Fugitiva (La monja detective 2) 27
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VEGA

La calle estaba casi desierta a esas horas.

Solo algún transeúnte ocasional distorsionaba el silencio que, por otro lado, se respiraba en aquel barrio apartado de la ciudad.

Había una hilera de farolas cuyas luces amarillentas conferían a aquel lugar de la zona oeste de la ciudad una atmósfera casi fantasmal.

La luz de las farolas recortaba la acera frente al edificio de Alma Jensen, un bloque de ladrillo claro y balcones estrechos. La periodista había llegado a su casa como una hora antes. Desde entonces, ya no había pasado nada más ni tampoco había entrado nadie en el edificio.

Vega y Ferenc hacían guardia desde la media tarde, como una pareja de policías de película mala. Habían navegado por Internet con el móvil, habían escuchado música y habían tenido tiempo de aburrirse de un modo que no habían podido imaginar.

Pero allí seguían. Custodiando una posibilidad más que una certeza.

Ferenc observaba el edificio de vez en cuando, pero lo hacía con menos convicción y bastante más cansancio que el que manifestaba Vega.

—Según el manuscrito, después de hacerse público el escándalo del instituto, la periodista encargada de sacarlo a la luz aparece muerta —dijo Vega sin apartar la mirada—. No desaparece. No recibe amenazas. Muerta. Y los responsables aparentes somos nosotros.

—Lo sé. —Ferenc se acomodó en el asiento por enésima vez—. También recuerdo que, en ese mismo manuscrito, parecemos dos personajes de una tragedia griega escrita por alguien con demasiado tiempo libre.

Vega soltó el aire por la nariz, tratando de contenerse.

—Alma Jensen acaba de sacar el reportaje.

Ha reabierto lo que pasó en el Saint Elms, te ha puesto a ti en mitad del escaparate y ha convertido una historia enterrada en munición de prime time .

Hasta ahora, todo lo que se narra en ese manuscrito ha terminado pasando.

Es lógico pensar que Alma es el siguiente personaje en aparecer.

—O no.

—O no.

Ferenc giró por fin la cabeza hacia ella.

—Eso es exactamente lo que intento decir. Quizás esto no sea más que una pérdida de tiempo. Puede que estemos aquí esperando una escena que solo existe porque alguien decidió escribirla pero que no necesariamente tiene que pasar en la realidad.

Vega guardó silencio.

—Lo que quiero decir es que ese manuscrito no tiene por qué ser una profecía.

—Mejor, porque no creo en las profecías.

—Empiezo a sospechar que sí.

—Creo en los patrones —replicó la detective mirando fijamente—. Y hasta ahora, todo lo importante ha seguido uno.

Hubo unos segundos de silencio en los que cada uno prefirió guardar para sí lo que pensaba. Luego, Ferenc volvió a mirar hacia el edificio.

—Lo que no dejo de preguntarme —dijo tras ese silencio— no es si Alma está en peligro esta noche. Es otra cosa.

—Sorpréndeme.

—Si ese manuscrito no es de Murdoch, ¿quién demonios lo escribió? ¿Y por qué lo dejó en su casa? ¿Con qué intención?

Vega no respondió. Era la pregunta que evitaban desde la mañana. La que permanecía debajo de todas las demás.

—Porque no estamos hablando de alguien que improvisa una novela barata —continuó Ferenc—. Esa persona nos conoce. Conoce a Murdoch. Conoce Saint Elms. Conoce mis errores y tus manías. Sabe demasiado para ser un observador lejano.

—Y decidió dejarlo en casa de Murdoch.

—Exacto. Eso tampoco es casual. Si quieres incriminar a alguien, lo colocas donde debe ser encontrado. Si quieres mandar un mensaje, eliges bien el cadáver.

Vega apoyó la cabeza un instante en el respaldo.

—Murdoch no escribió ese texto, pero sí estaba dentro de él de alguna forma.

—O lo descubrió demasiado tarde.

—Eso también.

—Desde que lo leí no dejo de pensar en eso. No en la trama. En el autor. En la necesidad de escribir algo así. Porque no parece un asesinato improvisado. Parece una corrección. Como si alguien estuviera convencido de que está poniendo las cosas en su sitio.

—Lo que está claro es que ese alguien ha decidido complicarnos la vida. A los dos.

—Sí. Y no me tranquiliza en absoluto.

—A mí tampoco.

Volvieron a callar. Ferenc cambió de nuevo la postura y Vega centró toda su atención en el edificio. Estuvieron así, sin hablar, durante más de media hora. Luego, el exprofesor se removió nervioso en el asiento y puso en palabras lo que ya había dejado claro un rato antes.

—Lo siento, pero a cada minuto que pasa más me parece una pérdida de tiempo.

—Puedes irte si quieres —le dijo Vega sin dejar de mirar el edificio.

—Sigo sin entender por qué tiene que ser aquí —continuó Ferenc ignorando el comentario de ella—. ¿Por qué en su casa? ¿Por qué de noche? Si realmente alguien quiere hacer de Alma una víctima útil, podría elegir otro momento, otro lugar...

—Aquí se siente segura.

—Eso no responde a nada.

—Pues yo creo que sí. La gente baja la guardia en casa.

Ferenc negó despacio.

—Sigue sonando a que estamos intentando encajar la realidad dentro de una teoría que nos conviene.

—No nos conviene nada de esto. Al menos a mí.

—Ya sabes a qué me refiero.

—Sí. Sé exactamente a qué te refieres —le espetó Vega girándose con rabia hacia él.

—Entonces entenderás que te diga que esto suena más a desesperación que a estrategia.

La frase quedó suspendida dentro del coche y Ferenc se arrepintió, en el mismo instante, de haberla dicho en voz alta. Se preparó para una réplica envenenada que no se produjo.

En lugar de eso, Vega abrió la puerta, salió del coche y la cerró con más suavidad de la que él esperaba.

Se alejó unos metros, en busca del amparo de las sombras.

Incluso aunque la empujara la rabia y la calle estuviera solitaria, se acordó de tomar las debidas precauciones.

A fin de cuentas, en esos momentos era la mujer más buscada en la ciudad.

En un primer momento, el exprofesor se quedó en el coche, maldiciéndose en silencio.

—Perfecto —murmuró para sí—. Brillante, Ferenc.

Esperó unos segundos —no demasiados—, y luego salió también a la noche fría. Había empezado a levantarse un viento incómodo que arrastraba un olor húmedo, de esos que anuncian lluvia.

Vega estaba junto a un árbol, con los brazos cruzados y la vista perdida al final de la avenida. Ferenc se acercó despacio.

—No era necesario que lo adornaras tanto —dijo ella antes de que él hablara—. Con «estás haciendo una estupidez» habría bastado.

—Lo pensé, pero me pareció poco elegante.

—¿Te han dicho alguna vez que no tienes sentido del tacto?

Ferenc asintió con resignación.

—He venido a pedir disculpas, así que te agradecería que no me dificultaras el proceso.

Ella no respondió y Ferenc lo aprovechó para continuar.

—No creo que estés equivocada. Creo que estás cansada. Y llevo días viendo cómo sostienes esto sin permitirte ni medio centímetro de margen. A veces no sé distinguir entre intuición y agotamiento. Eso es culpa mía, no tuya.

Vega bajó la mirada un instante.

—Estoy cansada, sí.

—Ya.

—Y también estoy desesperada. Lo confieso.

Ferenc no intentó negarlo.

—Lo sé. Se te nota más de lo que crees.

Vega estaba a punto de responder cuando ambos lo vieron.

Un hombre emergió de las sombras, a poca distancia de donde ellos estaban. Alto. Chaqueta de cuero. Paso firme. No miraba alrededor como alguien que busca una dirección, sino como alguien que ya sabe adónde va.

La expresión de Vega cambió de inmediato. Algo se había puesto en alerta en su interior. Podía no ser nadie o quizás… En cuanto el hombre advirtió su presencia y en su rostro se dibujó una expresión de sorpresa, la detective tuvo su confirmación.

Sin embargo, no dudó ni redujo el paso. Simplemente avanzó en su dirección.

Un golpe seco, brutal, directo a Ferenc, que apenas tuvo tiempo de rechazar. Vega reaccionó de inmediato, pero el hombre sabía exactamente cómo pelear: sin rabia, sin teatro, con eficacia. La empujó contra un árbol. El impacto le robó el aire.

Ferenc se abalanzó sobre él y los tres terminaron forcejeando en una maraña torpe y violenta de brazos, golpes y respiraciones rotas.

Nada elegante.

Nada heroico.

Solo supervivencia.

Vega logró golpearle las costillas con la rodilla. El hombre retrocedió apenas lo justo para sacar su arma.

—¡Vega! —gritó Ferenc mientras trataba de alcanzar el brazo que ya apuntaba hacia la detective.

El disparo sonó seco en mitad de la calle vacía. La ventanilla de un coche aparcado estalló en mil pedazos. La bala no había dado a nadie.

El hombre se puso en pie entre maldiciones a media boca. Tenía claro que el ruido había arruinado su margen así que echó a correr. Vega intentó seguirlo pero Ferenc la sujetó del brazo.

—¡Se escapa!

—Y si lo sigues puede que no seas tú quien vuelva.

Ella respiraba con violencia, furiosa. Pero sabía que tenía razón.

A lo lejos ya se encendían luces en algunos balcones. Tenían que desaparecer de allí y rápido. Corrieron hasta el coche y arrancaron lo más rápido que pudieron. Solo cuando se encontraban a una distancia prudente, se detuvieron. A lo lejos, ya se oían las sirenas de policía.

Vega se volvió hacia Ferenc todavía con el corazón desbocado y vio la sangre en la frente.

—Estás herido.

—Solo en mi orgullo, que ya venía bastante dañado.

—Eres un idiota —le dijo ella golpeándole con el codo amistosamente.

—También.

Durante un segundo permanecieron demasiado cerca, con la adrenalina todavía vibrando en el cuerpo y con la certeza incómoda de haber estado a apenas unos centímetros de algo irreversible.

Vega no se apartó.

Ferenc tampoco.

Fue un instante suspendido. No una decisión, sino una rendición breve. Sin pretenderlo, se fueron acercando, centímetro a centímetro, sin dejar de mirarse directamente a los ojos.

Y entonces vibró el teléfono.

Los dos cerraron los ojos casi al mismo tiempo.

—Voy a asesinar a la tecnología —murmuró Vega.

Ferenc dejó escapar una risa breve, todavía a unos centímetros del rostro de ella. Vega sacó el móvil y su rostro cambió. El nombre en la pantalla hizo que cambiara.

Era Argus.

Abrió el mensaje. Lo leyó y su expresión se endureció.

—Ya la tiene —dijo.

—¿A quién?

Vega levantó la vista. Toda la cercanía anterior había desaparecido. Solo quedaba la urgencia.

—A nuestra mujer rubia, a la falsa amante de Murdoch.

—Entonces empieza lo de verdad.

Vega guardó el teléfono y miró hacia la lejanía, en dirección a la calle de Alma Jensen. Las luces de los coches patrulla emitían sonidos intermitentes.

—No —dijo—. Me temo que esto empezó hace mucho tiempo.