Fugitiva (La monja detective 2) 19
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VEGA

Sabía cómo moverse sin ser vista. Esa era una parte esencial de su trabajo.

Cubrir el rostro con unas gafas o con algún otro complemento siempre era de ayuda.

Pero la clave estaba en comportarse con naturalidad.

Incluso aunque las circunstancias —como la presencia de una pareja de policías en mitad de la acera— no fueran las mejores.

Ferenc, en cambio, no ayudaba en ese sentido. Sudaba copiosamente, trataba de no mirar a todas partes pero terminaba por dedicar miradas continuas al par de agentes y su postura rígida lo obligaba a caminar de una manera muy extraña.

—Pareces un pato mareado con problemas estomacales —le dijo Vega tomándolo del brazo mientras le susurraba al oído—. Trata de relajarte o esos dos van a terminar por descubrirnos.

—Como si fuera tan fácil…

—Lo es. Tú solo déjate llevar.

La detective se acercó todavía un poco más a él, en actitud cariñosa y pasaron por el lado de los policías sin que estos, en apariencia, se percataran de su presencia. Solo cuando se hubieron alejado lo suficiente, Ferenc volvió a respirar.

Aunque no se relajó del todo, al menos sí consiguió caminar sin parecer que tuviera calambres. Cuando llegaron a la tienda, miraron a través del escaparate. Había un par de clientes en el interior. La hora del cierre estaba cerca, así que no tenían más que esperar.

Un rato después, la tienda se quedó vacía y Vega supo que había llegado el momento de entrar. Laura Murdoch estaba detrás del mostrador recogiendo sus objetos personales antes de marcharse.

El sonido de la puerta al abrirse hizo que levantara la vista.

—Vamos a cerrar —informó con cara de fastidio.

Durante un instante no reaccionó. Luego, al reconocer a Ferenc, su expresión cambió levemente. Su cara se tensó pero se mantuvo en su sitio. «Mejor eso a que no se lance a llamar a la policía», pensó Vega.

—Ferenc… No deberías estar aquí —dijo Laura casi en un susurro—. He visto… He visto lo de la televisión. Lo tuyo en el instituto…

—Laura, lo siento. —Sanedor se acercó despacio, pero al ver que ella retrocedía un paso, prefirió mantener la distancia—. Por todo. Por lo de Bastian, por ti. Pero yo no he tenido nada que ver. Lo sabes, ¿verdad?

—Yo ya no sé qué creer.

Se hizo un silencio breve. Entonces los ojos de Laura se desplazaron hacia Vega. Ahí sí hubo reacción. Una que Vega llevaba esperando desde que decidió que la mejor opción, la única opción, era ir a hablar con la viuda de un hombre de cuya muerte era la principal sospechosa.

—Tú.

No era una pregunta. Era una afirmación cargada de bilis.

Vega sostuvo la mirada sin moverse.

—Tenemos que hablar.

—No —respondió Laura de manera categórica—. No tengo nada que hablar contigo. Con ninguno de los dos.

Acto seguido, se puso a recoger de nuevo, como si con eso bastara para cerrar la conversación.

—Laura… —dijo Ferenc dando un paso más.

—Si no os marcháis, llamaré a la policía.

—Eso no es necesario. Solo queremos hablar.

—¿Hablar? ¿Sobre qué?

Vega, que hasta entonces había permanecido por detrás de Ferenc, se acercó también al mostrador.

—Sobre lo que no cuadra de esta historia. Porque tú sabes que hay algo que no cuadra.

Laura alzó la mirada y la dirigió hacia Vega, esta vez con un punto de irritación.

—¿Perdona?

—Piénsalo un momento. Una mujer, a la que no conoces de nada, te aborda por la calle y te dice que es la examante de tu marido. Y que tiene otros líos.

Silencio.

—Además, te da mi nombre. ¿No te parece algo sospechoso?

Laura apretó ligeramente la mandíbula.

—¿De eso habéis venido a hablar? ¿De las infidelidades de mi marido?

Vega hizo una pequeña pausa antes de hablar.

—Solo quiero que sepas que yo no maté a tu marido —expuso con un punto de rabia contenida—.

Puedes creerme o no, pero no lo hice. —La detective dejó un momento para que Laura procesara sus palabras—.

Mira, toda la policía de la ciudad anda ahora mismo buscándome.

¿Por qué iba a arriesgarme a venir hasta aquí si no fuera inocente?

Los ojos de Laura Murdoch se humedecieron, pero milagrosamente fue capaz de contener las lágrimas. Todavía aguantó un poco más antes de asentir en señal de aceptación.

—¿Sabes quién era esa mujer? —preguntó entonces Vega.

—¡No tengo la menor idea! —La irritación de Laura volvió a hacerse patente—. Ya se lo dije a la policía y te lo digo a ti ahora.

Ferenc fue a decir algo pero Vega se lo impidió con un gesto de la mano.

—Tu marido está muerto —continuó la detective, sin elevar la voz—. Y lo que parecía no tener importancia hace unos días… ahora puede tenerla.

Laura permanecía quieta, con el abrigo a medio poner y el bolso fuertemente agarrado. Miró un momento más a Vega y luego desvió la mirada.

—No sé qué quieres que te diga.

—Para empezar, cómo era esa mujer.

—También se lo dije a la policía esa que vino a verme. Rubia, ropa colorida, poco más.

—De acuerdo. Creo recordar que fue ella la que te dijo que fueras a verme.

—No exactamente.

Vega miró a la mujer con detenimiento. Ahora parecía más calmada, lo cual era buena señal. Sin embargo, todavía parecía reacia a responder con claridad.

—Vale, Laura —continuó Vega manteniendo la calma—, necesito que te pares a pensar un momento y recuerdes las palabras exactas de esa mujer.

Hubo un segundo de silencio antes de que Laura volviera a hablar.

—Me dijo que tú eras la única que podía dar por ciertas sus palabras.

—¿Entonces nunca te pidió que contrataras mis servicios?

Silencio.

—Y tú interpretaste sus palabras como si me estuviera recomendando.

—Según pude ver en internet, te encargas sobre todo de casos de infidelidad.

—Entre otras cosas, sí.

—Pues entonces era lógico que llegara a esa conclusión —dijo Laura como justificándose.

—No te lo discuto —coincidió Vega haciendo una mueca de fastidio—. ¿Te dijo algo más?

—No. Simplemente se dio la vuelta y se marchó.

Vega asintió levemente.

—¿Dónde se produjo ese encuentro?

—En el centro, junto a la plaza Ferter.

—¿Cuándo?

—¿Eso importa?

—Tal vez.

—El sábado pasado, hacia el mediodía.

Entonces Ferenc intervino de nuevo.

—Laura, ¿tu marido estaba preocupado por algo?

Ella negó.

—No.

—¿Seguro?

—Sí.

—¿Cambios de comportamiento?

—Ninguno.

—¿Te ocultaba algo? —Esta vez era Vega la que preguntaba.

—¿Aparte de sus infidelidades?

Vega dejó pasar un segundo para que Laura digiriera su propio sarcasmo.

—Antes creía que no —respondió con expresión amarga—. Pero ahora ya no estoy segura de nada.

Vega asintió despacio.

—De acuerdo —dijo apartándose del mostrador—. Eso es todo. Te agradecemos tu tiempo y tu comprensión.

—Ya.

Ferenc intercambió una mirada breve con Vega.

—Lo siento, Laura —dijo—. Por todo.

Laura no respondió. Luego Vega y él se dirigieron hacia la salida sin añadir nada más. Caminaron unos metros en silencio antes de que Ferenc se decidiera a hablar.

—Esto ha sido una pérdida de tiempo.

—Siento discrepar.

—¿En qué? —El exprofesor parecía desconcertado—. Solo sabemos que una mujer rubia de ropa vistosa le dijo la verdad a Laura sobre las infidelidades de su marido y te metió a ti en medio.

—Te olvidas del detalle más importante.

—¿Ah, sí? ¿Y cuál es?

—El encuentro fue en la plaza Ferter. ¿Tienes idea de la cantidad de locales comerciales que hay en ese lugar?

—Sí, tengo idea. De lo que no tengo ni idea es de por dónde vas.

—Si hay locales comerciales hay cámaras de seguridad y, si hay cámaras de seguridad, alguna tuvo que registrar ese encuentro. Si damos con el momento exacto, esa mujer misteriosa ya no será tan misteriosa.

—Y me imagino que piensas entrar uno por uno en todos esos locales y les pedirás amablemente que te dejen ver sus grabaciones.

—Bueno, en todos no. —Vega esbozó una sonrisa de triunfo—. Pero conozco a cierta propietaria de una prestigiosa tienda de ropa situada en pleno centro de la plaza Ferter. Su marido le era infiel con todo lo que se movía así que estará encantada de ayudarnos.