18
FERENC
Habían pasado más de cinco minutos desde que apagara el televisor y Vega no se había movido ni había apartado la mirada de la pantalla apagada. El reflejo negro le devolvía una imagen borrosa de ambos, sentados en el salón, como si aquello no fuera del todo real.
Durante ese tiempo, ninguno dijo nada.
El silencio se alargó más de lo habitual.
—¿Es cierto? —preguntó finalmente ella.
No había dureza en su voz. Tampoco incredulidad. Solo una necesidad precisa de confirmar la noticia, de procesarla.
—Sí —respondió Ferenc cuando encontró el valor para hablar.
Vega asintió una sola vez, muy despacio.
Se puso de pie y comenzó a dar vueltas por el salón.
Luego, fue hasta la ventana más próxima y perdió la mirada en la silueta de la ciudad, recortada en el horizonte, a un par de kilómetros de donde se encontraban.
Necesitaba poner orden a lo que acababa de escuchar y no sabía cómo.
—Un arma —repitió en voz baja.
No era una pregunta así que Ferenc prefirió no añadir nada.
—En un instituto. En tu instituto.
El silencio volvió a caer entre los dos.
Vega se frotó las sienes y luego se volvió a sentar, esta vez en una silla, a cierta distancia de donde estaba él. No había juicio en su expresión. Tampoco intento de comprenderlo de inmediato. Solo una breve descolocación.
Un ajuste.
—Vale —murmuró al cabo de unos segundos mientras asentía con la cabeza, como si acabara de tomar una decisión interna—. Cuéntamelo.
—No hay mucho que contar —dijo Ferenc negando con la cabeza.
Vega alzó la mirada y esta vez su expresión sí tenía algo de reproche.
—Dadas las circunstancias, deja que sea yo la que decida si hay o no mucho que contar.
Ferenc quiso mantenerle la mirada pero no pudo. Sentía vergüenza y no sabía bien si era por lo que pasó o por no habérselo contado a ella.
—Fue un mal día —arrancó al fin—. Más bien un mal año.
Estaba al borde y ni siquiera me había dado cuenta.
Ahora, cuando lo pienso, no me reconozco.
Sí, era yo, o alguien que se parecía a mí, pero por más vueltas que le doy, no logro entender qué me llevó hasta ese límite, por qué actué de ese modo.
En ese punto, Sanedor se dio un respiro antes de continuar.
—Fui al instituto con un arma. No la usé, ni siquiera estuve cerca de hacerlo. Me detuve antes de que…
Pausa.
Levantó los ojos al fin y miró a Vega. Esta tenía una expresión en su cara que no fue capaz de descifrar. No sabía hasta qué punto le había afectado, tampoco cuánto lo había fastidiado todo.
—¿Por qué la llevabas? —quiso saber ella.
Ferenc dudó un segundo.
—Porque no estaba bien.
—Esa respuesta es demasiado neutra.
—Prefiero no pensar para qué la llevaba —respondió Ferenc manteniéndole, esta vez sí, la mirada—. Me da demasiado miedo.
Nada más.
El silencio que siguió fue distinto.
Más denso.
—Y te derrumbaste —dijo finalmente Vega en lo que no era una suposición.
Ferenc no respondió y Vega lo tomó como una respuesta.
—De acuerdo.
Se dejó caer en la silla. El desconcierto inicial había desaparecido. No del todo, pero lo suficiente.
—No soy un monstruo.
—No, no lo eres, y todos tenemos un pasado detrás. Pero cuando piensas en los secretos de los otros, te esperas un tema de drogas o algo por el estilo. No esto.
—Siento haberte defraudado.
—Olvídalo, Ferenc. Ahora mismo hay cosas más importantes en qué pensar. —Vega se puso de nuevo en pie y retomó sus paseos por el salón—. Lo que debemos preguntarnos es por qué ahora, por qué la prensa se hace eco de una noticia que pasó hace tiempo.
—Me despidieron, me pusieron una orden de alejamiento, pero el asunto se llevó con discreción.
—¿Sabes lo que eso significa?
—Que han decidido hacerlo público ahora por algún motivo.
—¿No lo ves? Hay alguien que trata de desprestigiarnos, alguien con recursos como para saber cosas de nosotros y usarlas en su favor. —Vega se acercó al sofá y se agachó a la altura de Ferenc—. Han cogido toda esa información y la han puesto en el momento adecuado.
Silencio.
—Piénsalo un momento —continuó—. Yo aparezco en el hotel. Murdoch muere. Tú entras en escena. Y de repente… —Señaló hacia la televisión apagada—. Esto.
Ferenc siguió su razonamiento sin interrumpir.
—¿Pero quién podría querer hacernos esto? —preguntó.
—¿Qué tenemos en común?
—Los Custodes —contestó el exprofesor tras meditarlo unos segundos.
—Sí, los Custodes —coincidió ella—. Los dos fuimos piezas clave para desarticular a esa organización.
—Tú lo has dicho: la desarticulamos.
—Está claro que no del todo.
Silencio.
—Teníamos una lista —continuó Vega—, ¿pero quién nos asegura que no había nadie más fuera de la misma?
Ferenc no respondió.
—Lo que es evidente es que hemos cabreado a alguien. Y ese alguien ha decidido vengarse. —Vega hizo una pausa—. Así que ahora tienes a un tipo muerto, a una detective señalada y a un exprofesor con un pasado conveniente.
—¿Qué propones? —preguntó Ferenc poniéndose también en pie.
—Hay que actuar porque escondernos ya no nos sirve.
—Es muy arriesgado —replicó Ferenc frunciendo ligeramente el ceño—. La policía, Sabrina Metz, la División Criminal.
—Quedarnos aquí también. Esa gente está construyendo un relato que nos tiene a nosotros por protagonistas.
Pausa.
—Y como no aparezcamos pronto, lo van a terminar de construir. —Ferenc no respondió—. Si queremos saber quién está detrás —añadió—, tenemos que volver.
—A la ciudad.
—Sí.
—No me gusta.
—Lo sé. A mí tampoco, pero es lo que hay.
—Esto puede salir mal.
—¿Más mal que esto? —preguntó Vega señalando con un gesto de sus manos la casa en la que estaban escondidos.
Vega miró a Ferenc fijamente y, esta vez, el exprofesor sí le mantuvo la mirada. Había algo nuevo ahora, una determinación que ella no le había visto hasta ahora.
—Nos han dado bien —dijo Vega poniéndole una mano en el hombro—. Pero ahora nos toca a nosotros.
La detective hizo una pausa.
—Y más les vale que estén preparados.