Fugitiva (La monja detective 2) 28
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SAbrINA

La plaza Ferter estaba abarrotada desde primeras horas de la mañana. Gente entrando y saliendo de las tiendas, mesas ocupadas en las terrazas, conversaciones superpuestas que se mezclaban con el ruido constante del tráfico.

El local estaba situado justo en el centro del lateral de la plaza.

Sin duda, ese establecimiento era el candidato perfecto en vista del ángulo de las cámaras y el recorrido de los sospechosos.

Entró con decisión para encontrarse con un espacio cálido y ordenado donde los empleados atendían a la clientela con una simpatía que no parecía impostada.

—Soy la subinspectora Metz, de la División Criminal —se presentó cuando una chica joven vino a su encuentro—. Necesito hablar con la encargada.

—Encargada y gerente de modas Phillips —intervino Mia acercándose a Sabrina—. Y, si no le importa, podemos pasar dentro y hablamos de lo que quiera. Supongo que lo entenderá —añadió en clara alusión al bullicio que había en la tienda.

La policía asintió. Las dos mujeres pasaron a la trastienda y, de allí, al despacho de Mia. Esta le hizo un gesto con la mano a Sabrina y las dos se sentaron.

—Estoy investigando un caso de asesinato —aclaró la subinspectora yendo directamente al asunto que la había conducido hasta aquel lugar—. Bastian Murdoch, imagino que lo habrá visto en las noticias.

—Algo he oído, sí. Pero no sé qué tiene que ver conmigo.

—El sábado, sobre el mediodía, dos personas que podrían estar implicadas en dicho asesinato fueron vistas por esta zona. Quizás usted tenga información al respecto. —Sabrina sacó las imágenes de las cámaras y se las mostró a Mia.

—No sabría decirle. Los sábados suelen ser días complicados, con mucha gente a la que atender.

—Sí, ya me imagino —coincidió Sabrina con tono comprensivo. Dejó las imágenes sobre la mesa de Mia una a una, tomándose su tiempo. Fue entonces cuando decidió cambiar de estrategia—. Según tengo entendido, hace unos meses fue víctima de agresión.

Un leve gesto en la comisura de los labios. Nada más.

—Y por lo que he leído en el informe, una tal Vega Baker la ayudó.

—Así es —contestó Mia tratando de dar una respuesta controlada.

—Sin embargo, no parece haber reconocido a la señorita Baker en las imágenes que le acabo de mostrar.

La mujer volvió a mirar las fotografías y asintió lentamente.

—Sí, puede que sea ella pero, como comprenderá, es difícil estar segura con la falta de nitidez.

—Ya.

Sabrina dejó que el silencio volviera a actuar. Lo hizo mientras guardaba las imágenes en la carpeta con parsimonia.

—¿De qué conoce a la señorita Baker? —volvió a la carga cuando terminó de guardar todo el material.

—Contraté sus servicios. Creía que mi marido me era infiel y, a la vista de las pruebas, tenía razón.

—Eso no explica su presencia cuando se produjo la agresión.

—Fue casualidad. Venía a que le pagara cuando se presentó mi marido. Me agarró con fuerza, incluso me golpeó. En vista de sus intenciones, Vega sacó su arma e impidió que pudiera llegar más allá.

—Imagino que le estará muy agradecida a la señorita Baker por su providencial intervención.

—Mia Phillips no quiso comprometerse con su respuesta, así que prefirió guardar silencio—.

Hasta el punto de no delatarla, a pesar de estar en busca y captura si, pongamos por caso, se presentara en su establecimiento.

El silencio esta vez se hizo mucho más denso. Las miradas de una y otra se sostuvieron sin que ninguna de las dos pareciera dispuesta a ceder. Sin embargo, Sabrina Metz ya tenía lo que quería: una certeza en lugar de una intuición.

—Sé que Vega Baker estuvo aquí. Lo que no sé es el motivo.

—Vega no es una asesina. —Mia Phillips seguía mirando a la subinspectora sin pestañear—. Es imposible.

—Yo no he dicho que lo sea pero, si quiere ayudarla, es mejor que me diga lo que sepa.

Por primera vez desde que las dos habían entrado en el despacho, Sabrina quiso intuir un amago de duda en la mujer. Había llegado el momento de apretar un poco más y lo sabía.

—¿Por qué vino a verla la señorita Baker?

—Quería ver las grabaciones de las cámaras de seguridad —dijo finalmente Mia tras un par de segundos más de duda.

—¿Para qué?

—Ella y el otro hombre buscaban a una mujer.

—¿Qué mujer?

Como respuesta, Mia Phillips se puso en pie y fue hasta donde tenía almacenadas las grabaciones. Tomó la que le había enseñado a Vega y Ferenc y la reprodujo en el monitor. Al llegar al punto exacto marcado por la detective, congeló la imagen.

—Esta mujer —le dijo a la policía señalando la pantalla con el dedo.

Sabrina Metz se acercó y miró con detenimiento la imagen congelada, analizó a la mujer rubia parada en mitad de la plaza. No la conocía pero haría todo lo posible por darle remedio.

—¿Por qué la buscaban? —preguntó todavía con la vista fija en la pantalla.

—Ni idea.

—¿Sabían quién era?

—Diría que no, pero no estoy segura. Y ahora, si no le importa, tengo un negocio que atender. —La mujer se puso en pie y la policía también lo hizo.

—Solo una cosa más. —Mia dejó escapar un bufido de cansancio—. Necesito que me imprima la imagen de esa mujer.

Al salir a la calle, Sabrina volvió a mezclarse con el ruido de la plaza. Esta vez no se detuvo.

Ya tenía suficiente.

Que ella recordara, apenas había estado un par de veces en la sede de Operaciones Especiales.

No le gustaba demasiado. Y no por la rivalidad que existía entre los dos organismos policiales más importantes del País, sino porque detestaba el aire de suficiencia con la que la miraban todos aquellos con los que se cruzaba a su paso.

Para ella, la suya no era una profesión basada en la competitividad sino en la colaboración, en el cumplimiento del deber, y todos aquellos capullos con corbata no parecían entenderlo. Sin embargo, necesitaba ver a Norman y a esas horas solo podía estar en su despacho.

Sabrina llamó a su puerta y pasó. Desde el otro lado de su escritorio, Argus la observó detenidamente sin una expresión clara en su rostro.

—Subinspectora.

—Señor Norman.

No hubo saludo. No era necesario.

Sabrina avanzó un par de pasos y se sentó en la silla más cercana.

—Usted dirá —la animó Argus para que explicara el motivo de su visita.

—Hemos estado revisando algunos movimientos relacionados con el caso Murdoch.

Argus no respondió.

—Algunas de esas líneas nos conducen hasta su casa.

—No termino de entender.

El tono era correcto. Medido. Cordial incluso. A Sabrina no le sorprendió. En su anterior encuentro Norman ya había demostrado que contaba con los recursos necesarios para el cargo que ostentaba. Y el control de los sentimientos era uno de ellos sin duda. La diplomacia también.

—Tenemos razones de peso para pensar que Vega Baker y Ferenc Sanedor estuvieron moviéndose el sábado por la ciudad siguiendo un patrón muy concreto.

Argus cruzó los brazos.

—¿Y cree que eso tiene algo que ver conmigo?

—Ese patrón los condujo, en última instancia, a las inmediaciones de donde usted vive.

El silencio se instaló entre ellos durante unos segundos. Luego, Argus descruzó los brazos y esbozó una sonrisa.

—Vamos, subinspectora. Los dos conocemos cómo se juega a esto. Si lo que quiere preguntarme es si Vega vino a verme, hágalo directamente, sin rodeos.

—Está bien. —Está vez fue Sabrina la que cruzó los suyos en actitud defensiva—. ¿Fue a verle la señorita Baker el sábado por la noche?

—Sí. —Argus no movió ni un músculo mientras remarcaba esas dos letras.

—¿Y no la detuvo?

—No me competía hacerlo. Eso es cosa de la División Criminal.

—¿Quiere decir que tuvo al alcance de la mano a una sospechosa de asesinato y no hizo nada al respecto?

—Le aconsejé que se entregara. Hasta ahí llegaban mis funciones como Subdirector General de Operaciones Especiales.

—¿Y ella qué hizo?

—Marcharse. Lo cierto es que Vega no suele hacerme mucho caso.

Sabrina asintió despacio y luego prefirió cambiar de tema. Le incomodaba el cariz que estaba tomando la entrevista. Le pasaba siempre que alguien manejaba la conversación mejor que ella. Y eso no solía ocurrir muy a menudo.

—Ese mismo día, el sábado, visitó usted la universidad. La facultad de Lengua y Literatura, para ser más exactos.

Argus la miró por primera vez con algo parecido a interés.

—¿Eso también forma parte de la investigación?

—Todo forma parte de la investigación.

Un leve gesto de asentimiento.

—Fui a visitar a un amigo.

—¿A quién?

—A un profesor.

—¿Puedo preguntarle su nombre?

—Puede, pero no le voy a contestar. Eso forma parte de mi vida privada.

Sabrina no reaccionó, al menos en apariencia. Por dentro, sentía algo arderle y no le gustaba. No le gustaba nada cuando se sentía incapaz de mantener a raya sus emociones.

—De acuerdo —dijo poniéndose en pie y dirigiéndose hacia la puerta—. Eso es todo por ahora.

Sin embargo, antes de salir, se volvió y miró directamente a los ojos de Argus.

—Si la señorita Baker intenta ponerse en contacto de nuevo con usted —dijo—, le agradecería que nos lo hiciera saber.

Argus le sostuvo su mirada.

—Por supuesto.

Sabrina salió sin añadir nada más.

Al llegar a la calle se paró un momento a respirar aire limpio. Fue hasta su coche y se sentó con la puerta a medio cerrar. Sacó la carpeta con los informes y se puso a revisar las notas, a ordenar sus ideas.

El panorama se iba aclarando poco a poco.

Baker y Sanedor habían hablado con Laura Murdoch primero, con Mia Phillips después y con Argus Norman finalmente.

Estaban siguiendo algo.

Solo faltaba saber el qué.

O a quién.