Fugitiva (La monja detective 2) 35
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SAbrINA

A Sabrina Metz le encantaba el trabajo de campo, pero odiaba los operativos discretos. Sobre todo porque, siendo una persona dada al control en su trabajo, en esas situaciones había factores que escapaban a su supervisión.

Demasiada gente concentrada en un espacio muy pequeño.

Demasiada gente ajena a lo que podría llegar a ocurrir.

La subinspectora se mantenía a cierta distancia del edificio principal del Saint Elms, lo suficiente como para no llamar la atención y lo bastante cerca como para tener control visual sobre los accesos.

Había distribuido a los agentes con precisión.

La entrada principal estaba cubierta. Los pasillos interiores vigilados, al igual que el salón de actos. Y luego apoyo terrestre en los alrededores por si la situación se complicaba.

Nada visible.

Nada improvisado.

—Equipo uno, posición —murmuró por el comunicador.

—Recibido.

—Equipo dos.

—En el sitio.

Sabrina hizo un gesto de asentimiento del que ni siquiera fue consciente. Todo parecía estar donde debía y, aun así, no se sentía cómoda.

El problema era que esa aparente sensación de control no garantizaba nada.

Miró la hora. Faltaban pocos minutos para que comenzara la graduación. A su alrededor, padres, alumnos y profesores se movían con esa mezcla de nerviosismo y alivio que acompañaba siempre a ese tipo de actos. Nadie parecía percibir la presencia policial.

Como tenía que ser.

—Atentos a cualquier movimiento fuera de patrón —añadió—. Nada de intervenciones precipitadas.

Un murmullo de confirmación respondió desde los distintos canales.

El salón de actos empezó a llenarse. Sabrina observaba los accesos más que a la gente. Los grupos, más o menos numerosos, se iban animando a entrar en el edificio, lo que facilitaba las cosas.

Sin embargo, no había ni rastro de Vega Baker o de Ferenc Sanedor. Tampoco de Sofía Petrov.

Los minutos transcurrían lentamente sin que nada pasara. Para entonces, algunos agentes se habían infiltrado entre los familiares en el interior del salón de actos y buscaban, de manera discreta, alguna coincidencia entre los asistentes.

En un momento dado, el pinganillo de Sabrina se activó y uno de los agentes le habló entre susurros.

—Hemos identificado a una mujer que coincide parcialmente con la descripción de Petrov.

—¿Dónde?

—Pasillo lateral.

—No intervengáis —ordenó Sabrina sin dudar—. Solo observad. Y no la perdáis de vista.

—De acuerdo.

Sabrina tuvo que refrenar las ganas de entrar también en el salón de actos y comprobar por sí misma si se trataba de Sofía Petrov. Pero sabía que no era recomendable, así que se mantuvo en su posición. Esperando.

Un minuto después, sonó otra voz en el comunicador.

—Falsa alarma.

Sabrina no respondió pero tampoco pudo disimular su frustración. Estaba tensa, sentía los músculos agarrotados, en especial los de la cara, y no era capaz de evitarlo.

Miró de nuevo la hora.

El acto había comenzado. Dentro se oían aplausos y música. También una voz amplificada que apenas se entendía desde fuera.

Todo seguía su curso.

Sin alteraciones.

—Equipo tres, informe.

—Sin novedad.

—Equipo cuatro.

—Nada.

Sabrina apretó ligeramente la mandíbula. Todavía un poco más. Estaba convencida de que el operativo daría resultados. Por eso había puesto todo su empeño. Pero ahora parecía un error.

Todo era limpio.

Demasiado limpio.

—¿Movimiento en perímetro exterior? —preguntó.

—Negativo.

—Accesos secundarios, negativo.

Sabrina se permitió apartar la vista del edificio durante un segundo. Pensó en el manuscrito. En el fragmento. En la graduación. La pista había sido demasiado clara. Demasiado precisa.

Y, sin embargo, allí no había nada.

O no lo estaban viendo.

Decidió darse una vuelta por las instalaciones del instituto.

En la parte de atrás había un pequeño bosque.

Le pareció ver algo que se movía así que caminó deprisa en esa dirección, con la mano sobre su arma reglamentaria.

Se encontró con una caseta pegada a la valla que circundaba el recinto.

Miró detrás. No había nadie. De pronto, un coche arrancó a lo lejos.

Nada relevante.

O eso parecía.

—Mantened posiciones —ordenó mientras regresaba a su posición—. Diez minutos más.

Nadie discutió.

El tiempo siguió avanzando. Los aplausos y las risas se repitieron varias veces. Incluso algún grito contenido que quedó en nada.

La ceremonia avanzaba hacia su final sin incidentes. Sin interrupciones. Sin nada que destacar.

—Retirada progresiva —dijo finalmente Sabrina dejando escapar un suspiro de rendición.

Hubo un segundo de silencio. Luego llegaron las confirmaciones y, uno a uno, los agentes comenzaron a desactivarse. Sin prisas. Con la misma discreción con la que se habían desplegado. Como si nunca hubieran estado allí.

La subinspectora se quedó unos segundos más. Observando el edificio. Las luces. La normalidad que no se esperaba un rato antes.

El cierre perfecto de un acto que no había sido interrumpido.

—No era aquí —murmuró entre dientes. Solo para ella.

Se dio la vuelta y comenzó a alejarse con la sensación de fracaso pegada a la piel. Recordó entonces la frase de Argus Norman antes de salir de la sala de reuniones.

Puede que mañana llegue tarde.

Aunque le fastidiara, debía reconocer que Norman tenía razón.

Sí, había llegado tarde, pero lo que realmente le preocupaba era que tal vez, en algún otro sitio, en ese mismo momento, alguien podía estar cumpliendo exactamente lo que ellos habían esperado ver allí.