22
ARGUS
Opresión en el pecho. Falta de aire. Sudor frío. Ritmo desenfrenado.
Si aquello no era un infarto, se le parecía demasiado.
Argus Norman dio un paso atrás, apoyándose en la pared, mientras intentaba recuperar el aliento. Vega y Ferenc habían aparecido de la nada. O, más bien, de detrás de unos matorrales que había en el parque que debía atravesar para acceder a su vivienda.
Cuando fue capaz de recuperarse en parte, lo suficiente como para comprender la situación, su mirada fue directa a Vega… y de ahí a Ferenc.
No dijo nada, aunque la tensión en su rostro hablaba por él.
—Necesitamos hablar —dijo Vega.
El policía miró con disimulo hacia todos lados antes de centrar otra vez la mirada en ella. No tenía ninguna certeza, pero era posible que la División Criminal lo tuviera vigilado tras los últimos acontecimientos, así que sacó el móvil e hizo como que estaba atendiendo una llamada.
—No —respondió secamente.
—Argus, por favor…
—No —repitió—. No después de cómo estás llevando las cosas.
Vega no varió el rostro a pesar del reproche.
—No había otra manera.
—Siempre hay otra manera —replicó Argus dejando escapar una leve sonrisa, sin humor—. Solo que tú siempre eliges la peor posible.
—No hemos venido a discutir —intervino entonces Ferenc, con tono neutro.
Argus lo miró por primera vez directamente.
—Tú no tienes nada que decir aquí.
El tono le dejó claro a Sanedor que era recomendable mantenerse al margen, tal y como le pedía el policía. Vega, por su lado, dio un paso adelante, lo suficiente como para acercarse a Argus, pero no lo bastante como para abandonar el amparo de las sombras.
—Esto no va de mí ni de ti. Ni siquiera de Ferenc.
—Sin embargo —respondió Argus, sin apartar la mirada del exprofesor—, no sé nada de ti durante días y, ahora, de repente, apareces con él.
Vega no respondió y eso le bastó a Argus para terminar de confirmar algo que ya creía saber.
—Perfecto —murmuró negando con la cabeza.
El policía volvió a analizar el entorno.
Igual era una paranoia suya, pero una con base después de todo.
Tenía la sensación de que alguien lo seguía.
Así que más valía tomar todas las precauciones posibles, por si la División Criminal estaba cerca.
Solo esperaba que, de ser así, se mantuvieran a distancia suficiente como para no interpretar la escena como lo que realmente era: un alto cargo de la policía hablando con dos fugitivos en lugar de estar ayudando en su detención.
—Bueno, dime. ¿Qué quieres ahora de mí? —Esta vez, la mirada seca, encendida, iba destinada a Vega.
—Eso no es justo, Argus. No siempre recurro a ti para que me ayudes.
—Pero esta vez sí. ¿Me equivoco?
Vega volvió a guardar silencio y el policía encontró la respuesta a su pregunta en ese silencio.
—Está bien. ¿Qué necesitas?
—Identificar a alguien —respondió Vega sin rodeos. A esas alturas, no eran necesarios.
—¿Quién?
—Una mujer —le aclaró Vega, sacando el papel impreso y mostrándole la imagen de la mujer rubia.
Argus la observó unos segundos. Su expresión no cambió, pero algo en su postura sí lo hizo.
—Es una grabación de seguridad. ¿De dónde ha salido esto?
—No importa.
—Claro que importa. Todo importa desde el momento en el que decidiste escapar desoyendo mis consejos.
—No para esto.
Se produjo un nuevo silencio. Argus miró a Vega durante largo rato y luego volvió a la imagen.
—¿Qué sabéis de ella?
—Nada —respondió Vega—. Solo que está relacionada con el caso.
—Eso ya lo suponía. —El policía los miró a ambos antes de continuar hablando—. ¿Y ahora qué? ¿Esperas que me valga una vez más de mis recursos para identificar a una mujer porque me lo pide la principal sospechosa de un caso de asesinato?
—No. Solo espero que me digas si puedes hacerlo. No porque te lo pido yo, sino porque tú mejor que nadie sabes que no lo hice.
—Siempre ha sido así entre nosotros y lo acepto, es tu juego. Pero esta vez no, hoy no.
—¿Y qué tiene hoy que sea distinto?
—Da igual.
Argus bajó la mirada y, cuando la volvió a levantar, había un brillo diferente en sus ojos, más relajado.
—Puedo intentarlo —dijo finalmente.
—Gracias. He comprado unos teléfonos desechables. —Vega alargó la mano y le ofreció uno. Argus se acercó lo necesario y lo guardó con disimulo en el bolsillo de su chaqueta—. Así podemos estar en contacto sin que nadie se entere.
—Veo que lo tienes todo pensado —dijo él con un tono que quiso ser irónico pero que resultó ser más amable de lo que le habría gustado.
En ese instante, Vega habría querido lanzarse sobre él.
Buscar el calor de uno de sus abrazos que tanto echaba de menos.
Besarlo sin importarle las consecuencias.
Pero esa era la cuestión, las consecuencias de actuar con el corazón en lugar de con la cabeza.
Y, en esas circunstancias, podían ser nefastas para los tres.
—Sé que es mucho lo que te pido.
—Como si te importara.
—Claro que me importa. Tú me importas.
Argus Norman no pudo evitar la risa amarga que vino a continuación.
—Ya no estoy seguro de eso. Hoy no. No después de lo del hotel. No después de desaparecer sin dejar rastro.
—No tenía otra opción —trató de defenderse Vega.
—Sí que la tenías. La sigues teniendo —Argus hizo un gesto en su dirección pero reprimió las ganas en el último momento.
—Deberíamos irnos —dijo Vega ignorando las palabras de Argus.
El policía asintió sin añadir nada más. La detective y Ferenc se giraron dispuestos a desaparecer como habían llegado, amparándose en las sombras. Cuando solo habían dado un par de pasos, la voz de Argus los detuvo.
—Vega.
Ella se volvió y regresó al punto exacto en el que la oscuridad terminaba y la luz podía delatarla. Argus la observó unos segundos, como si estuviera calibrando si debía hablar o no.
—Feliz cumpleaños —dijo finalmente esbozando una sonrisa cansada al tiempo que sacaba un pequeño objeto del bolsillo y se lo ofrecía.
Dicho esto, Argus Norman guardó su móvil, se giró y se marchó camino de su casa.
Vega tardó un momento en reaccionar. Luego, mientras miraba el pendrive que el policía le acababa de dar, cayó en la cuenta de que en verdad era su cumpleaños.