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The middle
Efrén y Flora
Efrén:
A primera hora de la mañana tenía una reunión junto al embajador y Diego con el fin de discutir el plan de actuación para la gala benéfica que tendría lugar en setenta y dos horas.
Y ahí es donde estaba ahora mismo: una hora y media después de hablar de diferentes temas que nos atañerían en un futuro no muy lejano, me encontraba sentado en una de las sillas de su despacho.
A mi derecha estaba Diego, quien miraba hacia delante con la vista clavada en un punto fijo del cuadro que respaldaba a la silla principal.
Tan solo estábamos nosotros dos, además de Lorenzo.
La razón principal es que éramos los encargados de la seguridad de él y de su hija en el interior de la cena benéfica.
Y la secundaria, aunque no lo hubiera mencionado en alto, era que sabía que era mejor que Carlo, en cuanto a la seguridad se refiere.
Lorenzo Hidalgo era minucioso, preciso y perfeccionista hasta rayar lo maniático.
Era un encantador de serpientes debajo de un traje hecho a medida y eso le convertía en alguien muy observador; no había detalle que se le escapara y era conocedor de que le había llamado la atención.
Bien, esperaba que se lo dijera a Mendoza y así la carga que sentía sobre mis hombros disminuyera al menos un uno por ciento.
El circo mediático que había titulado como gala benéfica era la semana que viene y lo mejor era dividirse. Carlo en el exterior, al conocerse la zona como la palma de su mano, y Diego y yo en el interior, en el que no perderíamos de vista ninguno de los dos.
Lorenzo nos exponía las amenazas que podía llegar a tener la cena, pero no tan solo las directas, sino también las que implicaban a familias con suficiente poder en Roma como para hacerla tambalear.
- La familia Stracci, estará ubicada en la primera mesa, conmigo y con mi hija- nos informó el embajador en tono solemne y directo.
Levanté la mirada y la clavé directamente en él.
Esa información no nos había llegado hasta en ese preciso momento de manera completamente intencionada.
Intercambié una rápida mirada con Diego, quien había pasado de una postura relajada a tensarse como las cuerdas de un maldito violín.
Y razón no le faltaba, o al menos era eso lo que tenía entendido y lo que yo mismo había investigado tras ver fotografías de Flora con varios miembros de esa familia.
Los Stracci eran dueños de prácticamente toda la ciudad; todo pasaba por ellos.
Tenían miembros dentro de la policía e incluso en el partido político que gobernaba la ciudad.
Todos y cada uno de ellos estaban bien relacionados.
Nunca se había podido demostrar nada en su contra que rozara o fuera ilegal, pero no había que ser muy listo como para llegar a sospechar.
Lo que nos colocaba a nosotros en una posición de máxima tensión, al encontrar a Lorenzo y a Flora, no solo en el mismo espacio, sino en la misma puta mesa.
- Con todos mis respetos, Embajador, ¿pero no habría posibilidad de cambiar de mesa?
La familia Stracci tiene tanto poder como enemigos; su subida al poder en las anteriores elecciones de la ciudad les coloca en el punto de mira de tantos políticos como empresarios, como con los que tienen negocios en los bajos fondos.
No es lo más seguro para su hija- expuse de la forma más educada posible, luchando por gritar que me parecía una imprudencia.
- No es un tema de discusión, Efrén, mi hija y yo vamos a estar sentados con la familia Stracci.
Soy consciente de quiénes son y de su situación actual, pero el evento estará blindado para que nada pueda ocurrir y para que nadie se les pueda acercar.
Valoro tu preocupación, pero si considerara que no es seguro, no expondría a mi hija a ningún peligro- dicho esto, sin opción a negociar por su tono de voz, se levantó de su cómoda silla de cuero, arremangándose los puños de la camisa blanca almidonada de igual manera que lo hacía su hija- Además, Flora adora a cada uno de los miembros de esa familia- cómo no, pensé irónicamente.
Esa chica no tenía ni un mínimo de instinto de protección hacia ella misma.
- Reforzaremos la seguridad, Lorenzo y estaremos atentos a cualquier indicio- aseguró Diego, dando por concluido el tema en cuestión.
Pasamos al menos otra hora en el despacho, poniéndonos al día de la agenda del embajador y discutiendo la nueva información que nos llegaba.
Para cuando quisimos salir, ya era la "hora del café"; así era como llamaban al descanso que siempre hacían alrededor de la cafetera y, si no, Flora se encargaba de buscarnos y de entregárnoslos .
Al entrar en la cocina, nos encontramos allí con ella. No habíamos hablado mucho después de haber estado juntos en el bar y de que viera, prácticamente, follándome a la camarera.
La verdad era que había disfrutado más enfadándola y viendo hasta dónde podía llegar que acostándome con Bianca. Fue el intercambio de miradas tan intensas que tuvo Carlo lo que me hizo querer romper su conexión a toda costa.
Fue el centro de su atención, desdibujando a los demás, convirtiéndonos en meros espectadores de su historia. No sé qué recorrió mis venas a la velocidad de la luz, no sabría ponerle nombre, solo tenía claro que había sido primitivo, casi animal.
Sus mejillas enrojecidas por el enfado y esa chispa que se había encendido tras sus ojos, normalmente tan brillantes como blindados, provocaron que quisiera darme un puñetazo como una palmadita en la espalda.
Era difícil de ignorar la dinámica que había entre ellos, al igual que la forma en la que la miraba Carlo; había que estar ciego para no ver cómo se la comía con los ojos y cómo sonreía cuando la tenía cerca.
Estaba colado por ella y le acojonaba que no fuera recíproco, por eso no había dado el paso.
Y porque las mujeres como Flora daban respeto, no veías un cascarón vacío, sino muchas capas que tenías que ir descubriendo y que solo lo hacías si ellas lo decidían y eso daba miedo, porque no sabías qué poder podían llegar a tener sobre ti.
La observé mientras Diego se hacía el café y no me prestaba atención. Tenía unos segundos para mirarla a mi antojo y memorizar cada uno de sus mechones rosas y cómo sobresalían los de su color, como su rostro libre de maquillaje dejaba ver las pecas que decoraban desde su nariz hasta sus labios.
Sus ojos devoraban las palabras del libro, sin ni siquiera darse cuenta de que estábamos en la cocina con ella. Sus labios se curvaron en una sonrisa mientras movía la cabeza al son de la música que escuchaba a través de los AirPods.
El sonido de la cafetera pareció filtrarse a través de sus auriculares porque levantó la cabeza. Primero me miró a mífrunciendo el ceño y después a Diego, a quien sonrió de esa forma tan cálida e incluso infantil.
- Hola- sonrió a modo de disculpa, pausando la música desde su móvil de última generación- No os he oído entrar- se llevó la taza a los labios, dejándole un rastro de espuma en la comisura.
- Hola ratona- le respondió Diego al saludo, añadiendo un pequeño beso en la frente.
Hizo ademán de sentarse en la silla contigua, dejando la taza de café humeante en la mesa; antes de que ni siquiera le diera tiempo a dar un sorbo o a sentarse, sonó su teléfono, impidiéndolo.
- Hola cariño, ¿pasa algo?- preguntó antes de desaparecer por la puerta de la cocina- Por favor, recuérdame por qué dejamos que una de nuestras hijas se apuntara a ballet y otra montara en moto- me reí por lo bajo, viéndolo más agobiado que ante cualquier operativo.
Fue mi turno para acercarme a la cafetera y preparar mi café. El sonido de la máquina era lo único que conseguía romper el silencio sepulcral que reinaba en la sala, que, de alguna manera, resultaba ensordecedor.
Estaba acostumbrado al silencio; de hecho, lo disfrutaba.
Era un don que poca gente poseía, estar en paz en silencio.
En cierto modo era un grado de intimidad más alto que tener una conversación ininterrumpida.
Poder estar en silencio, sin necesidad de llenarlo con comentarios estúpidos, era el culmen de la confianza, pero por alguna razón, estar con ella en silencio se me antojaba raro y desolador en cierta medida.
Hacía que el agujero de la culpa que nacía en mi pecho y se extendía hasta mi estómago aumentara, como una metástasis que quería corromper cada órgano y hueso de mi cuerpo.
Me había comportado como un idiota al provocarla y ella parecía decidida a privarme del lujo de su palabra y de su atención.
Ganarme su confianza iba a ser más difícil que simplemente soltar un par de dulces palabras.
Debía demostrarle que no siempre que abriera la boca sería para atacarla, sino para protegerla.
Y ahora que la idea era cada vez más real y palpable, del ser el encargado de su seguridad, debía correr para conseguir esa confianza ciega.
Al igual que la tiene con Diego o Carlo, que sin ella ni siquiera darse cuenta, los busca con la mirada para sentirse segura.
Tan solo habían pasado unas semanas de mi llegada, pero ya me había acostumbrado a unas cuantas cosas y no quería perderlas, como su habilidad para siempre tener una pregunta en la punta de la lengua y, si no era así, al menos tener una sonrisa en la cara, con la que simplemente te hacía sentir cómodo.
A sus ceños fruncidos cuando se le hablaba de seguridad y de las cosas que debía de hacer, a su incesante parloteo en el coche o al tarareo de cada canción que sonaba por la radio.
Acabó de hacerse mi doble espresso y me fijé en la taza de la alacena que había sacado Diego, probablemente sin fijarse demasiado.
Era muy cómico ver a un tipo tan rudo y grande como Diego con una taza de margaritas.
La miré desilusionado por ver tan solo una taza blanca con el asa en color rojo; me había acostumbrado a las flores, los corazones o las caritas sonrientes.