38
SAbrINA
Lo primero que vio al bajar del coche patrulla fue la sangre. No mucha, pero sí la suficiente para llamar su atención. Una mancha oscura que arrancaba junto a la verja trasera de Saint Elms y continuaba unos metros más allá antes de perderse en la oscuridad de la calle.
—Hemos acordonado la zona —le informó un agente uniformado cuando traspasó la verja.
Sabrina Metz ni siquiera respondió. Pasó junto a él y atravesó la valla abierta mientras las luces azules de los coches patrulla teñían de destellos intermitentes la fachada del instituto.
La subinspectora ya estaba en casa cuando recibió la llamada. Se sentía contrariada. No porque se hubiera visto obligada a volver a la ciudad a esas horas de la noche, sino porque apenas hacía unas horas que había mandado desactivar el dispositivo desplegado ante lo estéril del mismo.
Y ahora estaba de vuelta.
La tragedia se había consumado al parecer. En el mismo lugar pero no a la hora prevista.
Algunos curiosos, no muchos, se habían reunido al otro lado de la cinta policial alertados por la llegada de los coches patrulla y la observaron con curiosidad. Incluso alguno se entretenía grabando con el móvil. Como si todo fuera una película mala de las que echaban por la tarde en la tele.
—¿Dónde? —preguntó mientras avanzaba camino del edificio.
—En el pasillo principal. Planta baja.
Sabrina aceleró el paso. Había una atmósfera diferente cuando pasó dentro. El ruido quedaba amortiguado por las paredes y el eco devolvía una sensación extraña, casi irreal. Cuando dobló el último pasillo, vio la escena completa.
Los tres adolescentes estaban sentados en un banco, cubiertos ya con mantas térmicas.
Uno de ellos lloraba sin hacer ruido. Otro no apartaba la mirada del suelo.
Y en mitad del pasillo, rodeado de sanitarios, estaba Ferenc Sanedor.
Tenía la camisa empapada en sangre y la piel gris.
Se esforzaba por mantener los ojos abiertos.
Durante un instante, Sabrina se quedó quieta. No por impacto emocional, sino por el desconcierto. Nada de aquello encajaba con el relato que llevaba persiguiendo los últimos días.
—Tiene una herida de bala en el abdomen —le contó uno de los técnicos cuando levantó la vista hacia ella—. Ha perdido mucha sangre.
Las últimas palabras las dijo casi en un susurro, posiblemente para que Ferenc no pudiera oírlas. Sabrina asintió y luego observó el arma caída a varios metros de Ferenc. Un agente con guantes terminaba de fotografiarla.
—¿La ha utilizado él?
—Creemos que sí, pero todavía estamos registrando las huellas. Además, hay restos de sangre en la empuñadura que no coinciden con la trayectoria de la herida.
—¿Ha dicho algo?
—Solo murmura palabras sin sentido. Nada que nos pueda servir.
Sabrina volvió a asentir con la cabeza y miró hacia el fondo del pasillo, al banco donde estaban los tres chicos. Finalmente volvió a Ferenc. Se agachó a su lado y miró la mancha rojiza cubriendo por completo su camisa.
—¿Quién ha sido?
—No lo sé —dijo Ferenc haciendo un esfuerzo enorme mientras trataba de humedecerse los labios en vano.
Mentira.
O quizá no.
Era difícil saberlo a esas alturas.
—Ha huido —añadió con un sonido apenas audible—. La pierna. Creo que le di.
En ese instante, los sanitarios trajeron una camilla. Uno de ellos intentó apartar a Sabrina pero la subinspectora levantó una mano, en un gesto imperativo, sin dejar de mirar a Ferenc.
—Un segundo.
El exprofesor respiraba cada vez peor. Su aliento se volvía más corto y superficial por momentos. En su corta carrera policial, Sabrina había visto demasiadas situaciones similares como para ser consciente de que ya no llegaban a tiempo.
—Los chicos… —consiguió decir Ferenc—. ¿Están bien?
—Sí, lo están —respondió Sabrina girando la cabeza hacia el banco.
Él cerró los ojos un instante y su rostro se relajó. La policía quiso ver en él alivio, pero también cansancio. Cuando volvió a abrirlos, esbozó una sonrisa mínima antes de ponerse a toser sangre.
Uno de los sanitarios volvió a intervenir.
—Tenemos que llevárnoslo. Ahora.
Esta vez Sabrina sí se apartó. Los vio trabajar con rapidez mientras otro agente se acercaba desde el fondo del pasillo.
—Subinspectora. —Ella se giró—. El chico del centro. Reuben Brocol. Dice que otro hombre los trajo aquí. Que Sanedor intentó detenerlo.
—¿Está seguro?
—Eso afirma.
Sabrina volvió la vista hacia Ferenc. Los sanitarios seguían intentando estabilizarlo. Ya casi no reaccionaba. Uno de ellos negó levemente con la cabeza mientras preparaban la camilla.
La subinspectora fue hasta donde estaban los chicos. El del centro, Reuben Brocol, seguía temblando bajo la manta térmica. Tenía los ojos enrojecidos y la expresión perdida de quien todavía no ha terminado de comprender lo que acaba de ocurrir.
—Necesito que me escuches, Reuben. —El chico levantó la vista hacia ella—. ¿Es cierto que había otro hombre?
Reuben tardó unos segundos en responder. Luego, hizo un gesto de asentimiento con la cabeza.
—Una mujer. Rubia. —El adolescente tragó saliva antes de contestar.
La voz apenas le salía del cuerpo—. Se nos acercó al terminar la graduación y nos dijo que había una fiesta privada después.
—Los labios le temblaban al hablar. Las manos también—.
Nos dio una invitación y nos dijo que la acompañáramos.
Habíamos bebido y... no sé... subimos a un coche. ..
—¿La conocíais?
Reuben negó con la cabeza.
Durante un instante, Sabrina no dijo nada.
Otra vez la mujer rubia.
Otra vez alguien abordando a las personas adecuadas en el momento exacto.
—¿Y Sanedor?
Esta vez fue otro de los chicos el que habló.
—Cuando despertamos... él ya estaba aquí. En el suelo. Creo que inconsciente. —Parpadeó varias veces—. Intentó ayudarnos. El otro hombre quería matarnos. Lo decía todo el rato. Que así terminaría la historia.
En ese momento llegaron los padres de los tres adolescentes, quienes se fundieron en un abrazo con sus hijos. Sabrina se apartó a un lado y observó la escena mientras repasaba los puntos clave del caso.
Y entonces asumió al fin una realidad que se había negado a aceptar hasta ese momento: la sangre junto a la verja, las cámaras, el manuscrito, la mujer rubia, el operativo. Todo.
Alguien había construido una historia. Y ellos llevaban semanas interpretando el papel que esa historia necesitaba.
Miró de nuevo el arma.
—Quiero huellas, ADN y análisis completo antes de que amanezca.
—Sí, subinspectora.
—Y rastread toda la sangre que haya desde aquí hasta la calle.
El agente asintió y se alejó. Sabrina se quedó sola unos segundos, escuchando los lamentos de los alumnos y sus familias, un puñado de personas a las que la vida les había dado una nueva oportunidad. O, más que la vida, se la había dado un hombre que probablemente ya no tendría la suya.
Se dirigió hacia la calle y, una vez fuera, confirmó la peor de sus sospechas. Los sanitarios habían cubierto la cabeza de Ferenc con la sábana y se disponían a rellenar un expediente.
—Lo hemos perdido —dijo uno de ellos cuando vio salir a la subinspectora.
Sabrina no dijo nada. No había nada que pudiera decir que tuviera sentido en esos momentos. Solo sentía rabia, frustración. El inequívoco sabor del fracaso.
Alguien había construido una historia. Y acababan de matar a uno de sus protagonistas.
Entonces sacó el teléfono y buscó el número de Argus Norman.
—¿Sí? —respondió este al cabo de unos segundos con un tono de voz que mostraba cansancio. También desconcierto.
—Soy Sabrina Metz.
Silencio breve.
—¿Qué ocurre?
—Creo que hemos estado persiguiendo a la gente equivocada.