31
SAbrINA
Las mañanas en la División Criminal no eran muy diferentes unas de otras.
Así al menos se lo parecía a Sabrina. Sobre todo, antes de que se le asignara su primer caso, el asesinato de ese escritor a priori sencillo que se iba enredando por momentos.
Pero incluso ahora, que alternaba trabajo de oficina con la calle, la sensación de rutina seguía muy presente.
Llevaba casi una hora encerrada en una de las salas de reuniones cuando llamaron a la puerta.
—Pase.
Uno de los agentes asomó la cabeza con un papel en la mano. Lo agitó en el aire como si la subinspectora supiera de qué iba. Cuando aquel se convenció de que no, entró y se lo dejó sobre la mesa.
—Es el lingüista. Dice que es importante.
Sabrina deslizó el papel hacia ella y lo leyó por encima.
—Dice que no puede afirmar nada concluyente —habló de nuevo el agente—, pero que hay un fragmento del manuscrito que le parece especialmente relevante para la investigación.
—Perfecto —dijo mirándolo con expresión fría, en silencio, esperando que él captara la indirecta.
El agente le dedicó una sonrisa artificial y luego desapareció dejándola de nuevo sola.
Sabrina se reclinó en la silla y comenzó a leer. Había aprendido hacía tiempo que los informes técnicos rara vez eran tan útiles como prometían. Demasiada terminología para acabar diciendo que algo podía significar cualquier cosa.
Sin embargo, aquel fragmento sí tenía peso.
Lo leyó una vez.
Después otra, en voz alta.
Hay errores que no desaparecen. Solo cambian de forma. Se quedan quietos durante años, como una raíz enferma bajo la tierra, hasta que un día vuelven a abrir la grieta exactamente en el mismo sitio.
Algunas plantas crecen torcidas desde el principio. Otras se inclinan después, buscando una luz equivocada. El problema no está en ese tallo deforme sino en que nunca debió crecer, que las malas hierbas hay que arrancarlas de raíz.
Así lo comprendió el profesor. Como también que el último acto debía celebrarse donde todo había empezado.
En el lugar sagrado del saber que había sido profanado una y otra vez.
Lo tenía decidido. El último día de curso, el de la fiesta de las togas y los adornos superfluos, sería el escenario perfecto para que el pasado reclamara su sitio.
Sabrina adjuntó el papel al puñado de informes que tenía guardados en el expediente del caso.
—Saint Elms —susurró en la soledad de la sala.
Acto seguido, se levantó, salió del despacho y caminó directamente hasta la mesa de uno de sus agentes.
—Necesito la fecha exacta de la graduación del Saint Elms.
El agente tardó apenas unos segundos en encontrarlo.
—Pasado mañana. A las siete de la tarde.
Sabrina asintió. El lingüista no se había equivocado hasta ese momento.
Desde el principio supo identificar en quiénes estaban inspirados los personajes del manuscrito de Murdoch, como también acertó en su hipótesis de que lo que en él se narraba ya había sucedido o estaba por suceder.
Alguien lo quería así, pero ya no tenía tan claro que ese alguien fueran Baker y Sanedor.
—Quiero un operativo especial para esa graduación. Vigilancia discreta. Nada de uniformes visibles.
El agente levantó la vista.
—¿Cree que actuarán allí?
Sabrina sostuvo la mirada unos segundos antes de responder.
—La lógica nos dice que sí. Pero, en cualquier caso, más vale estar preparados.
Luego volvió a la sala con una sensación distinta. Desde que se abrió la investigación todo apuntaba hacia una dirección lógica: una detective privada, una infidelidad, una víctima en una habitación cerrada y una huida bastante torpe. Ella misma lo había creído de ese modo.
Pero ahora le parecía que había algo más. Demasiada construcción. Demasiada precisión.
Como si alguien no solo hubiera cometido un crimen, sino que se hubiera tomado la molestia de escribir la versión oficial antes de que ocurriera.
Todo eso sin olvidar que Baker y Sanedor no estaban siendo unos fugitivos al uso. En lugar de esconderse, desde el primer momento se habían expuesto, metidos en una búsqueda que a la subinspectora todavía se le escapaba.
Una vez de vuelta en la sala, abrió el ordenador y tecleó un nombre en la base de datos.
Leilah Sinclair.
El nombre que Alma Jensen le había dado. La madre indignada que la había abordado por la calle para contarle su problema, para pedirle su ayuda. Una mujer rubia, para más señas, que se acercaba a una persona a la que no conocía para influir en ella de alguna manera.
Como le había ocurrido a Laura Murdoch aquella mañana en la plaza Ferter.
No era una prueba. Ni siquiera una sospecha sólida. Pero sí un patrón. Y Sabrina confiaba más en los patrones que en las declaraciones.
Hizo una búsqueda rápida de Leilah Sinclair. Registros, padrón, instituto, cualquier cosa. Había tres en la ciudad, pero solo una con un hijo matriculado en el Saint Elms.
Treinta y nueve años. Administrativa. Divorciada.
También había una dirección y un número de teléfono. Lo marcó y esperó a que contestaran.
Una hora después estaba sentada frente a Leilah Sinclair en una cafetería anodina cerca del centro.
Nada en aquella mujer sugería sofisticación. Era más bien de gestos burdos. Tenía aspecto de madre cansada, uñas mordidas y la clase de mirada de quien lleva demasiado metida en una lucha que no debería ser suya.
Leilah removía el café con visible nerviosismo.
—No entiendo muy bien por qué estoy aquí.
—Porque, según tengo entendido, ha tratado de sacar a la luz cierto episodio ocurrido en el instituto Saint Elms.
—Ah. —Leilah Sinclair dejó caer esa mínima sílaba sin mostrar sorpresa. Era más bien molestia—. Sí. Bueno. Llevo tiempo en esa lucha.
—¿Por qué?
—Porque mi hijo estaba allí. —La mujer miró a Sabrina esperando alguna reacción que no se produjo.
Luego continuó—. No dentro del aula, no cuando pasó lo peor, pero sí en el instituto.
Y durante mucho tiempo nadie quiso hablar claro.
Todo se convirtió en rumores, en versiones, en silencios muy convenientes.
¿Sabe lo que más enfada? Que al final parece que una exagera por querer más seguridad para los suyos.
Aquello sí sonaba real.
Demasiado real para ser improvisado.
—Quise rebelarme, protestar. Hablé con todos los estamentos, le escribí al juez… Todo para nada. Me sentí frustrada, desesperada…
—¿Por eso habló con Alma Jensen?
Leilah frunció el ceño.
—¿La periodista?
—Sí.
—No. —La respuesta fue inmediata. Sin cálculo.
—¿Nunca habló con ella? —insistió Sabrina.
La mujer soltó una risa breve.
—Ya me gustaría. Es una estrella de la televisión y probablemente la mejor periodista que hay ahora mismo. Y desde que sacó la noticia, todavía la admiro más. Es muy valiente lo que ha hecho.
Sabrina la observó en silencio. No mentía. O, al menos, no en eso.
—Entonces alguien habló en su nombre —dijo finalmente.
—¿Perdón? —Leilah hizo su pregunta con expresión tensa.
—Alguien se presentó ante Alma Jensen como una madre indignada de Saint Elms y utilizó su historia para empujarla a publicar.
—Yo… yo no fui.
—Lo sé.
Sí, Sabrina lo sabía.
Porque allí no estaba la mujer elegante que había descrito Alma Jensen. Solo una madre enfadada a la que alguien había utilizado como coartada.
Sabrina se levantó despacio.
—Si recuerda cualquier conversación extraña —le dijo mientras le dejaba su tarjeta sobre la mesa—, alguien preguntando demasiado o cualquier cosa relacionada con Sanedor, me llama.
Leilah la miró sin tocarla.
—¿Usted lo cree? ¿Cree que ese hombre hizo todo lo que dicen?
La subinspectora se quedó un momento pensativa. Esa pregunta se la había hecho ella misma más de una vez durante las últimas horas. La respuesta fácil habría sido sí. La profesional, todavía no.
—Creo que se está poniendo mucho empeño en que pensemos exactamente eso —respondió antes de salir de la cafetería.
Sí. Esa era la única respuesta que tenía porque cualquiera de las demás no le convencía. Y esa certeza empezaba a molestarle más de lo que le gustaba admitir.