Fugitiva (La monja detective 2) 17
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ALMA

Quince horas antes

Alma tuvo que reconocer que las vistas desde aquel punto eran espectaculares. Se veía la ciudad entera, la bahía y, más allá, el mar abriéndose en toda su amplitud.

Había llegado con antelación y, mientras esperaba a que fuera la hora, admiraba el paisaje con los codos apoyados en una balaustrada situada sobre las empinadas escaleras que conducían directamente a la parte alta de la ciudad.

La consulta estaba en una calle tranquila, sin tráfico. Cuando dieron las diez, se detuvo frente a la puerta antes de entrar. No sabía muy bien qué esperaba encontrar allí, pero tampoco le dio demasiadas vueltas.

La mujer de la recepción trataba de mostrarse profesional mientras le tomaba los datos, pero había una expresión de nerviosismo mal disimulado en el tono de su voz que la delataba. Al fin y al cabo, no todos los días se recibe la visita de la estrella mediática del canal más importante del País.

Cuando hubo terminado de registrar sus datos, le pidió que pasara al despacho de la doctora Flick, al que se accedía por una puerta de madera blanca.

Había un cartel con una frase inspiradora — respira, ya has llegado donde tenías que llegar — y del picaporte colgaba una pequeña campana tibetana que vibró discretamente cuando Alma fue a entrar, dejando un sonido leve, casi imperceptible.

—Buenos días —la saludó la doctora Flick en cuanto puso un pie en la consulta.

Su sonrisa era cortés, solo eso, y su mirada semejaba a la de un búho que analiza cada movimiento.

Estaba sentada en una butaca de cuero blanco con las piernas cruzadas y una libreta en la mano—.

Puede ocupar el sofá, si le parece bien.

El despacho era sencillo. Nada que llamara la atención. Alma tomó asiento sin decir nada y esperó acontecimientos. Las dos se miraron durante unos segundos y finalmente fue la terapeuta la que habló primero.

—¿En qué puedo ayudarla?

—No lo sé. Verá, fue un amigo mío quien me dio su número. Dice que es usted la mejor.

Flick asintió levemente pero no dijo nada, así que Alma decidió continuar por ahí.

—Ferenc Sanedor…

—Efectivamente, el señor Sanedor es paciente mío.

—¿Y qué tal le va?

—Pregúnteselo a él. Es su amigo.

—No, ya. Quería decir aquí, con usted. ¿Cree que está mejorando?

—Perdóneme, señorita Jensen pero, como sabrá, no puedo compartir datos sobre otros pacientes. Aunque fuera su propio hijo no podría dárselos. Además, estamos perdiendo un tiempo precioso para hablar de usted.

—¿De mí? No creo que haya mucho de lo que hablar.

—Se sorprendería lo mucho que hay para hablar de todo el mundo.

Flick calló y Alma también lo hizo. Sin embargo, estaba claro que la terapeuta esperaba que esta vez fuera la periodista quien dijera algo, pero no se le ocurría nada que le pareciera convincente.

—No tengo ningún problema —dijo finalmente.

—Entonces, ¿por qué está aquí?

Alma no respondió de inmediato. Creía tener la situación controlada, pero ahora descubría que no era así. Había algo en la expresión de Flick que le resultaba incómodo. Sentía como si pudiera leerle el pensamiento… y algo más.

—En realidad no lo tengo muy claro. —Hasta ella misma fue consciente de que sus palabras habían sonado a evasiva.

—Yo creo que sí.

Alma esbozó una leve sonrisa. Flick no devolvió el gesto.

—¿Le cuesta parar?

La pregunta llegó sin transición, de golpe, y terminó de desarmar a Alma.

—No.

—¿Descansar?

—Tampoco.

Flick la observó unos segundos más y luego volvió a la carga.

—¿Controla lo que hace?

—Sí.

—¿También lo que le pasa?

Alma dudó una fracción de segundo.

—No me pasa nada.

—Ha dicho que no lo tenía muy claro.

—Pues ahora sí —dijo la periodista poniéndose en pie y dirigiéndose hacia la salida.

—Espere, señorita Jensen —le pidió la terapeuta de pronto—. Concédame un minuto y luego márchese si así lo desea.

Alma se quedó quieta, sin terminar de decidirse. Luego, se dio la vuelta con calma, aparentando una tranquilidad que no era tal, y volvió a su asiento. Cuando se sintió con fuerzas, levantó la mirada y la posó en la de Flick.

—Desde siempre he sido muy observadora —arrancó a hablar la terapeuta con voz pausada—. Cuando era niña me gustaba más escuchar que hablar. Observaba a las personas, sus gestos, su manera de comportarse. Probablemente por eso me dedico a esto.

»La cuestión es que, a veces juego a los detectives. Analizo y trato de sacar conclusiones de lo que veo. No suelo compartirlas con mis pacientes, pero con usted haré una excepción.

La periodista quiso decir algo pero también en esta ocasión prefirió callar.

—Le diría que sus ojeras y la cara demacrada me han permitido concluir que lleva un ritmo de vida demasiado intenso —continuó Flick su alegato—, pero eso sería muy ventajista por mi parte.

Solo hay que seguir un poco su carrera para darse cuenta de que no para.

Siempre en televisión, siempre en redes sociales, cuando no publicando artículos de investigación.

»Tampoco es difícil suponer que su presencia hoy aquí se debe precisamente a uno de esos artículos de investigación, imagino que con Ferenc Sanedor como protagonista principal. Igual es que ya he visto demasiado en esta consulta, pero he adivinado sus intenciones desde el primer momento.

»Sin embargo, y dejando todo eso a un lado, lo que me ha llamado poderosamente la atención han sido sus continuas miradas a la puerta.

—Yo no miraba… —Alma inició una protesta que se quedó en nada por falta de convicción.

—Puede que no de manera consciente, pero sí. He contado unas quince veces en apenas diez minutos. Así que la pregunta es, ¿se siente segura?

—Sí. —Esta vez la periodista respondió demasiado rápido.

—No me refiero aquí ni me refiero ahora. Quiero decir como concepto general.

Alma no contestó. El silencio se alargó unos segundos.

—No es una pregunta difícil —dijo Flick.

—Depende.

—¿De qué?

—De si merece la pena responderla.

—¿Merece la pena?

La periodista volvió a guardar silencio y Flick no insistió. En lugar de eso, cambió ligeramente de postura y anotó algo en su libreta.

Durante unos segundos, no pasó nada. Ni una pregunta, ni un gesto. Solo el silencio.

—A veces —continuó Flick— no es una cuestión de seguridad, sino de control.

Alma tragó saliva.

—Estoy bien.

—No le he preguntado eso.

Alma se removió en la silla.

—No tengo ningún problema.

Flick se quedó mirando a la periodista y volvió al garabateo antes de retomar sus preguntas.

—¿Le incomodan los lugares cerrados?

—No —contestó Alma sin ninguna convicción.

—¿Le incomoda alguno en particular?

—No —insistió la periodista con un brillo húmedo en los ojos.

La terapeuta volvió a mirarla en silencio, tal vez evaluando si merecía la pena apretar un poco más. Finalmente, dejó la libreta a un lado y se puso en pie.

—Podemos dejarlo aquí por hoy.

Alma asintió de inmediato levantándose también.

—Gracias.

—Si decide volver, ya sabe dónde estoy. —Flick se acercó a la periodista y le estrechó la mano.

Antes de soltarla, añadió algo más—. La mente humana es compleja pero también amplia.

Tiene cabida para muchos de nuestros yos.

Caben infinidad de personalidades en nosotros.

Pero como en cualquier colectivo, siempre hay una que termina imponiéndose y, a veces, no es la más capacitada para liderar al resto.

»La cuestión es saber ponerle límites a esas personalidades tóxicas que nos dominan. Hay quien lo consigue y hay quien no.

—Y, en su opinión, Sanedor lo consiguió —aventuró Alma, ya restablecida del momento de debilidad que acababa de tener.

—Como le he dicho antes, no puedo compartir datos de otros pacientes —sentenció la terapeuta con algo parecido a una sonrisa dibujada en sus labios.

Alma asintió y salió de la consulta. Al llegar a la calle, respiró profundamente, recuperando el aire que le había faltado cuando estaba dentro. Se detuvo unos segundos sin moverse. No había pasado nada. No exactamente. Y, sin embargo, había algo removiéndose en sus entrañas.

Había ido en busca de respuestas sobre Ferenc Sanedor y se había encontrado con algo que no quería ver.

Regresó a la redacción e hizo lo que llevaba haciendo desde hacía cinco años, desde el momento en que alguien la encerró en un cobertizo y vivió durante horas con la certeza de que no iba a salir viva: trabajar, tener la mente ocupada.

Releyó sus notas.

Profesor. Instituto. Arma. Silencio.

Luego sacó su portátil y se puso a teclear sin descanso durante horas. Cuando tenía terminado el guion, se dirigió al despacho del director del canal y entró sin llamar.

—Mañana, por la noche, en máxima audiencia. Tengo un tema que nos interesa a todos.

—¿De qué se trata? —le preguntó su jefe mirando por encima de las gafas.

—De la falta de seguridad en las aulas y de cómo el sistema lo esconde.