Fugitiva (La monja detective 2) 34
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VEGA

Había estudiado los planos del instituto con tanta precisión que, cuando se coló por la parte de detrás, cualquiera podría haber pensado que lo conocía bien. Como si hubiera estudiado en él o fuera una más de los muchos profesores que se afanaban en organizar el evento.

Ferenc le había dicho cuál era el mejor punto para entrar sin tener que hacerlo necesariamente por la puerta principal. La misma puerta que, a buen seguro, estaría controlada ya por la policía.

—En la parte de atrás, la que da a un solar abandonado, hay un ángulo muerto —habían sido sus palabras—.

No es más que un pasillo estrecho, de unos veinte centímetros de ancho, entre la valla y la caseta donde se guardan los aperos del huerto escolar.

Algunos alumnos solían esconderse allí para fumar.

Solo tienes que deslizarte hacia la derecha y llegarás hasta un pequeño jardín.

Desde allí, podrás introducirte entre la gente sin ser vista.

Esa había sido la única ayuda que había recibido de él.

Lo entendía. Era consciente de que el riesgo de ser atrapado, de ser reconocido, era mucho mayor para él.

Y, a pesar de todo, Vega se sentía traicionada por la única persona que compartía la angustia que la acompañaba desde que todo se complicara.

Se subió el cuello de la chaqueta y avanzó entre la gente tratando de mantener cierto aire de naturalidad. No tardó en percatarse de algo fuera de lo normal. Un hombre apoyado en una columna, mirando el móvil sin mirarlo.

Demasiado quieto.

Vega no se detuvo más de la cuenta. Siguió caminando, cruzó el patio y se mezcló con un grupo de familiares que hablaban en voz baja. Risas contenidas, móviles en alto, algún llanto nervioso. Nada que no encajara con una graduación.

Nada que no encajara con una coartada perfecta.

Al girar hacia el pasillo principal notó otro detalle fuera de sitio. Llevaba demasiado tiempo en el negocio como para no detectar cuando alguien, que pretendía pasar por normal, no lo conseguía en absoluto.

Una mujer cerca de la puerta del salón de actos, auricular casi invisible, postura relajada pero con el peso repartido de forma incorrecta. No estaba esperando a nadie. Estaba vigilando.

Había un dispositivo desplegado, no le cabía duda. Discreto, como debía ser. Eficaz, si el objetivo fuera evidente. Pero no lo era. Esa era otra de las habilidades que le había dado su trabajo de detective, la capacidad para pasar desapercibida incluso en aquellas circunstancias tan adversas.

Siguió avanzando sin variar el ritmo, deteniéndose un momento en cada detalle, en cada rostro, en cada persona que se cruzaba con ella. Buscaba a la mujer rubia, aunque el tío de la otra noche, el que había intentado atacarles junto a la casa de Alma Jensen, también le servía.

Sin embargo, por más que se esforzaba, no conseguía dar con ellos entre toda aquella gente que asistía al acto académico ajena a lo que estaba pasando a su alrededor.

En el tablón de anuncios, los nombres de los alumnos colgados con chinchetas. En el suelo, confeti que alguien había dejado caer antes de tiempo. Un profesor pasando lista con gesto mecánico.

Todo en su sitio.

Entró unos segundos en el salón de actos. Filas ocupadas, conversaciones en susurros, una música suave que salía de unos altavoces ocultos. Padres grabando, alumnos ajustándose las togas, profesores sonriendo con cansancio profesional.

No había ni rastro de las dos personas por las que había venido. Regresó al exterior y miró al hombre de la columna. Había cambiado ligeramente de posición, pero ahora sí miraba a la gente con más detenimiento y menos disimulo.

Vega se detuvo junto a una máquina de refrescos, fingiendo buscar algo en el bolso. Contó mentalmente.

Uno en la columna.

Una en la puerta.

Dos más al fondo del pasillo lateral.

Todo eso sin contar a los que todavía no había visto. La policía había venido pero la mujer rubia no. Y el otro tío tampoco.

—No están aquí —murmuró para sí.

No era una conclusión. Era una certeza. El manuscrito no había fallado, simplemente habían cambiado los planes tras lo ocurrido con la periodista. Se lamentó por no haber pensado antes en esa posibilidad, pero no era momento para eso. Había que replegarse y había que hacerlo lo más rápido posible.

Se incorporó sin prisa y deshizo el camino. Nadie la detuvo. Nadie la siguió de forma evidente. El dispositivo estaba diseñado para esperar, no para reaccionar.

Error.

O no.

Se apartó unos metros, lo suficiente para perderse entre los coches aparcados, y sacó el móvil.

Hizo como que escribía algo mientras calculaba la distancia que la separaba del jardín por el que había accedido.

No habrían más de treinta metros, pero la maniobra implicaba exponerse demasiado ahora que la mayoría de la gente se encontraba dentro del salón de actos.

Guardó el teléfono y se apoyó un segundo en la carrocería de uno de los coches. Miró hacia el final de la calle. Durante un instante, le pareció ver una figura conocida.

Una mujer joven cerca de la puerta del salón de actos. La había visto alguna vez, en los pasillos de los juzgados. El leve movimiento de su mano a la oreja le hizo comprender que llevaba un pinganillo.

El agente más cercano, el que tenía un mejor campo de visión del jardín, estaba más pendiente ahora de la entrada al salón de actos que de las zonas circundantes. Vega tuvo claro que esa era su oportunidad, así que se apresuró a cruzar la distancia que la separaba de los primeros árboles.

Cuando ya se encontraba a resguardo entre la vegetación volvió la vista una última vez para comprobar que nadie la seguía.

Finalmente, se dio la vuelta y desapareció entre los coches sin mirar atrás mientras a lo lejos se oían aplausos en el interior del salón de actos.