Fuimos Roma 1 #3
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- Aquí Águila.

- ¿Queréis café? ¿Cuál es vuestra localización?

- Sí. En la puerta delantera- me disponía a soltar la radio cuando me di cuenta del nuevo integrante.

- Efrén.

- Café solo, colibrí- contestó a una pregunta jamás pronunciada, con voz grave. Me preguntaba si sería capaz de llevarme bien con él; me parecía exasperante y algo borde.

Saqué tres vasos desechables pensando en cómo había sido nuestra primera toma de contacto.

Tenía el pelo oscuro muy corto, sus ojos eran tan oscuros que parecían negros y no desvelaban absolutamente nada.

No podía negar que era o había sido militar; su postura corporal le delataba, también la forma en la que se había dirigido a mi padre.

Había escuchado sus voces colándose por las paredes.

Me había preguntado a quién pertenecía porque, aunque era la de un completo desconocido, se me antojaba cálida y protectora.

Y tras ver sus ojos blindados mirándome desde su metro noventa de altura, esa calidez y protección habían desaparecido de un plumazo.

El sonido de la cafetera me sacó de mis cavilaciones y comencé a preparar los cafés.

Había empezado a memorizarlos de manera inconsciente, al igual que las cosas que les gustaban, sus platos favoritos, sus cumpleaños…

toda la información se había quedado retenida en mi cabeza sin yo darme cuenta, aunque, según mi punto de vista, era lo más justo, al menos, lo mínimo que les podía dar.

Preparé el café de Diego: largo de café y corto de leche; también el de Carlo, que era todo lo contrario. Incluso le añadí la espuma de la leche, pues no lo admitiría nunca, pero le encantaba. Y por último el de Efrén, café solo. Sin nada. Sin azúcar. Solo el sabor del café.

- ¿Mer?

- ¿Sí, cariño?- apartó la cuchara antes de tapar la olla y volverse hacia mí, apoyándose en la encimera.

- ¿Qué te parece el chico nuevo?

- No lo sé, cariño. Lo he conocido al mismo tiempo que tú.

- ¿No te parece un poco, no se…?

- ¿Borde? ¿Seco? ¿Falto de entusiasmo?- me reí por debajo de la nariz, intentando que una sonrisa no tirara de mis labios.

- Sí.

- Si es un buen profesional en todo lo demás le podemos educar- asentí y le sonreí para irme- Aunque, cariño, no lo olvides, a veces las personas más frías son las que guardan el corazón más cálido.

Pero es que el suyo no estaba frío, es que parecía congelado. La Antártida a su lado lucía cálida.

Con los tres cafés en la mano y, para qué mentirnos, haciendo malabarismos para que no se me cayeran, salí de casa con las palabras de Mer persiguiéndome como un fantasma .

La brisa leve de septiembre me dio la bienvenida a un nuevo día; era agradable.

Bajé las escaleras principales y me dirigí a la gran puerta de madera que daba a la calle; aquí sí, iba a tocar hacer malabarismos.

Era una puerta preciosa, pero todo lo que tenía de preciosa, lo tenía de pesada; estaba girando el pomo cuando la abrieron por el otro lado.

Al levantar la vista, me encontré con la mirada de Efrén, quien tenía una ceja levantada y su mirada se había quedado fija en mí más segundos de los necesarios.

- Gracias- sonreí y soplé un mechón de mi flequillo, que había caído en mis ojos- Tu café - le tendí el vaso y retiré mi mano con rapidez cuando nuestros dedos se tocaron.

- ¿Para mí no hay? - preguntó Carlo con su perpetua sonrisa.

Llevaba la camisa arremangada de cualquier manera a la altura de los codos, dejando ver los tatuajes de sus manos y de sus antebrazos.

La tinta negra se fundía con su piel bronceada, creando un increíble contraste con el verde de sus ojos.

Los mechones negros azabaches de su pelo brillaban bajo el sol de la ciudad eterna.

- Sabes que sí- le pasé su café, mientras él me daba un beso cariñoso en la cabeza, pegándome a su costado.

Habíamos encajado desde el mismo momento en el que llegó a la embajada.

Exteriormente no teníamos nada que ver; de hecho, podía afirmar que éramos dos polos opuestos, pero que por alguna razón encajábamos a la perfección.

Se había convertido en mi persona de referencia, mi lugar seguro, donde ser y me dejara ser. Quitando a Olivia, claro está .

Con él no tenía que intentar ser o convertirme en otra persona; él me aceptaba, me hacía querer ser más, me apoyaba para serlo. Me sacaba de mi zona segura para que viviera y siempre estaba ahí por si quería volver.

Salíamos a comer, cenar, tomar unas copas, de fiesta; él conocía a mis amigas y amigos, al igual que yo a los suyos y casi a todas las chicas con las que se terminaba acostando, quienes nunca entendían nuestra relación.

Eso hacía que la línea entre el trabajo y mi relación personal con él se desdibujara, eliminándose en su totalidad con el paso del tiempo.

Diego, Mer y él se habían convertido en mi familia, una familia poco convencional, pero, ¿a quién le importaba?

- Gracias, pequeña- puse una mueca y le pasé su café a Diego, que miraba con casi adoración al vaso- Hoy acabo mi turno antes, tengo que solucionar unas cuantas cosas en casa de mis padres, ¿quieres que te lleve a clase?

- Iré andando o cogeré el metro, no te preocupes- crucé los brazos, mientras sentía la constante mirada de Efrén sobre mí. No podía evitar sentir cómo analizaba cada cosa que hacía o decía.

- Me preocupo- clavó sus ojos verde bosque sobre los míos, a la vez que daba un trago a su café, calentándome un poco el corazón junto a sus palabras- Te llevo a clase- asentí sonriéndole.

Antes de entrar en la casa, pasé por delante de Efrén y clavé mi mirada sobre la suya; él se limitó a dar un paso atrás y dejarme pasar .

Efrén:

La observé hasta que se metió de nuevo en la casa; no pude evitar estudiar su relación con Carlo.

En un principio estaba seguro de que follaban, la seguridad que tenía él al tocarla, al darle muestras de afecto, pero no.

Era innegable que ella se sentía cómoda con él, pero no le miraba de la misma manera que hacía él.

Carlo estaba pillado por esa chica y las caricias siempre las iniciaba él, no ella, un claro indicativo de que no había más intimidad y confianza en el aspecto más carnal.

Sus ojos la habían seguido hasta que desapareció tras la puerta principal, haciendo un claro repaso de sus piernas desnudas y de su forma de caminar.

La deseaba; el deseo se podía leer en la forma en la que la miraba y cómo buscaba su contacto, aunque no se trataba solo de un deseo carnal, sexual, sino de amor.

Estaba enamorado de ella hasta la médula.

No entendía cómo alguien se tomaba la libertad de engañarse y pensar que cualquier tipo de aventura con una clienta podía salir bien; si entraban los sentimientos en juego, todo se iría a la mierda más pronto que tarde.

Más adelante, tras la reunión matutina con el embajador y la revisión del listado de los eventos, cenas y personalidades con las que debía verse o reunirse Lorenzo, fuimos hasta la cocina a la hora de la comida.

A diferencia de cuando había estado ahí, horas antes, la mesa ya no se encontraba desnuda; ahora la madera estaba cubierta por un mantel blanco con cuatro platos y cubiertos bien dispuestos y una gran olla en el centro de la misma.

A los segundos apareció Flora muy diferente a como la había visto esa misma mañana. El pelo despeinado y su rostro al natural habían sido sustituidos por un pelo brillante, sin un mechón sin peinar y un rostro ligeramente maquillado, resaltando sus ojos color chocolate.

Había pasado de aquel conjunto blanco a una falda rosa claro, que le quedaba un par de palmos por encima de las rodillas, y a un top sin mangas blanco con un diminuto lazo del mismo tono de la falda debajo de su pecho, realzando fisionomía y dando protagonismo a sus hombros y clavículas.

Nunca pensé que esa parte del cuerpo se vería tan sexy como delicada al mismo tiempo, sin hablar de sus piernas torneadas que se veían infinitas a causa del tamaño de la falda y de los finos zapatos rojos con un poco de tacón, que las alargaban un poco más.

Por un momento, deseé volver a la universidad.

Mi mirada se encontró con la de Carlo al otro lado de la mesa, quien hizo como si nada mientras se desabrochaba de nuevo los gemelos para volver a arremangarse la camisa.

Yo ni siquiera me había quitado la americana en todo el día, salvo ahora para comer.

Hacía un calor y una humedad de mil demonios, pero nada superaba las pruebas que nos obligaban a hacer bajo más de cuarenta grados y una humedad que apenas te dejaba respirar; era como meterse en la boca de un volcán.

Flora se quedó mirando la mesa durante unos segundos y después se sentó a mi lado, el único sitio libre. ¿Comía con nosotros? Tenía muchas cosas a las que acostumbrarme en esta casa.

- Efrén, el viernes, voy a salir a tomar unas cervezas con mis amigos; deberías venir- me ofreció Carlo, mientras continuaba en su empeño de arremangarse hasta la altura del codo .

- Lo pensaré- no es que tuviera ninguna intención de hacerme íntimo amigo de Carlo, pero no me parecía mal poder salir del piso. A mi lado oí un resoplido y la silla moverse; vi cómo Flora iba hasta donde Carlo y empezaba a arremangarle de forma correcta las mangas.

- Eres un desastre- le reprendió mientras continuaba su tarea.

Carlo se movió ligeramente, hasta tenerla entre sus piernas, lo que me dejó una vista magnífica de su espalda tapada por su larga cabellera que reposaba al ras de su redondo culo.

Ni siquiera con un corte de falda tan clásico era capaz de disimular las curvas que escondía.

- ¿Vienes el viernes? - le preguntó esta vez Carlo a Flora, colocando sus manos a la altura de su cadera. Sus dedos tatuados en contraste con el rosa de su falda, no era algo que encajara.

- ¿Quiénes van?- respondió ella con otra pregunta, mientras volvía a su asiento y, con elegancia, tomó la servilleta y la puso encima de sus rodillas.

- Los de siempre, puede que se pasen también las amigas de Emma. ¿Hay alguien que no quieres que vaya?

- No me gusta el lío que te traes con Sofía, eso es todo.

- No te cae bien- no fue una pregunta, sino una afirmación.

- No va de frente, ya te lo advertí, pero te empeñas en no creerme.

- Sofía es...

- Carlo, el baño de chicas es como un maldito confesionario, si no me gusta y no la aguanto es porque ella misma se ha retratado- dijo con toda la tranquilidad del mundo, haciendo que una diminuta sonrisa tirara de mis comisuras.

- No puedo evitar que vaya y lo sabes.

- Puedes evitar meterte en su cama. Te mereces algo mejor-las toses de Diego desviaron inmediatamente la atención de ellos dos; estoy bastante seguro de que casi se ahoga cuando la ha escuchado hablar de esa manera.

Ninguno de los dos hizo amago de retomar la conversación, sino que, después de que Mer dejara dos cestas con pan y una jarra de agua sobre la mesa, comenzaron a servirse la comida con naturalidad.

La comida continuó con tranquilidad. No volvieron a sacar el tema y todo se fue desarrollando de forma, incluso, familiar. Diego reñía a Flora por la poca cantidad que había en su plato, a lo que ella alegaba que no tenía que comer hasta reventar.

Fui el último en servirme; mientras lo hacía, la mirada de Flora seguía cada uno de mis movimientos. Dejé con calma el plato encima de la mesa y le dirigí una mirada interrogante; ella se dedicó a meterse una cucharada en la boca y a guiñarme un ojo.

Levantaba mi curiosidad más de lo que estaba dispuesto a admitir. El hecho de no poder encasillarla en una niña estúpida de papá me molestaba y desconcertaba. Su normalidad dentro de su clase social me intrigaba más que aburrirme y con ella, prefería aburrirme.

El día continuó; Diego me seguía instruyendo en todo lo que creía fundamental y comenzó a darse cuenta de la rapidez con la que memorizaba datos, dejando atrás la compasión por ser mi primer día y comenzando a tratarme como si llevara ahí mucho tiempo.

Se fue antes de que anocheciera a buscar a sus dos hijas, mientras que yo me quedé un rato más.

La noche ya había caído y la última persona que vi fue a Flora, de nuevo en pijama, mirando la calle ensimismada con un libro entre sus manos.

Realmente somos nosotros cuando nadie nos está mirando y el caleidoscopio de emociones que reflejaban su mirada no tenía nada que ver con la chica de constante sonrisa.

Quizá la chica cálida no lo era tanto. Sacudí la cabeza y salí de la casa sin hacer ruido; mis emociones no podían entrar en juego.