23
ARGUS
El mismo día. Unas horas antes
Argus llevaba varios minutos mirando la pantalla con un gesto de fastidio que no podía disimular. Las noticias se repetían en bucle. El mismo titular. Las mismas imágenes. Las mismas dosis de sensacionalismo barato.
Y en todas esas noticias, había un nombre que se repetía de manera machacona: Ferenc Sanedor.
El hombre en el que Vega había confiado para desentrañar el Códex Execratio . Alguien a quien consideraba amigo. Con quien había estado a solas en más de una ocasión.
Alguien que se había presentado con un arma en el instituto Saint Elms. Que, según algunas fuentes poco fiables, había tratado de perpetrar una matanza entre su alumnado y que solo la intervención de la seguridad del centro había evitado.
Sí, esas eran fuentes poco fiables, pero no le generaba ninguna tranquilidad a él.
Porque ahora Sanedor se encontraba en paradero desconocido. Como Vega. Y no era difícil deducir que los dos podían estar juntos en esto.
Que los dos en verdad podían haber tenido algo que ver con el asesinato de Murdoch.
Argus Norman no quiso pensar en eso. Conocía bien a Vega. No era capaz de eso. Por otra parte, ¿la conocía de verdad? Sí, había tenido una tórrida relación en el pasado y ahora trataban de recuperar parte del tiempo perdido. ¿Pero esta Vega de ahora era realmente la que él conoció años antes?
Se dejó caer sobre el respaldo y se llevó una mano a la boca, pensativo. No era la primera vez que ella desaparecía sin dar explicaciones, pero esta vez era distinto. Esta vez había demasiadas piezas moviéndose a la vez.
Demasiadas variables fuera de control.
La lógica le decía que lo más sensato era mantenerse al margen. También lo correcto. Y lo más seguro para él, lo más conveniente, no podía negarse eso a sí mismo.
Dejar que todo siguiera su curso.
Que Vega hiciera lo que siempre hacía.
Sobrevivir.
La idea le duró apenas unos segundos. Por mucho que le fastidiara, con ella siempre sus sentimientos se anteponían a la lógica, a la sensatez.
Giró la cabeza hacia la chaqueta colgada en el respaldo de la silla. En el bolsillo interior seguía guardada la reserva que había hecho una semana antes.
Una mesa para dos.
Una ocasión especial exigía un lugar especial.
Y el cumpleaños de Vega lo era. Había dudado entre varios sitios.
Durante un instante se le pasó por la cabeza el Mistery Dreams .
Sonrió, casi sin darse cuenta. Hacía tiempo que ese restaurante en la mejor zona de la ciudad había cerrado, pero el recuerdo de la última vez que cenaron juntos antes de que ella se marchara seguía ahí.
Demasiado presente para un lugar como aquel.
Sin embargo, nada de eso importaba ya, porque no iba a suceder. No habría cena ni celebración de cumpleaños.
Por un instante, se vio reflejado en la pantalla del ordenador y sintió pena de sí mismo. Un sentimiento que dio paso a otro muy diferente: la rabia. No por ella sino por él. Si no iba a mantenerse al margen, y estaba claro que no, debía moverse, actuar, hacer algo distinto a la autocompasión.
Vega estaba en algún sitio, escondida, huyendo de algo o de alguien.
Y eso lo cambiaba todo.
Así que se puso la chaqueta y salió de su despacho.
No le llevó mucho tiempo encontrar el hilo del que tirar. Operaciones Especiales mantenía un contacto directo con la División Criminal, compartían casos, colaboraban estrechamente cuando era necesario. Solo había que preguntar a las personas indicadas. Solo había que hacer las llamadas precisas.
Siempre había alguien que hablaba más de la cuenta. Siempre había un punto débil.
No tardó mucho en ponerse al día sobre el caso Murdoch, en conocer hasta el último detalle de en qué punto estaba la investigación.
Y toda la información recabada confluía en un mismo elemento: un manuscrito en el que, al parecer, Sabrina Metz, la subinspectora responsable del caso, había centrado todos sus esfuerzos.
Conocía bien a Sabrina Metz. Al menos, conocía su reputación.
Y sabía, sin ningún género de duda, que era una persona metódica y pragmática, una profesional que no encomendaba el devenir de una investigación en algo poco sólido.
Si para ella, aquel manuscrito requería su atención, era porque podía resultar clave.
También para Vega.
Una nueva llamada le confirmó que había un experto lingüista dedicado al análisis del manuscrito. Argus se frotó las manos al escuchar aquel nombre: Severus Reich. Un habitual en la División Criminal cuando se requería de asesoramiento externo. Argus lo conocía y sabía dónde lo podía encontrar.
No recordaba haber vuelto a la Universidad desde que acabara Criminología.
Aquella etapa de su vida había pasado sin más, una necesidad que había de servirle como puente para lo que realmente quería: ser detective de homicidios.
Las circunstancias, sin embargo, terminaron llevándolo por otros derroteros.
Su paso por las aulas universitarias le sirvió, eso sí, para conocer a la mujer por la que ahora regresaba tantos años después. Allí se habían hecho amigos y allí se había enamorado de ella en un tiempo que ahora se le antojaba dolorosamente lejano.
Subió las escaleras y recorrió la amplia zona ajardinada que conducía a cada una de las facultades. La de Lengua y Literatura se encontraba casi al final, sobre una ligera elevación del terreno. Preguntó por Reich y el bedel de la puerta le indicó dónde podría encontrarlo.
El despacho del lingüista estaba especialmente desordenado, lo que le resultó curioso a Argus, dada la fama de meticulosidad que tenía Reich en los círculos académicos.
Había papeles por todas partes y libros repartidos sin ningún tipo de orden entre su escritorio, las sillas e incluso por el suelo.
—Que yo recuerde —dijo el lingüista a modo de saludo—, no teníamos cita.
—No, pero esperaba que me pudiera conceder unos minutos.
—¿Para qué?
—¿Para que me cuente lo que sepa del caso Murdoch?
—Creía que de eso se encargaba la División Criminal. No parece un asunto de Operaciones Especiales.
El policía no pasó por alto el retintín en las palabras de Reich. Sin embargo, trató de contener las ganas de soltarle algún improperio. Le gustase o no, tenía algo que necesitaba. Se acercó a la mesa despacio, midiendo los tiempos y su propio pulso.
—Necesito información —insistió.
El lingüista lo miró durante unos segundos antes de responder.
—Me temo que no puedo ayudarle —dijo a continuación—. La subinspectora Metz fue muy clara en ese sentido.
Argus apoyó las manos y se inclinó ligeramente sobre Reich. Seguía manteniendo la calma, pero su expresión había cambiado, se había vuelto más amenazante.
—No es una cuestión de poder. —Pausa—. Es una cuestión de querer.
El hombre negó ligeramente con la cabeza.
—Pues, en ese caso, no es que no pueda, es que además no quiero.
El lingüista sonrió con cierta malicia. A Argus nunca le había caído bien, siempre le había visto un aire de suficiencia en la cara que habría querido borrar de golpe desde hacía tiempo.
Y ahora tenía la oportunidad perfecta. Esperó a que el otro terminara de disfrutar de su momento de triunfo y luego habló, sin cambiar el tono.
—Así que no quiere. Supongo que tampoco querrá que se sepa lo del burdel de Meridia.
El efecto fue inmediato. El lingüista parpadeó, una sola vez, y luego abrió la boca para tratar de defenderse con un tartamudeo en la voz que lo delataba más que ayudarle.
—No sé de qué está hablando.
—Claro que lo sabe —continuó Argus esbozando ahora él una sonrisa triunfante—. ¡Qué momento más humillante! Contratar a tres prostitutas para montarse una orgía privada y sufrir semejante gatillazo. No me habría gustado estar en su lugar. Tuvo que ser muy desagradable.
El hombre desvió la mirada antes de abrir la boca de nuevo, esta vez por medio de balbuceos.
—No tiene pruebas.
—Si por pruebas se refiere a las fotos y las grabaciones que se conservan en la sala de custodia de Operaciones Especiales, me temo que sí las tengo. Y le puedo asegurar, sin ningún género de dudas, que no dejan lugar a la imaginación.
El lingüista guardó silencio. Unas pequeñas perlas de sudor afloraron en su frente. Se pasó la mano para quitárselas en un gesto casi involuntario. Se sentía acorralado y, por más que intentara buscar una salida, Argus sabía de sobra que no la había.
—¿Qué quiere?
—En primer lugar, saber qué tiene de especial ese manuscrito que está revisando para que sea del interés de la subinspectora Metz. En segundo lugar, que me haga una copia.
—No puedo hacer eso.
—No tiene otra alternativa.
El lingüista le sostuvo a Argus la mirada unos segundos más en lo que no era más que un último conato de resistencia.
Luego, la apartó y le resumió la importancia del contenido del texto de Murdoch en la investigación.
El policía lo dejó hablar sin cambiar la expresión en ningún momento.
Cuando hubo terminado, le hizo un gesto de apremio con la mano.
—Ahora el manuscrito.
—Joder…
Reich abrió uno de los cajones del escritorio y sacó un pendrive . Lo introdujo en su portátil y realizó las maniobras precisas para guardar una copia en el pequeño dispositivo.
—Quiero dejar claro que esto nunca ha pasado —dijo extrayéndolo de la ranura y alargando la mano para dárselo a Argus—. Usted nunca ha estado aquí ni yo le he dado esto.
El policía no respondió.
—Si alguien pregunta…
—Nadie va a preguntar —lo interrumpió Argus para, a continuación, darse la vuelta y salir del despacho sin añadir nada más.
Al cerrar la puerta, se detuvo un segundo en el pasillo. Miró el pendrive en su mano y concluyó que había hecho la parte más fácil. La más difícil era conseguir lo que la División Criminal no había conseguido hasta el momento: dar con Vega Baker.
Se planteó la posibilidad de llevárselo a Conrad Nego.
Con toda probabilidad, el viejo librero cascarrabias sabría algo sobre Vega.
Sin embargo, prefería darle a ella personalmente el dispositivo.
Trató de convencerse de que era porque no se fiaba de nadie, pero había en realidad otro motivo: deseaba verla, la echaba de menos.
Sacó su teléfono del bolsillo interior de la chaqueta y marcó su número, pero en última instancia no se atrevió a llamar. De sobra sabía que estaría intervenido. Al volver a guardarlo, se topó de nuevo con la reserva frustrada para cenar.
Decidió que no iba a decidir nada más esa noche. Sentía que estaba frustrado, cansado, que no pensaba con claridad. Volvería a casa y se serviría una generosa copa de vino. Puede que así viera las cosas con mayor perspectiva.
Fue entonces, al cruzar el parque que lo llevaba hasta la puerta de su casa, cuando Vega y Ferenc lo abordaron y estuvo a punto de sufrir un infarto.