirara la mirada de ellos. Arqueó una ceja y me reí, volviendo a clavar la mirada en ellos, al igual que ella.

Entramos en la carpa de cristal; de los techos altos colgaban miles de bombillas de luz cálida simulando las estrellas, decorando el cielo índigo de la noche.

Las mesas redondas ocupaban toda la extensión, decoradas con mimo y dedicación. Los centros de mesa se componían de altos candelabros con velas delgadas de color blanco, encendidas, con las llamas moviéndose a cada ligero movimiento a causa de la ligera brisa de principios de otoño.

Nuestra mesa se encontraba rodeada por otras más pequeñas, siendo una de las pocas que se encontraban en el centro de atención. Anduve agarrada al brazo de mi padre, quien seguía hablando con Alessandro sobre su implicación en la nueva plantilla de gobierno .

La mesa estaba vestida con un fino y caro mantel sobre el que reposaba la vajilla de cerámica italiana. Los colores vivos de los platos resaltaban sobre sus fondos blancos y aportaban vivacidad ante los colores más planos.

Las lámparas y candelabros daban calidez, además de crear un ambiente más íntimo.

Siendo la superficie donde rebotaban las pequeñas bombillas, reflejando brillantes destellos por toda la sala.

La cubertería más fina y la cristalería más delicada acaban de decorar la mesa.

Todo era tan selecto y pulcro que me hacía sentir como María Antonieta en la corte de Versalles y me instalaba en mi yo más torpe, un miedo irremediable a romper algo.

La cena comenzó, dando la bienvenida a platos refinados y a discursos de los diferentes asistentes y organizadores de la gala.

El ambiente de nuestra mesa era divertido y relajado, eliminando en mí toda la incomodidad por estar en un evento de tal calibre.

Nunca entendía qué pintaba en estos sitios; me sentía fuera de lugar, pero con la experiencia de la familia Stracci, hacía que fuera más una reunión de amigos que algo tan pomposo y recargado como era la gala.

Entre el último plato y el postre me disculpé y salí a tomar el aire fresco; el lugar estaba tan cargado del olor de la comida, de los carísimos perfumes de los invitados, de la música, de las conversaciones y las risas, que una imperiosa necesidad de salir de allí se apoderó de mí.

Me acerqué a los lavabos, ubicados en el interior de la galería. Me refresqué como pude sin arruinar el maquillaje y salí al lad o

opuesto a donde se ubicaba la carpa. Anduve durante unos minutos hasta que una voz me obligó a parar.

- ¿Huyendo?- la voz profunda de Carlo me llegó desde un par de metros de distancia.

- Tomando el aire- le corregí mientras él se acercaba a mí.

Empezamos a andar el uno al lado del otro, con nuestros brazos rozándose entre sí a cada paso que dábamos. El silencio del lugar fue un remanso de paz tan solo roto por el repiqueteo de mis tacones y por la música casi inaudible que se distinguía.

La naturaleza y la belleza de la antigua Roma colmaban el paisaje, creando una burbuja de magia que provocaba que mi piel se erizara por la emoción de poder vivir aquello.

Deseaba memorizar cada uno de los estímulos que me rodeaban: la brisa ligera que corría, el color del cielo, las estrellas del firmamento, las esculturas, incluso el olor dulce de las flores.

Tras unos cuantos pasos en silencio, Carlo entrelazó sus dedos con los míos para llevar mi mano a sus labios, besando mi dorsal. Sus labios se sintieron suaves ante mi piel, dejaron una estela de calor ahí donde se posaron.

- Eres preciosa, ¿lo sabes, no? Y esta noche estás espectacular- clavé mi mirada en sus ojos verdes y no supe descifrar qué veía en ellos. Normalmente, cuando le miraba, me encontraba con ternura, cariño y orgullo. Pero esta vez, no fue ninguna de esas tres.

Estábamos de frente el uno del otro con nuestras manos entrelazadas; tan solo nos separaban unos centímetros. Unos centímetros que permitían que el olor de las flores se viera eclipsado por el olor de mentol, jabón y tabaco que desprendía él .

Lejos pero a la vez cerca para que el calor de nuestros cuerpos comenzara a fusionarse como lo hicieron sus iris; el verde se fusionó con motas negras, siendo tan solo un fino halo que rodeaba sus pupilas dilatadas.

Su mano libre acarició mi mejilla con suma delicadeza y cariño, provocando un temblor que no pude disimular.

Se deslizó con confianza hasta mi nuca, hundiendo sus dedos en mi cabello suelto, acercándome a él.

Y sin poder evitarlo, lo comparé con Efrén, su tacto contra lo suyo.

Carlo era confianza con un punto de dominación, mientras que Efrén era una energía que no podía describir con palabras: dulce pero seguro, tierno pero firme, sensible pero audaz.

Nuestras respiraciones se aceleraron, acompasándose, entremezclándose.

Ninguno de los dos apartó la mirada, aguantando la tensión que saltaba entre nosotros.

Inspiré con dificultad; el aire se quedó atascado en mis pulmones y miles de preguntas se arremolinaron en mi cabeza, pero sin tener tiempo a que ninguna se formalizara en mi mente, los labios de Carlo sellaron los míos.