29
ALMA
La mañana amaneció con esa clase de calma extraña que solo existe después de una noche agitada.
Desde la ventana de la cocina, Alma Jensen observaba a dos vecinos hablar sobre el incidente de la noche anterior y del revuelo que se había montado después.
Más abajo, todavía quedaban restos del pequeño caos nocturno: un coche patrulla mal aparcado, la cinta policial ondeando de farola a farola y el murmullo intermitente de curiosos que aprovechaban cualquier excusa para asomarse.
La policía ya casi se había marchado, pero el barrio seguía comportándose como si esperara una segunda función. El morbo humano era así, Alma lo tenía claro, y era precisamente de lo que vivía.
La periodista dejó la taza de café sobre la encimera y se quedó pensativa.
Había vivido el incidente con equidistancia.
Había oído el disparo, sí, y después el festival de sirenas y luces.
Se había convertido en testigo de excepción del dispositivo policial desplegado a través de la ventana de su salón.
Incluso la habían interrogado —un par de preguntas protocolarias— antes de dejar que se fuera a dormir.
Para su sorpresa, había dormido de un tirón desde entonces y ahora, una vez despierta, lo observaba todo desde arriba, con esa frustración casi profesional de no haber estado en el lugar exacto cuando algo ocurría.
Cogió el móvil y revisó por inercia las notificaciones. Dos llamadas perdidas, ninguna importante. Un mensaje de redacción preguntando si podía adelantar el cierre de una pieza menor. Nada nuevo. Nada que justificara la sensación absurda de que algo seguía mal.
Sonó entonces el timbre y Alma frunció el ceño. No esperaba a nadie y no le apetecía recibir visitas en su día de descanso. Tuvo tentaciones de ignorarlo, hacer como que no estaba en casa, pero la insistencia de quien fuera y su curiosidad innata la condujeron hasta la puerta de entrada.
Abrió solo lo suficiente para reconocer al instante a la mujer que estaba al otro lado. Esa postura recta, esa expresión inalterable y, todo hay que decirlo, un pelín avinagrada, solo podían pertenecer a una persona.
—Buenos días, subinspectora Metz —la saludó con una mezcla de falsa amabilidad y retintín.
—¿Puedo pasar? —solicitó la otra impasible.
—Claro —le dijo Alma abriendo del todo y haciéndose a un lado—. Aunque si viene a preguntarme si he matado a alguien, preferiría acabar el café primero.
—No he venido por eso.
—Qué decepción.
Entraron en la cocina. Sabrina observó el espacio con una rapidez quirúrgica, casi clínica. Alma le señaló una silla, pero ella prefirió quedarse de pie.
—¿Qué sabe de lo que ocurrió anoche? —quiso saber la policía ahorrándose los preliminares.
—Que se montó un buen circo.
Sabrina asintió.
—Lo que tal vez no sabe es que, tenemos razones para pensar que usted era la protagonista involuntaria de ese circo. —Sabrina dejó que las palabras hicieran mella en Alma. La cara de desconcierto de la periodista le confirmó que lo había conseguido. Luego remató—. Protagonista fallida, por suerte.
—¿Qué quiere decir? —preguntó Alma tratando de disimular la sorpresa.
—Cuando recibí el aviso no le di demasiada importancia.
—Empiezo a sentirme un poco insultada —ironizó Alma dando un sorbo al café.
—Luego vi la dirección. —Sabrina no había dejado de mirar a la periodista directamente a los ojos desde que había comenzado a hablar—. Y recordé que era la suya.
El silencio se volvió algo más incómodo.
—¿Y eso qué cambia?
—En principio, nada. Una periodista vive en una calle donde alguien dispara. La ciudad sigue girando.
—Menos mal.
—Después recibí otra llamada. Y esa sí lo cambiaba todo.
—¿Le importaría ser más concisa? —le pidió Alma, ahora visiblemente nerviosa.
—¿Cómo descubrió el incidente en el Saint Elms? —preguntó a su vez Sabrina, cambiando por completo el giro de la conversación.
—¿Qué tiene eso que ver con lo de anoche?
—Probablemente nada.
Las dos mujeres se quedaron mirando sin hablar. Alma trataba de buscar una conexión. Sabrina esperaba la reacción de la periodista.
—Sabe que mi ética profesional me impide desvelar mis fuentes —dijo finalmente Alma aclarándose la garganta.
—La mía también, pero aquí estamos.
La periodista había entendido al fin el juego de la policía.
Le había dado la información justa para ponerla nerviosa porque sabía que era la única manera de sacarle la información que había venido a buscar.
Tenía que reconocer que había conseguido llevarla hasta donde quería.
Se dio unos segundos más para decidir qué podía decirle y qué no antes de hablar.
—Hace unos días se me acercó una mujer a la salida del canal.
Me dijo que su hijo estudiaba en el Saint Elms. Que un año antes se había dado un incidente.
Un profesor que había amenazado con una pistola a sus alumnos.
Según esa mujer, la cosa se había resuelto de manera discreta y ese profesor se había marchado casi de rositas.
—¿Cómo se llamaba esa mujer?
—Ya le he dicho más de lo que debía —replicó Alma tratando de recuperar parte de la ventaja perdida—. Ahora le toca a usted.
Esta vez fue Sabrina la que calló, la que calculaba hasta dónde podía llegar.
—Antes de nada quiero dejar claro que todo lo que le voy a contar es off the record . ¿Está claro?
Alma Jensen asintió.
—Está bien. —Sabrina pareció satisfecha—. En casa de Bastian Murdoch hallamos un manuscrito que relataba acontecimientos que han terminado reproduciéndose en la realidad con una precisión bastante incómoda. Un lingüista forense está analizándolo desde entonces.
Alma permaneció callada, esperando a que la policía continuara.
—Esa segunda llamada era suya.
—¿Qué decía?
—Me hablaba de uno de los capítulos del manuscrito, uno en el que se cuenta el asesinato de una periodista. La periodista que había sacado a la luz la verdad.
Alma se quedó inmóvil, sin capacidad de réplica. Pensó en el disparo. En los gritos. En la posibilidad de que alguien estuviera acechando en las sombras. En lo fácil que había sido asumir que lo ocurrido pertenecía a la vida de otros.
—Está diciendo que alguien vino anoche a matarme.
—Estoy diciendo que no me gusta demasiado la coincidencia.
—Eso es absurdo.
—Puede ser, pero prefiero no descartar nada.
Alma soltó una risa breve, a la que Sabrina contestó con un silencio más frío todavía.
—Ahora dígame el nombre de esa madre indignada.
La periodista, perdida en sus propios pensamientos y temores, tardó en procesar las últimas palabras de la policía.
—Leilah Sinclair dijo que se llamaba.
—¿Puede describirla?
—Rubia, bien vestida. Elegante. Dijo que llevaba mucho tiempo luchando contra las instituciones educativas para que se hiciera justicia.
—¿Le dio su número? ¿Alguna forma de contactar con ella?
—Lo cierto es que no. Desapareció con la misma rapidez con la que había aparecido.
—¿Parecía realmente una madre indignada?
Alma abrió la boca para responder y tardó un segundo más de lo previsto.
Entonces lo notó.
Ese pequeño desfase.
La conversación en mitad de la calle. La precisión con la que aquella mujer sabía qué decir. La forma en que había desaparecido después, como si solo hubiera ido allí a encender una mecha.
—En ese momento sí —admitió—. Ahora… no lo sé.
Sabrina asintió despacio, como si esa duda confirmara algo que ya sospechaba. Fue entonces cuando sacó la imagen que Mia Phillips le había impreso y se la mostró a la periodista.
—¿Es esta la mujer?
—No lo sé… Tal vez. La imagen no está muy clara.
Alma estaba en shock , la subinspectora podía detectarlo. Por ese motivo, le concedió unos segundos para que se recuperara, aunque fuera en parte.
—¿Ha vuelto a verla? —volvió a la carga transcurrida ese pequeña tregua.
—No.
—Qué conveniente.
—Para ella, sí.
Sabrina guardó unos segundos de silencio. Alma empezaba a odiar ese silencio más que las preguntas.
—¿Qué está pensando?
—Lo que yo piense no importa. Son los hechos los que debemos tener presentes. Y los hechos la apuntan a usted directamente.
—Eso suena tan poco útil como inquietante.
—Suele serlo.
Sabrina hizo un gesto con la cabeza a modo de despedida y luego se giró para marcharse. La conversación había terminado, aunque ninguna de las dos lo hubiera anunciado.
—¿Y ahora qué? —preguntó Alma.
—Ahora usted tiene mucho cuidado.
—Eso no parece muy tranquilizador.
—No pretendía serlo. —Las dos caminaron hasta la puerta, pero antes de salir, Sabrina volvió a hablar—. Si recuerda cualquier detalle sobre esa mujer, me llama. Cualquier cosa. A veces lo importante no está en lo que dicen, sino en por qué sabían exactamente cuándo decirlo.
La puerta se cerró y la casa volvió al silencio.
Pero ya no era el mismo.
Alma regresó despacio a la cocina, se sirvió otra taza de café y se dejó caer en el sofá del salón. Cerró los ojos un momento tratando de escapar de viejos fantasmas que habían regresado.
Tenía miedo, no podía negarlo.
Porque estaba acostumbrada a ser ella quien redactara las noticias.
Y acababa de descubrir que, quizás, llevaba unos cuantos días viviendo dentro de una.