EPÍLOGO
Tras dos días de lluvias intensas, el día había amanecido con un cielo inusualmente despejado.
El jardín trasero de la casa museo Lysander permanecía en silencio.
El terreno todavía conservaba ese olor húmedo de la tierra recién empapada.
Más allá de los árboles, la ciudad despertaba poco a poco, ajena a todo lo ocurrido durante los últimos días.
Vega Baker sostuvo la urna unos segundos entre las manos antes de acuclillarse junto al árbol. Era un viejo fresno.
Ferenc le había hablado de él una vez, muchos meses atrás, en uno de esos soliloquios en los que Vega solía desconectar.
Pero aquella vez no. Por motivos que ignoraba, esa historia breve la había cautivado.
El exprofesor le contó que Lysander había plantado varios fresnos en el jardín de su casa palacio y que no le había movido un motivo caprichoso.
Según Ferenc, lord Edward había escogido precisamente ese tipo de árbol por su capacidad de resistencia a las condiciones más extremas. Decía que un árbol solo merece la pena cuando las raíces aguantan aunque todo lo demás caiga.
Cuando Vega cumplió la última voluntad de Ferenc y mandó incinerar su cuerpo, tuvo que decidir qué haría con las cenizas. Entonces recordó aquella conversación y no hubo ninguna duda.
Apartó un poco la tierra húmeda con las manos y dejó allí las cenizas. No hubo discursos. Tampoco nadie más que ella y Argus, que prefirió quedarse apartado para respetar un momento que solo le correspondía a Vega y Ferenc.
La detective terminó de cubrir el pequeño hueco y permaneció inmóvil unos segundos más, con la vista fija en el árbol.
—No sé qué te habría parecido esto —murmuró para sí—, pero quiero pensar que te gustaría.
Finalmente, se puso en pie, se limpió las manos en el pantalón sin demasiado éxito y abandonó el jardín sin volver la vista atrás.
Argus la alcanzó junto a la verja de la casa museo.
—¿Volvemos?
Vega tardó unos segundos en responder. Tenía la mirada ida, como si en realidad no estuviera allí sino en cualquier otra parte. Finalmente, miró directamente a los ojos del policía y habló con tono firme.
—Llévame a Vesení.
—¿A la prisión?
—Sí.
—No creo que sea una buena idea.
—Necesito hacerlo.
Argus observó el rostro agotado de la detective. Había aprendido hacía mucho tiempo que, con ella, existían determinadas batallas imposibles de ganar.
—De acuerdo.
El trayecto transcurrió casi por completo en silencio. Dos horas más tarde, Vega se encontraba sentada frente a la que había creído su amigo en sus tiempos de Santa Rosalía.
Lucía parecía más delgada que la última vez que la había visto, pero también más serena. Si le había sorprendido la visita, se cuidaba mucho de ponerlo de manifiesto. Había algo en sus ojos que no estaba allí meses atrás.
—Me alegro de verte —dijo en voz baja.
Vega no respondió. Se limitó a mirarla tratando de contener la rabia que amenazaba con escapar sin remedio.
—Lo siento. Por lo que pasó.
—No quiero que lo sientas.
—Entonces ¿qué quieres? —quiso saber la monja bajando la vista.
—Quiero un nombre.
La exnovicia volvió a levantar la vista.
—¿De quién? —Los ojos de Lucía volvieron a posarse en los de Vega.
—De El Secretario.
El rostro de la monja, que hasta ese instante había mostrado una serenidad casi insultante, se tensó de golpe al oír aquel nombre. El silencio se instaló entre ambas durante unos segundos.
—No… no lo sé —contestó Lucía finalmente.
—Me estás mintiendo —le espetó Vega endureciendo la mirada todavía un poco más.
—Llevo un año encerrada en este lugar. Lo he perdido todo, aunque en realidad no es que tuviera mucho que perder. He tenido tiempo de hacer las paces con Dios y conmigo misma. —Lucía hizo una pausa para coger con fuerza el crucifijo que todavía colgaba de su cuello—. No tengo necesidad de mentir.
Lejos de sentirse afectada por las palabras de la monja, Vega se inclinó con gesto amenazante sobre la mesa que las separaba.
—¿Así que has hecho las paces con Dios? ¿Eso es lo que te dices para poder dormir por las noches?
Tú nunca estarás en paz, ni con la hermana Ángela, ni conmigo ni con mi amigo Ferenc.
Murió desangrado tratando de salvar a unos críos por tu culpa y de los tuyos.
Por culpa de ese cabrón al que llaman El Secretario.
Lucía volvió a bajar la mirada, pero esta vez Vega quiso detectar un brillo húmedo en sus ojos.
—Lo han matado porque nosotros destruimos a los Custodes —insistió la detective calibrando esta vez el tono.
La monja permaneció todavía con la cabeza gacha durante un rato.
—¿Quién es El Secretario? —volvió a preguntar Vega ante la inacción de Lucía.
—Alguien que siempre estuvo ahí.
—¿Qué coño significa eso?
La monja todavía dudó antes de continuar. Cuando lo hizo, la serenidad había vuelto a sus ojos.
—Cuando era pequeña escuchaba hablar de él algunas veces. Nunca delante de mí. Nunca de forma abierta. Pero sabía que existía.
—¿Quién era?
—Nadie lo sabía.
—Alguien tendría que saberlo.
—No funcionaba así. —Lucía jugueteó unos segundos con el crucifijo—. Recuerdo reuniones familiares. Recuerdo discusiones. Recuerdo a mi padre enfadado. Pero cuando alguien mencionaba a El Secretario, todos se callaban.
—¿Por qué?
—Porque le tenían miedo.
Aquella respuesta sorprendió a Vega.
—¿Tu padre también?
—Sobre todo mi padre.
Volvió a hacerse el silencio.
—¿Qué más sabes?
—Rumores.
—¿Qué rumores?
—Algunos decían que llevaba con nosotros desde la fundación de la orden. Otros, que había enterrado a más Custodes de los que podía recordar.
—Eso es imposible.
—Lo sé.
—Entonces...
—Ya te he dicho que eran rumores. De hecho, cuando era pequeña solo creía que eran cuentos para asustar a los niños. Ya sabes, una especie de hombre del saco, un fantasma. Desde que ingresé en Santa Rosalía, ya no había escuchado ese nombre… Hasta hoy.
—No tiene sentido. ¿Por qué iban a inventarse algo así?
—Porque hay algo de verdad en esa historia.
—¿El qué?
—Las cuentas de la organización. Desde que tengo memoria, el dinero siempre pasaba por él. Nadie discutía sus decisiones. Nadie revisaba sus números. Nadie hacía preguntas.
—¿Y confiaban así, sin más?
—No. —Lucía sonrió sin alegría—. Lo temían. Y precisamente por eso confiaban en él.
Vega permaneció varios segundos en silencio. Había ido hasta allí buscando respuestas. Y solo había encontrado más preguntas.
—Si descubres quién es... —dijo Lucía cuando Vega se puso en pie.
—Lo haré.
Una hora más tarde, regresó a la calle Baker.
Argus la acompañó hasta la entrada de la librería.
—¿Quieres que me quede?
—Necesito estar sola un rato —le pidió Vega negando con la cabeza.
—Llámame si cambias de opinión.
Ella asintió y desapareció escaleras arriba.
El despacho de Investigaciones Baker estaba exactamente igual que la última vez que se había sentado en aquella butaca que todavía la esperaba. La misma mesa. Los mismos archivadores. Las mismas fotografías.
Y, sin embargo, todo parecía distinto.
Quizá porque Ferenc ya no volvería a sentarse allí para tocarle los cojones.
La idea le arrancó una sonrisa triste.
Se dejó caer en la silla y permaneció varios minutos observando el rótulo de la puerta.
Al cabo de un rato llamaron. Vega pensó que era Argus.
—Está abierto.
Entonces apareció una mujer que no había visto nunca. La desconocida rondaba los cincuenta años. Tenía el cabello recogido y una expresión que parecía de alivio.
—¿Señorita Baker?
—Hoy no estoy de humor para atender a nadie —dijo Vega a modo de respuesta mientras se incorporaba ligeramente—. No para clientas y mucho menos para periodistas.
La mujer tragó saliva.
—Mi nombre es Natasha Hygge.
Aquello no significaba nada para Vega, pero entonces la recién llegada añadió algo más.
—De soltera, Minsk.
El aire pareció detenerse.
—¿Minsk?
Natasha asintió.
—Soy la hermana de tu madre. Tu tía.
Por primera vez en mucho tiempo, Vega Baker sintió auténtico miedo.
No un miedo físico sino algo más profundo.
La sensación de estar a punto de descubrir algo que quizá habría sido mejor no remover jamás.
El desconcierto de regresar a un punto que creía un callejón sin salida apenas unas semanas antes.
—Tu madre murió hace cinco años —continuó Natasha con voz cansada—.
Antes de hacerlo... habló de ti. Creía que habías muerto al nacer.
Así se lo dijeron después de darte a luz.
Pero hace unos años, antes de morir, tras una larga enfermedad, recibió una carta.
Era de una monja. Le revelaba la verdad.
Por desgracia, a ella ya no le quedaba tiempo.
»En cuanto a mí… Lo intenté. Fui al convento ese pero no me quisieron decir nada.
Pero luego te vi en la televisión. Vega Baker, la monja detective que había ayudado a desarticular una red criminal muy peligrosa.
Ese nombre… Vega. Tu madre siempre decía que, de tener una hija, la llamaría así.
Y luego vi tu cara y supe, sin ninguna duda, que eras la hija de Nadia.
Vega escuchaba todo lo que aquella mujer le decía completamente inmóvil. Argus la observó desde atrás sin intervenir.
—También habló de tu padre —añadió la mujer.
Aquello sí consiguió que Vega reaccionara. Muy poco. Apenas un movimiento casi imperceptible de la mandíbula.
—Se llamaba Paolo —dijo Tania—. Y trabajaba en Santa Rosalía.
El nombre quedó suspendido en el aire húmedo de la mañana.
Como una puerta entreabriéndose lentamente hacia algo mucho más grande.