Fuimos Roma 2 #2
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Sabía cómo le miraban, cómo se sonrojaban cuando él se acercaba incluso; veía cómo hacían mil cosas por llamar su atención y si le vieran como estaba ahora, las niñas buenas se convertirían en diablas.

Al final, siempre deseamos lo que no tenemos o lo que nos han dicho que no está bien, cuanto más te obligan a rechazarlo, más lo quieres.

Un chico de barrio con traje podía conseguir de ellas lo que se propusiera y, si ya le veían en una camiseta negra desgastada, como estaba ahora, su poder sobre ellas no tendría fin.

Colgué el bolso del respaldo de la silla metálica que me habían guardado y tiré de la falda lo suficiente como para que volviera a su posición real, que era dos palmos por encima de la rodilla y no al límite de saber el color de mi ropa interior .

Al solo sujetarse por un tirante ancho sobre el que había una rosa del mismo tejido que el resto del vestido, dejaba al descubierto el hombro contrario, creando una diagonal en la que el tejido fluido caía ceñido hasta mis piernas.

El rojo resaltaba mi piel blanca y las dos rosas que decoraban la parte baja del vestido recogían el tejido unos centímetros para dotar de mayor sensación de largura a mis piernas y descubrir el tejido de gasa que escondía.

Alcé la mirada hacia la mesa, dispuesta a sonreír y saludar a todos aquellos que la rodeaban, pero la mirada de Carlo sobre mí me impedía hacerlo.

Sus ojos recorrieron todo mi cuerpo, desde mi cabello hasta mis botas de tacón.

Se clavaron en los míos, sus pupilas dilatadas, hacían casi imposible vislumbrar un rastro del verde más puro que había visto en los ojos de una persona y sus labios entreabiertos pasaron a ser el centro de mi visión, volviéndolos hipnóticos.

- ¿Qué? - le pregunté con un hilo de voz, mientras me movía incómoda; de repente me sentía expuesta. Se aclaró la garganta y volvió a sentarse, jugueteando con su botellín de cerveza entre sus manos.

- Nada, estás guapa- fruncí el ceño, ¿por qué se estaba comportando de forma tan rara?

Saludé al resto del grupo de amigos de Carlo con una sonrisa y me senté entre ambos, en uno de los extremos de la mesa.

Con la mayoría ya había coincidido otras veces; casi todos eran chicos con los que Carlo había crecido y otros eran amigos de amigos.

Me caían bien y siempre me acogían entre ellos con los brazo s

abiertos. No me juzgaban y tampoco esperaban nada de mí y eso me gustaba.

En la mesa de enfrente distinguí a un grupo de chicas y chicos que conocía de la universidad. Algunos estudiaban en mi mismo edificio o habíamos coincidido en alguna clase o simplemente nos conocíamos por tener personas en común.

Entre ellas distinguí la de Nico y le sonreí.

Era el hijo del alcalde de la ciudad; no hacía falta señalar el poder que tenía en Roma, no solo por su cargo público, sino también porque su hijo mayor dirigía una de las empresas más exitosas del panorama actual.

Quitando el poder y el dinero, eran una piña; nada se podía entrometer entre ellos.

Conocí a Nicolás De Luca a los pocos días de empezar la universidad; teníamos amigos en común y fuimos a cenar.

Nos llevamos bien casi al instante; su carácter jovial y despreocupado nada tenía que ver con la exigencia que rodeaba a su familia.

Sus característicos rizos le caían por la frente hasta reposar en el inicio de sus cejas; guiñó uno de sus ojos celestes a modo de saludo y me sonrió antes de dar un trago largo a su cerveza.

A los minutos de sentarme, Bianca, la camarera que trabajaba cada noche ahí, puso un chupito dulzón delante de mí en un cuenco lleno de hielo.

Bianca no tenía más de veinticuatro años y nos conocía a todos a la perfección; no sabía si era por la propina que siempre metíamos en su bote o porque siempre hablábamos un rato con ella, pero siempre se acordaba de lo que pedíamos cada uno o lo que nos gustaba y no había ni una sola vez que no nos sacara algo, ya fueran chupitos, golosinas o otra ronda más .

- ¿Lo de siempre? - asentí y vi cómo su mirada se trasladaba al lugar que ocupaba Efrén; también vi cómo despertaba su interés.

Normal, era muy atractivo aunque fuera de una manera totalmente diferente a Carlo.

En Carlo veías todo lo que te tenías que alejar, un aura oscura y en Efrén, veías el misterio, las ganas de más, las ganas de saber de él- ¿Quieres algo más?

- le preguntó mientras le miraba fijamente a los ojos y le sonreía.

- Estoy bien. Gracias- le guiñó el ojo y ella se fue a buscar mi comanda, eso sí ruborizada y juraría que ahora tendría calor. Me reí y negué con la cabeza.

- ¿Qué? - ahora la pregunta iba en mi dirección.

- ¡Nada!- puse los ojos en blanco mientras jugueteaba con el anillo de plata que lleva en mi dedo índice.

- ¿Haces mucho eso?- me volvió a preguntar, cruzando los brazos y apoyándolos en la mesa mientras se inclinaba hacia mí, mantenía su mirada fija y desafiante.

- ¿El qué?- respondí con un tono cortante, afilado como una navaja.

- Eso de esconderte detrás de tu fachada de niña buena- se acercó aún más, sus palabras estaban cargadas de provocación-Sabes perfectamente lo que haces, cómo lo haces y con quién lo haces- al decir esto último, su mirada se desvió un instante hacia Carlo, una burla silenciosa que me encendió aún más-Pero luego prefieres callarte, seguir en tu papel de chica impecable.

Así que, te lo pregunto de nuevo: ¿qué te ha hecho tanta gracia, colibrí ?

Mis ojos lo fulminaron, reflejando el enfado que me hervía por dentro.

No me gustaba la forma en la que me había expuesto frente a los demás, rozando la humillación y, menos aún ese estúpido aleteo en el pecho al escuchar de nuevo cómo me llamaba.

Estaba furiosa, con él por ser un gilipollas, conmigo, y porque maldita sea, algo de razón tenía. Pero antes muerta que reconocérselo.

- Me hace gracia que vayas mirando a todos por encima del hombro, cuando en realidad eres igual que cualquiera.

Te crees moralmente superior al resto, pero no dudaste en darle falsas esperanzas a una chica que sabes que le gustas.

Así que dime tú, Efrén, ¿te gusta gustar o solo alimentas tu ego desmesurado?

- esta vez fui yo quien se acercó, hasta que tan solo eran unos pocos centímetros los que nos separaban.

Vi el destello de diversión en sus ojos oscuros.

Había caído en su trampa, y él lo sabía.

- ¿Quién ha dicho que sean falsas?- mis mejillas estaban de todos los rojos posibles.

- Eh, vale, tiempo muerto- intervino Carlo, agarrándome del brazo y tirando suavemente para apartarme de Efrén-Deberíamos darte un premio, tío, eres el primero que la hace cabrear tan rápido- dijo riendo, soltando una bocanada de humo y mirándome con una sonrisa burlona.

- Deberías dejar de fumar- le espeté, y antes de que soltara su típica respuesta de que “de algo hay que morir”, mi móvil comenzó a sonar. El sonido cortó el aire incomodo con el enfado ardiendo en mi pecho .

Busqué mi teléfono en mi bolso y, aunque era de un tamaño ridículo, tardé unos segundos en dar con él. La foto de Olivia abrazándome parpadeaba en mi pantalla.

- Ciao amore - descolgué la llamada de mi mejor amiga.

- Hola amiga- me contestó- ¿Qué haces esta noche? - me preguntó, a la vez que escuché una puerta cerrarse y aproveché a beberme de un trago el chupito que Bianca había puesto delante de mí. El dulzor de las manzanas colmó mi boca y mis labios, haciendo que pasara la lengua por ellos.

- Uno, ya es de noche y dos, estoy en Bandidu, con Carlo y los demás, ¿te animas? - le pregunté, aunque ya sabía la respuesta. Cuando me llamaba y escuchaba una puerta a la vez, significaba que estaba huyendo de su casa.

- Sí! - casi la pude ver arrodillándose y dando las gracias al más allá por tener donde ir y más si había copas entre medias-Como vuelva a oír a mi padre quejarse de lo mediocre que soy, juro, por quien sea, que le dejaré de hablar de por vida y se quedará solo en una residencia para gente pija y eternamente sola- solté una carcajada, aunque el contexto no fuera el correcto, pero es que no podía evitarlo con su dramatismo tan bien expuesto.

Oli iba a ser abogada, estaba en proceso al menos, pero no quería un gran bufete, sino defender a aquellos que no tuvieran dinero ni recursos.

Y eso desquiciaba a Don Stefano Ros. Sí, además le sumabas toda su estética basada en el color negro y su tendencia a meterse en cada uno de los problemas que sucedían a su alrededor, ya le incumbiera o no, teníamos un cóctel que no sabía manejar .

- Vente, tómate unas copas y luego duermes en casa- le dije a la vez que miraba cómo Bianca dejaba mi Rossini delante de mí, junto a un bol de golosinas.

- Estoy ahí en veinte- tras ello colgó.

- Viene Oli- le informé a Carlo, pues era el único que la conocía de verdad; vamos, la conocía tan bien, que más de una vez le había visto en bragas en casa.

Todavía no se ha acostumbrado a la dinámica de mi casa. No era un hogar normal, en el que podías campar a tus anchas, en bragas o tanga, sin que nadie te viera, sino uno que se regía por normas y protocolos estrictos que debías de conocer y seguir sin preguntas ni quejas.

Conocer a Olivia había supuesto oxigenar mi vida, trayendo otras formas de entender la vida y entenderme a mí. Era mi espacio seguro, mi hogar sin paredes ni cimientos.

- Oli, es mi mejor amiga, viene mucho por casa- le expliqué a Efrén, quien no había tenido la suerte de conocerla aún.

Modulé mi voz, bajando un par de tonos, como si nada hubiera pasado. No le iba a dar el gusto de sacarme de quicio por el simple hecho de divertirse. Yo no era el entrenamiento de nadie y mucho menos de un tío que no conocía de nada.