32
FERENC
Aunque en apariencia no parecía que hubiera cambiado nada, Ferenc sabía que Vega estaba molesta. Le había dicho que lo entendía, que meterse en una ratonera a la que, en su caso, ni siquiera se podía acercar debido a una orden de alejamiento, era más complejo incluso para él que para ella.
Sí, esa era la versión oficial, pero Ferenc sabía leer entre líneas. Por más que lo intentaba, seguía sin comprender el fascinante universo de la mente femenina, pero había ciertas señales que le permitían saber, a pesar de todo, cuando debía alejarse y cuando quedarse.
Y aquel era uno de esos momentos en los que más valía poner distancia.
Dado que ella andaba perdida en sus propios planes para acudir a la graduación del Saint Elms reduciendo, en la medida de lo posible, las opciones de acabar esposada o muerta, el exprofesor se había metido otra vez de lleno en la lectura del manuscrito.
Desde la primera lectura se le había quedado una incomodidad que no había dejado de dar vueltas en su cabeza. Una sensación persistente de déjà vu que no terminaba de hacerse visible. Se olvidó de la trama y de la estructura. Debía enfrentarse a aquellas páginas dándole otro enfoque.
Entonces, la idea llegó de golpe al centrarse en un párrafo muy concreto. No por lo que decía sino por cómo lo decía.
Estaba en la mesa de la cocina, con el portátil abierto y varias pestañas superpuestas, cuando dejó de teclear de repente.
—Esto ya lo he leído antes.
En realidad, lo decía para sí, pero un rato después de haber pronunciado esas palabras, Vega habló desde el salón.
—¿El qué?
—Me refiero a esta parte —contestó Ferenc poniéndose en pie con el ordenador y dirigiéndose hasta donde ella estaba. Giró la pantalla y señaló el párrafo. Vega lo leyó en silencio, apoyada en el respaldo del sofá.
—¿Te refieres al rollo ese de que no hay redención posible?
—No solo eso. La forma de construir la idea. Esa insistencia en que el error no se corrige, que se arrastra. Esa manera de cerrar el párrafo… No es casualidad —dijo una expresión concentrada, pero también molesto por no terminar de concretarlo—. Es alguien que piensa así.
Ferenc volvió al teclado y empezó a escribir más deprisa, abriendo una base de datos de revistas literarias, archivos digitales, publicaciones antiguas.
—Hace años leí un artículo. No tuvo mucha repercusión, pero me llamó la atención precisamente por esto. Defendía que la culpa no es un conflicto moral, sino una estructura. Algo que no se resuelve, que solo cambia de forma.
—¿Y te acuerdas del autor?
—No del nombre. Pero sí de dónde estaba publicado.
Pasaron unos segundos en silencio, interrumpidos solo por el sonido del teclado. Luego, de pronto, Ferenc se detuvo.
—¡Aquí está! —exclamó con tono triunfante mientras le mostraba el documento a Vega.
—El error original no desaparece. Se transforma —leyó la detective—. Permanece latente, esperando el momento en que el entorno vuelva a ser propicio para reproducirse. No hay redención posible en un sistema que necesita repetir su fallo para sostenerse.
Vega levantó la vista sorprendida.
—Es lo mismo.
—Es exactamente lo mismo. —Ferenc buscó el nombre en el encabezado del artículo—. Matías Lester.
El nombre no le dijo nada a Vega.
—¿Y?
—No es un superventas, pero se defiende con lo que publica, según tengo entendido. Y tampoco tiene reparos para aceptar encargos. Artículos, textos, lo que salga. Vive de eso.
Ferenc abrió otra pestaña y empezó a buscar información más reciente.
—Tiene redes. Mira.
Le giró la pantalla. Tenía un perfil sencillo. Publicaba pocas fotos, sobre todo de alguna presentación en librerías, firmas de libros, talleres literarios.
La última publicación era de esa misma mañana.
Un cartel.
Retiro de escritura. Fin de semana. Casa rural. Plazas limitadas.
—Eso está cerca, a unos pocos kilómetros de la ciudad —informó Ferenc consultando el mapa—. ¿Crees que estará allí?
—Por lo que veo en el programa, es uno de los ponentes así que…
—¿Pues a qué esperamos?
—¿Que a qué esperamos? ¿Qué pretendes? ¿Que vayamos y le preguntemos si ha escrito el manuscrito que nos está incriminando?
—Eso es exactamente lo que digo.
—Estás de broma.
—No.
Hubo un silencio breve.
—A veces no te entiendo —replicó Vega desconcertada—. Hace unas horas ni te planteabas lo de la graduación y ahora sí pareces dispuesto a plantarte en una casa de campo llena de gente para hablar con un tío que ni siquiera sabemos si es el autor de ese dichoso manuscrito.
—Ese retiro no estará infestado de policías ni tampoco tengo una orden de alejamiento que me impide acercarme a menos de doscientos metros —argumentó Ferenc sin dudar un segundo—. Además, a esos sitios no suele ir mucha gente.
—Aun así, podrían reconocernos y poner en aviso a la Brigada Criminal.
—Esa gente ni siquiera ve la televisión. Lo suyo es la introspección y la escritura. No nos reconocerían ni aunque entráramos pegando gritos.
—¿Estás seguro de eso?
—Totalmente. He sido uno de ellos y conozco a unos cuantos. Sé de lo que hablo.
Vega lo meditó unos segundos y luego se dio por vencida con un largo suspiro.
—De acuerdo. Pero más te vale que tengas razón porque, si no, estamos jodidos.
La casa estaba apartada, rodeada de árboles y con el tipo de tranquilidad impostada que suele acompañar a los retiros creativos.
Aparcaron a cierta distancia y se acercaron a pie.
Para su sorpresa, nadie les impidió la entrada ni tuvieron que colarse.
Las puertas de la casa rural estaban abiertas de par en par y nadie pareció alarmarse a su llegada.
Hubo un par que levantaron la vista al verlos pasar, pero de inmediato se perdieron de nuevo en el cuaderno sobre el que estaban garabateando.
Ferenc lo reconoció en cuanto lo vio salir.
Matías Lester conservaba ese aire sofisticado que pretendía mostrar en las escasas fotos que había de él en las redes sociales.
Llevaba un libro bajo el brazo y una taza humeante sujeta con las dos manos.
Cuando levantó la vista y vio a Ferenc frente a él, frunció ligeramente el ceño.
—¿Nos conocemos?
—No —respondió el exprofesor—. Pero sí conocemos tu obra. La más reciente sobre todo.
El gesto cambió poco, aunque sí lo suficiente como para que se notara la duda.
—¿A qué te refieres exactamente?
Vega dio un paso al frente y sacó el móvil. Le mostró el fragmento del manuscrito. Lester lo miró sin decir nada, pero sus ojos iban de un lado a otro de manera nerviosa.
—Eso no es mío.
—Pues es sospechosamente parecido a este otro. —La detective le mostró esta vez su artículo en la revista literaria.
—Así que, una de dos —terció Ferenc—, o sí que es tuyo o alguien ha plagiado a alguien. Falta decidir quién a quién.
—¿Quiénes sois? —quiso saber Lester con el ceño fruncido y un punto de ironía—. ¿La policía literaria o algo así?
Esta vez fue Vega la que se adelantó un poco más, lo suficiente como para intimidar al escritor.
—¿Que quiénes somos? Pues él es un profesor que entró con un arma en un instituto y todo acabó en una carnicería. —La detective hizo una pausa dramática—. En cuanto a mí, hace poco asesiné a un escritor en un hotel y le he cogido el gustillo. Por eso estoy aquí.
Lester tragó saliva mientras evaluaba las palabras de Vega. No solo por el efecto que habían causado en él sino porque le resultaban incómodamente familiares. Luego llegó la reacción, mínima pero evidente. Los miró a uno y a otro antes de abrir la boca.
—Joder… —acertó a decir.
No fue una exclamación teatral.
Fue reconocimiento.
—Así que sois vosotros. Los personajes de mi novela.
—¿Entonces admites que es tuya?
El escritor dudó un segundo. Luego asintió.
—Sí. La escribí yo.
—¿Para quién?
—No lo sé.
—No me lo creo.
—Pues es la verdad. —No había desafío en su voz—. Recibí un correo hace cinco meses. Una propuesta que ya venía definida de antemano. La estructura, la trama… Perfiles psicológicos muy detallados… —Miró a Ferenc—. Demasiado detallados. No era desde luego un encargo convencional.
—¿Y aceptaste sin más?
—Acepté porque me pagaban una suma considerable y, sinceramente, no estoy como para desaprovechar oportunidades así. Últimamente la publicación está bastante mal.
Lester se dejó caer en la silla más cercana, como si aquella confesión hubiera estado demasiado tiempo encerrada en su interior y, una vez liberada, se hubiera sentido en paz consigo mismo. Vega y Ferenc también tomaron asiento.
—¿Tienes un nombre? —preguntó esta vez Sanedor.
—Me temo que no.
—¿Pero sí tendrás alguna referencia? ¿Una dirección? ¿Una cuenta corriente? ¿Algo?
—Nada. —Lester negó con la cabeza—. Una dirección de correo que no sirve para nada y una transferencia desde una cuenta que posiblemente no se pueda rastrear. Si lo estáis intentando, vais a perder el tiempo.
Vega se cruzó de brazos mientras se reclinaba sobre el respaldo en un gesto de rendición. Ferenc, por su parte, seguía inclinado hacia delante.
—¿Y el final? —preguntó de nuevo—. ¿Qué pasa con él?
El escritor quiso sonreír pero todo quedó en un gesto extraño.
—Fue uno de los puntos más claros del acuerdo. No podía escribir el último capítulo.
—¿Por qué?
—No tengo ni idea y tampoco pregunté. Me dijeron que el final se decidiría más adelante.
Nadie dijo nada durante unos segundos. El viento movía ligeramente las ramas de los árboles sobre sus cabezas.
—Pensé que escribía una ficción —añadió Lester al cabo de un rato con mirada pensativa—. Pero en el fondo siempre supe que era demasiado real.
—Lo es —dijo Vega incorporándose de nuevo y mirando al escritor con expresión sombría—. Es muy real y nuestra vida depende de que podamos cambiar ese final.
El escritor asintió despacio.
—Si hay algo que pueda hacer...
La detective le sostuvo la mirada un momento más. Buscaba algo. Una grieta. Un detalle que se hubiera guardado.
Pero no había nada.
Solo un tipo que había cobrado por escribir una historia que ahora otros estaban ejecutando.
—Ya has hecho suficiente —le espetó Vega poniéndose en pie.
—Solo se trataba de un encargo —trató de justificarse el escritor—. No era algo personal.
—Para nosotros sí lo es. Muy personal.
Ferenc también se levantó y los dos se alejaron de Lester camino de la salida.
Volvieron al coche en silencio y, una vez dentro, Ferenc liberó su rabia pagándola con el volante.
—Han escrito nuestro destino por capítulos. —Vega no respondió—. Nos han estudiado, nos han construido… y ahora pretenden terminar la historia.
Ella miró hacia la carretera.
—Entonces más nos vale que seamos nosotros quienes escribamos el final.