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ARGUS
Le pilló en medio de una reunión cuando su móvil hizo el típico pitido de que le había entrado un mensaje.
Al instante supo que era de Vega. No porque tuviera un sonido diferente al resto de comunicaciones que le llegaban a través del dispositivo, sino porque algo en su interior le decía cuando se trataba de ella.
Tuvo que contener sus ganas de leerlo en ese mismo momento. Llevaba un par de días sin saber de ella y, aunque era consciente de que Vega era capaz de apañárselas sola, un runrún interior cercano a la preocupación había ido creciendo con el transcurso de las horas.
Sin embargo, los crecientes problemas de seguridad en la zona portuaria no era un tema menor y requerían toda su atención. Pese a todo, desde que había recibido el mensaje, se limitaba a asentir sin enterarse demasiado.
Cuando vio que la conversación se desviaba hacia otros derroteros, se disculpó y se dirigió a su despacho. Desbloqueó el móvil y leyó el mensaje. Este era directo, sin preámbulos, sin contexto, sin una mínima frase de cortesía.
Como casi todo lo que tenía que ver con Vega Baker últimamente.
El manuscrito no es de Murdoch. Hemos hablado con el verdadero autor —Matías Lester— y lo ha confirmado.
Recibió un encargo. No sabemos de quién.
Argus apagó el móvil y se quedó mirando la pantalla unos segundos. Hemos hablado, no sabemos… Esos dos verbos, así, en plural, habían sido las palabras que más le habían llamado la atención. Sobre todo porque eran la constatación de que Ferenc Sanedor seguía junto a Vega.
Negó con la cabeza y trató de centrarse en lo importante. Aquel manuscrito había sido un encargo de alguien, muy probablemente para reforzar la implicación de Vega en el asesinato de Murdoch.
Esa certeza cambiaba el escenario por completo pero, sobre todo, hacía que la búsqueda de cierta mujer rubia se hiciera más necesaria que nunca.
Hasta ese momento podía sostenerse la teoría de un crimen complejo, mal resuelto, con demasiadas casualidades. A partir de ahí, ya no. Aquello era otra cosa. Y lo peor no era la manipulación sino la precisión con que había sido ejecutada.
Abrió una carpeta en el portátil y amplió una imagen.
Allí estaba Sofía Petrov.
Captada de perfil, ligeramente desenfocada, en una de las grabaciones que había conseguido rescatar de forma no exactamente legal. Cabello rubio. Postura tranquila. Nada que llamara la atención… salvo que no debía estar ahí.
La imagen no era perfecta, pero bastaba.
Con ese convencimiento, cogió sus cosas y salió camino de la División Criminal.
Encontró a Sabrina Metz de pie, frente a un corcho repleto de papeles, fotografías y un plano de la ciudad con un punto marcado en rojo.
Argus solo necesitó un vistazo rápido para comprobar que se trataba del instituto Saint Elms. La subinspectora se afanaba en dar instrucciones a los agentes a su cargo sin levantar demasiado la voz.
—Necesito un perímetro limpio. Nada visible desde fuera.
Uno de los agentes asintió y se alejó. En cuanto Sabrina notó la presencia de Argus, se puso a la defensiva.
—Subdirector Norman, no lo esperábamos.
—Mi visita se debe a cierta información que puede resultar relevante para su investigación.
La detective lo tomó del brazo y lo alejó del corcho. Era evidente que no quería que viera el operativo que estaban preparando. Sin embargo, Argus había tenido tiempo de formarse una idea.
—Tiene cinco minutos —le dijo mientras lo conducía hasta una de las salas de reuniones.
—Me sobra.
Argus ocupó una de las sillas dispuestas alrededor de la mesa mientras que Sabrina prefirió quedarse de pie.
—Veo que está preparando algo gordo.
—Solo evaluamos nuestras opciones —replicó la policía de manera neutra.
—Pues si esas opciones tienen que ver con cierta detective privada y con el instituto Saint Elms, me temo que está enfocando mal la investigación.
No hubo reacción inmediata. Solo una leve inclinación de cabeza.
—Hasta donde yo sé, la investigación de un caso de asesinato es competencia de la División Criminal, no de Operaciones Especiales.
—Así es, pero eso no significa que no podamos ofrecer nuestra colaboración. —Argus hizo una pausa breve y luego remató su argumento con una pizca de ironía—. Hasta donde yo sé, ambas instituciones están en el mismo bando. Creía habérselo dicho ya.
Sabrina cerró los ojos un instante y luego se cruzó de brazos.
—No tengo tiempo para esto.
—Entonces iré al grano. —Sacó el móvil y lo desbloqueó. Luego le enseñó la imagen de Sofía Petrov.
—¿Quién es?
—Alguien que últimamente está en todos lados.
—Eso no es una respuesta.
—Es lo que hay de momento. Solo le pido que le eche un vistazo.
Sabrina alargó la mano y acercó la imagen a la luz. Se quedó un momento pensativa y luego abrió la puerta de la sala de reuniones para dirigirse a uno de los agentes.
—Tráeme las grabaciones de la plaza Ferenc. Las de las cámaras de la tienda.
Cuando volvió a cerrar, no le dio ninguna explicación a Argus. Solo permaneció en silencio. Este lo aprovechó para añadir algo más.
—Esa mujer no es un ama de casa cualquiera. Detrás tiene un buen historial.
—Y supongo que usted lo ha investigado.
—Así es.
—También deduzco que lo ha hecho para facilitar nuestra investigación, ya que estamos en el mismo bando
Argus sonrió ante la envenenada réplica de la subinspectora. Le caía bien. Le parecía una mujer íntegra aunque demasiado cuadriculada para su gusto.
Antes de que pudieran seguir con el intercambio de puyas dialécticas, el agente entró con un pendrive y se lo entregó a Sabrina. Abrió el archivo donde estaba la grabación. Avanzó varios segundos y detuvo la imagen.
Idéntica postura.
Idéntico cabello.
Idéntica manera de moverse sin llamar la atención.
Sin duda, se trataba de la misma mujer.
—Interesante —dijo Sabrina entrecerrando los ojos. No había sorpresa en su voz, sino algo distinto que Argus no llegó a identificar.
—Se está equivocando de sospechosa. Esa mujer, Sofía Petrov, es alguien que lleva semanas preparando esto.
—Y, aun así, —dijo Sabrina sin apartar la vista de la pantalla—, Vega Baker estuvo en la escena del crimen.
—Ya lo sé.
—Y huyó.
—También lo sé.
Ahora sí lo miró directamente.
—Entonces explíqueme por qué debería ignorar eso.
—Porque está viendo lo que alguien quiere que vea —respondió Argus sosteniéndole la mirada.
—Quizás sea usted quien quiere ver otra cosa —replicó al fin.
Hubo un silencio breve.
Tenso.
—No está siendo objetivo —añadió ella—. Y eso, en su caso, le inhabilita en todo lo que tiene que ver con esta investigación.
Argus volvió a sonreír, esta vez con menos sinceridad que antes. Luego, recogió sus cosas, se puso en pie y se dispuso a salir de la sala. Sabrina siguió sus movimientos con mirada inexpresiva.
—Pregunte por Matías Lester —dijo Norman cuando ya se encontraba en el umbral.
—¿Quién es? —preguntó la subinspectora con la misma cara de póker—. ¿Otro «amo» de casa con currículum?
—El hombre que escribió el manuscrito que encontraron en casa de Murdoch.
Eso sí provocó una reacción. Pequeña pero real.
—¿Perdón?
—El manuscrito que Reich está analizando no es de Murdoch.
—No es posible. —Por primera vez, Argus detectó la duda en los ojos de la subinspectora.
—Lester recibió un encargo. Anónimo. Con perfiles detallados. Sin final.
—¿Y usted cómo sabe eso?
—Porque alguien se ha molestado en comprobarlo. Alguien más competente.
No dijo quién y tampoco hacía falta. Sabrina lo entendió igualmente.
—¿Y el cliente?
—No existe.
—Siempre existe.
—No uno que pueda encontrar. Ha demostrado ser lo suficientemente profesional como para no dejar rastro.
Se produjo otro silencio, esta vez más largo. Sabrina volvió a mirar la imagen congelada en la pantalla. Luego a Argus.
—¿Algo más?
—Solo que mañana quizás llegue tarde.
Ella no respondió, pero no dejó de mirarlo hasta que desapareció por el pasillo.
Cuando se quedó sola, volvió a ampliar la imagen de la mujer.
Sofía Petrov.
Demasiado presente.
Demasiado invisible.
Después, sin decir nada, cerró la grabación y salió al pasillo.
—Quiero todo lo que tengamos sobre Matías Lester —dijo a uno de los agentes—. Todo.