Fugitiva (La monja detective 2) 40
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VEGA

L’Éclipse hacía honor a su nombre.

Desde el otro lado de la calle, ocultándose entre dos coches aparcados, Vega Baker observaba el neón violeta del local parpadear de forma irregular sobre el asfalto mojado.

La música llegaba amortiguada desde el interior, mezclándose con las voces y las risas de algunos clientes que salían a fumar junto a la puerta principal.

Llevaba allí casi veinte minutos. Nada más llegar, se había permitido una pequeña incursión dentro del local, pero la clientela, principalmente masculina, la había hecho sentir incómoda nada más poner un pie dentro. Y, de todos modos, ni Sofía Petrov ni tampoco el otro tío estaban allí.

Pero eso no significaba que no pudieran aparecer en algún momento.

Por eso había buscado aquel sitio estratégico desde el que poder vigilar. Lo suficientemente cerca para tener controlada la entrada al bar, pero también en un lugar con varias vías de escape si la cosa se complicaba.

Tenía el teléfono prepago entre las manos. Había leído el mensaje de Argus varias veces desde que llegó.

Creo que la he encontrado. L’Éclipse.

Tenía claro que le debía una respuesta pero no sabía qué decirle en realidad. ¿Que iba a ir en busca de la mujer rubia? De sobra lo sabía él ya y, de todos modos, se habría empeñado en convencerla de que no lo hiciera.

Vega levantó la vista hacia el edificio. El callejón lateral permanecía vacío. El apartamento de arriba seguía completamente a oscuras.

Pensó en Ferenc Sanedor.

La última vez que lo había visto seguía dentro del coche, junto al Saint Elms, debatiéndose todavía entre entrar o no hacerlo. Cuando ella regresó, unos minutos después, Ferenc ya no estaba allí. En un principio quiso pensar que había visto movimiento policial y había decidido marcharse.

Luego pensó que quizás había decidido volver por su cuenta a la casa de Conrad. Pero tampoco estaba allí. Y ahora no tenía forma de encontrarlo. Tampoco de comunicarse con él.

Había imaginado miles de posibilidades desde entonces, más funestas conforme iba pasando el tiempo y Ferenc no daba señales de vida. En un momento dado, negó con la cabeza. Debía apartar esos pensamientos de su mente. No podía permitirse distraerse ahora.

También pensó en Argus Norman.

En cómo lo había dejado fuera de todo aquello.

En cómo llevaba días utilizándolo solo cuando lo necesitaba.

Como había hecho siempre, sí, pero ahora le dolía cuando antes no.

Porque sabía que no estaba siendo justa con él.

Y porque perderlo empezaba a dolerle más de lo que estaba preparada para admitir.

Si salía viva de aquello, se prometió que arreglaría las cosas. Aunque ya no tenía demasiado claro cómo.

Fue entonces cuando el movimiento en el callejón la obligó a tensarse.

La puerta lateral del edificio se abrió y Sofía Petrov apareció en escena.

Bajó la escalera metálica con rapidez, mirando una vez hacia la calle antes de dirigirse hacia un coche aparcado unos metros más allá.

Parecía nerviosa. Mucho más de lo que Vega esperaba.

Abrió el maletero, cogió algo que no alcanzó a distinguir y luego volvió hacia el edificio.

Vega entrecerró los ojos. Algo iba mal ahí arriba, estaba claro.

Esperó unos segundos más antes de empezar a moverse.

Cruzó la calle lentamente, pegada a los coches aparcados, mientras llevaba una mano cerca de la pistola escondida bajo la cazadora.

Estaba ya muy cerca del callejón cuando escuchó las sirenas.

Lejanas todavía.

Pero acercándose.

Sofía también las oyó. Vega lo supo incluso antes de verla detenerse en mitad de la escalera metálica. La mujer giró la cabeza hacia la calle y durante un instante ambas se miraron. Sofía reaccionó primero. Echó a correr escaleras abajo y luego por mitad de la calle.

Vega fue tras ella.

La persecución apenas duró unos segundos. Sofía cruzó el callejón y salió hacia un solar vacío junto a la parte trasera del edificio, rodeado de vallas oxidadas y restos de obra abandonados.

No llegó más lejos.

—¡Quieta!

La voz de Vega resonó en mitad de la noche. Sofía se detuvo lentamente. Vega ya tenía el arma apuntándole. Respiraba demasiado rápido. La adrenalina le quemaba todavía dentro del cuerpo.

—Se acabó.

Sofía levantó muy despacio las manos. Ni siquiera parecía asustada. Eso enfureció todavía más a Vega.

—¿Por qué? —preguntó sin bajar el arma—. ¿Por qué Murdoch? ¿Por qué nosotros?

Sofía la observó unos segundos antes de responder. Tenía dibujada una sonrisa en sus labios. Fría, desprovista de cualquier emoción.

—Fue curioso aprender a parecerme a ti.

Dominada por la adrenalina y la carrera, con las pulsaciones zumbándole en las sienes, Vega creyó no haber escuchado bien.

—¿Qué?

—Tus gestos. Tu forma de caminar. Tu manera de echarte el pelo hacia atrás cuando alguien te habla... —La sonrisa apenas se amplió—. Había momentos en que me sentía parte de ti. Como si fuéramos hermanas.

El asco recorrió a Vega como una descarga.

—Nunca entendisteis nada —continuó Sofía al cerciorarse de que sus palabras hacían mella en la detective—. Ni tú ni Sanedor.

—¿Dónde está Ferenc? —preguntó Vega apretando el arma con más fuerza.

La sonrisa de Sofía cambió apenas unos milímetros, pero ahora parecía otra. Una expresión diferente, casi compasiva.

—Esto os venía demasiado grande desde el principio. —Hizo una breve pausa—. Aunque supongo que ahora a él ya le da igual.

El mundo pareció detenerse durante un instante. Vega sintió cómo algo se rompía dentro de ella. Algo que era una sospecha demasiado vívida, demasiado cruel.

—¿Qué has dicho? —volvió a preguntar aunque en el fondo ya sabía la respuesta.

—Me temo que tu querido Ferenc ya no se encuentra entre nosotros —confirmó Sofía inclinando ligeramente la cabeza.

Vega amartilló el arma. El sonido metálico resonó entre las paredes del solar. Esta vez sí hubo un destello distinto en la mirada de Sofía. No miedo exactamente. Más bien decepción.

Como si esperara algo mejor.

—Te juro que voy a matarte.

Y lo decía en serio.

—Entonces hazlo.

Las cosas se precipitaron de golpe. El ruido de las sirenas y los frenazos. El despliegue policial. Los pasos apresurados. Las linternas.

—¡Policía! ¡Tire el arma!

Sabrina Metz apareció la primera al doblar el acceso al solar, seguida de varios agentes armados. Todos apuntando a Vega.

Durante unos segundos nadie se movió. Vega seguía apuntando con la pistola en alto. Sofía la miraba todavía directamente a los ojos.

—¡Baker! —gritó Sabrina—. ¡Tire el arma ahora mismo!

Vega respiraba cada vez peor. Notaba el dedo rígido sobre el gatillo. Le bastaba una mínima presión.

Una sola.

Sofía dio entonces un paso muy pequeño hacia delante. Casi imperceptible. Y sonrió otra vez. Fue eso lo que hizo que Vega reaccionara. No la sonrisa. Lo que había detrás. La sensación insoportable de que, incluso allí acorralada, aquella mujer seguía creyendo que controlaba la situación.

Vega soltó el arma. La pistola cayó al suelo del solar con un golpe seco. Los agentes avanzaron inmediatamente pero no en dirección a Vega, sino a Sofía. La redujeron contra una de las vallas metálicas mientras ella apenas oponía resistencia.

Sabrina no apartó la vista de Vega ni un segundo.

—Es ella —dijo la subinspectora mientras esposaban a Sofía—. Tenemos al otro hombre arriba. Herido.

Vega apenas escuchó aquellas palabras. Seguía mirando a Sofía con los ojos humedecidos por la rabia. Cuando los agentes se dispusieron a conducirla hacia los coches patrulla y llegaron a la altura de la detective, la mujer rubia giró ligeramente la cabeza hacia ella. Entonces habló.

Solo una frase.

Solo para Vega.

—El Secretario te envía saludos.