21
VEGA
La tienda de la plaza Ferter hacía esquina.
No era grande, no en exceso, pero se notaba la categoría nada más mirarla desde fuera.
Los escaparates ocupaban toda la fachada, amplios y cuidados, con una iluminación cálida que realzaba cada pieza expuesta.
Nada estaba colocado al azar: pocos artículos, bien seleccionados, dispuestos con un criterio casi museístico que invitaba a detenerse incluso aunque no se tuviera intención de entrar.
El interior mantenía esa misma lógica. Espacio despejado, estanterías de líneas elegantes y materiales nobles, madera clara y detalles metálicos discretos.
La luz, suave y bien distribuida, evitaba sombras innecesarias y contribuía a una sensación de orden y calma.
No era una tienda pensada para vender rápido, sino para que el cliente permaneciera, observara y, si decidía comprar, lo hiciera con la certeza de estar llevándose algo elegido con criterio.
Ferenc no terminaba de acostumbrarse a aquella situación.
Le fascinaba la capacidad de Vega para mantenerse tranquila a pesar de que la policía andaba buscándola y su foto aparecía ya en todos los medios nacionales.
Sin embargo, ella era capaz de meterse en uno de los puntos neurálgicos de la ciudad, la plaza Ferter, sin inmutarse.
Él, sin embargo, seguía tenso a pesar de sus esfuerzos por aparentar normalidad.
—¿Todavía no comprendes el comportamiento humano? —le había dicho ella al detectar sus reticencias—. Cuanta más gente haya, más desapercibidos pasaremos. Además, en las grandes ciudades cada uno va a lo suyo, sin fijarse en los demás.
Pero ni con esas conseguía relajarse Ferenc.
El movimiento en la tienda era constante.
Gente entrando y saliendo, conversación baja, el sonido continuo de la puerta al abrirse y cerrarse.
Vega se detuvo unos segundos antes de entrar, observando el interior.
Luego, los dos pasaron dentro. Había cuatro empleados atendiendo a la clientela, pero una de ellas destacaba por encima de los demás.
Tenía un porte elegante y se notaba que era quien manejaba el cotarro en aquel lugar. La jefa. La dueña.
En cuanto los vio entrar, levantó la cabeza y su expresión concentrada cambió por completo. Saludó a Vega con una sonrisa de oreja a oreja. Le hizo un gesto con la mano para que pasaran a la trastienda, situada al otro lado de una cortina.
—¿De qué la conoces? —preguntó mientras esperaban dentro a que la mujer terminara de atender a un par de clientes.
—Se llama Mia Phillips. Me contrató hace unos meses para que investigara a su marido.
Aquel tío no es que le fuera infiel, es que se acostaba con cualquiera que le dedicara una sonrisa.
Recabé las pruebas y se las llevé. Las fotos, las evidencias, solo confirmaban lo que ella ya sabía, siempre es así.
»La cuestión es que solicitó el divorcio pero él no estaba dispuesto a aceptarlo.
Se puso violento con ella y, si no llega a ser porque casualmente yo había ido a su casa para cobrar mis honorarios y me interpuse entre los dos, pistola en mano, no sé qué habría podido ocurrir.
Nada bueno, eso seguro. Desde entonces, Mia me tiene como a una de sus personas favoritas, así que estoy convencida de que no va a haber problema para que nos deje ver las grabaciones de ese día.
—Vega… —dijo la mujer apareciendo de repente y abrazando a la detective con efusividad—. No me lo puedo creer. ¿Estás bien? —le preguntó, mirándola con una mezcla de alivio y preocupación—. He visto las noticias…
Vega asintió levemente.
—Estoy bien.
La mujer negó, como si no terminara de creérselo.
—Estoy de tu lado, ¿lo sabes? Si necesitas cualquier cosa…
—Lo cierto es que sí. Necesito ver las grabaciones de tus cámaras de seguridad.
La mujer parpadeó, sorprendida por el cambio de tono, pero no dudó.
—Claro. Por supuesto. —Luego miró a Ferenc un instante—. ¿Y él?
—Está conmigo. Es una larga historia
La mujer asintió.
—De acuerdo. Venid conmigo.
Los condujo entre las estanterías que, a un lado y otro de la pared de la trastienda, almacenaban los artículos que esperaban para ser vendidos. Al fondo, había una puerta metálica y detrás, el despacho de Mia Phillips. Había un escritorio, una pantalla y el sistema de grabación conectado.
—No sé exactamente qué día… —empezó a decir.
—El sábado pasado —la informó Vega—. Por la mañana. Sobre el mediodía.
La mujer se sentó frente al ordenador y empezó a navegar entre las grabaciones hasta que dio con la que buscaba. La imagen de la calle apareció en pantalla. La cámara enfocaba la acera, justo frente a la tienda. Parte de la plaza quedaba fuera de ángulo.
Se veía un constante ir y venir de personas. Siendo sábado, a esas horas la plaza Ferter estaba atestada de gente. Esa circunstancia se convertía en una dificultad añadida para poder dar con Laura Murdoch o con la enigmática mujer que podía ser la clave de todo.
Cuando llevaban más de media hora analizando las imágenes y la moral, sobre todo en el caso de Ferenc, comenzaba a decaer, algo llamó la atención de Vega.
—¡Espera! ¿Puedes retroceder un poco? Despacio.
Mia hizo lo que le decía. Las imágenes se ralentizaron. A priori, no había nada especial en ellas. Una pareja cruzando mientras sonreía. Un hombre hablando por teléfono con bolsas de compra. Una madre riñendo a sus hijos… Lo normal.
Entonces Vega volvió a hablar.
—Ahí.
De inmediato, Mia detuvo la imagen. Una mujer rubia acababa de entrar en el encuadre. Vestía de forma llamativa. Colores vivos. Movimientos seguros. Caminaba sin prisa, como si supiera exactamente a dónde iba.
—Es ella —dijo Vega mientras se acercaba un poco más a la pantalla.
—¿Estás segura? —preguntó Ferenc acercándose también.
—Completamente. Es la misma que estaba con Murdoch en aquel café. La misma que lo acompañaba en el hotel… Tiene el pelo rubio, sí, pero es la misma. Supongo que llevaba una peluca.
Mia y Ferenc se giraron al unísono para mirar a Vega.
—Pero hay algo más —continuó ella tras esa pausa—. Entonces, cuando los seguí hasta aquella cafetería, noté algo que entonces no comprendí, pero ahora sí.
—¿A qué te refieres?
—Quise ver cierta familiaridad en ella, como si la conociera de antes. Pero no era eso, ahora lo entiendo. No estaba viendo una cara familiar. Me estaba viendo a mí misma.
—¿Me he perdido algo? —Esta vez era Mia Phillips la que no comprendía.
—Lo que quiero decir es que esa mujer, sea quien sea, me estaba imitando. Mismo color de pelo, la ropa oscura…
—¿Con qué propósito?
—¿No es evidente? Para que todo el mundo pensara que era yo la amante de Murdoch, para que creyeran que fui yo quien lo mató.
Los otros dos se quedaron mudos ante esa revelación.
Mientras tanto, la grabación había continuado y, en un momento dado, Laura Murdoch apareció en pantalla.
Se la veía caminar despacio, con paso dubitativo mientras no paraba de mirar hacia atrás, hacia un punto inconcreto que el ángulo de la cámara no cubría.
—Justo antes de eso debió producirse el encuentro. Esa mujer habló con Laura para ponerme en el punto de mira. Sabía lo que hacía y lo que debía decirle. Así empezó todo esto.
Laura Murdoch salió definitivamente del plano y Vega le pidió a Mia que retrocediera al momento exacto en el que la mujer rubia aparecía en escena. La imagen quedó congelada y los tres se dedicaron a mirar aquel rostro anónimo que, de momento, no tenía nombre.
—¿Podrías imprimir la imagen? —preguntó la detective a la dueña del establecimiento.
—Claro.
Un minuto después, dicho rostro estaba en el papel. Vega se lo guardó en un bolsillo interior y, a continuación, le dio las gracias a Mia Phillips.
—Ten cuidado —dijo esta cuando los tres se disponían a salir de la trastienda.
Vega se limitó a asentir esbozando una sonrisa y luego se dirigió hacia la puerta acompañada de Ferenc. Salieron de nuevo a la plaza. El ruido regresó. Gente. Conversaciones. Normalidad.
—Imagino que el siguiente paso es dar con esa mujer —aventuró Ferenc mientras los dos se perdían entre el marasmo de gente yendo y viniendo.
—Sí.
—La amante de Murdoch…
—A estas alturas, ya no lo tengo tan claro.
—Entonces, ¿qué es?
Vega observó la plaza unos segundos justo antes de abandonarla.
—La clave para que podamos salir ilesos de esta ratonera en la que alguien se ha empeñado en meternos.