39
ARGUS
Desde que Vega se había dado a la fuga, Argus Norman dilataba todo lo que podía la vuelta a casa.
Necesitaba tener su mente entretenida en lugar de pensar en la chica, en su paradero, en su futuro inmediato y, sobre todo, aunque le costara reconocerlo, en que fuera con Ferenc Sanedor con quien pasaba el tiempo en lugar de con él.
Así que la mejor forma que conocía para desconectar de un asunto que lo inquietaba tanto como lo cabreaba era el trabajo.
Hacía horas que había oscurecido y todavía seguía en su despacho.
Estaba cansado, era consciente, llevaba demasiado tiempo despierto y empezaba a notarlo en los ojos.
Pero, a pesar de todo, seguía concentrado en los informes abiertos sobre la mesa.
En ese instante llamaron a la puerta y uno de sus hombres asomó la cabeza.
—Tenemos algo.
—Habla. —Argus dejó la carpeta y se reclinó en el asiento.
—La mujer rubia sigue siendo un problema. Las identidades falsas no llevan a ninguna parte y las direcciones que hemos encontrado están limpias o abandonadas desde hace tiempo.
Argus asintió despacio. No le sorprendía, era lo que esperaba.
—Pero uno de nuestros contactos la reconoció.
Eso sí captó su atención.
—¿Dónde?
—En el entorno de los clubes de Maremágnum. No saben cómo se llama, pero dicen que la han visto varias veces entrando y saliendo de L’Éclipse.
—¿Ese antro?
—Sí. Y no sola. Según parece, mantiene bastante trato con el dueño.
—¿Qué tipo de trato? —preguntó Argus frunciendo ligeramente el ceño.
—No lo saben —respondió el agente encogiéndose de hombros—. Pero llama la atención porque ella no parece del ambiente. Nunca se queda mucho tiempo y suele aparecer tarde, cuando el local ya está medio vacío.
Sacó entonces una fotografía algo borrosa y la dejó sobre la mesa. Parecía ella. Sofía Petrov. Entrando en el callejón lateral del edificio.
—La imagen es de hace tres noches —explicó el agente.
Silencio.
Argus observó la fotografía unos segundos más en silencio. Por primera vez desde que habían puesto nombre a la mujer rubia, tenía la sensación de estar mirando unz persona real y no otra identidad falsa más.
—De acuerdo —dijo mientras invitaba, con un gesto, a que el agente abandonara su despacho—. Puedes irte a casa. Has hecho un buen trabajo.
El otro aceptó el cumplido con un asentimiento de cabeza y luego cerró la puerta. En cuanto se quedó solo, Argus sacó el teléfono prepago que le había dado Vega y escribió un único mensaje.
Creo que la he encontrado. L’Éclipse.
Lo envió a Vega Baker y volvió a guardar el móvil.
Justo entonces sonó el otro teléfono. El suyo. Argus observó la pantalla antes de responder. Se trataba de un número desconocido.
—Norman —contestó con cierto recelo.
—Soy Sabrina Metz.
La voz sonaba distinta. Menos autoritaria, menos segura de sí misma.
—¿Qué ocurre? —preguntó Argus.
—Creo que hemos estado persiguiendo a la gente equivocada.
—Supongo que esto significa que algo ha salido mal en el Saint Elms.
—Depende de para quién.
Argus volvió a recostarse en la silla.
—La escucho.
Hubo un pequeño silencio antes de que Sabrina continuara.
—Desplegamos el dispositivo en la graduación, pero no ocurrió nada.
Ni Baker ni Sanedor aparecieron. Tampoco esa enigmática mujer rubia, Sofía Petrov.
—La subinspectora hizo otra pausa antes de continuar—.
Unas horas más tarde, recibimos un aviso.
Se habían escuchado disparos en el Saint Elms. Tres alumnos habían sido secuestrados.
Ferenc Sanedor los encontró antes de que los mataran.
—¿Cómo dice?
—Había otro hombre allí. Tenemos sangre en la escena y en el arma. Creemos que Sanedor consiguió herirlo antes de que escapara.
Argus no dijo nada. En esos momentos, solo podía pensar en Vega. Si también estaría allí, si habría sufrido algún daño. Sacó el móvil prepago para comprobar que no había ninguna respuesta suya. Ese hecho solo sirvió para acrecentar una preocupación que no sabía si estaba justificada.
—Esos chicos… Estaban asustados —continuó Sabrina—. Pero afirman que Ferenc Sanedor intentó salvarlos.
—¿Qué pasa con Baker?
—No sabemos nada. Pero no hemos encontrado ningún indicio que nos haga pensar que también estaba allí. Los chicos solo hablan de Sanedor y del otro hombre.
Sabrina volvió a guardar silencio y tampoco Argus parecía muy dispuesto a romperlo. Al cabo de unos segundos, la subinspectora hizo su confesión.
—Ahora sé que alguien nos ha estado manipulando desde el principio.
No sonó orgullosa al admitirlo, sino más bien furiosa.
—Estamos analizando huellas y ADN. Si el tipo está herido, no tardaremos demasiado en identificarlo.
Argus permaneció callado todavía unos segundos. Luego tomó la fotografía de Sofía Petrov.
—Yo también tengo algo. Sofía Petrov. Creo que ya sé dónde podemos encontrarla.
—¿Dónde?
Argus le dio la dirección del bar. Sin adornos. Sin confianza. Solo información.
—Enviaré una unidad de inmediato —dijo Sabrina inmediatamente.
Hubo otro silencio.
Más incómodo esta vez.
Y entonces Sabrina habló de nuevo.
—Hay algo más. — Argus notó cómo se le tensaba el cuerpo antes incluso de escuchar el resto—. Ferenc Sanedor ha muerto.
Argus bajó lentamente la vista hacia el escritorio.
La fotografía de Sofía seguía entre sus dedos.
Las palabras de la subinspectora le habían afectado más de lo que podría pensar e ignoraba el motivo.
Puede que en verdad sintiera la muerte de aquel tío o simplemente viera en ella una proyección de lo que podría pasarle a Vega de continuar por el mismo camino.
—Gracias por avisar —acertó a decir antes de colgar.
Se quedó inmóvil unos segundos más. Luego miró el teléfono prepago. Seguía sin respuesta. Cerró los ojos un instante. Puede que Vega hubiera corrido idéntico destino al de Ferenc o puede que ahora mismo se estuviera dirigiendo hacia L’Éclipse. Cualquiera de las dos opciones no auguraba nada bueno.
Conocía demasiado bien a Vega Baker como para no saber lo que iba a pasar si iba al encuentro de aquella mujer. Sobre todo cuando supiera lo de Ferenc. Y lo iba a saber, tarde o temprano.
Se puso en pie de golpe, cogió la chaqueta y salió del despacho.
Mientras cruzaba a grandes zancadas el pasillo de Operaciones Especiales solo podía pensar en lo que se encontraría cuando llegara a L’Éclipse.
Y ese pensamiento le revolvía el estómago.