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Perfect symphony
Efrén y Flora
Efrén:
Tras nuestra conversación en la cocina, no tuve oportunidad de volver a quedarme a sola con ella. No lo iba buscando o quizá sí, no lo sabía y no tenerlo claro, me iba loco.
Era mi clienta, debía de protegerla y nada más. Un error y todo podía acabar y yo no estaba dispuesto a volver a donde estaba meses atrás.
Coincidimos en las comidas y en los descansos para tomar café; el resto solo habían sido miradas furtivas, monosílabos y alguna sonrisa. Aún era Carlo el encargado de acompañarla a cualquier lado que demandara, siendo con él con el que compartía gran parte de sus días.
Esa misma semana había vuelto a salir con Carlo y sus amigos a un garito que quedaba cerca de mi casa.
No tenía nada que ver con el anterior; este era oscuro, tan solo tenía un par de luces tenues y la barra, aparte de una mesa de billar.
El tipo de personas que lo regentaban iban tan pasadas que vivían en una realidad paralela.
Incluso los conocidos de Carlo formaban un grupo mediocre, en el que no se preocupaban los unos por los otros y que simplemente salían juntos para no darse cuenta de lo solitaria que era su vida.
Era como ver la cara B de Carlo, la que escondía y no quería mostrar.
Sospechaba que culpa de ello tenía una chica con pelo rosa, aunque no lo habíamos hablado y no había dich o
nada directamente; solo había que observarle dos segundos para darse cuenta de que estaba bien jodido.
En esa noche caótica y nada memorable conocí a Dana; estaba vacía como un cascarón, no mostraba nada, no desprendía nada. Aunque eso no quitaba que, si hubiera tenido la posibilidad, se lo hubiera montado con Carlo y conmigo, a la vez, en los baños.
Y ahora, estaba en la embajada, completamente trajeado, repasando de nuevo los invitados de la gala.
Salíamos en una hora y ya habíamos revisado los planos un par de veces por si ocurriera cualquier incidente.
Carlo cubriría toda la fachada exterior hasta nuestra llegada; sería entonces cuando se reuniría a nosotros y se quedaría custodiando el salón desde el exterior.
Había revisado los planos de la Villa Borghese hasta aprendérmelos de memoria.
Sabía dónde estaban las cámaras de seguridad, las salidas y entradas más cercanas a donde se organizaría la cena, las calles colindantes y cuál sería la forma más efectiva de escapar en el caso de que algo saliera mal.
Cualquier cosa podía salir mal y no había forma humana en la que no estuviera lo suficientemente preparado como para tener una extracción rápida de Flora, al igual que Diego lo estaba para Lorenzo.
Tras cerrar los últimos detalles en el despacho y cargar nuestras nueve milímetros, aguardamos en la sala de estar a que ambos acabaran de arreglarse. El primero en bajar fue Lorenzo, quien portaba un traje de tres piezas azul oscuro complementado con una corbata gris.
Juraría que en todo este tiempo no le había visto ir vestido con otra cosa que no fuera un traje, ni siquiera en vaqueros.
- ¿Flora no ha bajado aún?- preguntó colocándose los puños de su camisa, asegurando los gemelos.
- Está bien, Lorenzo. Vamos bien de tiempo- le tranquilizó Diego.
Ambos comenzaron una conversación amigable, en la que se podía ver su complicidad y amistad, en la que discutían un tema en referencia a las festividades de Diego y su familia.
No intervine, hasta que Lorenzo me preguntó de forma directa si sabía qué iba a hacer para esas fechas.
- No señor. Todavía no he tomado una decisión y tampoco he hablado con mi familia- le respondí, cuadrándome discretamente, con una mano sobre la otra.
No había hablado con mi madre acerca de ello; no quería que pasaran las Navidades solos, pero tampoco me apetecía volver. Aquí me sentía bien.
No tenía la sensación de estar ahogándome y desperdiciando mi vida.
Me sentía bien en el trabajo, tenía un lugar al que llamar hogar y me gustaba pasear entre las callejuelas que formaban Roma.
Mi vecindario era agradable y nada de mi alrededor me recordaba constantemente y sin descanso a Aron. Este espacio era mío.
Podía controlar cómo me sentía, silenciar todos aquellos pensamientos que volvían a abrir una herida curada con tiritas y no hacer daño a los que me rodeaban.
Aquí no tenía que dar explicaciones, no tenía la sensación constante de ser un tornado a punto de tocar la tierra y destruir cada cosa a mi paso.
Aquí podía sanar o no, porque tan solo a mí me incumbía y tan solo a mí hería .
Mis divagaciones cesaron de golpe cuando la vi bajar la escalera. Aquello era jugar en otra liga.
El conjunto de dos piezas blanco se deslizaba con deleite entre sus curvas, mostrando su silueta de forma grácil y elegante.
El atuendo estaba compuesto por una parte de arriba que insinuaba la forma de sus pechos y una falda que realzaba su fina cintura y abrazaba sus anchas caderas hasta sus tobillos.
Los cristales que cubrían el total del top y la parte inferior de la falda reflejaban la luz, haciendo brillar su piel bajo las luces del salón.
Creando una imagen hegemónica a ojos de todos los que tuvieran la suerte de contemplarla.
Decir que estaba guapa era quedarse muy corto; estaba sexy a rabiar de una forma muy suya, tanto que me resultaba fascinante.
Pasó por mi lado sonriéndome, pero fui incapaz de devolverle la sonrisa; estaba demasiado ocupado comiéndomela con los ojos, pero joder, no había manera de no hacerlo.
Abrazó a su padre dejándome una espléndida vista de su culo.
No estaba muy seguro de haber podido contener el gruñido que brotó de mi interior.
Había previsto cualquier cabo suelto que pudiera haber; lo que no había podido prever es que también tendría que estar ocupado manteniendo a raya a cualquier tío con ojos de aquella gala. Iba a ser una noche larga.
Su cabello caía suelto, perfectamente peinado; los mechones de diferentes colores se entremezclaban unos con otros hasta la altura de su cintura.
Aún dándome la espalda, giro su rostro hasta clavar sus ojos en mí.
Sus ojos castaños estaban marcados con un delineador negro y sus labios se veían aún más rellenos con aquel brillo sobre su tono rosado natural .
Me recorrió con la mirada y sus ojos se quedaron clavados en la camisa negra que debía llevar hoy.
Cuando volvió a mirarme a la cara, sus mejillas estaban sonrojadas y un pensamiento del todo inapropiado se cruzó en mi mente, además de todas las cosas que podía llegar a hacer con su cuerpo para que se sonrojara de nuevo de aquella manera.
- Joder- susurré. Seis pares de ojos se centraron en mí; carraspeé y volví a cuadrarme, incómodo.
- ¡Oh, mia ragazza!, ¡qué guapa estás!- exclamó Mer. Ni siquiera me di cuenta de cuando llegó a la sala de estar; estaba tan inmerso en ella, que cualquier sonido o persona quedaba relegado a un segundo o tercer plano.
- ¡Tú que me miras con buenos ojos!- en sus labios se extendió una bonita sonrisa, llena de cariño.
- No son solo mis ojos los que te miran-sentenció Mer, pasando por mi lado y guiñándome un ojo con complicidad.
La observé atónito mientras recogía su bolsa del perchero de la entrada, además de su chaqueta, y con un saludo que realizó con la mano se despidió hasta mañana.
Flora nos observaba intentando descifrar el porqué del comentario de María, aunque por lo visto, era la única que no lo entendía. No podía ser tan obvio, debía de ir con cuidado, no quería perder este trabajo.
Nuestras miradas se volvieron a encontrar y algo crepitó en el aire. Detrás del maquillaje que intensificaba su mirada, puede observar sus bonitos ojos color chocolate; su respiración se cortó de golpe y sus pupilas se dilataron. Aparté la mirada y me encaminé a la puerta .
Sujeté la puerta para que iniciáramos nuestro camino a la gala. Primero pasó Diego, que me lanzó una mirada enfadada; después pasó el embajador, que me dio una palmada en el hombro y, por último el diablo con una sonrisa adorable.
- ¿Te gusta?- me preguntó, refiriéndose a su ropa.
- A Carlo le encantará.
- ¿Cómo dices?- parecía de verdad no entender ni ver nada, borrando su sonrisa de un plumazo.
- Llegamos tarde- la apuré, no era ni el momento para mantener esa conversación.
No sabía de dónde había nacido; el caso es que se lo solté a bocajarro y cada palabra que salió de mis labios me enfadó.
Flora:
"A Carlo le encantará". Las palabras resonaron una y otra vez en mi cabeza, buscando una explicación para ese comentario. No entendía por qué insistía en intentar llevarme bien con él, si estaba claro que a él no le interesaba lo más mínimo.
Igual por tu incapacidad de no gustar y de complacer a todos los que te rodean , me recordó una voz en mi cabeza, molestándome.
Carlo se encontraba ya en Villa Borghese, el lugar donde se celebraría la gala.
Mi padre me había informado detalladamente de absolutamente todo; del plan de actuación en caso de que algo saliera mal, de la ubicación de cada uno, de las salidas más cercanas, de quienes tendríamos alrededor, de quien no me debía de fiar.
Incluso, me nombró y enseño quienes eran los encargados de la seguridad de los Stracci, en caso de necesitarlo .
Me había acostumbrado a aquel ritual y a retener toda la información en mi cabeza: salidas, puntos de encuentro y posibles amenazas que tenían aquellos que nos rodeaban.
Aunque aquella vez, parecía más nervioso de lo habitual; algo le preocupaba, sin embargo, no me había dicho nada cuando le pregunté acerca de ello.
El único punto inusual en todo aquello era que mi protección iba a depender de Efrén y no de Carlo, como estaba acostumbrada. Siempre dependía de él, incluso con Marco, el anterior agente que ocupaba el puesto de Efrén, hasta ahora.