Fuimos Roma 2
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Zitti e buoni

Flora

La semana prácticamente había pasado sin darme cuenta de que llegaba a su fin. Muchas semanas a lo largo del año tenía la misma sensación; días eternos, pero semanas que se pasaban volando. Era contradictorio, lo sé. Yo misma era un poco contradictoria.

Como ahora mismo, quería reunirme con Carlo en el bar de siempre, tomar un par de rossini y bailar más de la cuenta. Pero ahí me encontraba, debatiéndome entre ir o no, si me encontraba con la suficiente confianza o no, contradiciendo mi corazón con mi mente. Toda yo era una contradicción.

Sin contar con el hecho de que había alguna probabilidad de que también me encontrara con Efrén fuera del horario laboral. Era extraño, con Carlo nunca se me había antojado raro, pero con él, no me cuadraba en otro ambiente que no fuera su trabajo y su traje italiano.

Apenas había hablado con él, simplemente habíamos intercambiado un par de palabras y como mucho, había conseguido que frunciera el ceño; eso era su máxima expresión y casi siempre la utilizaba cuando me miraba.

Bastaba que él dijera a para que yo dijera b; no me gustaba que me impusieran normas, que me dijeran qué tenía que hacer, y él parecía siempre tener algo que decir.

Era tan exasperante como cortante .

Sin darme tiempo a pensar de más, me metí en la ducha. Al salir de mi momento de paz y tranquilidad que me ofrecían esas cuatro paredes, me encontré varios mensajes de Carlo, parpadeando en el móvil.

Carlo:

¿Dónde estás? Estamos los de siempre.

Deja de pensar tanto y vístete.

Vas a estar preciosa igual.

A veces, sentía que me conocía mejor que yo misma y sabía que estaba pensando en cada momento, que se me pasaba por la cabeza o cuando dudaba, como ahora. Dudaba entre ir o no, no porque no me sintiera bien con todos ellos, sino porque siempre me asaltaba la duda de: ¿qué hago yo aquí?

Los últimos años me los he pasado yendo a toda clase de eventos de la mano de mi padre, acompañándolo y teniendo una sonrisa perpetua en mi rostro, sabiendo que mis espaldas estaban cubiertas por los mejores hombres, pero sintiéndome completamente sola.

Sí, en muchos de aquellos sitios coincidía con personas de mi edad, pero los sentía a años luz de lo que yo era, por lo que he acabado desarrollando un miedo que siempre está ahí, palpitando, hacia cualquier escenario posible que me hiciera sentir sola, desprotegida y vulnerable.

Eran mis inseguridades las que llevaban la voz cantante en la mayoría de las situaciones, pero en esta me negaba. Eran personas que conocía, que me hacían sentir cómoda, una más y además, dos de ellos, literalmente, firmaron para dar la vida por mí, qué mejor muestra de lealtad que esa, ¿no ?

Decidí llamarle, si no, los mensajes no iban a cesar nunca. Tan solo escuché un par de timbres antes de escuchar su voz. No había ni una sola vez que no me cogiera el teléfono. Ni una sola.

- ¿Por qué no estás aquí ya? ¿Qué te está retrasando tanto?-su voz se escuchaba fuerte y clara, sin verse interrumpida por la música.

- En diez minutos cojo un taxi y voy para allá- le informé, mientras sacaba un vestido corto rojo de Valentino del armario.

- Voy a buscarte- no fue una pregunta, sino una afirmación. Casi podía verle sacarse las llaves del bolsillo del pantalón dirigiéndose a la puerta.

- No, he dicho que voy en taxi, no tardaré nada. Solo te he llamado para que no me quemes el móvil a mensajes.

- Como quieras, pero sabes que iría encantado.

- Lo sé, te veo ahora.

Tras colgar la llamada, me vestí y me maquillé lo justo para no ir con la cara lavada, me calcé unas botas de tacón negras y cogí un bolso del mismo color, unos segundos antes de que apareciera la notificación de taxi.

El trayecto apenas duró unos quince minutos. En Roma, se tenía por costumbre conducir de forma suicida. Al principio me chocó que no se pudiera cruzar la calle sin santiguarte antes, pero después, bueno, te tiras en marcha.

Entré en Bandidu, preparándome mentalmente para tener que hacerme un hueco a la fuerza, pues el sitio, ya fuera para comer o para tomar algo y bailar, era una locura, prácticamente una misión imposible conseguir una mesa o un hueco libre. Siempre era así, día tras día y noche tras noche .

Era un local rompedor con un punto punk; estaba decorado con grafitis y collage de piezas de artistas como Banksy, incluso los cócteles los servían en copas con formas imposibles.

Eso sin hablar de la bañera que colgaba del techo y que habían convertido en una gran lámpara con miles de bombillas de filamentos visibles.

La zona de la barra era impensable; sus cuatro laterales estaban rodeados por personas que deseaban su bebida antes de que el grupo amateur tocara.

Al no escuchar voces y música en la llamada de Carlo, supe que estaban en la terraza, ubicada en la parte trasera.

Atravesé la mitad del lugar como pude, hasta que una mano fuerte y fría agarró la mía con decisión.

Miré hacia arriba buscando a quién pertenecía esa mano, dispuesta a montar un numerito si no me soltaba por decisión propia.

Mi mirada se encontró con una sencilla camiseta gris y unos ojos oscuros, reconociendo a Efrén en el proceso. Se agachó hasta quedar a mi altura.

- Ponte delante de mí- tardé unos segundos en reaccionar, segundos que él tomó como una pérdida de tiempo, haciendo que, de un rápido movimiento con sus manos en mi cintura, me colocara delante de él, a centímetros de su cuerpo, utilizando su cuerpo como un escudo humano.

Su tacto, lejos de ser frío como un témpano de hielo, era candente, como la lava, extendiendo su calor por todo mi cuerpo, aunque solo había posado unos segundos su mano sobre mi cuerpo.

Su voz grave y demandante había roto el ruido que había a nuestro alrededor, atravesándolo, hasta oírlo alto y claro, erizand o

mi piel. No había nada amable en sus palabras, no era petición, era una orden y yo odiaba que me dijeran lo que tenía que hacer.

Anduve hasta la puerta que daba acceso a la terraza con paso decidido, zigzagueando entre los cuerpos de las muchas personas que ya había en el bar.

En un momento dado, un chico chocó conmigo y pude leer en sus ojos el deseo.

Cuando iba a abrir la boca, se percató del hombre de metro noventa que llevaba pegado a mi culo desde que había entrado al bar.

Su mirada gélida cayó sobre los ojos verdes del chico sin ningún reparo.

Su mandíbula apretada y el gesto de cabreo constante hicieron que el desconocido diera un paso atrás.

Fue una conversación muda en la que se podían leer perfectamente las intenciones de las dos partes.

Sin emitir un sonido, había provocado el miedo en una persona.

No me lo podía creer.

Avancé los pocos metros que nos quedaban hasta la puerta y me detuve antes de abrir la puerta.

- ¿Por qué lo has hecho?- le pregunté cruzando los brazos.

- ¿El qué?

- Sabes perfectamente el qué. No me tomes por idiota.

- Si no es capaz de abrir la boca para hablar contigo, no merece ni un minuto de atención.

- No es fácil hablar con alguien si tienes a una persona detrás, asesinándolo con la mirada.

- Podría haberme mandado a la mierda y no lo ha hecho. Alguien que se acojona así no es capaz de defenderte, por tanto, tampoco merece estar contigo- puse los ojos en blanco .

- No necesito que nadie me defienda, puedo hacerlo solita. Ah y gracias por escoltarme hasta la puerta- me llevé las manos al corazón, dramáticamente- No lo podría haber hecho sin ti- añadí, sarcásticamente.

Sin inmutarse, como siempre, abrió la puerta de metal, dejando que la brisa exterior entrara y bailara en la falda de mi vestido, elevándolo unos centímetros.

- De nada, colibrí- me susurró al oído mientras atravesaba la puerta, provocando que mi vello se erizara en respuesta.

Su voz había bajado un par de tonos, convirtiéndola en una mucho más grave y atrayente. Esa manera de llamarme me envolvió en una emoción de atracción y deseo que me cortó la respiración.

No me dio tiempo a contestarle, aunque no sé muy bien lo que le hubiera dicho, cuando unos abrazos llenos de tatuajes me rodearon y me llevaron sin ningún tipo de dificultad hacia la mesa del fondo, donde había unos cuantos botellines de cerveza, algunos acabados y otros por la mitad, ninguno por empezar.

- Eres una tardona- me recriminó Carlo en broma.

Sonreí al mirarle, al igual que él hizo conmigo.

La conexión que sentía con él siempre estaba latente y cuando nos mirábamos de esa forma, me parecía escuchar sus pensamientos.

Éramos un libro abierto para el otro; me conocía de manera tan íntima que a veces me provocaba vértigo la idea de la cantidad de cosas que sabía de mí.

Y quitando ese afán que tenía por acostarse con cada mujer que pasaba por su lado, Carlo era un chico increíble, teniendo en cuenta que su vida nunca había resultado sencilla.

El barrio y las malas decisiones que había tomado en su vida le habían dejado sin muchas opciones, pero de alguna manera, había llegado hasta a mí y si no fuera porque nunca me había hecho pensar que le atraía de alguna manera, habría sido un novio fantástico.

Sus brazos y manos cubiertos por tatuajes en tinta negra chocaban contra mi piel blanca; su pelo negro y sus ojos verdes eran la cara opuesta a mi pelo teñido de rosa y mis ojos castaños, pero aun así, casábamos tan bien que la línea era muy delgada entre una amistad y un algo más.

Era guapísimo y él lo sabía y lo utilizaba en su beneficio.

Utilizaba su cuerpo y estética para conseguir lo que quería; llevaba tres años siendo espectadora de ello.

Ni siquiera las niñas de bien con las que estaba acostumbrada a compartir cenas y comidas de negocios estaban a salvo, ni siquiera sus madres lo estaban.