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Me senté en la silla contigua, la que anteriormente había querido ocupar Diego, y miré su perfil.
- ¿Es bueno?- Flora pegó un respingo y me miró. Casi hace que suelte una carcajada al ver la sorpresa desmedida por intentar mantener una conversación con ella. Se quitó los auriculares y los dejó encima del libro.
- Todavía no lo sé- dio un trago a su café y puso cara de asco al darle un sorbo; miró el contenido como si intentara adivinar si se había equivocado o cuándo se había quedado frío.
- Déjame- le quité la taza de entre sus dedos.
Las yemas de mis dedos entraron en contacto con sus dedos, suaves, finos y delicados. Un calor desconocido se instaló ahí donde nuestros cuerpos habían entrado en contacto.
Me levanté y fui hasta el microondas, toqué mis dedos para ver si la sensación agradable se podía traspasar o borrar; ninguna de las dos ocurrió.
- ¿Todavía no lo sabes?- le volví a preguntar en referencia al libro.
- No, no lo sabré hasta que lea el final. Bueno, hasta que lea todo y de nuevo el final- al darme la vuelta, me encontré con su mirada clavada en mí y no sé qué fue lo que se le pasó por la cabeza; lo que sí sé fue lo adorable que lucía con las mejillas sonrojadas de aquella manera.
- ¿De nuevo?- parecía un maldito interrogatorio, preguntando una vez tras otra, pero la verdad es que quería saber las respuestas. Crucé los brazos a la altura del pecho y ahora fui yo quien la miré.
- Siempre leo los finales antes de comenzar el libro- confesó.
- ¿Y qué pasa si no te gusta el final? Un mal final puede destrozar toda una historia- sonó el pitido del microondas anunciando que el minuto había pasado. Saqué la taza humeante y se la dejé en la mesa, volviéndome a sentar, dando un largo trago de café.
- Es un riesgo que tengo que correr, no puedo evitarlo- una pequeña sonrisa tiró de sus labios rosados- Sé que no tiene sentido- se encogió de hombros para después encoger las piernas sobre la silla y tomar la taza con ambas manos-Necesito saber como acabará la historia, cuáles son las últimas líneas y luego darme cuenta que era el final perfecto o que no era el final que imaginaba para la historia, es como ver la historia desde dos prismas: el prisma de lo qué crees que va a pasar, imaginándote escenarios en tú cabeza y lo que realmente pasa- se encogió de hombros y paseó uno de sus dedos por el borde de la taza, volviéndolo un gesto hipnotizante- El final es importante, todos luchamos por tener un buen final y si no es bueno, que al menos sea justo, ¿no?
- medité un segundo sus palabra antes de contestar.
- Los finales no los puedes prever, aunque los hayas leído antes. Igual cuando leas lo que esconde la novela entre sus hojas, te hace ver el final de forma diferente.
- Puede ser, pero me gusta saberlo; tengo tan arraigada la necesidad de control como de tener mi fachada de niña buena-no me dio tiempo a verla venir, fue tan rápida como la sonrisa que apareció en mis labios.
- Respecto a eso- me pasé la mano por el pelo, incómodo y sin saber muy bien cómo reaccionar- No quise…
- Sí, si quisiste. Sí, quisiste decirlo y en parte tenías razón, pero bueno ahora como la persona a cargo de mi seguridad, deberíamos llevarnos bien, ¿bandera blanca?- estiró su mano en mi dirección y no dudé en agarrarla y, como el primer día, me sorprendió la fuerza con la que me agarró.
Nuestras manos se quedaron flotando durante unos segundos, unidas, entrelazadas, sus dedos finos y largos contra los míos. Su manicura perfectamente hecha contra las durezas de mis palmas. La palidez caucásica contra la mía, convirtiéndose en una representación de quién es ella y quién soy yo.
- ¿Te molesta?- mi voz se había tornado un par de tonos más grave de lo normal y retiré mi mano antes de hacer alguna gilipollez como agarrar uno de los mechones que se escapaban de su moño deshecho.
- No, no me molesta. Me sorprende porque Carlo siempre ha sido quien se ha hecho cargo, lo que implica que mi padre quiere cambiar algunas cosas, lo que me lleva a suponer que algunos de esos cambios no me van a gustar.
- Apenas tienes seguridad, Flora, es peligroso.
- ¡Soy la hija de un embajador, no la hija del presidente de Estados Unidos!
- Eso no importa, te pueden hacer daño para llegar a tu padre- suspiré y la miré mientras llevaba las dos tazas a la pila- Tienes que entender que tu padre es la conexión entre muchas personas influyentes en Roma y si eso supone algún problema para alguien, irán a por quien más quiere, es decir, a por ti- me levanté y fui hasta ella; apenas separaban nuestros cuerpos unos centímetros, los necesarios para que esta conversación no tuviera un talante pecaminoso desde fuera, pero que pudiera llegar a sentir el calor que desprendía su cuerpo junto a una mezcla de olor a miel y vainilla.
La camiseta de manga corta blanca que llevaba le quedaba justo unos centímetros por debajo del pecho, descubriendo su abdomen hasta la parte baja del mismo, en donde la cinturilla de un pantalón de pijama a rayas blancas y azules con ositos tapaba hasta sus pies.
Quise recorrer la cinturilla de aquel fino pantalón con mis dedos y dibujar la forma de su estrecha cintura, hasta esconderlos debajo de aquella minúscula camiseta y descubrir el sujetador que llevaba debajo, que se intuía los colores bajo la tela de la misma.
Quise poder tener el privilegio de acariciarla y saborear cada parte de su piel y comprobar si también tenía aquel sabor a miel y flores. O descubrir si era aún más dulce que su olor y las partes de su cuerpo que me volverían loco besar y a las que ella no se pudiera resistir.
Pero no, nada de aquello iba a pasar. Mi trabajo estaba por delante de cualquier tipo de atracción sexual que tuviera por ella .
No hay nada más atrayente que ponerte el pecado delante, lo prohibido, y saber que no lo puedes tener. Ver, rozar y sentir el fruto prohibido, mientras te apiadas de la debilidad de Eva, porque es difícil resistirse a lo carnal.
- Mi hermano siempre decía que las personas que tenemos a nuestro alrededor, las que queremos, tienen un poder inimaginable.
Pueden causarnos dolor hasta hacernos suplicar o abrazar nuestra alma- mi voz sonó ronca, delatando lo mucho que me afectaba tenerla tan cerca- Ves, puedo no ser un capullo- ella sonrió y negó con la cabeza, haciendo que más mechones se escaparan de su agarre y, haciendo la tontería más grande que podía hacer, cogí entre mis dedos uno de sus mechones rosas y se lo coloqué detrás de su oreja.
Su cabello era tan sedoso como parecía y desprendía también ese olor dulce tan suyo. Dejé mis dedos unos segundos más de la cuenta tras su oreja, permitiéndome acariciar su suave piel y hundir las yemas de mis dedos en su cuero cabelludo.
Tenía los ojos abiertos a causa de la sorpresa y estaba tan quieta que tenía dudas si seguía respirando, pero no se apartó; en ningún momento lo hizo y no pude evitar alegrarme por ello, aunque aquella tontería debía de acabar.
Retiré mi mano y, con la idea de salir de ahí antes de que reaccionara, giré sobre mí mismo y vi la taza en la que me había bebido el café en la pila.
No pude evitar la mueca de fastidio al ver que efectivamente no solo era taza blanca con detalles en rojo, sino que en el fondo estaba escrita la palabra amor, con la R en mayúscula, convirtiéndola en Roma .
Un cosquilleo burbujeaba en el centro de mi cuerpo, si es que se podía considerar un burbujeo y no una sensación terriblemente molesta que me tocaba las narices.
Hermanito, siento haberte citado como si fueras el jodido Hemingway.
Flora:
Desde aquella noche en Bandidu, no había vuelto a tener ninguna interacción directa con Efrén, más allá de sus concretas y muchas veces irritantes órdenes en cuanto a mi seguridad.
Sabía que a Diego le gustaba, mucho de hecho. Era metódico, disciplinado y sabía acatar órdenes a la perfección; incluso se adelantaba a ciertos pasos de Diego y eso le encantaba, empezando a haber entre ellos una sincronía que no tenía con Carlo.
Después de la pequeña pelea que tuvimos en el bar y ver cómo la idea que me había creado de él se hacía realidad delante de mis narices, sentía que nuestra relación se iba a basar en un tira y afloja y que eso iba a estar bien con él, hasta que hoy ha hecho acto de presencia en la cocina.
No había podido evitar quedarme mirando sus brazos fuertes, insinuando sus músculos bajo las mangas de la camisa blanca.
Sus manos grandes hacían que la taza pareciera mucho más pequeña de lo normal; casi podía sentir el cosquilleo en mis dedos nuestro contacto casual, pero que aun así, había conseguido ponerme la carne de gallina.
Los pantalones de traje le caían de las caderas y el cuello de la camisa descubría su cuello, de donde llevaba colgando el auricular por donde mantenían las conversaciones en el circuito cerrado de seguridad.
Estaba tan atractivo, que incluso me había costado concentrarme en mis respuestas y cuando había agarrado uno de mis mechones y había acariciado de aquella manera mi cuello, mis labios habían hecho verdaderos esfuerzos por mantenerse sellados y no soltar un suspiro de placer.
“Ves, puedo no ser un capullo” era lo último que me había dicho antes de salir por la puerta y en ese momento deseé que fuera un capullo y que no me volviera a mirar de aquella manera, como si me mereciera toda su atención, porque si seguía haciéndolo, entonces, esto se iba a poner muy difícil y no podía ser.
Ahuyenté como pude estos pensamientos y me centré en lo que tenía que hacer: ducharme, cambiarme y encontrarme con Oli en Vía dei Condotti para buscar qué ponerme en la Gala Benéfica de la próxima semana.
Subí a mi cuarto y seguí cada uno de los pasos que normalmente hacía: ducharme, peinarme y maquillarme, antes de abrir mi armario y sacar el conjunto que utilizaría, que sin ninguna duda era la antítesis de lo que iba a llevar Olivia.