Fugitiva (La monja detective 2) 37
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FERENC

Lo primero que escuchó fue el eco de su propia respiración. Un sonido irregular. Superficial. Como si el aire no terminara de entrar.

Luego llegó el dolor.

Un golpe sordo en la base del cráneo que se expandía hacia delante, un runrún molesto que iba de detrás a delante. Ferenc no abrió los párpados de inmediato. Se quedó unos segundos así, tratando de ordenar algo que todavía no tenía forma. Tratando de comprender dónde estaba y qué pasaba.

Luego se abrieron paso el resto de los sentidos. El frío en la espalda. La dureza del suelo. El olor a la madera recién barnizada.

Cuando se sintió capaz, abrió los ojos para encontrarse con una penumbra apenas reconocible. Luego, poco a poco, fue comprendiendo. Un pasillo con taquillas a los dos lados. Una imagen familiar. Demasiado familiar.

Parpadeó varias veces hasta que el enfoque dejó de oscilar. Se incorporó unos centímetros. No muchos porque tenía las manos atadas. Trató en vano de incorporarse buscando apoyo en la pared, pero terminó cayendo de nuevo de lado, junto a un grupo de mesas apiladas.

Serán de las que retiran a final de curso por su mal estado , concluyó y se sorprendió a sí mismo por tener esos pensamientos tan mundanos en un momento crítico como aquel.

Forcejeó esta vez contra sus ataduras, pero tampoco consiguió nada. La cuerda que maniataba sus muñecas estaba apretada lo justo para no cortar la circulación pero suficiente para impedir cualquier movimiento útil.

Giró la cabeza todo cuanto pudo para constatar lo que ya sospechaba. Estaba en el pasillo principal del instituto Saint Elms. Exactamente en el mismo tramo donde meses atrás había caído de rodillas con un arma en la mano mientras el mundo se desmoronaba a su alrededor.

—¿No te parece poético que estés de nuevo en el lugar donde todo empezó?

La voz llegó desde algún punto a su derecha.

Ferenc trató de volverse, pero sus movimientos eran limitados.

Luego sintió una fuerza a sus espaldas que lo arrastraba y lo incorporaba como a un pelele.

Era el hombre con el que había tenido un desencuentro junto a la casa de Alma Jensen.

El tipo al que Vega había ido a buscar unas horas antes.

Ahora estaba claro que no lo había encontrado.

Pero aquel cabrón sí lo había encontrado a él.

—Te ha costado despertar de tu sueñecito —le dijo mientras lo agarraba de la pechera y lo apoyaba contra una de las mesas—. Pensé que el golpe había sido más fuerte de lo que parecía.

Ferenc iba a decirle algo, escupirle a la cara, pero entonces oyó un gemido cercano y su mirada se desplazó hacia donde lo había oído. Entonces los vio. Tres sillas. Tres cuerpos. Atados y amordazados.

Vivos.

Al menos de momento.

Reuben Brocol estaba en el centro. A los lados, dos chavales que apenas levantaban la mirada, con la cara desencajada y las manos inmóviles sobre las piernas.

—Suéltalos —pidió Ferenc mientras tragaba saliva.

El sicario esbozó una sonrisa cargada de desprecio pero no dijo nada.

—Suéltalos —repitió Ferenc, más seco.

—No puedo.

Esta vez ya no había desprecio en su tono. Ni ironía. Tampoco desafío. Solo la constatación de un hecho.

—No entra en el plan —adujo encogiéndose de hombros.

Movido por el instinto de supervivencia, Ferenc trató de forzar las ataduras. En uno de los giros, se cortó en la mano con algo afilado. Era una de las patas de la mesa. Una pieza metálica sobresalía. Viendo en ello una oportunidad, comenzó a frotar la cuerda tratando de que no se le notara.

—¿Qué plan? —preguntó mientras seguía con la maniobra.

El hombre, que se había apoyado en la pared contraria, se separó de ella y dio un par de pasos hacia Ferenc. Sin prisa. Midió la distancia. Luego miró a los chicos.

—El que ya conoces —aclaró—. El que está escrito de antemano.

Se agachó frente al exprofesor, lo suficiente para que sus rostros quedaran a la misma altura.

—Deberías estar agradecido. Te han dado la oportunidad de terminar lo que empezaste.

—Yo no empecé nada —replicó Ferenc sosteniéndole la mirada.

—¿Estás seguro?

El hombre se incorporó y empezó a caminar despacio, de un lado a otro del pasillo.

—Te voy a contar una historia a ver si te suena.

Va sobre un profesor brillante y comprometido al que el sistema educativo dejó abandonado a su suerte.

El mundo entero le faltaba al respeto, en especial el grupo de niñatos al que tenía que dar clase a diario.

Hasta que ya no pudo más y decidió acabar con todo.

Compró un arma como esta —Sacó una pistola y la blandió despreocupado mientras se acercaba a los tres adolescentes— y se presentó con ella en su instituto.

Algunos dirían que se había dejado llevar por la locura.

Yo creo que era más bien la lucidez la que guiaba sus pasos.

Se detuvo junto a Reuben y le apoyó una mano en el hombro. El chico se tensó.

—Sin embargo, ese profesor no tuvo el valor de terminar lo que había empezado.

Aun así, fue declarado culpable. —Miró a Ferenc de nuevo—.

Una gran historia que se quedó sin su final.

—En ese punto, acarició la nuca de Reuben con la punta de pistola y consiguió arrancarle un gesto de estremecimiento—.

Pero nosotros se lo vamos a dar esta noche.

Tomándoselo con toda la calma del mundo, dio la vuelta y se plantó frente a los tres chicos. Uno de ellos se había meado. El hombre lo miró y esbozó otra sonrisa.

—Un colorín colorado de tonos sangrientos —continuó encantado de escucharse a sí mismo—. Tres alumnos muertos. —Pausa—. Un profesor desencantado y resentido. —Otra pausa—. El final que debía ser.

—No cuela —dijo Ferenc mientras seguía peleando con la cuerda.

—Claro que cuela. —El hombre regresó a su lado—.

Has vuelto al lugar exacto del incidente a pesar de que tienes una orden de alejamiento.

La policía está detrás de ti desde hace días y ahora también andará buscando a esos tres críos.

Eso sin olvidar que tú y Baker sois sospechosos del asesinato de Murdoch.

»Solo necesitamos el último gesto. —Se inclinó ligeramente hacia él alzando el arma un par de centímetros—. Tú lo haces. O lo hago yo por ti. La diferencia es irrelevante.

Ferenc notó cómo la cuerda comenzaba a ceder.

—¿Y después?

—Después te pegas un tiro. Es lo lógico. Cuando seas consciente de lo que has hecho, no podrás soportarlo y el suicidio será tu única salida.

Silencio.

—Sí, sé que no era exactamente así como ocurría en el manuscrito, pero las circunstancias mandan.

Digamos que se ha tenido que rectificar sobre la marcha.

—El hombre lo observó un instante, como si evaluara algo—.

No es perfecto pero basta con que sea creíble.

—Entonces se giró de nuevo hacia los chicos—. Y lo es.

Reuben levantó la cabeza. Los ojos muy abiertos. Suplicando sin palabras. Por primera vez desde que lo conocía, Ferenc sintió lástima por él. Por los tres. Pero sabía que no era el momento de dejarse llevar por las emociones. Debía concentrarse en sus manos. En la cuerda.

—¿Sabes lo mejor? —continuó aquel tipo, casi en tono de conversación—. Que ni siquiera es personal. —Se encogió de hombros—. Al menos no para mí. Tú solo eres una pieza. Y ellos también.

Señaló a los chicos con la barbilla y se fue directo hacia ellos. Esta vez estaba claro que no para charlar.

Ferenc, mientras tanto, seguía forcejeando. Se cortó de nuevo. En la muñeca. Pero la cuerda había cedido otro milímetro y eso era lo importante.

—Y encaja muy bien —añadió el hombre agachándose frente a Reuben. Le agarró la barbilla y lo obligó a levantar la cara.

Ferenc respiró hondo.

Una vez.

Otra.

Y entonces dejó de pensar.

Giró la muñeca con violencia y la cuerda cedió.

El hombre levantó el arma.

—Vamos a…

No terminó la frase. Ferenc se lanzó contra él con una fuerza que ignoraba tener dentro. El impacto fue torpe. Desordenado. No buscaba precisión, solo contacto. Golpeó el brazo armado. La pistola se desvió y el disparo retumbó en el pasillo con un sonido seco. Brutal.

Uno de los chicos trató de gritar a través de la mordaza pero todo quedó en un sonido gutural.

El hombre retrocedió medio paso, sorprendido.

Solo un instante. Luego reaccionó. Demasiado rápido.

Más experto en ese tipo de situaciones. Golpeó a Ferenc en el costado con el codo.

El aire se le escapó de golpe. Cayó de lado, pero no soltó el arma.

Se aferró a la muñeca del hombre con lo que le quedaba de fuerza.

Entonces se escuchó otro disparo. Este más cerca.

Ferenc sintió cómo el impacto le atravesaba el abdomen. Era una sensación extraña. Sentía el dolor y no lo sentía al mismo tiempo, pero el cuerpo había dejado de responderle.

El otro se zafó como pudo del peso muerto en que se había convertido el exprofesor. Dio dos pasos atrás. Miró la sangre y luego a Ferenc. Y, por primera vez, dudó.

Solo un segundo.

Suficiente para entender que el plan ya no era perfecto. Que se había ido al traste.

Se dio la vuelta y echó a correr. El sonido de sus pasos resonó en el pasillo en penumbras. También en los oídos de Ferenc. Se arrastró para alcanzar la pistola y disparó hasta que vació el cargador. Luego la lanzó lejos y se centró en tratar de respirar.

El techo volvió a oscilar.

Al fondo, los chicos seguían atados.

Seguían vivos.