Fuimos Roma 1 #2
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Al igual que al personal, también investigué a Flora.

Sus redes sociales, la universidad en la que estudiaba, las amistades que tenía, hasta hacerme una idea de quién era, pero no había nada que me esclareciera quién era realmente.

Por un lado, parecía una niña de familia de bien y por otro, su mirada, su manera de sonreír, algo en mi interior me decía, que estaba muy lejos del imaginario que se tenía de ella.

No sabía muy bien qué esperar y no estaba acostumbrado a que las personas me sorprendieran para bien, tampoco lo esperaba, pero la manera en la que sonrieron, debía de tratarse de un maldito ángel, igual caído o quizá en su máxima expresión.

- Cómo me conoces- seguí la voz hasta la puerta de la cocina y, como he dicho antes, no sabía, qué iba a encontrarme, pero desde luego no eso.

Flora era una mujer que no superaba el uno sesenta y cinco de altura, pero en sí, era un ángel.

Llevaba el cabello teñido de rosa, algunos mechones tenían el color más fuerte y en otros se vislumbraba el color real de su cabello, castaño chocolate.

Iba vestida con una camiseta de tirantes blanca y unos pantaloncitos a rayas que reposaban en su estómago con una ancha cinta en la que se podía leer Ralph Lauren junto a unos calcetines de un color rosa chillón arremangados en los tobillos.

Su tez blanca hacía resaltar el tono rosado de sus labios; sus ojos, aún hinchados a causa del sueño, eran de un profundo tono marrón y unas graciosas pecas creaban un rastro desde su nariz hasta sus labios.

Barrió la habitación con sus ojos castaños hasta posarse sobre los míos; una extraña sensación de tirantez se adueñó de mi estómago y sentí como, con sus inocentes ojos, me estudiaba.

No dijo nada, tan solo sonrió de medio lado y cuadré los hombros esperando a que se acercara.

- Soy Flora- me tendió la mano y levanté una ceja, sorprendido.

- Efrén- acepté su mano y me la estrechó con una fuerza y una seguridad inaudita .

Se giró con rapidez, haciendo que su cabello desprendiera un ligero aroma dulce que me envolvió unos segundos.

Me había escaneado de arriba a abajo sin ningún tipo de pudor, sin hacer que me sintiera juzgado o expuesto.

Su mano fina alrededor de la mía había sido estrechada con fuerza y determinación, una fuerza sorprendente para alguien tan pequeña.

Con destreza se subió a la encimera con un pequeño salto, preguntándome por qué prefería sentarse ahí en lugar de una de las sillas que había alrededor de la mesa. Cogió entre sus dedos el bol de frutas que le tendía Mer.

-Gracias, Mer, pero sabes que no tienes por qué hacerlo- le dijo con cariño a la mujer.

- No es problema, cariño- le pasó la mano por la mejilla. Antes de que ni siquiera pudiera dar un bocado a las fresas, le tendió un vaso lleno de zumo- ¡Primero el zumo! ¡Necesitas las vitaminas para empezar el día!- Flora puso los ojos en blanco y se bebió sin rechistar el vaso de zumo entero.

- ¡Listo!- sonrió ante la atenta mirada de Mer.

- Las vitaminas son importantes y tú siempre te olvidas, ¡eres igual que tu padre!- Mer se giró, malhumorada, hacia su zona de trabajo mientras Flora sonreía ampliamente y chocaba el puño con su padre.

- ¿Qué tal el viaje?- me preguntó Flora cuando terminó de masticar un trozo de fresa, mirándome con curiosidad.

- Bien, la distancia de Madrid hasta aquí es corta- respondí con tono seco.

- Sí que lo es, sí. ¿Has podido ver algo de la ciudad?- sus ojos denotaban la curiosidad que sentían, al igual que se cerraban ligeramente a causa de la luz del sol; podía jugarme la mano a que tenía resaca y no perderla.

- No- mentí sin interés, sin saber exactamente por qué, pero sintiendo que no era asunto suyo.

- Vaaale- alargó la “a” como si intentara llegar el silencio incómodo que yo había dejado. No buscaba caerle bien, solo hacer mi trabajo- ¿Dónde te alojas?- volvió a preguntar, todavía sonriente.

- Monti- respondí sin más, intentando cortar su entusiasmo y vitalidad antes de que surgiera.

- Monti es increíble. En Piazza della Madonna hay una cafetería, se llama La Casetta.

Pide un capuchino, son de los mejores de la ciudad y hace que toda la calle por la mañana huela a café recién molido.

¡Oh! Y en Via del Boschetto hay una pequeña librería independiente- siguió, sin siquiera tomar aire- Tiene una selección infinita y siempre, siempre, hay silencio… .

No sabía cómo podía hablar tanto antes siquiera de desayunar.

- ¡Ah, y también!- alzó uno de sus dedos delgados, en donde brillaba un fino anillo- Hay una gelateria en Via degli Zingari. Está un poco escondida, pero la reconocerás porque siempre huele a naranja confitada. Es… no sé. Es especial.

Frunció el ceño y empezó a empujar su desayuno por el bol, como si necesitara mover algo para ordenar sus ideas. Luego volvió a mirarme, fijamente, como si lo que iba a decir tuviera peso .

- Creo que te gustará el barrio. No sé por qué… simplemente, lo creo.

Sus emociones eran agotadoras. Cambiaba de tema, de tono, de gesto…todo en cuestión de segundos. Pero me contuve de hacer cualquier comentario que lo dejara claro. Mi madre diría que sería de mala educación.

- Lo tendré en cuenta- zanjé, lo justo para no parecer descortés. Y también, lo suficiente para que dejara de mirarme de esa manera tan… sincera.

Ella asintió, esta vez sin añadir nada, volviendo a centrar toda su atención en el bol de fruta que sostenía. Su silencio fue un alivio, era la chica con resaca más alegre que había conocido en mis veintiocho años de vida.

- Hija, tengo algo que pedirte- comenzó a hablar Lorenzo, haciendo una pausa hasta que Flora levantó la cabeza para prestarle toda su atención- Se celebra una cena en Villa Borghese a finales de octubre, a la que debo acudir y me gustaría mucho que vinieras conmigo.

Es una gala benéfica con los líderes de la ciudad y me parece adecuado que vayamos juntos, al igual que la familia Stracci, quienes irán al completo.

- Sabes que te voy a decir que sí, papá.

- Gracias, hija, te veo esta noche tengo que ir a atender un par de llamadas- la besó en la frente y después salió de la cocina con el móvil ya en su oreja.

- Estaremos ahí, ratona- le dijo Diego, para después revolverle el pelo de forma cariñosa.

- Lo sé .

No había duda en su voz y, por una razón que no llego a comprender, clavó sus ojos en mí antes de saltar de la encimera para ir directa a la cafetera.

El ridículo pantalón se le había arremangado en lo alto de sus muslos torneados; un ligero rastro de incomodidad se adueñó de mi estómago.

Se evaporó tan rápido como había aparecido y cuando salí de la cocina, ya no quedaba ni un vestigio de ello.

Flora:

Al terminar de desayunar, subí a mi habitación y me cambié de ropa.

No es que vaya a mejorar en exceso, pero supongo que quitarse la camiseta del pijama ya contaba como un plus considerable.

Me vestí con un conjunto blanco compuesto de un pantalón corto y una camiseta de tirantes, ambos de Sandy Liang.

Era principios de septiembre; todavía la humedad característica de la ciudad se respiraba en el ambiente y los rayos de sol calentaban la piel.

Me cepillé el pelo y lo dejé caer libre por mi espalda.

Pensé en la cena benéfica que tendría en dos semanas y, por un segundo, me planteé hacerle pucheros a mi padre para evitar ir y cómo quedaría eso en una chica de mi edad.

Absurdo, rozando lo grotesco, lo sé, pero es que me hacían sentir tan fuera de lugar, que evitaba ir a toda costa.

Aunque, por otro lado, tampoco era capaz de decirle que no a mi padre; la sola idea de decepcionarle me ponía los pelos de punta.

Era consciente de que podía sonar como una malcriada y que muchos me envidiarían y les gustaría estar en mi lugar, pero, sinceramente, a mí no me podían impresionar menos y aburrirme más.

Son actos que se basan en sonreír y decir: “Encantada de conocerle” , aunque me dé lo mismo, no porque no me importaran, sino porque en la gran mayoría de los casos ni siquiera me miraban a la cara.

Al menos, estaría la familia Stracci al completo y eso me hacía sentir cómoda y segura, aunque a ellos les salía de manera innata estar en ese tipo de sitios.

Después de vestirme y de colocar más o menos mi cuarto y todo aquello que estaba tirado por todas partes, fui directa a mi pequeño oasis de paz.

Era una pequeña habitación al final del pasillo; no daba las medidas ni siquiera para ser un despacho, pero aun así mi padre lo remodeló para mí.

Sabía cuánto me gustaba tener mis espacios y dijo que era lo mínimo que podía hacer; si no me encontraban en ningún lugar de la casa, sabían que estaba aquí.

La pared, de suelo a techo, de enfrente a la ventana, estaba repleta de libros, algunos con los cantos más desgastados y otros más nuevos; sobre algunos, había plantas y otros estaban pulcramente ordenados.

En mitad de la sala había un sofá circular, bastante alto, en el que me sentaba y pasaba ahí horas.

Quitando una mesa auxiliar, una alfombra y otra pequeña estantería, en la que había flores frescas, no había nada más.

Encendí mi ordenador portátil, me acomodé en el sofá y me puse con la redacción de los trabajos de la universidad.

Iba con retraso porque no sé cómo se las ingeniaba Oli para que siempre acabara diciendo que sí a unos cuantos vinos y con una pequeña resaca al día siguiente.

Fuera como fuese, ahora me tocaba ponerme al día, aunque tampoco me suponía ningún problema, pues estudiar Historia del Arte en Roma era un sueño hecho realidad .

La siguiente vez que miré el reloj, ya eran pasadas las doce de la mañana; necesitaba un café para continuar. Sonreí a Mer, que continuaba liada con las comidas, y cogí una de las radios que estaban conectadas a los auriculares de Diego, Carlo y, suponía, que ahora, de Efrén.

- Aquí Colibrí a Águila.