Fugitiva (La monja detective 2) 26
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SAbrINA

Llevaba horas dándole vueltas a los mismos datos. Los tiempos. Las distancias. El recorrido. Hacía rato que había dejado de buscar en las imágenes lo que necesitaba encontrar. Lo que importaba no estaba ahí, sino en lo que conectaba unas con otras.

Se apoyó en el respaldo de la silla y cerró los ojos un instante, como si necesitara reconstruirlo todo desde el principio.

Calle Lovelace.

Después, la plaza Ferter.

Diecisiete minutos.

Cada vez tenía más claro que no era una huida. Era un trayecto.

Se inclinó hacia el teclado y abrió una nueva ventana. No volvió a las cámaras, sino que se metió de lleno en la base de datos. Empezó por lo más simple: el listado de locales de la plaza. Licencias, titulares, actividad. La información apareció en bloques ordenados, fríos, sin contexto.

Uno a uno.

Sin prisa.

No buscaba nada concreto. No todavía. Solo acotar el terreno.

Abrió el plano de la zona y lo cruzó con los establecimientos. Señaló mentalmente los puntos con mejor ángulo de visión, los locales desde los que alguien podía observar el flujo de gente sin exponerse demasiado.

Descartó varios de inmediato mientras que otros los dejó en espera. Redujo la lista, en definitiva. Sabía de la importancia de hacer de la paciencia su mejor aliada.

Y Sabrina Metz era muy paciente.

Entonces empezó a mirar nombres. De los propietarios de los comercios. También de los empleados. Sus fichas policiales, si las tenían, cualquier aspecto de relevancia. No tardó en encontrar uno que no encajaba con el resto. No por lo que era sino por lo que arrastraba.

Mia Phillips.

Sabrina detuvo el cursor sobre el nombre un segundo antes de abrir la ficha completa. Dirección, antigüedad del negocio, datos básicos. Nada fuera de lo común.

Hasta que cruzó la información. El sistema tardó apenas unos segundos en devolver coincidencias. Y entonces apareció una denuncia por violencia doméstica. Un altercado en su domicilio meses atrás. Sin consecuencias penales relevantes. Sin seguimiento mediático.

Un caso menor.

Sabrina abrió el atestado. Lo leyó sin detenerse, línea a línea, hasta que leyó su nombre.

Vega Baker.

Aparecía como testigo y, según el atestado, había tenido que intervenir para evitar males mayores.

No era una coincidencia. No podía serlo. Encajaba demasiado bien.

No necesitaba más.

Cerró el informe, apagó la pantalla y se levantó de la silla. Ahora sí tenía un recorrido.

Y tres puntos claros.

La puerta se abrió apenas unos centímetros antes de detenerse. Lo justo para ver un ojo al otro lado. En cuanto Laura Murdoch reconoció el rostro de Sabrina, terminó de abrir, aunque por su expresión no parecía hacerle demasiada ilusión que la policía estuviera de vuelta en su casa.

—Subinspectora Metz. ¿Qué hace aquí? ¿Tiene novedades?

—Pues lo cierto es que no estoy muy segura —aclaró Sabrina entrando en el domicilio de los Murdoch—. Pero tal vez sí pueda ayudarme en mi investigación.

La casa estaba en orden. Demasiado en orden.

La policía constató algo que ya había aventurado en su visita anterior, que posiblemente la viuda había buscado en la limpieza una forma compulsiva de sobrellevar tan difícil situación, de no pensar en la muerte de su marido.

De hecho, no había señales visibles de duelo más allá de lo estrictamente necesario.

Ni en la casa ni en el rostro de Laura Murdoch.

Avanzó un par de pasos y se detuvo en mitad del salón.

—No esperaba visita —dijo la viuda claramente incómoda.

—No nos llevará mucho tiempo.

No era una promesa. Era una advertencia.

Laura asintió con un gesto leve y cruzó los brazos, como si necesitara protegerse de algo que no terminaba de identificar.

—De acuerdo. ¿En qué puedo ayudarla?

Sabrina no respondió de inmediato. Observó el espacio, los detalles, la forma en la que Laura evitaba mirarla directamente a los ojos.

—¿Cómo le va?

—Bien, dadas las circunstancias —respondió Laura encogiéndose de hombros.

—¿En lo profesional también? Tengo entendido que regenta una tienda en la calle Lovelace.

Esta vez, Laura Murdoch tardó un poco más en responder. La policía dedujo que trataba de saber la intención de la pregunta.

—No me puedo quejar —dijo de forma neutra.

—¿Mucha clientela?

Laura dudó. Apenas un instante, pero suficiente.

—Lo normal. Hay días mejores y días peores, ya sabe cómo funciona esto.

—No, la verdad es que no lo sé.

Sabrina dejó que el silencio se alargara lo justo para incomodarla un poco más.

—¿Y cómo fue antes de ayer? ¿Diría que fue un día bueno o malo?

—No entiendo qué tiene esto que ver con…

—Solo trato de comprenderla un poco mejor, de saber de usted —aclaró Sabrina—. Aunque no lo parezca, en estos casos ningún detalle es insignificante.

—Normal —dijo Laura tras volver a dudar.

Sabrina dio un paso hacia ella, sin invadir su espacio, pero reduciendo la distancia lo suficiente como para obligarla a sostener la conversación.

—¿Es posible que, hacia el mediodía, alguien entrara preguntando por su marido?

Laura no respondió, pero algo cambió en su expresión. Lo justo para que Sabrina lo detectara.

—Si Vega Baker ha intentado ponerse en contacto con usted —añadió—, es importante que lo sepamos.

Laura apretó los labios, tratando de decidirse.

—Ya le he dicho todo lo que sé.

Sabrina le sostuvo la mirada unos segundos más antes de asentir. No iba a sacar nada más de ahí. Al menos, no de forma directa. Aunque, en realidad, tenía más que cuando había llegado a la casa de los Murdoch.

—De acuerdo —dijo. Luego, se dirigió hacia la puerta y, en el último momento, se detuvo—. Si recuerda algo, llámeme.

Laura tampoco respondió en esta ocasión.