20
SAbrINA
Sabrina Metz estaba de un humor de perros esa mañana.
Primero Vega Baker. Ahora Ferenc Sanedor.
Las dos personas implicadas en el caso Murdoch habían desaparecido y, sin ellas, la posibilidad de avanzar en la investigación se reducía a casi nada.
Un par de testigos que solo habían servido para perder el tiempo y un tercero que decía haber visto a la detective por la calle Lovelace, testimonio que no pudo ser confirmado.
En cuanto regresó a la División, la avisaron de que Severus Reich la estaba esperando en una de las salas de reuniones. Sin perder un momento, se encaminó por el largo pasillo. Al abrir la puerta, encontró al lingüista mirando su móvil en actitud distraída.
—Siento haberlo hecho esperar.
—No se preocupe —dijo el hombre guardando el móvil y abriendo la tapa de su ordenador portátil—. Soy una persona paciente. Solo de esa manera puedo dedicarme a lo que me dedico.
—Ya. —La subinspectora ocupó la silla contigua a la del experto—. ¿Ha podido revisar el material?
El lingüista asintió sin entusiasmo, no porque la información que traía fuera superflua, sino porque formaba parte de su naturaleza.
—Lo suficiente.
—¿Y bien? —preguntó Sabrina con impaciencia al ver que el otro no se arrancaba.
—No es un texto convencional —habló finalmente mientras giraba con lentitud la pantalla hacia ella.
—Eso ya lo sé.
—No me refiero al contenido —respondió él—. Me refiero a cómo está construido.
Sabrina miró al lingüista sin comprender y luego se fijó en la pantalla. El documento mostraba varias páginas de texto continuo, con anotaciones al margen.
—He revisado las estructuras —continuó el experto—. Sintaxis, repetición de patrones, distribución de la información… lo habitual.
—¿Y?
El hombre tamborileó con los dedos sobre la mesa mientras hacía un rictus extraño con la boca.
—Que a prori no hay nada reseñable.
Sabrina se encogió de hombros para hacer patente su desconcierto.
—Pero entonces me centré en el contenido, en la trama… Hay sí algo que no encaja.
—Explíquese —le pidió la subinspectora, con la paciencia al límite..
—El texto describe situaciones que, en teoría, todavía no habían ocurrido en el momento en que fue escrito.
—Eso ya lo hemos contemplado —dijo Sabrina—. Podría tratarse de una reconstrucción posterior.
El lingüista negó con la cabeza.
—No encaja con una reconstrucción.
—¿Por qué? —Sabrina frunció levemente el ceño.
—Porque en una reconstrucción siempre hay desajustes —respondió él—. Omisiones, errores de perspectiva, incoherencias menores. Aquí no. —El experto se inclinó hacia delante mientras señalaba un par de líneas en la pantalla—. Aquí todo está… demasiado bien encajado.
Sabrina le sostuvo su mirada esperando que el experto fuera más claro y más rápido en su análisis.
—¿Qué significa eso exactamente?
—Que no parece escrito después —se explicó el hombre dudando un segundo antes de responder—. Luego hizo una pausa—. Parece diseñado.
—¿Diseñado para qué?
—Para que ocurra así.
La frase quedó suspendida en el aire unos segundos. Sabrina volvió a mirar la pantalla y luego a su interlocutor.
—Eso es una interpretación.
—Sí.
—¿Tiene algo más sólido?
—Depende de lo que considere sólido.
—Me refiero a datos. A algo que me permita reconducir la investigación hacia algún lado. Hechos que me permitan dar con el responsable de la muerte de Murdoch.
—Hay repeticiones de estructura en momentos clave —explicó Reich haciendo clic con el ratón. Varias anotaciones resaltadas aparecieron en el texto—. Introducción, desarrollo, giro… siempre en los mismos puntos. Como si alguien estuviera siguiendo un esquema previo.
—Eso no es extraño en literatura, ¿no?
—No —admitió él—. Pero aquí no hay variación.
Pausa.
—Es… mecánico. Demasiado, diría yo.
—¿Está diciendo que alguien ha escrito esto siguiendo un patrón? ¡Qué novedad!
—Estoy diciendo que no parece el resultado de una escritura orgánica. Sí, muchos escritores no escriben ni una sola palabra hasta que lo tienen todo perfectamente estructurado y planificado, pero esto es distinto.
Silencio.
—¿Y eso qué implica?
—Implica intención.
—Todo texto tiene intención.
—No de este tipo. Aquí la intención no es contar algo —argumentó señalando de nuevo la pantalla—. La intención es que suceda.
—No soy muy ducha en la escritura, pero creo que intenta decirme que Murdoch era una especie de Nostradamus que escribió cosas antes de que sucedieran.
—Dicho así, suena hasta ridículo.
—¿Cómo debe decirse entonces? —La subinspectora le dedicó una mirada dura al experto.
—Lo único de lo que estoy seguro es de que había previsión, intencionalidad futura en el texto, nada más que eso.
—Eso está muy bien, pero todavía no tengo claro que me sirva en mi investigación —Sabrina se reclinó sobre la silla—. ¿Ha encontrado algo que relacione directamente el texto con los hechos?
—No de forma concluyente.
—¿Y de forma no concluyente?
El lingüista suspiró.
—Tal vez. —El experto volvió a dudar antes de decidirse—. En mi opinión profesional, creo que hay una coherencia interna que no suele darse cuando alguien escribe sobre personas reales.
—Explíquese —le pidió Sabrina cruzándose de brazos.
—Cuando se escribe sobre personas reales —dijo—, siempre hay... ¿Cómo decirlo? Contradicciones. Detalles que no encajan del todo. Sin embargo, aquí no.
—¿Y eso es malo?
—Es improbable.
Se produjo un silencio en el que el experto se quedó a la expectativa mientras Sabrina evaluaba las verdaderas posibilidades de aquel diagnóstico.
—De acuerdo —dijo finalmente ella levantándose—. Si encuentra algo más…
—Se lo haré saber.
Sabrina asintió y se dirigió hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo.
—Doctor. —El hombre levantó la vista—. Si tuviera que resumirlo en una frase, ¿qué diría?
—Que quien escribió esto no estaba contando una historia. —Señaló el documento—. Estaba marcando un camino.
Sabrina no respondió. Abrió la puerta y salió. En el pasillo, el ruido de la comisaría volvió a envolverla. Durante unos segundos no se movió. Luego echó a andar dándole vueltas a todo.
Sentía que a cada paso que daba el caso se le iba yendo más de las manos, que todo se estaba enredando de una manera diabólica.
Sin embargo, lo que sí tenía claro era que la hipótesis más sencilla había dejado de parecerle suficiente.