Fugitiva (La monja detective 2) 25
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VEGA

Aunque se sabían perseguidos por la policía, la casa de Conrad a las afueras les aportaba cierta sensación de seguridad.

Estaba lo bastante apartada como para no llamar la atención y, al mismo tiempo, lo bastante cerca de la ciudad como para permitirles moverse con rapidez cuando era necesario.

No era un refugio perfecto, pero sí uno funcional.

A esas alturas, resultaba más que suficiente.

Mientras tanto, se agarraban a la creencia de que, entre aquellas cuatro paredes, todavía podían permitirse bajar un poco la guardia.

Habían hecho una incursión arriesgada dos días antes, habían dejado huella y probablemente la División Criminal ya estaría reconstruyendo parte de sus movimientos.

Solo faltaba saber hasta qué punto esa huella podía conducirlos hasta ellos.

La casa estaba envuelta en un silencio sepulcral que solo el murmullo lejano de la ciudad distorsionaba levemente.

Vega y Ferenc apenas habían pegado ojo y varias horas después de que se hubiera hecho de día, continuaban inmersos en su empeño por eliminar toda sospecha sobre su implicación en el caso Murdoch.

Cada uno a su manera, cada uno en un lugar de la casa.

Vega dejó el portátil sobre la mesa del salón y conectó el pendrive sin decir nada. Argus no había añadido una sola explicación. Ni una advertencia. Solo aquel gesto, casi fuera de lugar, antes de despedirse.

Ferenc tomó asiento frente a la pantalla y, durante unos segundos, no hizo nada. El dispositivo contenía un solo archivo con el título Escaneado del manuscrito Murdoch . El cursor parpadeaba encima, invitando al usuario a que lo abriera.

—Es de Bastian —informó Ferenc aunque la aclaración fuera innecesaria.

—Eso parece.

—¿Y de qué modo va a servirnos esto?

—Solo hay una manera de saberlo —dijo Vega al tiempo que, con ayuda del touchpad , hacía clic sobre el archivo para abrirlo.

Las primeras líneas aparecieron en negro sobre blanco, limpias, sin formato innecesario. Un texto directo, sin adornos, que no tardó en fijar un contexto.

Encabezando la primera página, se encontraron con una nota previa. Breve. Concisa. Aclaratoria.

Ferenc entrecerró los ojos mientras leía en silencio. No hacía falta que Vega se acercara para saber que aquello no era una introducción al uso. No había juego literario. No había ambigüedad.

Era una declaración.

Un texto atribuido a Murdoch en el que dejaba constancia de que aquello era su último trabajo. Una obra inconclusa. Un proyecto que no había podido cerrar y que, por motivos que no se explicaban del todo, quedaba tal como estaba.

Sin final.

Sin revisión.

Sin pulir.

Luego, cada uno se dedicó a una tarea diferente.

Vega estaba medio tumbada en un sofá, apuntando ideas y trazando esquemas en un cuaderno. Ferenc, por su parte, sentado en una mesa y con la pantalla de su portátil como único punto de atención, se había sumergido en el análisis del manuscrito de Murdoch.

De vez en cuando, Vega levantaba la cabeza y lo observaba en silencio.

Le recordaba al mismo Ferenc que, uno año antes, se había concentrado hasta la obsesión en el estudio del Códex Execratio , el libro maldito que había aparecido en Santa Rosalía.

Luego, volvía a lo suyo. No quería, por nada del mundo, desconcentrarlo.

La detective sabía que el documento digitalizado que Argus les había dado era la clave para alcanzar su objetivo.

Ferenc había agradecido al principio el silencio que reinaba en la casa, pero conforme se fue metiendo en la lectura del manuscrito, una sensación de desasosiego se fue apoderando de él.

Las primeras líneas no le dijeron nada que no esperara. Una voz narrativa firme, bien construida, con una sintaxis cuidada y una cadencia que buscaba deliberadamente cierto peso literario. Había intención. Había oficio.

Pero no había identidad.

Avanzó un par de páginas más, sin detenerse. Dejó que el texto fluyera, que marcara su propio ritmo. No buscaba detalles concretos. No todavía. Sin embargo, su ritmo de lectura se fue ralentizando con el paso de las páginas.

Se detuvo en una frase. Luego en otra. Volvió atrás. Releyó un párrafo completo y dejó escapar el aire de forma casi imperceptible.

No era una cuestión de estilo superficial. No era el uso de una palabra u otra, ni siquiera la construcción de las frases. Era algo más profundo. Más difícil de explicar y, al mismo tiempo, imposible de ignorar.

Murdoch no estaba ahí.

Murdoch no escribía así.

No en lo esencial.

Ferenc había leído lo suficiente como para reconocerlo sin necesidad de comparar textos.

Había compartido con él más de una conversación sobre literatura, sobre el proceso creativo, sobre la necesidad —o la ausencia de ella— de encontrar una voz propia.

Sabía dónde insistía, qué evitaba, cómo resolvía ciertas estructuras.

Y, no solo eso: en el tiempo que duró su amistad, Murdoch le confió en más de una ocasión sus artículos y trabajos para que le diera su opinión sincera. Si había alguien que conocía su trabajo, ese era Ferenc.

Sin embargo, necesitaba estar seguro antes de dar un veredicto, así que pasó otra página, luego otra, y otra más. Y, cuantas más páginas avanzaba, más se convencía de que el desajuste no paraba de crecer.

No era un mal texto. Todo lo contrario. Había inteligencia detrás, una planificación evidente, un control que no dejaba nada al azar. Pero precisamente por eso resultaba aún más evidente que no pertenecía a Murdoch.

Cerró los ojos un instante, como si necesitara aislarse del propio pensamiento. Cuando volvió a abrirlos, pronunció su sentencia en voz alta. Lo hizo sin mirar a Vega, sin mirar a nada en concreto.

—Este texto no es de Bastian.

Lo dijo sin énfasis, como si se tratara de una constatación inevitable.

—¿Estás seguro?

—Completamente.

Dicho esto, regresó a la lectura del manuscrito. Se centró esta vez en el contenido, no en la estructura. Y entonces empezó a notar algo distinto. Pequeños detalles que se iban sucediendo sin apenas importancia.

Referencias, casi insignificantes si se leían de forma aislada. Una descripción de un espacio. Un gesto. Una forma de moverse en medio de la gente. Elementos que, por separado, no significaban nada.

Pero juntos…

Ferenc frunció el ceño y retrocedió unas páginas. Buscó el inicio de aquel bloque y lo releyó con más atención.

La escena describía a dos personajes desplazándose por la ciudad. No se daban nombres. No era necesario. El foco estaba en la acción, en el movimiento, en la forma en la que ambos se desenvolvían en un entorno que parecía hostil y, al mismo tiempo, perfectamente conocido.

Había algo en esa dinámica. Algo que le resultaba incómodo. Familiar.

—Vega…

La detective levantó la cabeza y la dirigió en su dirección. En cuanto vio la expresión de alarma en la cara de Sanedor, dejó sus anotaciones y se puso en pie.

—¿Qué?

—Necesito que leas esto —le pidió mientras señalaba el texto.

La mujer recorrió los pocos pasos que la separaban de la mesa y se situó de pie, detrás de Ferenc. Repasó los párrafos que él le iba indicando. No tardó en llegar al mismo punto. Su expresión no cambió, pero su mirada se detuvo más de la cuenta en una frase concreta. Luego en otra y en otra más.

Cuando terminó, dejó escapar un suspiro y se incorporó.

—Me parece demasiada coincidencia, y ya sabes lo que opino de las coincidencias.

—No es solo eso —le dijo Ferenc pasando el documento varias páginas adelante—. Esto también.

Vega siguió el gesto y leyó despacio. La descripción de los personajes era sutil, casi tangencial.

No había rasgos físicos detallados, ni nombres, ni referencias directas.

Y, sin embargo, había algo en la forma en que estaban construidos, en la manera en que reaccionaban ante determinadas situaciones, que encajaba con una precisión inquietante.

Demasiado.

—¡Joder! —exclamó ella como mejor forma de resumir lo que sentía en ese instante.

Ferenc dejó caer la mano sobre la mesa y se recostó ligeramente en la silla. Por primera vez desde que había empezado a leer, apartó la vista del manuscrito. No era necesario seguir avanzando para entender lo que tenía delante.

—Esto no es una novela —añadió—. O no en el sentido en el que debería serlo.

Vega no respondió de inmediato. Todavía trataba de procesar la nueva información.

Luego, resistiéndose todavía a lo que parecía una certeza, volvió sobre las páginas anteriores, como si buscara algo que se le hubiera pasado por alto.

Algo que explicara lo que estaba viendo.

Pero cuanto más leía, más evidente resultaba.

No había improvisación en aquel texto. Había diseño.

El silencio, que había resultado reconfortante al principio, volvió a imponerse en la sala de una forma cada vez más incómoda. Vega volvió al sofá y se sentó apoyando las manos en las piernas.

—Alguien sabía que esto iba a pasar —murmuró Ferenc con la mirada fija en la pared que tenía enfrente.

—O alguien está haciendo que pase —replicó Vega.

—¿Pero por qué? ¿Para qué?

—Me temo que eso es lo que nos toca averiguar a nosotros. Pero, ¿sabes? Ahora contamos con una ventaja.

—¿Cuál?

—Conocemos los siguientes pasos y eso puede jugar a nuestro favor.

Ferenc asintió y luego ninguno de los dos dijo nada más.

No hacía falta.

La conclusión estaba ahí, suspendida entre ellos, más clara que cualquier palabra que pudieran añadir.

No estaban siguiendo una historia.

Formaban parte de ella.

Y eso cambiaba todas las reglas.