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Dare you to move
Efrén y Flora
Efrén :
Fue entrar y sentirlo. Sentir la unión, la familiaridad, un vínculo que iba más allá de un simple puesto de trabajo.
Mi nuevo destino en la embajada española en Roma fue algo imprevisto, una orden disfrazada de propuesta de uno de mis antiguos superiores.
Mi destino se había visto truncado por mis malas decisiones, me había dejado la piel en las pruebas físicas para entrar en el grupo de operaciones especiales y yo mismo me había boicoteado.
Me había cargado todo por lo que había luchado, todo por lo que había sufrido, dejándome solo una salida, la seguridad privada.
Sabía que iba a traerme problemas aceptar la oferta de Mendoza; tenía la vaga sensación de que o aceptaba por las buenas, o metía mi culo en un avión sin previo aviso.
Y los problemas no tardaron en aparecer; tan solo un rápido vistazo bastaba para darme cuenta de que el sistema de seguridad era una basura, extrapolable también a la ciberseguridad.
Cualquiera con medio cerebro, un portátil y cinco minutos libres podrían cargarse ese sistema.
Aunque, lejos de quedarse ahí, mi sorpresa se fue acentuando cuando conocí el plan de seguridad de Flora, la hija del embajador.
Ese plan era inexistente, gozaba de total libertad como una veinteañera más, pero no lo era.
Era hija de uno de los diplomáticos más importantes dentro del panorama europeo con relaciones ya no solo laborales, sino también personales, especialmente relevantes, que resultaban muy beneficiosas económicamente.
Me había costado no echarme a reír cuando Diego Lazio me había relatado su forma de trabajar.
Lazio era un exmilitar, condecorado en varias ocasiones por el estado italiano, no solo por su trayectoria, sino también por ser un activo de alto valor en operaciones fantasmas.
Había servido a su país durante años antes de que su mujer se quedara embarazada de su primera hija; fue entonces cuando comenzó a trabajar con Lorenzo.
Su reputación le precedía y, por las miradas erráticas que compartían con él sus subordinados, parecía que las historias eran ciertas.
Todo parecía estar bajo el yugo de un irrisorio ambiente familiar, preguntándome si eso era la razón por la que se había cedido a la escasa seguridad que portaba Flora Hidalgo y si no era así; solo me quedaba pensar que era una niña rica malcriada que se acostumbraba a salir con la suya.
Fuera como fuese, no me interesaba lo más mínimo, ni el sentimiento de familiaridad ni aguantar a una niñata.
Ellos no eran mi familia; mi familia estaba en Madrid, en un barrio obrero, todo lo contrario a la princesita que debía proteger.
Por mí se podían ir a la mierda; los sentimientos llevaban a errores y yo no cometía errores, al menos no en mi trabajo.
Había llegado a la capital italiana ayer por la noche, dándome tiempo de sobra para instalarme en el piso que me asignaba la embajada en el distrito de Monti.
Tenía cualquier comodidad que pudiera necesitar o demandar, en un barrio céntrico que tan solo estaba a diez minutos en coche de Plaza de España, donde se encontraba la embajada.
Llevaba despierto desde las seis de la mañana.
Correr me ayudaba a pensar, a concentrarme; el sonido sordo sobre los adoquines irregulares, los motores de los coches, el rumor lejano del agua corriendo y el olor a café recién hecho me habían acompañado hasta llegar a mi puesto de trabajo.
Venir antes de que empezara mi turno me permitía saber dónde se encontraban todos los accesos y saber cuánto les llevaba hacer el cambio de guardia a los militares apostados en la puerta.
En mi opinión, les llevaba demasiado tiempo.
Había contabilizado más de tres incursiones posibles por diferentes accesos durante el tiempo que se habían tomado para hacer el cambio de guardia.
Después de eso, volví a lo que debería empezar a llamar casa.
Me había vestido con el traje reglamentario de una marca italiana y había tomado mi arma antes de subirme al coche oficial de camino a la embajada.
Y ahí me encontraba, dos horas después, escuchando a Diego hablar de cada uno de los rincones de la casa, como si fuera algún tipo de novedad para mí, ya los había estudiado, pero no pensaba decírselo.
Tanto él como yo teníamos el plano en la cabeza, cada rincón, cada sala, todo.
Constaba de dos partes bien diferenciadas a ojos de quienes trabajaban allí: la zona de oficinas, ubicada en el edificio anexo, el cual tenía la entrada por la puerta lateral, y la vivienda residencial de dos plantas que conservaba parte de la distribución original.
La última estancia a la que fuimos fue la cocina, en donde me presentó a Mer, quien llevaba casi toda una vida con ellos.
María o, como todo el mundo ahí la llamaba, Mer, era una mujer de cincuenta años; no estaba casada ni tenía hijos, pero sí una pareja estable desde hacía dos años.
Se había dedicado durante toda la vida a cuidar a su familia hasta que sus padres fallecieron y decidió empezar una nueva vida con Lorenzo Hidalgo y su hija.
Se mudó con ellos de Madrid a Roma y empezó una nueva vida.
Conoció a la que actualmente era su pareja, quien tenía dos hijos de su anterior matrimonio y con los que ha construido una familia.
Era increíble la cantidad de información que podías sacar si investigabas un poco.
Entramos en la acogedora cocina, en donde los muebles antiguos se mezclaban con electrodomésticos más modernos del mercado; la imagen de mi madre vino a mi mente, pensando en lo mucho que le gustaría cocinar aquí.
Me deshice del sentimentalismo materno que se adueñó de mí y me focalicé en la escena que se estaba desarrollando delante de mí.
Lorenzo Hidalgo bebiendo una taza de café en un traje hecho a medida mientras hablaba de manera cariñosa con Mer.
- Lorenzo, te presento a Efrén, quien sustituye a Marco-anunció Diego, haciendo que su voz profunda rebotara en las paredes.
Lorenzo, de quien había visto numerosas fotografías con diferentes personalidades políticas y monárquicas, en las que sus ojos azules como el hielo no dejaban vislumbrar ningún tipo de emoción, se limpió la comisura de su boca con la servilleta que tenía en su regazo y se dirigió con una amplia sonrisa.
- Encantado de conocerle, señor- dije educadamente, mientras le estrechaba la mano con seguridad.
Lorenzo era de ese tipo de personas que te estrechaban la mano mientras te miraban directamente a los ojos, intentando sacar a relucir cualquier espectro de emoción que vagara en tu interior.
Suerte de él, que había dejado de tenerlas; así le ahorraba el trabaj o.
- Lorenzo, por favor. ¿Has desayunado?
- Sí, señor. Gracias por preguntar- dicho esto, me relegué a la parte trasera de la habitación, esperando a Diego que continuara instruyéndome en mi trabajo.
- Me han llegado grandes referencias tuyas por parte del comisario Mendoza- intenté que la sorpresa no se reflejara en mi rostro.
No tenía ni idea de que se conocían personalmente-Estoy seguro de que eres un gran profesional; de lo contrario, jamás te habría recomendado.
Y espero que no me malinterpretes, pero no me gustan los errores y menos si de ese error depende mi hija.
Aquí es todo o nada, Torres. Espero que contigo sea todo- podía leer perfectamente la amenaza entre sus tranquilas palabras.
Me abstuve de señalar que era el mismo quien ponía en peligro a su hija al no ponerle la seguridad necesaria; solo se necesitaba un segundo para meter una bala en su cabeza.
- Descuide, señor. Como le informé al comisario, este trabajo es mi máxima prioridad- le mantuve la mirada durante unos segundos antes de que se girara para seguir bebiendo su café y leer un mensaje que acababa de recibir en su teléfono.
- ¿Flora todavía no se ha levantado?- preguntó a los segundos, sin levantar la mirada del dispositivo.
- No. He pasado por su habitación hará unos minutos y todavía la puerta seguía cerrada- le contestó Mer con cariño mientras cortaba verduras en la tabla de madera con movimientos precisos.
- Al llegar de la cena, todavía no había vuelto a casa. Me mandó un mensaje de madrugada diciendo que había dejado a Olivia en su casa y que volvía en un taxi-informó Lorenzo tras dar un trago a su café.
¿Acaso no había nadie que le acompañara?
Los enemigos de Lorenzo tenían servido en bandeja de plata su oportunidad para joderle y aquí nadie hacía nada; era exasperante.
- No creo que tarde demasiado en despertarse, ya la conocéis, ¡es imposible que esté quieta!- todos los de la sala sonrieron con cariño tras las palabras de Diego.
Cuando Mendoza me habló de este trabajo, no me dio demasiada información, solamente me indicó sin demasiada amabilidad que más me valía dejar de hacer el imbécil y venir a trabajar.
Por alguna extraña razón había visto algo que valía la pena en mí.
En el campo era el mejor, obedecer órdenes no me suponía un problema y la ej e cución de las mismas la hacía con precisión y sin muchos escrúpulos; se jugaba su imagen ante Lorenzo y no podía fallarle.
Había decidido dejar atrás cualquier tipo de emoción y me había puesto a trabajar en el momento en el que firmé el contrato.