Fugitiva (La monja detective 2) 41
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SAbrINA

La lluvia había empezado antes del amanecer y todavía golpeaba los ventanales de la División Criminal cuando Sabrina Metz entró en la sala de interrogatorios.

Ni siquiera recordaba cuántas horas llevaba en pie ni cuántos cafés se había tomado.

Lo único que tenía claro es que la persona que ocupaba una de las sillas metálicas podía tener la clave de un caso que se había ido complicando con el transcurso de los días.

Sofía Petrov la observaba desde el otro lado de la mesa con expresión tranquila.

Demasiado tranquila para alguien que acababa de ser detenida como sospechosa de estar implicada en el asesinato de dos personas y el secuestro de tres adolescentes.

Todo eso sin contar la suplantación de identidad y otros cargos que todavía estaban por ver.

La subinspectora tomó asiento frente a ella y dejó su enésimo café sobre la mesa. También un puñado de fotografías que le fue mostrando sin decir nada. Saint Elms, el arma, Ferenc Sanedor desangrándose en el pasillo, el apartamento encima de L’Éclipse…

Todo perfectamente documentado.

Todo perfectamente inútil.

—Su compañero sigue en quirófano —dijo Sabrina—. Si sale de esta, pasará el resto de su vida en prisión.

Sofía no reaccionó en modo alguno. Al menos la expresión de su cara.

—No es mi compañero.

—Claro.

—Solo era un trabajo.

Sabrina tampoco cambió el gesto pero la rabia se la comía por dentro. Aquello era lo que más le molestaba de personas como Sofía. La manera en que conseguían vaciar de humanidad cualquier atrocidad.

—¿Quién los contrató?

Esta vez Sofía prefirió mantenerse callada.

—Quiero un nombre.

—No hay ninguno.

La mujer se quedó mirando a Sabrina sin añadir nada más. Afuera, la lluvia seguía cayendo con fuerza y golpeaba el cristal de la ventana.

—¿Qué significa «El Secretario»?

Esta vez Sabrina sí quiso detectar un cambio en la expresión de Sofía. No parecía sorprendida. Más bien decepcionada.

—No tengo la menor idea.

—No juegue conmigo.

—No estoy jugando. —La mujer apoyó lentamente los brazos sobre la mesa—. Recibimos instrucciones. Pagos. Objetivos. Nada más.

—Pero usted lo dijo, se lo dijo a la señorita Baker. El Secretario te envía saludos .

—Solo fue una instrucción más. Lo que debía decir en el caso de que todo saliera mal.

—¿A qué se refiere?

Sofía se encogió de hombros y la subinspectora tuvo que respirar hondo antes de continuar.

—¿Y nunca tuvo interés en saber quién estaba detrás de todo esto?

—¿Por qué iba a hacerlo? —preguntó Sofía con absoluta naturalidad—. Pagaban bien.

Sabrina abrió una carpeta y sacó varias fotografías que colocó cuidadosamente frente a ella.

Murdoch.

Ferenc.

Vega.

Alma Jensen.

—No hace falta ser muy inteligente para entender que esto llevaba meses preparándose.

—Sí.

—¿Por qué ellos?

—No me competía saberlo. Había un plan, había unas instrucciones precisas y había una generosa suma en mi cuenta corriente para que ejecutáramos el plan al milímetro. Lo demás era intrascendente para mí.

Sabrina permaneció callada unos segundos.

—¿Y qué papel jugaba el manuscrito?

—El mismo que juega siempre una buena historia —dijo Sofía esbozando una sonrisa.

—Explíquese —le pidió la subinspectora entrecerrando los ojos.

—La gente necesita relatos sencillos. —La mujer se dejó caer en el respaldo con parsimonia—. Un culpable reconocible. Un pasado problemático. Una narrativa coherente. El Secretario lo entendía muy bien.

Sabrina observó a la mujer rubia durante unos segundos más.

Por primera vez desde que se había puesto en pie casi veinticuatro horas antes, se sentía cansada.

Física, pero sobre todo mentalmente. Tenía la desagradable sensación de haber estado siguiendo un camino diseñado por otra persona desde el principio.

—¿Y ahora qué? —preguntó finalmente.

Sofía volvió a sonreír de manera relajada.

—Ahora usted intentará convencerse de que todo ha terminado.

ARGUS

Argus encontró a Vega en la librería de Conrad. Hundida en una butaca, al policía le pareció más pequeña que de costumbre. Llevaba todavía la ropa del día anterior y tenía la mirada ida, como si estuviera a kilómetros de distancia de cualquier lugar familiar.

No levantó la vista al verlo llegar y, durante unos segundos, el policía no dijo nada. Solo la observó.

Y comprendió inmediatamente que algo dentro de ella se había roto.

—Vega...

Ella cerró los ojos un instante al escuchar su voz. Como si hasta ese momento hubiera conseguido mantenerse entera únicamente porque él todavía no estaba allí. Argus avanzó un poco más y se agachó a su lado.

—Joder... —murmuró al observarla de cerca—. Pensé que no volvería a verte.

Vega lo miró solo un momento para volver enseguida a su estado de trance y a Argus, aquella lejanía, le dolió más de lo esperado.

—Fue culpa mía —dijo al cabo de un rato sin centrar los ojos en ningún sitio en concreto.

Argus negó inmediatamente.

—No empieces con eso.

—Si no hubiera insistido en ir a Saint Elms... —La voz empezó a quebrársele por primera vez desde la noche anterior—. Ferenc no habría estado allí.

Argus permaneció callado. Porque sabía que, dijera lo que dijese, ella seguiría culpándose igualmente.

—Y ahora está muerto —continuó Vega tragando saliva.

El silencio que siguió fue devastador. Argus bajó lentamente la cabeza. Aunque se esperaba aquella respuesta desde que Sabrina lo llamó, escucharla en boca de Vega hizo que todo terminara de volverse real.

Ella respiró hondo varias veces, intentando recuperar el control.

—Ni siquiera pude despedirme de él.

Argus levantó la vista hacia ella otra vez. Y entonces ocurrió algo que llevaba años sin pasar entre ambos: Vega se derrumbó. No de forma escandalosa ni perdiendo el control. Solo dejó caer la frente contra el hombro de Argus y se quedó completamente quieta mientras él la abrazaba en silencio.

Como si ya no le quedaran fuerzas para seguir sosteniéndose sola.

Argus cerró los ojos un instante. Ni siquiera le caía especialmente bien aquel tipo. Pero aun así sintió el golpe.

—Lo siento —murmuró él en su oído.

—Yo también —dijo ella mirándolo por primera vez desde que había llegado.

Y en esta ocasión no hablaba de Ferenc.

Argus lo entendió. Por eso no dijo nada más. Simplemente se sentó junto a ella en la butaca y permaneció allí. Acompañándola en silencio mientras la lluvia seguía cayendo fuera.

ALMA

Unas horas después, Alma Jensen aparecía en prime time . Las imágenes del Saint Elms ocupaban todos los canales. La noticia de Ferenc Sanedor entrando años atrás en el instituto con un arma convivían ahora con titulares completamente distintos.

HÉROE.

SACRIFICIO.

REDENCIÓN.

Alma observó las pantallas del plató unos segundos antes de comenzar la emisión especial.

Llevaba ya unos cuantos años en el medio y sabía cuáles eran las reglas del juego.

Las aceptaba. De hecho, era la primera en actuar cuando olía la sangre.

Pero esto era distinto. Se había sentido manipulada, conducida en la dirección que a alguien le interesaba.

Y, consciente o inconscientemente, ella misma había contribuido a alimentar aquella historia.

Por eso necesitaba redimirse de alguna forma ella también y aquel programa era la ocasión propicia.

El show duró casi dos horas. Hubo testimonios de especialistas. También de familias y profesorado. Incluso uno de los alumnos secuestrados apareció brevemente para confirmar que Ferenc les había salvado la vida.

Cuando las cámaras se apagaron, Alma no se sintió mejor. Tal vez más cansada, pero no mejor.

Recogió sus cosas y abandonó el plató, acompañada por dos miembros del equipo de seguridad del canal. Afuera seguía lloviendo.

Fue entonces cuando vio a la mujer esperando junto a la entrada. Estaba completamente empapada, pero no parecía importarle. La miraba fijamente, con expresión severa. Sin saber el motivo, Alma se tensó de inmediato.

—Señorita Jensen —la llamó dando un paso adelante.

Uno de los de seguridad hizo ademán de interponerse entre la mujer y la periodista, pero esta lo detuvo con un gesto de la mano. Luego, se acercó a ella manteniendo las debidas precauciones.

—Dígame qué puedo hacer por usted.

—Me parece que ya ha hecho demasiado —replicó la mujer soltando una risa amarga.

Alma frunció ligeramente el ceño.

—¿Qué es lo que quiere?

—Mi nombre es Leilah Sinclair.

Aquella revelación hizo que Alma se quedara inmóvil unos segundos.

Leilah Sinclair.

La verdadera Leilah Sinclair.

—Yo admiraba su trabajo —continuó la mujer tras unos segundos de duda—. Pero después de lo de esta noche, me he dado cuenta de que no es diferente a toda esa carroña de ahí dentro —remató mirando al edificio que albergaba el Canal 7. Lo hizo con rabia contenida en su voz.

—No sé qué espera exactamente de mí.

—Nada. —Leilah negó con la cabeza—. Solo quería verla decir en televisión que Ferenc Sanedor era poco menos que un mártir.

—Salvó la vida de tres chicos.

—Y también entró armado en un instituto.

El silencio se tensó entre ambas. La lluvia seguía cayendo con fuerza.

—Una cosa no borra la otra —añadió Sinclair.

—No. Pero las personas merecemos una segunda oportunidad. Y Sanedor dio su vida por la de esos chicos.

Leilah sonrió sin ganas.

—Supongo que eso queda mejor en televisión.

Y luego se marchó bajo la lluvia sin esperar respuesta.