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FERENC
El motor seguía en marcha.
Ferenc Sanedor tenía las manos apoyadas sobre el volante, sin apretarlo, pero sin soltarse del todo. Todavía podía sentir los ojos de Vega clavados en él antes de salir del vehículo sin decir nada.
Habían hablado poco durante el viaje. Lo justo, dado que todo había quedado dicho dos días antes. Ferenc sabía que aquello tenía todos los números para no salir bien. De la misma forma que estaba seguro de que ella también lo pensaba.
Sin embargo, había ido y él se había quedado.
Vega no había dudado al bajarse del coche. Ni un segundo. Se había puesto la chaqueta, había salido sin dar un portazo fuerte y había desaparecido camino de la parte trasera del Saint Elms, tal y como él le había aconsejado.
Esa había sido su única aportación: unas instrucciones precisas de por dónde era mejor acceder al instituto sin que nadie se diera cuenta.
El exprofesor trataba de convencerse de que, en esas circunstancias, era él quien actuaba guiándose por el sentido común y Vega la que se dejaba llevar por su instinto.
En su desenfrenado plan por dar caza a la gente que les había complicado la vida no había ninguna certeza y sí un riesgo elevado de acabar esposada dentro de un coche de policía.
Sí, trataba de convencerse de que había hecho lo correcto. También de que él era el que más tenía que perder. Y, en todo caso, habría sido un lastre dado que nadie en la comunidad educativa del Saint Elms había olvidado su rostro.
Pero se sentía culpable pese a todo.
De dejarla sola.
De que ella pensara que era un cobarde.
Miró el reloj. Habían pasado diez minutos desde su marcha. Puede que ahora mismo estuviera detenida. Puede que fuera esa mujer rubia con quien se estuviera enfrentando. Puede que…
No quiso pensar en nada de eso. Cerró los ojos y trató de dejar la mente en blanco. Cuando los volvió a abrir, ya tenía la decisión tomada.
Apagó el motor y salió del vehículo. Se subió la capucha por si alguien lo reconocía pero luego recordó lo que Vega le había dicho días atrás sobre pasar desapercibido.
Y un cuarentón largo con una capucha en un instituto no iba a pasar desapercibido seguro.
Así que se la quitó y trató de caminar con toda la naturalidad que los nervios y la incomodidad en el estómago le permitían.
Sí se puso unas gafas de pega que había comprado en un chino días atrás. En ese momento pensó que, si le servían a Clark Kent, también le servirían a él, a pesar de las risas de Vega cuando se las vio puestas.
El instituto todavía estaba unas calles más allá. Para su sorpresa, la gente con la que se cruzaba iba a lo suyo y nadie reparó en él. Cuando se plantó delante de la valla le sobrevinieron las dudas. Sabía que, una vez al otro lado, las oportunidades de escapar se reducían prácticamente a nada.
Dentro del edificio se oían aplausos, amortiguados por la distancia. Una música suave. Voces que subían y bajaban sin llegar a distinguirse. La graduación estaba a punto de empezar.
Dedicó un momento a observar el edificio y le dio la sensación de que estaba más descuidado. Hacía mucho que no lo veía, desde el incidente, y le parecía otro. Un lugar extraño. Como si no hubiera estudiado en sus aulas ni hubiera dado clase durante más de quince años.
Ferenc sintió cómo algo se le tensaba en el pecho, cómo le faltaba el aire. Sintió que las fuerzas lo abandonaban. Pero en ese momento le vino a la mente la mirada de Vega antes de salir del coche. No podía dejarla sola.
En el mismo instante en que se disponía a saltar la valla, supo que no estaba solo. Demasiado tarde. No tuvo tiempo de reaccionar. Ni siquiera de girarse del todo. Se produjo un movimiento a su espalda, rápido y preciso.
El golpe le alcanzó en la base del cráneo.
La luz se apagó sin aviso.