Fugitiva (La monja detective 2) 30
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VEGA

No es que se hubieran formado una idea cuando Talía los llevó a la casa de campo de Conrad, ni tampoco se habían impuesto un plazo sobre el tiempo que permanecerían escondidos entre aquellas cuatro paredes, pero tras casi una semana haciendo algo que casi se parecía a una vida medio normal, habían terminado por aceptarlo sin más.

Realizaban escarceos ocasionales, bien destinados a hacer acopio de alimentos, bien porque necesitaban avanzar en una investigación que, por momentos, parecía hacerlo con extremada lentitud.

No, no era un hogar, pero empezaba a parecer rutina. Demasiados días durmiendo mal en el mismo sofá y mirando el mismo camino de tierra a través de la ventana. Afuera caía la tarde sobre el campo con esa tranquilidad irritante que solo existe cuando dentro todo está mal.

Hasta el incidente con aquel matón frente a la casa de Alma Jensen, el manuscrito falsamente atribuido a Murdoch había sido cosa de Ferenc.

Desde entonces, la detective se lo había apropiado y lo revisaba una y otra vez de manera enfermiza tratando de encontrar algo que al exprofesor no le quedaba claro.

Vega tenía la tablet sobre la mesa de la cocina, rodeada de hojas sueltas llenas de marcas y anotaciones. Frente a ella, Ferenc Sanedor la observaba en silencio y en ocasiones negaba con la cabeza, convencido de que no iba a encontrar nada que no hubiera visto él ya.

—¿En serio crees que vas a dar con la clave de todo en esas páginas? —le preguntó no pudiendo contenerse más.

—¿Acaso sabes lo que estoy buscando? —respondió ella con otra pregunta.

—En serio. No es por presumir, pero tengo un doctorado en Lengua y Literatura, además de ser autor de numerosos artículos especializados, sin contar mi tesis sobre Elian Lysander.

—Cuya edición costeaste tú y de la cual solo conseguiste vender veinte de los quinientos ejemplares de la tirada —replicó Vega levantando la vista del manuscrito—. Veintiuno con el que te compré yo por compromiso.

Ferenc se la quedó mirando con gesto ofendido.

—Lo que tú digas. La cuestión es que estoy bastante más capacitado que tú para analizar ese manuscrito. La sintaxis, la estructura, la retórica, la…

—Esa morralla te la dejo a ti —lo cortó la detective volviendo su atención a la tablet —. Yo busco otra cosa, busco patrones.

—¿Patrones?

—Algo que lo enlace todo. Tú mismo lo dijiste.

—Vega se retiró de la mesa para servirse un café—.

Lo que se cuenta en el manuscrito se ha ido forzando para que suceda.

El asesinato de Murdoch, la bomba mediática del Canal 7, tal vez también el intento de asesinato de la periodista…

Estuvimos allí, en casa de Alma Jensen, y acertamos No sabemos las intenciones de aquel tío, pero me parece que estaban bastante claras.

Solo hay que encontrar el siguiente paso que van a dar y saber cuándo y dónde.

—Como si fuera tan sencillo…

—No digo que lo sea, pero no nos fue tan mal la última vez.

—Casi acabamos muertos.

—Sabes lo que quiero decir.

Ferenc iba a decir algo pero, en ese momento, el teléfono prepago de Vega vibró sobre la encimera. Se acercó a cogerlo y se encontró con un mensaje de Argus. Durante unos segundos leyó en silencio y después dejó el dispositivo en la mesa, entre los dos.

—Sofía Petrov. Así se llama nuestra querida amiga rubia. Un nombre encantador.

Ferenc cogió el teléfono y comenzó a recitar en voz alta la biografía de la mujer.

—Treinta y tres años. Padre serbio, madre de aquí. Relaciones institucionales. Organización de eventos privados. Fundaciones, cenas benéficas, despachos, gente con demasiado dinero y demasiado tiempo libre. No deja rastro fácil. No trabaja sola.

Ferenc devolvió el móvil a la mesa y luego se encogió de hombros.

—¿De qué nos sirve toda esa información?

—Nos hace tangible a una persona que era abstracta hasta ahora para nosotros. Y sí, puede que no dispongamos de los medios para saber más sobre ella, para dar con el lugar en el que se esconde, pero Argus sí.

—Para eso es el Subdirector General de Operaciones Especiales —dijo Ferenc de una manera irónica.

Vega miró al exprofesor como perdonándole la vida.

—Por si no te has dado cuenta, se está arriesgando por ayudarnos —le espetó con expresión severa—. Hasta el punto de poner en peligro ese cargo que tanto le ha costado y que tanta gracia te hace a ti.

Ferenc bajó la vista, visiblemente avergonzado.

—Tienes razón. No venía a cuento lo que he dicho.

—No, no venía a cuento. Y ahora déjate los ataques de celos y céntrate en ayudarme a descubrir el siguiente paso de esos cabrones.

—Yo no estoy celoso —trató de protestar el exprofesor con poco convencimiento y menos éxito, porque Vega ya estaba de nuevo concentrada en el manuscrito.

La detective pasó varias páginas hasta detenerse en una que ya estaba marcada.

—Aquí.

Ferenc se inclinó.

Ella leyó en voz alta.

—Hay errores que no desaparecen. Solo cambian de forma. Se quedan quietos durante años, como una raíz enferma bajo la tierra, hasta que un día vuelven a abrir la grieta exactamente en el mismo sitio.

»Algunas plantas crecen torcidas desde el principio. Otras se inclinan después, buscando una luz equivocada. El problema no está en ese tallo deforme sino en que nunca debió crecer, que las malas hierbas hay que arrancarlas de raíz.

»Así lo comprendió el profesor. Como también que el último acto debía celebrarse donde todo había empezado.

En el lugar sagrado del saber que había sido profanado una y otra vez.

Lo tenía decidido. El último día de curso, el de la fiesta de las togas y los adornos superfluos, sería el escenario perfecto para que el pasado reclamara su sitio.

Ferenc tardó unos segundos en reaccionar.

Después dejó escapar el aire lentamente.

—No me jodas.

Vega no dijo nada. No hacía falta. Los dos estaban pensando en lo mismo.

—Saint Elms. —El exprofesor pronunció esas dos palabras en voz alta como con miedo, como si, al hacerlo, invocara a algún ser infernal.

—Me temo que sí.

Ferenc se levantó de la silla y se puso a caminar presa del nerviosismo.

—Aunque puede que no sea eso —trató Vega de tranquilizarlo.

— El lugar sagrado donde el saber había sido profanado una y otra vez . Joder, Vega. Si, como parece, alguien nos ha hecho protagonistas de esa maldita novela, está claro cuál es ese lugar sagrado.

—De acuerdo, suponiendo que sea como dices, me parece que también tenemos claro cuándo va a pasar.

— Último día. Togas y adornos superfluos . La fiesta de graduación, en eso tampoco hay duda.

—¿Cuánto falta para esa fiesta? —preguntó Vega.

—Pasado mañana —aclaró Ferenc consultando en el móvil prepago—. A las siete de la tarde.

Hubo unos segundos de silencio en los que Ferenc volvió a sentarse, se apoyó en el respaldo y volvió a levantarse bajo la atenta mirada de Vega.

—Cada vez me gusta menos este libro —masculló mientras se dejaba caer de nuevo en el sofá.

—Te entiendo, pero al menos tiene algo positivo.

—¿El qué?

—Su final no está escrito. Así que debemos ser nosotros los encargados de escribirlo.

—Si intentas animarme, no lo has conseguido demasiado.

—Vamos, Ferenc, lo sabes tan bien como yo. Nuestra situación es desesperada. Si el siguiente movimiento está ahí, no podemos quedarnos esperando.

Ferenc la observó unos segundos antes de hablar.

—Hay algo que no me gusta.

—¿Solo una cosa?

—Si nosotros hemos llegado a esta conclusión, la policía también puede hacerlo.

—Entonces iremos con más cuidado.

—Eso es fácil de decir para ti —replicó Ferenc—. Te recuerdo que tengo una orden de alejamiento del centro, antecedentes suficientes para parecer inestable y media ciudad recordando ahora mismo que una vez entré armado en ese instituto.

La detective agachó la cabeza. Se la notaba cansada. Más de lo que quería hacer ver.

—Mira, lo entiendo. Sé que es demasiado. Tú haz lo que quieras, pero yo no pienso quedarme quieta esperando a que ese hijo de puta decida cuál es nuestro siguiente capítulo.

Dicho esto, Vega tomó la tablet con rabia y se fue con ella hasta el salón. Ferenc quiso decir algo, pero no supo qué. En lugar de eso, se quedó mirando las dos palabras destacadas en la pantalla del móvil.

Sofía Petrov.

Solo un nombre y un apellido sobreimpresos en una lámina de cristal. A su lado, el cursor parpadeando, aguardando tal vez su próximo movimiento. Podían tratar de escribir su propio destino, como era el deseo de Vega, pero tal vez este ya estaba escrito de antemano.