Fuimos Roma 3 #3
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Junto a unos vaqueros amplios, seleccioné un top de tirantes fino de seda rosa de Miu Miu con sus bailarinas a juego, que después conjuntaría con una chaqueta ajustada de cuero.

Cogí un bolso vintage grande de la misma firma y, metiendo todo lo necesario en su interior, bajé las escaleras hasta la planta baja.

Antes de salir me encontré con Carlo y Efrén y, sin pararme a hablar con ellos, les hice un gesto con la cabeza y me dirigí a la puerta. Podía verse como una huida rápida, pero uno: llegaba tarde y dos: no me apetecía que me interrogaran y que me pusieran Efrén. En cierta manera, sí, era una huida.

Cuando estaba a un simple paso de tocar el pomo, una mano cálida me agarró por el codo. Reconocería su olor a kilómetros y distinguiría ese corazón anatómico tatuado en su dedo índice entre cientos de ellos.

Siempre me había parecido curioso que ninguno de sus tatuajes parecieran tener una conexión entre ellos. Dibujos y palabras alternos y sin sentido aparente que decoraban sus brazos con tinta negra.

- ¿Todo bien? ¿Necesitas que te lleve? - me preguntó mientras me inspeccionaba, buscando un atisbo de lo que fuera que pudiera darle.

- He quedado en Condotti con Oli para comprarme algo para la gala benéfica. No creo que quisieras tirarte horas viendo cómo me pruebo vestidos- puse los ojos en blanco y sonreí mientras me amarraba de nuevo el cabello en un recogido con una pinza.

- No me importaría- me reí y le di un beso en la mejilla para despedirme.

En el momento en el que me puse de puntillas para acercar mis labios a su mejilla, sus manos fueron a parar a mi cintura; que incluso a través del grosor de mi chaqueta pude sentir su calor.

Sin embargo, mis traicioneros ojos fueron a parar a Efrén, quien nos miraba demasiado serio desde su posición. Deposité mis labios con rapidez, haciendo que un beso totalmente inocente fuera fugaz, acompañado por un sentimiento de incomodidad que no supe descifrar .

Salí de allí casi a la carrera, saludé a los militares afincados en la puerta, porque sí, en Roma hay tantos militares en la calle como fuentes, lo que hace que sean un montón de ellos. Temas de seguridad del Estado.

Apenas anduve dos minutos entre los transeúntes, cuando me encontré a Oli al principio de la Vía.

Su cabello largo negro caía en cascada, mezclándose con su sudadera del mismo color.

Sus largas piernas estaban envueltas en unos pantalones, también negros, de la colaboración de Adidas y Balenciaga que acompañaba con sus botas en pico de la misma casa.

Yo era blanco y ella era negro. La antítesis perfecta.

Guardó su teléfono al verme en su bolso y me recibió con una bonita sonrisa. La abracé y cerré los ojos, como hacía cada vez que la veía; sentía que estaba en casa.

- ¿Preparada para buscar un vestido de infarto? - me preguntó con una sonrisa maliciosa bailando en sus labios.

- ¿Eso creo? - pregunté, porque no era capaz de afirmar.

Via Codontti era el culmen de la moda en el centro de la ciudad; tienda tras tienda ibas viendo los diferentes escaparates con las propuestas de las casas de lujo más codiciadas del momento.

No había metro cuadrado de aquella calle que no estuviera ocupado por alguna firma; miraras, donde miraras veías una tienda que reconocías.

Entramos y salimos de varias sin nada bajo el brazo; todo lo que veía no me terminaba de gustar o simplemente sentía que no me favorecía.

El mundo de las tallas era una batalla constante, en el que, si te descuidabas aunque fuera un segundo, te ganaba la partida.

Si tu talla y cuerpo distaban de un número treinta y seis, la cosa se ponía mucho más complicada y si tenías curvas, aún más.

Entramos en una boutique en la que nos sonrieron de oreja a oreja y no nos quitaban ojo mientras revisábamos cada vestido.

Empezaba a estar entre cabreada y frustrada y planteándome en ponerme algo que tuviera ya en el armario, pero Oli no opinaba lo mismo, pues ya tenía entre sus brazos más de tres vestidos, algunos largos y otros cortos.

- ¿Que tal con el batería de Bandidu?- le pregunté mientras examinaba un par de vestidos como futuros candidatos.

- Toma, vete a probar- me dejo los vestidos entre mis brazos y se sentó en el sillón de enfrente del probador- Muy bien, un capullo en toda regla- saqué la cabeza por la cortina para mirarla y poner los ojos en blanco, porque eso era una contradicción en sí misma- Estuvimos con sus amigos, bailamos, nos besamos y ¡me hubiera acostado con él si no llega a ser por Nico!

- salí para enseñarle el primer vestido que había escogido; era bonito, pero no decía nada- Siguiente, no me gusta mucho- volví a entrar al probador.

- ¿Por Nico? ¿Qué tiene que ver él en todo esto?- me desnudé y me probé el siguiente, el cual ni le enseñé porque no me cerraba la cremallera.

- Cuando estaba con Dante, apareció él y ¡no puedo evitar discutir con él!

¡Es tan ridículo! Y luego se unieron sus amigos y una chica con la que estaba muuuuuuy cariñoso.

El caso, al final, sí me lo pasé bien con Dante y estaba increíble con esa camiseta y sus brazos llenos de tatuajes, pero no hicimos nada más- salí para que viera el siguiente vestido lencero morado, me dió un repaso de arriba abajo y lo descartó con un gesto y yo asentí de acuerdo a su decisión- Pero bueno, hemos quedado para seguir saliendo y seguir viéndonos, ¿a ti qué te pareció?

- Muy tu tipo- dije mientras me probaba el dos piezas compuesto por un top y una falda blancos con miles de apliques.

- ¿Eso que quiere decir?- volví a sacar la cabeza por la cortina para mirarla y que viera mi expresión de: ¿es necesario que lo diga?

- Pues un prototipo de chico guapo con tatuajes, aura oscura y con cara de destrozarte la vida.

En el que sabes que no te debes de fijar, pero que te fijas por esa necesidad de adrenalina por hacerte a cosas prohibidas, pero que realmente te ponen, pero solo eso, porque nunca te plantearías tener algo más allá que un par de besos y algún que otro polvo- asintió de acuerdo con mis palabras.

- ¿Y tú qué? ¿Donde estuviste toda la noche?- me preguntó mientras me subía la fínisima cremallera de la falda y pasa los brazos por los tirantes del top. Parecía tan delicado, cada piedra estaba cosida con tanto esmero, que me daba miedo romperlo.

- Estuve con Carlo, Nico y los amigos de ambos.

Bailamos y nos divertimos, pero me fui pronto- terminé de abrocharme la parte superior y sonreí con el reflejo del espejo.

La falda se ajustaba a mis curvas y el pequeño, casi ínfimo top, realzaba mi poco pecho.

El satén suave bajo los miles de cristales en el bajo de la falda abrazaba mi cuerpo como una segunda piel .

- ¿Bailaste con Carlo?

- Sabes que somos amigos.

- Sé que tú crees que sois amigos, pero no creo que él lo tenga tan claro- ya había dejado caer algún comentario del estilo, pero yo no veía interés por su parte de esa manera. Éramos amigos y punto- ¿Qué haces ahí tanto tiempo?

- Eres una impaciente- la regañé mientras descorría la cortina.

- Si no tardaras media hora entre vestido y vestido- levantó la mirada de su iPhone y me miró con los ojos muy abiertos y una sonrisa se empezó a formarse en sus labios.

Sabía lo que significaba antes de que dijera nada- ¡Te quedas ese!

¡Estás preciosa, Flora! ¡Espera aquí!- dijo antes de levantarse.

El conjunto era muy bonito, pero estaba completamente fuera de mi zona segura.

La parte superior se sujetaba por dos finos tirantes y, gracias al diseño corto con cuello cuadrado, levantaba mi pecho haciéndolo protagonista.

Una franja bastante grande desde la parte inferior de mi pecho hasta el inicio de la falda, por encima del ombligo, estaba al descubierto, haciéndome sentir expuesta pero extrañamente confiada.

La falda blanco marfil a conjunto con la parte superior era de un tejido suave como la seda, con bordados florales y detalles de cientos de cuentas y cristales, concentrados en su parte inferior; se deslizaba con mimo sobre mis piernas hasta unos centímetros por encima de mis tobillos.

- Pruébate estas- me tendió unas sandalias abiertas con también cristales en un tono rosa pastel y un tacón muy arriesgado.

Me las probé y volví a sonreí con el resultado.

Nunca hubiera pensado en ponerme algo así y por un segundo, la imagen de Efrén cruzó mi mente, como una estrella fugaz, dejando una estela de preguntas que no sabía contestar- ¡Nos los llevamos!

- me abrazó con alegría y fue a hablar con la dependienta.

Segundos después estaba pagando el carísimo conjunto y zapatos y, con Oli a mi lado, nos dirigimos a una de mis pizzerías favoritas de toda Roma. Entre risas y alguna que otra confesión, enfilamos las calles que nos separaban del restaurante.

- Oye, ¿y esa noche dónde estaba Efrén? Que por cierto, no sé quién lleva la contratación de los agentes de seguridad, pero, amiga, ¡que buen ojo!

- sonreí y el recuerdo de sus manos sobre las piernas de Bianca me asaltó.

Noté el calor subir por mi pecho y, por un segundo, no era ella quien estaba entre sus brazos, sino yo, haciendo que el calor descendiera hasta crear una bola de deseo dentro de mí.

- Estaba con Bianca- me miró con sorpresa y esperó a que continuara- Les vi en la zona de atrás del bar y estaban, bueno, muy juntos- sentía mis mejillas sonrojadas.

- ¿Muy juntos? ¿Como de juntos? ¿Juntos de: nos estamos pegando el lote sin respirar? o ¿juntos de nos vamos a follar aquí y ahora?

- ¡Oli!- le di un pequeño empujón, a lo que ella se rió- Muy juntos, como: besándose con deseo y las manos de él por todo su cuerpo.

- ¡Al menos alguien acabó bien la noche!- suspiró y luego soltó una carcajada, para segundos después sonsacarme información de cómo se veía Efrén haciendo esas cosas .

Horas antes, paseado y comprado tiendas de lujo, como si estuviéramos en otro mundo.

Pero ahora, en un contraste caótico, estábamos sentadas en el suelo adoquinado de la Piazza Trilussa, compartiendo una porción de pizza caliente, mientras cientos de jóvenes romanos reían y charlaban a nuestro alrededor.

El aroma a masa crujiente, tabaco y diferentes bebidas alcohólicas se mezclaban con el de las flores que caían de los balcones, y el cálido aire romano nos envolvía, cargando de ese encanto inconfundible que solo tiene la Ciudad Eterna.

La primera nota del primer acorde, transformó como por arte de magia, el ambiente.

El aire se llenó de una energía vibrante, casi palpable, como si cada rincón de la plaza latiera al ritmo de la canción.

Las luces amarillentas de las farolas se reflejaban en las antiguas fachadas de piedra, y el murmullo del río se mezclaba con las voces que comenzaron a cantar.

De repente, estábamos rodeadas por un coro improvisado, donde nadie se preocupaba por entonar correctamente, pero todos cantaban con el alma, coreando, con el corazón en la mano, cada sará perché ti amo con una pasión que electrizaba el aire.

Los adoquines bajo nosotros parecían resonar con las risas, las palmas y el retumbar de los pasos de aquellos que bailaban sin preocuparse por el mañana.

La luna se asomaba sobre los tejados, testigo silenciosa de nuestra alegría, mientras Roma, eterna, vibrante y romántica, nos regalaba un momento de euforia que quedaría para la posterioridad de nuestra memoria.

Eliminando, en ese momento, cualquier atisbo de preocupación por quien debía ser.