Fugitiva (La monja detective 2) 24
58%

24

SAbrINA

Sabrina Metz llegó a la división criminal con un café en la mano y cara de pocos amigos.

Había dormido mal y no sabía por qué. Quiso pensar que se debía a la investigación del caso Murdoch, pero de normal no solían afectarle las mierdas de su trabajo.

Tenía una capacidad innata para separar lo profesional de la nada que había cuando terminaba su jornada laboral.

Cuando enfiló el pasillo camino de su escritorio vio el informe que llevaba días pidiendo. No es que se hubieran ignorado sus órdenes, es que, simplemente, no había ningún registro hasta ahora, ninguna coincidencia física que pudiera aportar indicios sobre Vega Baker o Ferenc Sanedor.

No era extraño. En una ciudad como aquella, las cámaras registraban más de lo que nadie era capaz de procesar en tiempo real.

La mayoría de las grabaciones se almacenaban sin que nadie las revisara, a la espera de que algún detalle concreto obligara a volver atrás.

Llevaban días acumulando indicios inconexos, movimientos que no llevaban a ninguna parte.

Eso era exactamente lo que había pasado. Pero ahora había un informe y puede que ayudara a avanzar en una investigación que había entrado en una pausa desesperante para ella. Dejó el café con prisas y abrió la carpeta con un movimiento preciso.

Las primeras imágenes eran borrosas. Un cruce cualquiera, tráfico denso, peatones que iban y venían sin prestar atención a nada más que a su propio destino. La cámara estaba mal orientada, ligeramente elevada, con un ángulo muerto evidente en uno de los laterales.

Pasó a la siguiente y aquí sí se detuvo.

No era una prueba. Ni siquiera una identificación. Era solo una figura, captada de perfil durante apenas dos segundos, lo suficiente para que el algoritmo la marcara como posible coincidencia. El parecido físico era evidente: complexión similar, altura aproximada…

Nada concluyente, pero sí un dato a tener en cuenta.

Al analizar la siguiente fotografía, Sabrina tuvo claro que iba en la dirección correcta.

Se trataba de otra cámara. De otro punto en la ciudad.

Más tránsito, más gente, más interferencias.

La figura volvía a aparecer, esta vez de espaldas, avanzando entre la multitud con una determinación que no encajaba con la de alguien que intenta desaparecer.

Y esta vez no iba sola. La acompañaba un hombre que podía ser perfectamente Ferenc Sanedor. No podía ser una coincidencia.

Sin embargo, había algo más, una pregunta que la subinspectora se hizo de inmediato. ¿Por qué se exponían de esa manera si sabían que los estaban buscando?

—¿Cuánto tiempo entre una y otra? —le preguntó al agente que le había facilitado el informe.

—Diecisiete minutos.

Sabrina asintió, más para sí misma que para el agente.

Diecisiete minutos no eran un error. Ni una casualidad.

Era un trayecto.

Se levantó de la silla y se acercó al panel donde habían ido colocando las distintas piezas del caso.

Fotografías, mapas, anotaciones, líneas que conectaban nombres con lugares, hipótesis con hechos aún por confirmar.

Añadió los nuevos datos que aportaba el informe y se alejó lo suficiente para verlo todo en conjunto.

Durante unos segundos, no dijo nada. Se dedicó a mirar con detenimiento cada elemento, cada detalle.

Situó la vista en la calle Lovelace. Ese había sido el primer punto. Allí habían situado a Vega por última vez con un mínimo de certeza. A partir de ahí, todo se había diluido en suposiciones.

Ahora, aquel nuevo registro abría otra línea.

Tomó un rotulador del cajón de su escritorio y empezó a trazar círculos y líneas que iban uniendo puntos.

Este ejercicio le sirvió, no solo para establecer un itinerario plausible, sino también para confirmar lo que hasta ahora no era más que una pregunta en su cabeza.

Baker y Sanedor no solo se exponían públicamente en la ciudad, sino que se adentraban hasta la plaza Ferter, uno de los puntos neurálgicos. El riesgo de que pudieran ser descubiertos era muy alto y, aun así, no dudaban en hacerlo.

—No están huyendo —dijo al fin.

El agente frunció el ceño.

—¿Cómo?

—Si quisieran desaparecer, no se moverían así. No atravesarían zonas abiertas. No se dejarían ver en cámaras. —Se giró hacia él aunque en realidad pareciera hablar para sí misma—. Es otra cosa.

Volvió al informe y repasó las marcas temporales, los ángulos, la dirección de los desplazamientos. No era algo aleatorio.

—¿Qué hay en la plaza Ferter? —volvió a preguntar al agente. Este dudó un instante antes de responder.

—Comercios. Cafeterías. Tiendas… nada relevante.

—Todo es relevante —replicó Sabrina con mirada gélida.

Cogió otro de los documentos y lo dejó sobre la mesa. El nombre de Laura Murdoch destacaba entre las anotaciones, subrayado varias veces. Su tienda estaba en la calle Lovelace. No era difícil suponer que los sospechosos habían ido a vigilarla o a hablar con ella.

¿Pero por qué?

Sabrina no dijo nada, pero la conexión ya estaba hecha.

Primero Lovelace. Después la plaza. Demasiado cerca.

—Están buscando respuestas.

Aquellas tres palabras eran más un pensamiento en voz alta que otra cosa. Tampoco era una certeza, pero estaba cerca de serlo. Y eso cambiaba por completo el enfoque.

Se acercó de nuevo al mapa y empezó a trazar mentalmente una línea entre los puntos conocidos.

El último de ellos, el que partía de la plaza Ferter, conducía hasta una zona residencial.

No una línea recta, sino un recorrido lógico, teniendo en cuenta tiempos, trayectos, zonas de tránsito y posibles objetivos.

Había una dirección y tampoco esta era aleatoria.

Un área residencial, lo suficientemente apartada del centro como para no llamar la atención, pero bien conectada con las principales vías.

—Aquí —dijo.

El agente se inclinó para ver mejor.

—¿Qué hay ahí?

—Argus Norman. Vive cerca. —La subinspectora se quedó pensativa y luego regresó a la realidad—. ¿Algo que reseñar de la vigilancia a la que sometimos a Norman?

—No demasiado. Según la patrulla que lo sigue, no ha cambiado nada. Va del trabajo a casa y poco más. El único movimiento extraño fue una visita a la universidad hace dos días.

—¿Se sabe a quién fue a ver?

—No. Solo que entró en la facultad de Lengua y Literatura y estuvo allí por espacio de media hora.

—Donde trabaja Severus Reich, nuestro experto lingüista, la persona que se está encargando de analizar el manuscrito de Murdoch.

El agente asintió en silencio.

—Demasiadas coincidencias —murmuró la subinspectora.

—¿Qué quiere que hagamos? —preguntó el agente sin terminar de entender.

Sabrina dudó solo un instante. No tenía pruebas. Ni una sola que justificara una intervención directa. Pero tenía algo más importante: un patrón. Y, sobre todo, una intuición que rara vez fallaba.

—Seguiremos vigilando a Norman de manera discreta —dijo al fin—.

Nada de movimientos bruscos. Pero también vamos a vigilar su casa.

Tal vez Baker y Sanedor hayan contactado con él de alguna forma o tal vez los esté ocultando.

Eso todavía está por ver. Pero hablamos del Subdirector General de Operaciones Especiales.

Más nos vale no dar un paso en falso si no queremos tener problemas.

El agente asintió y Sabrina volvió sobre el mapa.

—En cuanto a mí, me parece que tengo por delante una larga jornada de trabajo de campo. Es lógico pensar que fueron a ver a Laura Murdoch y a Argus Norman. Ahora solo falta determinar para qué se arriesgaron a meterse en la plaza.

No necesitaba decir más.

Si Vega y Ferenc estaban allí, acabarían apareciendo.

Y si no lo estaban…

Tampoco tardarían en saberlo.

Se quedó sola en la sala unos segundos más, observando las imágenes impresas en el dossier. Aquella figura difusa, apenas reconocible, seguía ahí, suspendida en un instante que no terminaba de resolverse.

No era una huida.

Era una búsqueda.

Y eso significaba que, tarde o temprano, encontrarían algo.

O a alguien.

Y entonces ya no habría margen para el error.